Ruido blanco
Ruido blanco
A media mañana del miércoles regresaron envueltos en la niebla a Asheville y, de allí, en avión de vuelta a Boston. Rachel entró en el CfA puntualmente a las nueve. A pesar de haber estado fuera solo dos días, tenía la impresión de que había añadido dos semanas a sus vacaciones ya cumplidas.
Cuánto se alegraba de poder tomarse un té. El café que Elliot le sirvió no era más que un caldo amargo de lo más repulsivo. Inmersa como estaba en sus pensamientos con su té de delicioso aroma, Rachel no se apercibió de la persona que se le cruzó en el pasillo.
—Doctora Adams, ¿qué tal la muela?
James Harlowe estaba frente a ella como un policía de tráfico en un control de alcoholemia.
Mantenía la cabeza algo inclinada con una mirada de curiosidad mezclada con descontento.
En sus manos sujetaba un papel enrollado.
El sueño de Rachel de un día de trabajo más o menos soportable se evaporó como una pompa de jabón.
—Mi muela … —masculló Rachel, como si fuera la primera vez que oía eso—. Bueno … por ahora parece haber mejorado mucho. Igual ya lo ha experimentado. A cierta edad comienzan todo tipo de achaques.
Harlowe no pareció muy convencido. Se acercó mucho a Rachel y observó su mejilla, como si tuviera visión de rayos X.
¿Sospechaba algo? ¿Había descubierto las escuchas realizadas desde el PARI?
¿Había saltado alguna alarma del Deep Space Networks?
En teoría era posible, ya que los canales de banda S eran utilizados también por el DSN.
—Pues espero que haya tenido unos días tranquilos en casa, recuperándose con un buen libro.
Mierda, ¿quién le había dicho que le gustaba leer? ¿Le habían puesto micrófonos? ¿Había estado alguien en su casa en Medford? Entonces, Harlowe sabría que Rachel le estaba mintiendo. A lo hecho, pecho, pensó.
—Naturalmente, míster Harlowe. Tras mi visita al dentista me cuidé y reposé. En casa, ¿dónde si no?
Harlowe entrecerró los ojos.
—Creo que en otro lugar no habría sido nada bueno.
—¿Y usted? —preguntó Rachel, recuperando el valor—. ¿Cómo va mi proyecto?
El director del OSAP sonrió, pero Rachel no podía decir si era una sonrisa real o de pura sorna. Más bien un reflejo.
—Buen intento —dijo—. Ya nos veremos, doctora Adams.
Entonces dio un golpe con el rollo de papel en la otra mano y siguió su camino.
Ese tipo se esforzaba realmente al máximo para que le odiaran de todo corazón.
Hasta ahora no hacía más que representar el papel del típico malote desagradable.
Alguien que solo existía en este mundo para fastidiar a Rachel.
Seguro que Harlowe también tendría un lado bueno, al igual que buenas razones para su intervención.
Pero lograba ocultarlo del todo frente a Rachel.
El despacho de Susan se parecía, a ojos de Rachel, a una sala de juguetes científicos. En su casa tendría espacio de sobras para eso, pero Rachel no era de esas que se rodean de una variopinta colección de objetos y curiosidades científicas. Susan sí.
En los estantes a ambos lados de su despacho se alineaban figuritas de acción, desde She-Ra hasta Wonder Woman, modelos de naves espaciales desde el transbordador espacial hasta el Comet del Capitán Futuro, pero también había trocitos de asteroides, baldosas térmicas de una lanzadera, una bolsa de bebida de la ISS ...
—Harlowe está totalmente hermético —dijo Susan—. No tengo ni idea de si sabe algo de lo que habéis hecho. Pero si solo habéis escuchado un objeto, aunque Harlowe hubiera estado con otro radiotelescopio en la misma frecuencia, es imposible que se diera cuenta.
—Eso parece. Pero parecía bastante escéptico.
—Es que eso del dolor de muelas no es una buena excusa, Rachel. ¿Qué tal un dolor de vientre?
—¿A mi edad? ¡Anda ya!
Susan se inclinó sobre la mesa y habló más bajito.
—Farrah me ha dicho que Harlowe ha obtenido más permisos para uso de tiempo de observación del objeto. Los encargados de proyectos no se han alegrado precisamente con eso.
—No me extraña —dijo Rachel—. De ello dependen puestos de trabajo y dinero. Y reputación. ¿Te ha dicho qué es lo que planea Harlowe en particular?
—Intenta descubrir cuándo llegará eso a la Tierra exactamente.
—¡Pero para eso no necesita el Chandra! Está a dos millones de kilómetros. A un kilómetro por segundo tardará unos veintitrés días en llegar a la Tierra. Y que caiga entonces aquí en algún lugar de la superficie es más que cuestionable con las pocas mediciones realizadas.
Susan soltó una carcajada de desesperación.
—Dile eso a míster Cara Agria.
—Pero ¿y si no es ningún satélite? —preguntó Rachel.
—¿Crees que puede ser una nave espacial?
—O una etapa de cohete perdida por allí.
—Rachel, me dijiste por teléfono que envía mensajes por radio. Así que eso de la etapa de cohete puedes tacharlo ya de tu lista.
—No, si es algo parecido al Skylab.
Susan se sopló un mechón rojo de su cara. Con un poco elegante movimiento agarró el megatermo de café. En su interior se oía un chapoteo cuando se lo llevó a los labios.
Rachel juntó las manos.
—¿Sabes lo que pienso, Susan? ¿Y si ese objeto fue lanzado al espacio durante las misiones del Skylab? Igual un prototipo ultrasecreto, un laboratorio de ensayos. Para ver si serviría como hábitat de larga duración para personas en el espacio.
Susan dejó el termo sobre la mesa y parecía pensar.
—Ya lo sé, Susan; a primera vista parece muy cogido por los pelos. Pero ¿sabías que tras el final de las misiones Skylab se perdió el contacto con el laboratorio durante unos años? Y fue intencionado. Lo dejaron así, dando vueltas por el espacio como si nada.
—Vale, ¿y crees que lo que hemos encontrado con el Chandra podría ser algo parecido?
—Con la diferencia de que recibimos de este objeto una señal, que está irrazonablemente lejos y que a su alrededor flota una nube muy extraña.
Susan respiró hondo, se reclinó en su silla y deslizó la mirada por su exposición de objetos.
—Bajo ese aspecto entendería la motivación de Harlowe —dijo.
—Y yo también —tuvo que admitir Rachel—. Si no está aquí solo como administrador de un proyecto antiguo y de alto secreto, sino también para excluir un posible peligro para la Tierra.
—Y tú quieres echarle palos en las ruedas porque eres incapaz de mantener los pies quietos.
—Basta ya, Susan; tenía motivos más que justificados —se defendió Rachel—. Además, todo son suposiciones. Tampoco podemos ignorar ni la señal de radio ni la nube.
—Hablando de nube —dijo Susan—. He estado mirándome más en detalle el análisis espectral. Hemos pasado allí algo por alto.
—¿Has podido delimitar más la composición de su superficie?
—Sí, aluminio y titanio. En un noventa y cinco por ciento.
—¡Virgen Santa y Apostólica! Entonces sea probablemente un objeto de la NASA —dictaminó Rachel—. ¡Buen trabajo, Susan! ¿Qué hemos pasado por alto?
—Hay picos que se ajustan a un traspaso de electrones, como lo que conozco de la descomposición radiactiva.
—¿Estás segura?
—¡Tan segura como que me llamo Susan Reilly!
—¿Sabe Harlowe algo de eso?
—Aún no. —Susan volvió a inclinarse sobre la mesa—. Sabes lo que eso significa, ¿verdad?
Claro que Rachel lo sabía. Los picos en los traspasos debían ser muy pequeños porque Chandra solo trabaja en el ámbito de los rayos X.
Solo podía suponer que Harlowe orientara también un telescopio de rayos gamma hacia el objeto.
Pero el director de la OSAP parecía tener ya ciertas sospechas sobre lo que ese objeto podría ser.
—¿Y si ese objeto —comenzó a formular Rachel— posee un motor experimental o una cabeza nuclear?
—Con tu suposición te acercas a lo que opino yo, cariño —susurró Susan con mirada de conspiración.
—Ya veo que no piensas apartarte de tu lo-que-sea radiactivo.
Rachel creyó que estaban moviéndose en círculo.
Las dos podían plantear todas las suposiciones que quisieran, pero mientras no pudiera demostrarse nada seguirían tan perdidas como en un bote de remos en pleno banco de niebla.
Les faltaban pruebas. Y parecía que precisamente Harlowe se las estaba ocultando.
Rachel observó a Susan. Sentaba bien tenerla como colega y amiga.
No solo porque gracias a ella siempre estaba bien informada de cualquier rumor, sino porque su forma directa y sincera de decir las cosas era como un ancla para Rachel.
Se alegraba de poder contar con Susan en asuntos que ella misma consideraba que dominaba poco, como por ejemplo la capacidad de argumentar con absoluta seguridad en situaciones de conflicto.
—Pero no he venido aquí solo para que me pongas al corriente, Susan, sino porque tengo que pedirte algo.
Susan inclinó la cabeza a un lado.
—¡Olvídalo! No pienso camelarme a ese Harlowe para que sacarle información confidencial. No hago esas cosas.
Agarró con fuerza el termo y se tomó un sorbo como si se estuviera muriendo de sed.
—No te preocupes. Es algo más sencillo —prometió Rachel—. Necesito una cita con Chris. A ser posible ya mismo.
Cuando soltó el nombre de su exnovio, Susan escupió el café con leche sobre su escritorio. Rachel intentó apartarse, pero la alcanzaron algunas salpicaduras.
—¿Chris? —preguntó levantando la voz—. ¿Qué coño pretendes?
El taxi paró sobre la una de la tarde frente a la Harvard Griffin Graduate School of Arts and Sciences.
En plena hora del almuerzo, el moderno edificio de cristal y hormigón se parecía más a una colmena de abejas.
Centenares de estudiantes se movían por delante del edificio.
Dentro era prácticamente lo mismo, aunque a Rachel le habría gustado al menos que aquél bullicioso ajetreo se limitara a la cantina.
Al menos Susan había respondido a la petición de Rachel y había llamado a Chris. Ya que Chris y Susan volvían a tener una relación más estrecha desde el pasado fin de semana, parecía estar dispuesto a mostrar buena voluntad y aceptó verse con Rachel con tan poca antelación.
—¡La repera! —Alucinaba Shawn—. Esto es un mundo totalmente distinto al que tenemos en Bloomington.