Plitch #5
—Vale, ya lo tengo —dijo Juan, saliendo del interior del armario—. He transformado el atenuador de la luz en la cabina para la selección de canales. Ahora podemos controlar la frecuencia con la que emite la USR.
—¿Y qué hay de la recepción? —preguntó Richard.
—Funciona en ambas direcciones, claro.
—Lo has hecho genial, Juan.
—Gracias, comandante. —Juan le pasó el dispositivo de radio de emergencia—. ¿Haces los honores?
Richard sacudió la cabeza. Hasta ahora no había tenido mucha maña con las conexiones por radio. Que lo pruebe esta vez otra persona.
—Bien, pues lo haré yo. —Juan giró la ruedecilla de la USR—. Empezaremos con la frecuencia original.
—Entendido.
Juan pulsó el botón para hablar. —Urania-1 llamando a Tierra. Respondan, por favor. Urania-1 llamando a Tierra. Respondan. —Repitió la frase tres veces más y luego soltó el botón.
Ninguna respuesta.
Pero tampoco esperaban recibirla. Nadie esperaba un mensaje a 243 megahercios.
La USR estaba oficialmente de camino a Marte con la tripulación.
Aunque eso de oficialmente ..., casi nadie sabía de su existencia.
Que soltaran el nombre de la misión así como así al espacio era ya una falta tremenda de precaución.
Si los soviéticos la recibían, les picaría la curiosidad.
A Richard no le preocupaba eso en absoluto; al contrario. Incluso esperaba que los soviéticos, los chinos, los indios o incluso los europeos estuvieran espiando las frecuencias de los americanos. Solo así tendrían realmente una posibilidad de que alguien los escuchara.
George sustituyó al ingeniero al cabo de un rato al frente de la radio.
Luego le tocó el turno a Richard, que fue sustituido al cabo de una hora de nuevo por Juan.
La USR ya estaba húmeda de tanto hablar en su micrófono.
Seguían sin recibir respuesta, aunque Richard mantenía su optimismo: solo necesitaban esperar.
A más tardar al alcanzar la órbita, las potencias mundiales se percatarían de su presencia.
De ello se encargarían los múltiples radares de los distintos países, que escudriñaban los cielos en busca de cohetes nucleares.
Y con la Urania-1 tampoco se equivocarían mucho, aunque solo por su tamaño serían la madre de todos los cohetes nucleares.
Aun así, sería mejor que contactaran antes con Control de Misión.
No podían aterrizar así como así en la Tierra.
La Urania-1 había sido construida para ir a Marte, no para la densa atmósfera terrestre ni su alta gravedad.
Alguien tendría que ir a por ellos en órbita.
A ser posible una nave espacial americana, y ya que eran tres, seguramente no bastaría con un único taxi.
Cuando a las veintidós horas seguían sin recibir respuesta, decidieron dejarlo ya por hoy. Cenaron juntos y se metieron en sus sacos de dormir.
Pero Richard aún tenía algo que hacer. Se distrajo pensando en Shania y en su futuro hijo común.
¿Cómo será? ¿Rubio o rubia como su ex, o de cabello oscuro con ojos marrones como él?
Richard no debía dormirse hasta que lo hubieran hecho sus dos colegas.
Pilló a George el primero. A veces roncaba cuando colgaba en posición incómoda.
Y eso hacía que Juan tardara más en dormirse.
Pero al final tampoco se movía el ingeniero.
Era hora de ponerse a investigar. Richard no había cerrado su saco, por lo que pudo salir sin hacer ruido con la cremallera.
Primero flotó hasta Juan. Si se despertaba, podría decir que quería hacer que George dejara de roncar.
Richard se acercó a Juan por el lado derecho.
Debía acercarse mucho, tanto que tenía que vigilar de no respirarle encima.
Por suerte, Juan estaba tumbado de espaldas.
Richard se acercó lo suficiente a su pecho para oír las pulsaciones.
Se oían más fuertes en el lado derecho.
Bueno, tampoco es que fuera totalmente imposible.
Seguro que George conocía mejor los datos, pero había una pequeña cantidad de personas, cuyos órganos internos estaban al revés, es decir reflejados.
Pero Juan no era de ellos, pues Richard lo habría sabido como comandante.
Al menos, Juan no era una de esas personas antes.
Richard se apartó, bajó un poco, pasó por debajo de George y se acercó a su pecho. Los ronquidos tapaban el latido de su corazón, por lo que Richard tuvo incluso que apoyar el oído sobre el pecho del médico.
Bu-bum.
Bu-bum.
Bu-bum.
Allí estaba. En el lado derecho. Richard se llevó la mano a su propio pecho. Su corazón estaba a la izquierda.
—¡Aaachís!
Un par de gotitas húmedas alcanzaron su mejilla. Richard se apartó.
George se sorbió los mocos y abrió los ojos.
—¿Qué demonios ...?
Richard se llevó un dedo a los labios.
—Juan duerme. Tus ronquidos ...
George frunció en entrecejo.
—Lo siento —susurró.
—No importa. —Richard flotó de regreso a su saco de dormir. Ahora tenía un par de minutos de ventaja ante el médico, pero precisamente por saber eso le costó conciliar el sueño.