Plitch #4
«Querido Richard. No es tan fácil hacerte llegar mensajes. Por eso no esperes ninguno más. Intenta comprenderme; no habría soportado oír tu voz en persona. Tenía que escribirte este mensaje electrónico. Te deseo un feliz viaje. Shania».
Uff. ¡Menuda pasada! Richard comenzó una respuesta.
«¡Querida Shania!»
¿Y ahora qué? ¿Le escribía que lo lamentaba todo? Sería mentira. No debía ser egoísta. Se separaron de mutuo acuerdo. Igual Shania había incluso conocido a otro hombre. Era guapa y no le gustaba aburrirse sola. No tenía derecho a meter baza de nuevo en su vida.
Pero sería padre de su hijo común, y por ahora todo indicaba que iba a crecer sin él. Shania debía saberlo.
«No puedo decirte nada en concreto aún, pero creo qeu dentro de un par de semanas habré vuelto», escribió.
Comprobó que la frase no tuviera errores con el espejo, cambió el «qeu» por «que» y envió el mensaje.
«Imposible enviar mensaje», respondió el ordenador al cabo de poco. Consultó la entrada en el registro de ese intento de envío. Frente a sus ojos apareció una inmensa sopa de letras. Paró el texto con la tecla Esc. Luego usó el espejo para descifrar un corto párrafo.
10:45:02 ZULU 21 MAY 78 - IMP 5 (URA1)
EVENT: PACKET TIMEOUT
SRC_HOST: URA1-NMC (HOST 17)
DEST_HOST: DOD-AI (HOST 31)
LINK: 1 - 3
PACKET_SEQ: 47
INFO: NO ACK RECEIVED FROM DEST IMP. RETRANSMISSION ATTEMPT 3/3 FAILED.
ACTION: DROPPING PACKET. NOTIFYING SRC HOST.
El destino en Control de Misión no había confirmado la recepción de los paquetes del mensaje. Por eso el ordenador había interrumpido la transmisión. Mierda.
Salió del ordenador y flotó hasta sus compañeros.
—Caramba, sí que estás sudado —dijo George
Richard se pasó la mano por la frente perlada. Comprobó sus axilas. Hmm. Hora de darse una ducha.
—Necesito asearme un poco —dijo—. ¿Os las apañáis sin mí?
Juan le mostró la USR. En la caja, junto a la antena, había ahora conectado un cable que salía de entre los paneles de instrumentos.
—Solo me queda configurar la antena y probaremos a nuestro bebé, a ver si chuta.
—Muy bien —dijo Richard.
—¿Qué se cuenta tu ex? —preguntó George—. ¿Estrés? Piensa en lo lejos que está.
¿Debería contárselo? Sería lo mejor. Tenían que confiar los unos en los otros. Antes, George y Juan le parecieron extraños, pero ahora volvía a verlos como sus amigos. Resultaba extraño cómo las impresiones podían cambiar con esa rapidez.
—Voy a ser padre —dijo.
—¿Qué? —preguntó George, a quien se le quedó la boca abierta.
Juan sonrió.
—¡Anda, eso es genial! ¡Enhorabuena! —Le dio un golpecito en la espalda y luego un fuerte abrazo.
—¿Y cómo se tientes? —preguntó George.
—Pues no lo sé. Es … irreal. Shania debe estar de tres meses. Dice que lo tendrá en noviembre.
—¡Pues entonces podrás estar con ella! —exclamó Juan—. ¡Menuda suerte tienes!
Richard inclinó la cabeza hacia los lados.
—Te olvidas que nos separamos. Su nuevo novio no querrá verme cerca de la sala de partos.
—Anda ya, ¡es tu hijo! Seguro que Shania no tiene ya un nuevo novio. No es tan fácil cuando estás embarazada. Se alegrará de recuperarte de nuevo.
Richard asintió. Seguramente tuviera Juan razón. No estaban en los años cincuenta, pero en 1978, las madres solteras tampoco tenían una vida fácil. Shania no quería saber nada de su propia familia.
—Le he enviado un mensaje, pero no ha salido.
—Sí, en el éter reina un silencio bastante desagradable.
—Espero que podamos romperlo con esto. —Señaló de nuevo a la USR—. Pero dúchate primero; el ordenador seguirá intentándolo hasta que logre enviarlo en algún momento.
Richard estuvo pensando en esa frase durante todo el rato bajo la ducha.
«No puedo decirte nada en concreto aún, pero creo que dentro de un par de semanas habré vuelto», había escrito.
Algún día, una civilización avanzada se encontraría con un cohete nuclear de la Tierra que enviaba este mensaje como un faro al espacio.
Los científicos alienígenas se romperían los sesos pensando en la tragedia que había sucedido.
A bordo encontrarían los esqueletos de tres humanoides y se asombrarían mucho de por qué enviaban al universo una frase así.
Al menos había corregido esa pequeña errata.
Sonrió. Tampoco era nada malo ser padre. Que pisen otros el suelo marciano. Al menos, su hija o su hijo no odiaría el espacio que le había robado a su padre. Seguro que Shania le contaría la verdad. Tu padre se empeñó en ir a Marte. Shania adornaba la realidad con bellas palabras.
Richard quería afeitarse después de secarse tras la ducha, pero no encontró el espejo.
Mierda, lo había dejado afuera. Sujetaba la maquinilla de afeitar en la mano derecha.
Los tres eran diestros. Fue uno de los criterios para su selección.
La Urania-1 habría pesado demasiado su hubieran tenido que optimizar todo para diestros y zurdos.
Se puso ropa interior limpia y salió del lavabo.
—¡Píllala! —dijo Richard y lanzó la llave inglesa hacia la popa.
Juan estaba medio metido en el armario de instrumentos desde el que se controlaba la antena.
Solo con interruptores y reguladores resultó imposible adaptar la antena a la USR. Juan tenía que instalar un par de resistencias y condensadores adicionales.
Entonces podrían emitir no solo en los 243 megahercios de la USR, sino en todo un abanico de frecuencias entre 243 y 2400 megahercios.
George pilló la llave inglesa con la izquierda y se la entregó a Juan con la derecha, que la cogió también con la derecha pero recurrió a la mano izquierda para utilizarla.
Ambos eran zurdos. Si les preguntara, dirían sin duda que eran zurdos de nacimiento.