Plitch #3
Eso le producía bastante repelús, sobre todo porque solo él se daba cuenta de ello. Uno contra dos. ¿No era lógico que algo había en él mismo que no estaba bien?
Richard miró el reloj. Marcaba la hora con letras en blanco y negro: las 10:29. Los números estaban bien, tal y como los conocía.
—Urania-1 a Control de Misión. Respondan, por favor.
Probó de nuevo, aunque solo fuera una formalidad.
Pero entonces se desabrochó y fue a por un destornillador a la caja de herramientas.
El reloj estaba fijado al panel de instrumentos con cuatro tornillos.
Los soltó y sacó el reloj de su hueco. Era tan grande como la radio de un coche.
Un simple cable colgaba por detrás, para alimentar la luz interior y la batería.
Por lo demás, la luz trabajaba de forma totalmente independiente al sistema.
Abrió la carcasa y se encontró con la mecánica.
Se basaba en una construcción compuesta por tiras de plástico que aparecían en el campo de visión con la fuerza de un muellecito.
Eso era interesante. El reloj no estaba en situación de mostrar cifras en espejo.
En sus cuatro posiciones solo conocía la serie del cero al nueve.
Pero los caracteres en el ordenador los generaba un software.
¿Había modificado alguien el sistema que controlaba el ordenador principal?
¿Los soviéticos, quizás? ¿Habían descubierto que los Estados Unidos querían llegar a Marte antes que ellos y les habían hackeado el ordenador?
Eso no tenía sentido. Igual habían intentado sobrecalentar el reactor. De eso sí que serían capaces. Igual sí. Pero darle la vuelta a los caracteres no servía de nada, Tenía que pensar en algo distinto. Pero ¿en qué?
—No recibimos respuesta —dijo Juan.
—Tampoco nos llaman por la banda S —dijo Richard.
Flotaban en el centro de la cabina por encima de los sacos de dormir fijados al techo.
—Igual no quieren saber ya nada de nosotros —dijo George.
—Eso no me lo creo —dijo Juan.
—No sirve de nada darle vueltas al tema —opinó Richard—. Propongo que busquemos vías alternativas de comunicación. ¿Se te ocurre algo, Juan?
—Tenemos la USR. Juan giró en círculo y flotó luego hacia el suelo donde abrió una compuerta.
—¿La USR? —preguntaron George y Richard a coro.
—La Urania Survival Radio. Estaba prevista para nuestro regreso a la Tierra.
El ingeniero regresó con un aparato con brillo de latón que cabía en una mano y que poseía una antena negra. Estaba rotulado con las letras en espejo, pero aun así bien reconocibles. Igual se iría acostumbrando poco a poco a eso. «Pulsar para hablar», ponía encima.
Juan pulsó el botón pero no pasó nada. Se golpeó la frente con la palma de la mano, buscó por el aparato hasta que encontró lo que necesitaba. Tiró de eso. Se encendió un LED rojo. Juan apretó de nuevo el botón. El aparato comenzó a zumbar.
—Aquí Urania-1. Respondan, por favor.
No respondió nadie, claro. La USR estaba destinada a su uso en la Tierra. El alcance se veía limitado por el horizonte.
Juan señaló hacia una toma junto a la antena negra.
—Podríamos conectar allí la antena de largo alcance —propuso—. Eso le metería mucha chicha a la comunicación.
Richard asintió. Mucha chicha a la comunicación, ese era bueno. Cogió el módulo del reloj.
—Mirad, ¿no os perece curioso? —Planteó la pregunta expresamente así.
—Jaja, muy divertido —dijo George—. Los números están en espejo.
Richard asintió. Esa era la reacción que esperaba.
Sintió un escalofrío y se retiró un poco.
¿Quiénes eran esos dos hombres? ¿Tenía realmente a sus colegas y amigos frente a él?
Ni siquiera se asombraban de que esos números invertidos no les hubieran llamado antes la atención, a pesar de tener que haber visto el reloj innumerables veces.
O igual solo hacían como que todo era normal. Eso le daba Richard aún más miedo.
—Oye, ¿qué te pasa, Richard? —preguntó George. El médico tenía realmente una mirada amistosa. No era de extrañar, también era psicólogo, aunque no solía recurrir mucho a esos conocimientos.
—Nada, todo bien. Solo estoy algo preocupado.
—Si me permitís decir algo como ingeniero: Hoy estamos desde luego mucho mejor que ayer, y eso ya es algo bueno, ¿no?
Además, la Urania-1 está en buen estado, tenemos masa de reacción suficiente y estamos de camino a la Tierra donde deberíamos llegar dentro de un par de semanas.
¡Vamos a volver a ver pronto a nuestras familias!
—Hmm. —Richard no tenía a nadie con quien reencontrarse.
La idea de volver a estar con gravedad normal caminando sobre sus dos piernas ya resultaba atractiva, pero su intención era ir a Marte.
¿Qué había pasado con eso? —No quiero ser aguafiestas, pero algo no me cuadra aquí.
Y supongo que vosotros también lo veis así.
Hace poco estábamos a una velocidad superior a la de escape en pleno vuelo de transferencia a Marte, y ahora resulta que nuestro destino es la Tierra. ¡Eso es físicamente imposible!
—Sí, lo reconozco, … eso es extraño.
—Calcúlalo tú mismo, Juan. En veinticuatro horas tendríamos que haber cambiado nuestro vector de velocidad en ciento ochenta grados.
¿Cómo funciona eso? Tendríamos que haber acelerado en dirección contraria a varios g.
Y eso sin haber apenas consumido masa de reacción, ¡pues los tanques están llenos!
Juan hizo una mueca y asintió.
—Tienes razón, Richard. Pero ¿no podemos simplemente alegrarnos y dejar que los cerebritos de Control de Misión se ocupen de encontrar la razón de todo esto?
—Para ello tendríamos primero que poder hablar con ellos.
Juan levantó la USR.
—Igual lo logramos con esto.
—Pues probémoslo —dijo George—. Y Richard,... sigues teniendo un mensaje sin leer en el correo.
Mientras sus compañeros trabajaban en proa, Richard inició sesión en el ordenador principal. Podía escribir a ciegas, por lo que no era necesario ver los caracteres en espejo del teclado. Por suerte, seguía estando cada letra en el mismo lugar.
Pero todo lo que salía por pantalla era difícil de leer.
Richard se fue al WHC y sacó su espejo de afeitarse de la bolsa de aseo.
Juan y George no le hacían caso alguno. Habían abierto uno de los paneles y Juan tenía la cabeza metida dentro.
Richard sujetó el espejo al lado de la pantalla y miró el resultado.
Era fácil, ya que el tubo catódico generaba símbolos muy claros que se veían bien en el espejo.
Con las órdenes usuales avanzó hasta llegar a su buzón.
El único mensaje que había allí era de Shania.
¿Por qué no había intentado hablarle por radio?
Esos mensajes no se podían enviar así como así desde el salón de casa.
Shania tuvo que presentar una solicitud e ir a Nuevo México para escribir el mensaje de texto en un terminal de Control de Misión.
Y eso si le daban permiso, lo cual era muy dudoso.
¡Menudo esfuerzo! Casi le daba pena no haber respondido antes.
Abrió el mensaje. Su nombre, Shania, como saludo bajo el texto, lo pudo leer sin espejo, pero para el resto lo tuvo que utilizar.
«¡Hola, Rick!»
Siempre lo había llamado así. En sus labios, el nombre sonaba mucho más interesante que cuando lo decía él mismo. Rick, el aventurero. Seguramente lo viera así.
«Siempre supe que un día te tendría que dejar marchar».
Richard tragó.
«Tampoco es que me gustara la idea, pero me pareció un mal necesario. Puede que la imagen del pájaro al que le cortan las alas sea un poco cursi, pero lo que tenía claro es que no quería ser yo quien esgrimiera las tijeras.
Sí, más o menos así es como se lo había dicho.
«Pero tampoco quería ser la que se quedaba atrás. Ya sabes que siempre tuve mi propia vida. No puedo ni quiero depender de ti. Nunca lo he querido.
Ya; seguramente habría tomado la misma decisión si fuera ella la que se iba a un viaje de duración incierta.
«Y no puedo hacerlo porque ya no soy la única que depende solo de mí.
Pues ahora soy responsable de una segunda vida.
Perdona que no te lo haya dicho antes. Temí que entonces igual cambiabas de opinión y luego le reprocharas a tu hijo el resto de tu vida no haber hecho este viaje.
Igual que mi madre, que me trajo al mundo cuando tenía dieciocho años, en lugar de abortar, que era lo que tenía previsto hacer.
Su corazón se le aceleraba. ¿Qué le escribía Shania aquí?
¿Estaba embarazada? ¿De cuántos meses estaría ahora?
¿Habría nacido ya? No, imposible. Habría nacido después de llegar a Marte.
¡Iba a ser padre! ¿Por qué no lo había dicho Shania antes?
Claro que se habría quedado en la Tierra. ¡Evidentemente!
¿Y su sueño de Marte? Lo habría enterrado en algún rincón.
Igual tenía Shania razón y algún día se lo habría reprochado a ella o a su propio hijo.
E incluso aunque no fuera así, algún día su hijo se enteraría de que su padre había sido elegido para ser el primer hombre en Marte.
Aunque no le hiciera reproche alguno, igual su hijo habría notado la tristeza y se habría sentido culpable.
Siguió leyendo.
«No espero nada de ti. No me debes nada.
Le diré a tu hijo que no sabías nada de su existencia cuando despegaste en tu viaje.
Así podrá enfadarse conmigo, pero no contigo.
Si quieres saber si es un niño o una niña, tendrás que esperar a que nazca en noviembre.
He indicado a mi doctora que no me revele el sexo.
Sea lo que sea, será una criatura maravillosa y no le faltará de nada.
Si no llegaras a regresar, intentaré darle igualmente una familia.
Richard notó un pinchazo en el corazón. Nunca esperó que Shania se quedara sola tras su separación. Pero ese anuncio explícito le afectó mucho. Igual era ese el sentido de su extraño accidente; si ahora estaban ya tan cerca de la Tierra, en mayo, podría estar presente en el nacimiento.