Plitch
Plitch
Plitch.
Plitch.
Plitch.
Richard se giró y presionó la oreja contra la almohada. No quería despertarse. Ese sueño … No, no había soñado nada. Eso era algo que acababa de ...
Plitch.
Plitch.
Platch. Le caían gotas de agua en la frente. ¡Maldita sea! Se puso de espaldas y se limpió el agua. Entonces abrió los ojos. Otra gota se estaba acercando. Podía reconocer su sombra. Se apartó de inmediato a un lado.
Plock.
La gota había alcanzado la almohada.
Un momento. Eso era imposible. Estaban en el espacio.
Si goteaba agua sobre él es que aceleraban en dirección opuesta al eje en que se desplazaban esas gotas.
Richard movió el brazo hasta que el sensor de movimiento lo detectó y encendió la luz.
Tenía sobre él la proa de la Urania-1. La reconoció por el panel de mando y los dos asientos de pilotos.
Pero estaban vacíos, a pesar de que la nave aceleraba.
Krrrrrrrrr.
Uaaaaaaa.
Giró hacia un lado. A su izquierda estaba George tumbado y roncando sobre su saco de dormir. A su derecha vio a Juan saliendo en ese momento de su saco.
Richard se llevó un dedo a los labios.
—Sigue dormido —le susurró.
—Estamos acelerando —dijo Juan en voz muy baja.
Richard cerró los ojos y sintió que debían estar a unos 0,2 g, que no habían impedido que durmiera a pierna suelta; hacía mucho que no dormía tan bien. Era sorprendente lo mucho que estaba el cuerpo acostumbrado a una fuerza constante que lo presionara sobre una base.
Observó a Juan subiendo hacia la proa. El ingeniero utilizaba para ello los escalones metálicos de la pared con mucha habilidad y alcanzó el asiento del piloto.
Cuando la Urania-1 estaba acelerando o frenando, la cabina se convertía en una especie de catedral.
La proa era el extremo superior de la torre.
Al diseñar la nave habían pensado en dividir el espacio en varios niveles.
Pero por el largo tiempo en que la Urania-1 estaría volando sin motor en su viaje habían preferido un espacio grande; algo que resultaba importante para el ánimo de la tripulación.
La fuerza desapareció. Richard flotó un poco por la cabina hasta que el saco tiró de su sujeción a la pared. George se despertó.
—¿Era necesario que me despertaras? —preguntó.
—Yo no he sido. —Señaló hacia arriba, que ahora volvía a ser delante—. Juan acaba de apagar el propulsor.
—Estaba teniendo un sueño genial. —George se apretó las sienes con ambas manos, como si quisiera sacarle las últimas gotas de jugo a ese sueño igual que a un limón.
—¿Con qué soñabas? —preguntó Richard.
—Pues … no lo sé. Hace un instante estaba allí. Tenía … no, se me ha olvidado. Qué pena.
—A mí me pasó lo mismo.
George abrió el saco de dormir. Iba en calzoncillos. —Tengo que ir urgentemente al baño. —George salió flotando. El WHC estaba detrás de una puerta en el extremo de la cabina.
Richard bostezó. Su sueño había sido bonito, pero bastante agotador. Abrió la cremallera de su saco. ¿Dónde estaban los vendajes que le habían puesto sus compañeros? Se tocó la piel; primero las manos, luego los brazos, el torso, las caderas y las piernas. Nada. Ni cicatrices ni quemaduras.
Cerró los ojos con fuerza. George y Juan debieron meterle en un coma inducido para que pudiera curársele la piel. ¿Cuánto había dormido entonces? ¿Había llegado ya a Marte? Richard flotó hacia un ojo de buey y luego hacia el otro. No encontró a Marte, pero sí una Tierra del tamaño de una uña.
¿Habían dado media vuelta por él? Intentó recordar sus lesiones; debían haber pasado al menos seis u ocho semanas. No quedaba ni rastro de ello en su cuerpo. Richard flotó hacia Juan, que seguía ocupando el asiento del piloto.
Se asustó al verlo llegar.
—¿Quieres ocupar tu asiento? —En el instante siguiente abrió los ojos de par en par—. ¡Si George te viera!
—¿El qué?
—Los vendajes, te los has ...
—No he sido yo.
—Anda ya, George no habría permitido nunca que … —Juan se acercó, le cogió la mano derecha y la miró de cerca—. Pero si estás totalmente sano. No entiendo qué ...
—¿No me habéis dedicado un sueñecito embellecedor?
—¿Sueño embellecedor?
—Quiero decir, que me habéis inducido un coma para que se curara mi piel, ¿no?
—¿Que hemos qué? —George se acercaba por detrás.
—Un coma, o algo así. Tengo la piel como nueva.
—¿Qué? Eso es imposible. ¿Qué has hecho con los vendajes?
George tiró de su hombro, lo hizo girar y abrió los ojos con gran asombro. —¡Eso es imposible! —Agarró el brazo de Richard y le apretó la piel—. Perdona. Es que … no me lo puedo creer. Si ayer aún estabas ...
¿Por qué se ponía George así? Lo habían dejado dormir un par de semanas y ahora ya tenía todo curado. Era una explicación lógica.
—A ver, espera un momento —dijo—, el tiempo lo cura todo, ¿no? Me habéis puesto en coma inducido y ...
—Richard, no disponemos de esa tecnología a bordo. Incluso tú mismo firmaste el contrato antes de subir a la nave. En la Urania-1 es imposible realizar cuidados intensivos y tú mismo renunciaste voluntariamente a eso.
—Bah, aquello no era más que papeleo burocrático.
—¡Mira a tu alrededor, Richard! ¿Ver alguna máquina por aquí a la que te haya podido conectar?
Richard siguió la petición. La cabina estaba igual que siempre.
De las paredes colgabas cosas, una caja de herramientas que estaba abierta, latas de conserva que flotaban sueltas por la parte posterior.
Su madre llamaba a eso «gestión doméstica masculina».
Como si solo los hombres fueran desordenados.
El hecho era que aquí no había apenas equipamiento médico. Esos dos podían haberlo escondido antes de que se despertara, pero ¿para qué? Sacudió la cabeza. —¿En serio no tenemos ningún equipamiento médico?
—Sí, un aparato de rayos X, detrás, en el almacén. En caso de fuertes golpes podríamos ver con él si nos hemos roto algún hueso.
Hmm. George tenía razón, no le cabía ninguna duda. Pero ¿cómo ...? ¡Esas quemaduras no se curan de un día para el otro!
—A mí me preocupa más la nave —dijo Juan—. Lo que sí hemos tenido ha sido una explosión en el reactor.
Repasaron juntos los indicadores. Richard miraba solo los relojes y las lucecitas. El reactor funcionaba al cuarenta por ciento de su capacidad nominal. Los tanques con masa de reacción no tenían fugas. Todos los valores estaban dentro de lo normal, pero algo resultaba extraño y no sabía decir qué.
—Antes funcionó la turbobomba —dijo Juan—. En empuje fue de veinte, es decir sin pérdidas.
—¿Qué es lo que recordáis? —preguntó Richard.
—Yo recuerdo haber salido expulsado de la nave —respondió Juan—. Hacía un calor tremendo en la nave. Creo que hubo rotura del casco.
—No, el casco está perfecto —dijo George—. Comenzamos a dar vueltas de trombo y yo vomité.
—No lo creo —dijo Juan—. En ese caso lo oleríamos.
Richard olisqueó el aire. No había ningún aroma a agrio. El aire en la cabina incluso olía sorprendentemente neutral, como si lo hubieran renovado del todo.
—Yo recuerdo calor y vapor —dijo Richard—. George quería expulsar el reactor.
Juan señaló un par de indicadores.
—Pues no parece haber funcionado.
Calor y vapor. ¿Había alguna relación con las gotitas que antes le cayeron sobre la frente?
Richard trepó por encima de la consola de mando y se metió en la proa hasta alcanzar la compuerta de la esclusa.
Estaba helada. Por ello se había acumulado allí humedad.
Richard intentó abrir la compuerta, pero estaba bloqueada.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó George.
—Bah, nada.
—Algo estarás intentando.
—Me despertaron un par de gotitas de agua y quería saber de dónde venían.
—¿En serio te preocupas por un par de gotitas de agua?
Juan señaló a un indicador en la zona de las mediciones medioambientales. Los números se emborronaron ante los ojos de Richard. Al parecer, aún no estaba del todo sano. —Ochenta y siete por ciento de humedad —leyó Juan.
—Por eso sudo tanto —dijo George—. Pero es más sano que el aire excesivamente seco de antes.
—¿Alguno de vosotros ha girado el regulador? —preguntó Richard.
Ambos sacudieron la cabeza. Todo era tan jodidamente extraño.
—Igual se ha movido por las vibraciones —sugirió Juan.
Richard buscó el regulador. ¡Allí! Incluso estaba al noventa por ciento.
Al parecer, estaba calibrado para otra temperatura.
Richard lo bajó hasta el sesenta por ciento.
El regulador iba bastante duro. Algo así no se giraba por sí solo.
Ya que no había sido él, solo entraban Juan o George en la ecuación.
Muy, pero que muy extraño. Esto no le gustaba nada. Demasiadas preguntas sin respuesta.
—Me siento como en un sueño —dijo Juan.
Sí, era eso exactamente. Un sueño. Tenía que conseguir despertar de ese sueño.
—Y yo —dijo George.
—Pues entonces estás dentro de mi sueño. ¡Lárgate de él, George!
—Olvídalo. Podría decirte exactamente lo mismo.
Ni Juan ni George tenían razón. Más bien estaban los dos dentro de su sueño. Esa era la única interpretación posible.
—Hora del sistema: 21 de mayo de 1978, 8:26h UTC —leyó George en el display del ordenador principal.
Buscaban juntos hechos que pudieran justificar sus impresiones de la realidad. El ordenador principal parecía servir para eso. Según él, habían dormido solo un par de horas.
—Voy a iniciar sesión —dijo George y escribió su nombre de usuario.
—Abre conexión con Control de Misión —dijo Juan—. Seguro que ellos han captado telemetría nuestra.
Esa era la primera propuesta realmente útil del día. Pero para eso no necesitaban siquiera el ordenador. Richard se dio un empujón y flotó a su asiento de piloto, donde se abrochó los cinturones.
Giró el cuello flexible del micrófono para acercárselo.
Entonces carraspeó. Richard notaba una sensación extraña.
¿Y si no les contestaba nadie? Tonterías.
Podía ver la Tierra por el ojo de buey. La Urania-1 podría haber quedado destruida en segundos, pero no la civilización humana entera.
El algún lugar estaba su CapCom David en el búnker secreto del ejército y esperaba a que la tripulación lo llamara.