Plitch #2
Richard pulsó el botón para hablar. —Aquí Urania-1, comandante Richard Kendall. Respondan, por favor.
Soltó el botón. El micrófono codificaba sus palabras como oscilaciones de tensión.
El aparato de radio las convertía en una onda electromagnética que enviaría su mensaje a la Tierra con una frecuencia de 2287,5 megahercios a través de la antena de largo alcance.
Por el tamaño que tenía la Tierra vista desde aquí, el tiempo de recorrido de la señal no debería superar los tres minutos.
Richard tamborileaba con los dados sobre la rodilla.
No podía recordar haberse puesto los pantalones de chándal.
Levantó un poco la goma de la cintura. Le quedaba perfecto.
A la altura del ombligo tenía el logo de un conocido fabricante de prendas deportivas, aunque escrito al revés, como en un espejo.
¿Qué? ¿Había comprado la NASA prendas de vestir baratas?
¿falsificadas? ¿O igual había pillado uno de esos ejemplares mal estampados?
Esa sería la explicación más probable. Eso pasaba incluso con billetes.
¡Ahora sí! Miró atentamente el micrófono. ¿Y la respuesta? Habían pasado ya cinco minutos.
Lo intentó otra vez. —Control de Misión, respondan por favor. Aquí Urania-1. Estado de la nave desconocido. Solicitamos ayuda.
Igual se había ido David un momento al baño.
Aunque Richard no podía imaginarse que David estuviera solo en Control de Misión.
Les habían enseñado la sala antes del despegue.
Había cuarenta puestos de trabajo ocupados.
Una proyección gigantesca en la pared del fondo mostraba el estado de los sistemas de la Urania-1.
Pero mientras viajaban, Control de Misión podía hacer poco para ayudarles.
Por el retardo de la señal tenían que solucionar ellos solos cualquier problema.
Pero que solo quedara una persona en la sala era algo que Richard no se podía imaginar.
Si su CapCom había ido al baño, ¿por qué no cogía el micrófono otra persona?
—Urania-1 a Control de Misión. Respondan por favor. Tenemos algunas dudas respecto a nuestro estado.
Esperó de nuevo. Y esta vez tampoco tuvieron respuesta.
Intentó meterse en la piel de un burócrata del ejército.
El CapCom era el responsable. Se trataba de una llamada de lo más normal.
Si Richard quería que respondieran de inmediato cualquiera de ellos, tendría que enviar una llamada de emergencia.
Se giró a George y a Juan, que toqueteaban cosas en el ordenador principal. No, él era el comandante, no necesitaba preguntarles nada.
—Urania-1 llamando a Control de Misión. Tenemos una emergencia a bordo y rogamos asistencia inmediata. Esta es una llamada de emergencia.
Soltó el botón de envío. Ahora, fuera quien fuera que les estuviera escuchando, debería ponerse en marcha y activar una respuesta. Richard respiró profundamente. En el fondo se encontraba bien, pero al recordar cómo se despertó esa mañana, le recorrió un escalofrío por la espalda.
Control de Misión tampoco respondió la llamada de emergencia. Richard se golpeó el muslo con el puño. El dolor era real. No estaba en un sueño. ¿Habría sucedido alguna catástrofe en la Tierra?
Se desabrochó y flotó hacia Juan y George. Le hicieron hueco para que pudiera ver la pantalla.
Richard entrecerró los ojos. ¿Qué era eso?
—¿Qué estoy viendo? —preguntó.
Unas columnas de extraños caracteres verdes se desplazaban por la pantalla. Parecían ser números y letras, pero no era el alfabeto usual.
—Estamos repasando los archivos de registro de los últimos días —dijo Juan.
—¿Y el ordenador tiene problemas con ello?
Juan sacudió la cabeza.
—No, ¿por qué lo dices? —dijo, señalando hacia esa sopa de letras extrañas—.
Está todo ahí. Más bien tenemos nosotros un problema con ello.
¿Ves el aumento exponencial de temperatura?
—señaló hacia una curva en la pantalla pero que mostraba un descenso exponencial, no un ascenso.
—¿Lo ves? Eso solo pudo acabar en una catástrofe.
Pero algo debió pasar en el último segundo, que nos salvó.
—A ver,... eso no es un aumento, sino una caída.
—Richard se sentía como un jovencito que le decía al rey que iba en pelotas.
El gráfico tenía así también cierto sentido.
La temperatura debió haber subido mucho antes y luego, al introducir las varillas de boro se paró la reacción en cadena.
No explotaron. Debió ser fruto de sus miedos.
—¿Qué dices? Eso es un aumento evidente —dijo George, estiró el dedo y siguió con él la línea.
—No, un descenso. Tu dedo de desplaza hacia abajo.
—Richard, se está moviendo claramente hacia arriba —dijo George.
—George tiene razón —le asistió Juan.
¿Le estaban tomando el pelo? Pero no era precisamente el mejor momento para eso y Juan nunca era capaz de ocultar una cierta sonrisa cuando hacía bromas, porque siempre se adelantaba a la risa final. Juan no sonreía nada; al contrario. Parecía muy preocupado.
—Es que … —No, no valía la pena pelearse por eso. Sabía lo que estaba viendo. —Está bien, pero el ordenador parece haberse vuelto igualmente loco.
—¿Por qué lo dices? —preguntó George—. A mi parecer, el ordenador es lo que por ahora me da mayor confianza. Son nuestros recuerdos los que me parecen lejos de la realidad.
—Me refiero a los caracteres —Richard señaló las letras en la pantalla—. ¿O es que habéis cambiado el idioma de presentación? Creo que deberíamos seguir con el alfabeto latino de siempre.
George abrió mucho los ojos. Esa era también una idea de lo más alocada. En su formación tuvieron que aprender también el alfabeto cirílico, pero ni George ni Juan dominaban ninguna otra lengua con alfabeto diferente.
—Puedo asegurarte de que los datos se presentan en pantalla como siempre. ¿Quieres acercarte un poco más? Igual es que aún no te has curado del todo. Tu córnea podría haberse dañado con la radiación.
George lo acercó más a la pantalla. Las letras eran más claras, pero ilegibles. Pasó el dedo por los ejes x e y del diagrama. Allí, la rotulación:
ʞ
Parecía una K invertida, girada en espejo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—¿Qué? —preguntó Juan.
—Richard no ve bien —dijo George—. Seguramente una reacción tardía de su córnea.
—Oh, vaya, lo entiendo y lo siento, comandante. Eso es una K. Aquí vemos una escala de temperatura por el tiempo t en los ejes x e y.
Richard miró más atentamente. Sí la t también estaba en espejo. ¿Cómo es que sus colegas no veían lo mismo que él? Su mirada recayó en el texto que había debajo. Nada le resultaba legible. Todas las letras estaban en espejo, pero ni a George ni a Juan parecía molestarles.
Respiró hondo. ¿Y si no eran ellos el problema sino él mismo? Richard se frotó los ojos.
—¿Qué dice el protocolo de esa curva de temperatura? —Intentó que su pregunta resultara de lo más inocente.
—La inserción de las varillas de boro ralentizó al principio la reacción nuclear —leyó George—, pero solo durante unos segundos. Luego la temperatura volvió a subir.
El contenido era correcto, o al menos coincidía con sus recuerdos. Pero no coincidían con el gráfico.
—Pues el texto parece contradecir al gráfico —dijo Richard.
George asintió.
—Sí, tienes razón. Eso es raro. La temperatura desciende claramente, pero la descripción opina lo contrario.
—Pero mirémonos —dijo Juan—. Estamos vivos. El resultado de una reacción en cadena no frenada nos habría matado a todos, ¿o no? Así que el gráfico debe tener razón. La realidad lo demuestra. Así que deberíamos descubrir por qué tiene el ordenador recuerdos incorrectos.
No solo el ordenador. El mismo Juan habló antes de una explosión en el reactor.
Pero eso iba con el ingeniero. Se tomaba las cosas tal como eran y luego ya pensaría en cómo apañárselas con eso.
Una forma de proceder muy adecuada, pero Richard estaba hecho de otra pasta.
Siempre le había costado mucho dejar las cosas como están.
—¿Estás bien? —preguntó George. Tenía esa mirada de médico inquisidor; algo que, tras las quemaduras, resultaba muy comprensible.
Pero obligaba también a Richard a tener mucho cuidado.
Si George pensaba que su estado ya no le permitía dirigir la misión, lo relevaría del cargo.
Incluso sería su obligación, y George era lo suficientemente inteligente como para cumplirlo, ya que su supervivencia dependía de un comandante plenamente capacitado.
—Si, perfectamente. Vosotros mirad el ordenador y yo intentaré hablar con la Tierra por radio.
—Urania-1 a Control de Misión. Respondan, por favor.
Richard tenía mala conciencia porque solo hacía como que estaba trabajando. La Tierra no respondería ni que llamara cien veces. Control de Misión ignoraba su llamada de emergencia, así que debía haber pasado algo que impedía que sus señales llegaran a la Tierra.
Y lo mismo al revés. Control de Misión preguntaba al menos dos veces al día cómo estaban. Esa llamada debería haber llegado ya hacía rato. Richard aprovechó esos minutos para pensar. La idea de antes seguía dándole vueltas por la cabeza. ¿Y si realmente estaba soñando?
Cualquier otra explicación para la situación actual le resultaba más desagradable.
El hecho era que George y Juan no solo podían leer la información del ordenador, sino que tampoco tenían problema alguno con ello.
Richard se inclinó un poco y miró los instrumentos.
No le había llamado la atención antes porque conocía su función de memoria.
Pero todos tenían su rotulito metálico descriptivo … con letras en espejo.
Las luces rojas seguían brillando en rojo, las verdes eran verdes, pero todos los indicadores señalaban en la dirección incorrecta.
El nivel de llenado de los tanques de masa de reacción indicaba casi al máximo, pero la aguja estaba a la izquierda, y no a la derecha.
Y la ruedecilla que medía el actual consumo de energía giraba en sentido contrario a las agujas del reloj.