El Proyecto Urania RzuT #2
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RzuT #2

—Pues todo claro, me fío del físico. ¿Por qué no iniciamos entonces el test ya mismo?

—Es que yo quería primero … —Richard miró anhelante el terminal. Seguro que sus datos de inicio ya se habían vuelto a borrar y tendría que empezar de nuevo desde el principio.

—Es que ahora estamos todos aquí … —dijo Juan.

—Yo apoyo la moción. —George señaló al ojo de buey—. Existe un cierto riesgo de que la nube se vuelva más densa. Estaría bien que estuviéramos seguros de poder ajustar nuestra velocidad o de desviarnos.

Richard entrecerró los ojos. Ese era un comentario importante. Suerte que George lo había mencionado. Igual había actuado con poca precaución.

—Tengo una idea mejor —dijo—. Giremos la nave ciento ochenta grados. Entonces probamos la turbobomba. Si funciona, frenaremos en lugar de acelerar. Eso incluso reduciría al rozamiento.

—Tienes razón, Richard —dijo Juan—. Vayamos a lo más seguro.

—Sujetaos —ordenó George—. Giro con las toberas de control.

El Sol había cambiado de posición. Ahora que la nave volaba con la popa por delante, brillaba a través del otro ojo de buey.

Richard lo veía desde su asiento. Juan estaba apretando los cinturones.

Solo tenían previsto hacer una suave maniobra de frenado, pero si algo iba mal, mejor no comenzar a dar trombos por el interior de la cabina.

Richard ya no pudo ponerse con los mensajes en el ordenador.

El tubo catódico de la pantalla lucía en verde allí a lo lejos.

Pero si Shania había tardado semanas en escribirle, bien podría esperarse un ratito más.

Bueno, tampoco era precisamente la reina de la paciencia; así era ella a veces.

Pero no tenía derecho a una respuesta rápida ahora.

—Atención, pongo el reactor a un tercio de su capacidad —anunció George. Era una pena que no pudiera ponerse él mismo a los mandos, pero con tanto vendaje le habría resultado imposible. George era un buen piloto, así que era su sustituto para estas cosas. Podía confiar en él.

Una lucecita en el techo comenzó a parpadear.

Richard esperó por alguna razón que se produjera algo más de ruido, pero las reacciones nucleares tienen lugar en completo silencio.

Aun así, sus músculos se tensaron involuntariamente.

Tenía aún grabada en la retina la imagen de la turbobomba despedazada por la explosión.

¿Y si la destrucción alcanzaba ahora también al reactor?

Sacudió la cabeza. El reactor nuclear estaba excelentemente apantallado.

No había …, sí, sí que había una conexión.

La turbobomba presionaba la masa de reacción, el amoníaco, al interior del reactor para poder calentarlo allí.

Así que el reactor estaría de alguna forma abierto; no sería un sistema cerrado como los reactores en los submarinos atómicos o en las centrales nucleares en la Tierra.

¿Por qué estaba dándole tantas vueltas al tema? Si no había pasado nada todo este tiempo. La nueva turbobomba aguantaría al menos tanto como la vieja.

—El reactor es estable —dijo George.

Richard soltó el aire que tenía acumulado en los pulmones. Ojalá no oyera George ese resoplido. Confiaba totalmente en él.

—Abro la turbobomba. Por ahora me quedo en un cinco por ciento.

Richard cerró los ojos. Su corazón latía con fuerza y se le tensaron los músculos. Una fuerza le presionó contra el asiento. El dolor no era tan grande como temía.

—Cinco por ciento estable. Empuje en cuatro coma seis por ciento. Reactor estable.

Al principio, a baja potencia, las discrepancias entre rendimiento de la turbobomba y el empuje eran algo normal.

—Subo la bomba al diez por ciento.

La fuerza aumentó. El dolor siguió sin cambios.

—Empuje en nueve coma uno. Reactor estable.

A Richard no le gustaba ese valor, aunque estuviera dentro de las tolerancias. Pero George lo sabía tan bien como él. Lo mejor sería no decir nada al respecto.

—Subo al quince por ciento en la turbobomba.

—Despacio. —Richard no pudo evitarlo y se enfadó consigo mismo.

—Sí, subiré muy lentamente al quince por ciento en la turbobomba.

—Gracias.

Esta vez, el dolor de la presión aumentó. Un impulso ardiente se extendió por los omóplatos y el trasero atravesándole el cuerpo. Levantó instintivamente la barriga un poco, lo que hizo que se tensara el cinturón, que ahora cortaba desde arriba la piel quemada.

—Empuje ahora en trece coma cuatro; un momento ..., coma tres. Reactor estable.

—Yo preferiría ...

—Aumento nivel crítico al cuarenta por ciento —le acabó George el resto de la frase. Con una mayor potencia del reactor también tendrían un mayor hueco de maniobra si pasara algo.

—¿Qué hay de esa extraña indicación de temperatura? —preguntó Juan.

—Ha subido solo mínimamente —dijo George.

Una buena noticia. La nube de polvo parecía ser menos densa de lo que pensaban.

O ya habían cruzado su punto máximo sin darse cuenta.

Así que ya podrían acelerar en lugar de frenar.

Pero Richard no quería sobrecargar a George con trabajos adicionales en pleno ensayo de motores.

Llegarían un día más tarde a Marte. Y tampoco es que viniera de un día.

—Voy a probar ahora con veinte por ciento de rendimiento de bomba —dijo George.

Richard asintió. Seguía teniendo una sensación extraña, pero seguramente se debiera a no tener él el control. No era bueno en eso de dejar su vida en manos de otras personas. También lo decía mucho Shania.

O simplemente no le gustaba el dolor que ahora se intensificaba.

Y eso que estaban a solo 0,2 g; si estuviera ahora tumbado en la cama de su casa en la Tierra tendría que aguantar cinco veces ese valor.

Los médicos le habrían llenado de analgésicos, seguramente.

Aquí se sentía dueño de todas sus fuerzas mentales.

Pero bien podría equivocarse. Igual no estaba notando los efectos secundarios de los analgésicos.

—Empuje en dieciséis coma cero —dijo George—. Reactor estable.

Reactor estable; eso era buena señal. Un reactor inestable los convertiría a todos en una bola de fuego nuclear.

Richard había visto simulaciones que alguien había calculado en la gran estación DEC.

En el espacio, una explosión nuclear no provocaría el conocido y temido hongo, sino que se expandiría en todas las direcciones.

Y no muy lejos, ya que no hay medio por el que pudiera moverse una onda de choque.

Tampoco es que llevaran tanto uranio. Nadie en la Tierra llegaría a ver la explosión.

También era muy improbable que justo en ese momento hubiera un telescopio observándolos.

La atmósfera se tragaría la radiación generada.

—Empuje en quince coma nueve—dijo George⁠—.

Richard levantó la cabeza. El dolor lo castigó de inmediato.

—¿Has variado algo? —preguntó.

—No, nada.

—El valor transmitido estaría probablemente justo en el centro —explicó Juan—. El indicador solo permite una posición decimal.

Eso sería posible. También podría tener la culpa el reactor; las reacciones en cadena controladas tampoco eran moco de pavo. Las pequeñas oscilaciones solían compensarse con mayor rapidez de lo que pudiera llegar a detectarse. Pero la turbobomba misma debería al menos trabajar de forma constante.

—¿Subimos a un veinticinco por ciento de rendimiento de bomba? —preguntó George.

Normalmente, Richard habría asentido de inmediato. Debían hacer que la bomba alcanzara el cien por cien si es que querían aterrizar en Marte. Veinticinco no era nada comparado con eso. Pero seguía con esa extraña sensación.

Hmm. ¿Qué habrías decidido si estuvieras tú a los mandos?

Entonces no habría tenido miedo de alcanzar una cuarta parte de la potencia nominal.

Era la falta de control lo que le hacía dudar.

Debería trabajar en eso. La turbobomba tenía, de por sí, sus propias reservas.

Incluso a un ciento cincuenta por ciento debería cumplir con su función.

—Sí, dale a ver —dijo.

—Vamos allá. Veinticinco, check.

Richard ordenó a sus músculos que se relajaran. Funcionó a pesar de que la creciente aceleración fuera una tortura. Igual no debería haberse sacrificado por Juan. Bah, todo había salido bien al final.

—Empuje ahora en veintidós coma dos —anunció George.

—Veintidós coma uno —dijo Juan.

La aguja volvía a oscilar al centro.

—Coma uno —confirmó George⁠—.

Ahora coma dos.

Decídete ya, jolines, ... estúpido indicador.

—Coma cero —dijo George.

—¿El empuje acaba de bajar dos décimas? —preguntó Richard.

—Considerando la precisión de medición en algo entre coma tres y coma uno —corrigió George.

Pero esa vez fue un descenso y no la aguja saltando entre dos valores.

—Igual deberías llevar al reactor a la mitad de su potencia —dijo Juan—. La carga de las baterías chupa también algo de rendimiento eléctrico.

—Hazlo —dijo Richard.

—Vale, tú eres el comandante —dijo George.

Sonaba algo irritado, y es que tenía razón. Richard se estaba metiendo en algo que en ese momento no era de su incumbencia. En comparación, Shania había una copiloto ejemplar.

—Reactor al cincuenta por ciento —dijo George—. Empuje en veintiuno coma nueve.

Ese no era el resultado deseado, sino todo lo contario.

—Empuje en descenso. —George se inclinó sobre los muchos relojes frente al asiento del comandante—. Ahora coma ocho.

—No me gusta nada esa tendencia —dijo Richard.

—Igual se han acumulado restos de la última explosión en el reactor —dijo Juan—. No hemos limpiado el núcleo.

No era una crítica. El núcleo no podía limpiarse a mano si no querías morir en el intento. Pero sí era posible hacerle un soplado.

—Si fuera por residuos de la explosión, la turbobomba no tendría la culpa —dijo Richard.

—Al menos, no la nueva —dijo Juan⁠—.

—Entonces podríamos en cierta manera … —no se atrevía a decirlo en voz alta—, hacerle un soplado.

—Si vosotros lo decís … Yo solo soy médico.

—Imagínatelo como un lavado de estómago, George —dijo Juan.