El Proyecto Urania RzuT #3
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RzuT #3

—No me resulta apetecible —dijo George—. Esa es una intervención la mar de desagradable. Te meten una manguera por el esófago hasta el estómago y te lo llenan de agua salada que luego es succionada.

—Igual podríamos compararlo mejor con un estornudo —dijo Richard.

George asintió.

—¡Mucho mejor! Pues venga, hagamos que el motor estornude.

—Para eso tendrás que poner el reactor al cien por cien y luego aumentar la bomba a tope.

—En marcha, pues.

Esta vez sí que aumentó el ruido en la cabina. Mientras el reactor no pudiera expulsar la energía al exterior, había que refrigerarlo más y el sistema de enfriado hacía ruido. Solo se fue reduciendo cuando George fue acelerando poco a poco la turbobomba.

—Reactor al ochenta y nueve por ciento —dijo George.

—Suficiente —dijo Richard.

—Bomba a treinta, cuarenta, cincuenta.

—¡No tan rápido! —gritó Richard.

Juan apoyó una mano sobre su brazo, seguramente para que se tranquilizara, pero la retiró de inmediato al notar las vendas.

El empuje de frenado presionó a Richard con tanta fuerza en su asiento que casi pierde el conocimiento.

Oía a sus compañeros como tras una capa de algodón, y los colores se desvirtuaban para pasar todo a un anodino gris.

—Empuje al cuarenta por ciento —oyó a George ahora con más claridad. No había oído lo que había dicho antes, por lo que no podía comentar ese valor.

—Sorry … creo que ... me fui uno momento.

—Ay, pobre, la aceleración debe estar matándote, ¿verdad? —Juan lo miraba con cara de preocupación.

—¿Ha … servido … de algo?

—Empuje al treinta y cinco por ciento —dijo George⁠—.

De cuarenta a treinta y cinco, esa era una fuerte caída.

¿Era intencionado? También podría tratarse de una …

una … ¿cómo se llamaba? No recordaba la palabra.

Contaminación, ¡eso! Una contaminación por xenón.

El reactor había funcionado largo rato a baja potencia tras la explosión.

Eso podría haber formado xenón, que le quitaba demasiados neutrones a la reacción en cadena, por lo que el reactor no podía arrancar del todo bien.

Pero ese soplado del interior con vapor de amoníaco caliente debería haber eliminado el xenón sobrante.

Puso cara de espanto. Igual estaban al borde de un MAP, un Máximo Accidente Posible.

Tranquilo, Richard. Era cuestión de ver lo que los indicadores en la cabina estaban diciéndoles. ¿Era el rendimiento real del reactor o solo un cálculo basado en la posición actual de las varillas de control?

—Sigue bajando —dijo George—. Voy a aumentar un poco más el rendimiento de la bomba.

—Espera, por favor. ¿Qué te dicen los indicadores que tienes delante?

—Pues el rendimiento del reactor. ¿A dónde quieres ir a parar, Richard?

—No ves el rendimiento —dijo Juan—. ¿Cómo quieres ver eso?

No podemos contar las reacciones nucleares, como máximo solo el flujo de radiación, pero ese depende también de otros factores.

El rendimiento total lo determina el sistema mediante la curva característica del reactor, donde se considera la posición de los elementos de control.

—No podrías haberlo explicado mejor, Juan —dijo Richard.

—Mierda —dijo Juan—. Solo vemos un pronóstico. El rendimiento actual es incluso menor; como nos muestra la disminución en el empuje.

—Mejor ver demasiado, que demasiado poco, ¿no es así? —preguntó George—. Un reactor que produce más potencia de la que puedo detectar me da más miedo.

—Eso puedo entenderlo —dijo Richard—. Pero estamos igualmente bailando sobre un volcán. El plasma de amoníaco que estamos inyectando en grandes cantidades sopla el xenón acumulado al exterior. El reactor entrará en situación más crítica de lo que creeremos.

—Hanford 1944 —dijo Juan.

—Veo que prestabas atención en clase —le alabó Richard.

—En aquellos casos, el reactor se desconectaba por sí solo —dijo Juan—. ¿Dónde está el problema?

—Pues que la cosa se complica cuando de repente se elimina todo el xenón. El reactor va entonces más rápido de lo que nos gustaría.

—Reactor en ciento cinco —dijo George.

Richard dio un respingo. ¿Ya? Eso ha ido demasiado rápido.

—¡Apaga la bomba! —gritó Juan.

—¡Bomba a cien! —gritó Richard.

—¿Qué? ¿A cien o a cero?

—¡Bomba a cien! Debemos eliminar el máximo de potencia posible.

—Okey. Bomba a cien. Empuje ...

Richard soltó un fuerte quejido. Una aceleración prácticamente igual a la de la superficie en la Tierra lo empujaba en el asiento. —Bomba a … ¡ciento cincuenta! —logró mascullar.

—¿Qué? ¡Solo tenemos una! —dijo George.

—¡Hazlo!

—Okey, bomba a ciento cincuenta. Reactor a ciento veinte.

El resultado equivalía a uno coma tres g de efecto de frenada. Richard se mordió la lengua de tanto dolor.

—¡Reactor a ciento cuarenta! —En la voz del copiloto se notaba ya el pánico.

—¡Reactor a cinto cincuenta! —casi berreaba.

—Mierda, mierda, mierda. —Ese era Juan.

Richard ya no veía nada. Se hizo oscuro.

—¡Varillas de boro! ¡Mete las varillas de boro ya! —Creía estar gritando, pero solo lograba mascullar gemidos.

—Varillas de boro, a la orden.

George le había entendido. Era su última posibilidad. El boro pescaba neutrones del reactor que ya no estaban a disposición para la reacción en cadena. Eso debería frenar el reactor; si es que aún era posible.

Por la cabina comenzó a sonar una alarma.

—Temperatura del reactor excesivamente alta —dijo George—. Sigue subiendo. Extraigo varillas de combustible. No sirve de nada.

Seguramente el combustible ya se había fundido. El boro perdería parte de su efecto por ello.

—Expulsar reactor —dijo Richard. Era su última posibilidad. La cabina y el reactor estaban unidos de forma separable. Cuatro cohetes de combustible sólido podían expulsar el reactor lejos de la cabina en caso de emergencia. La distancia tampoco necesitaba ser demasiado grande.

Sonó una segunda alarma. Advertía de la separación.

—¡Hazlo ahora! —intentó gritar Richard.

El procedimiento de seguridad debía dar a todos los tripulantes un par de segundos para atarse los cinturones, pues luego habría durante unos instantes una aceleración ocho veces superior a la terrestre.

Pero entonces sería demasiado tarde.

Ya le llegaba calor por el suelo. Y no era imaginación suya. Su capacidad de percepción debió haberse ralentizado mucho. Cabalgaban por el espacio montados sobre una explosión nuclear.

—Deeemaaasiaaadoooo … taaardeeee … —La voz del piloto estaba distorsionada.

Richard oyó el eco. La cabina se llenaba de humo.

¿Estaban ya ardiendo sin que se diera cuenta?

Debía ser el shock. Abrió los ojos. Explotaban con el reactor nuclear.

¿Quién había experimentado algo así antes?

Richard no quería perderse ni un milisegundo, ya que no llegarían jamás a Marte.

Y Shania. Qué pena, no había llegado siquiera a leer su mensaje.

El humo formaba figuras extrañas frente a sus ojos.

Creaba células de color entre naranja y marrón que recordaban a celdillas de panal.

Flotaban por encima de él como una pared transparente y hacían el efecto de una lupa.

En las paredes de la nave encontró detalles que nunca le habían llamado la atención.

Las celdillas se densificaron. Extendieron protuberancias que pretendían agarrarlo.

De repente llegó la ingravidez. Richard flotaba sobre su asiento. Miró a su alrededor.

¿Dónde estaban George y Juan? En la cabina no, desde luego.

La explosión se abría paso desde la popa hacia delante.

Los componentes del reactor se desperdigaban hacia todos los lados, alcanzando finalmente la cabina que se destruyó en millones de trocitos.

Un rayo pareció iluminar el cosmos entero y al instante siguiente todo a su alrededor había desaparecido y formó parte de la noche.