RzuT
Rz+uT
Estúpida contraseña.
Erre mayúscula, zeta minúscula, signo de suma, u minúscula ... En pantalla apareció una i.
Rz+i
No, mal. Pulsó la tecla de borrado. Junto a la tecla de espaciado era su preferida, pues ambas podían aún accionarse con las manos vendadas.
Rz+u
u minúscula, ¡Toma ya! Ahora T mayúscula.
Rz+uZ
Mierda. Borrar. El cursor parpadeaba tras la u minúscula. Ahora tenía que apuntar bien. Giró el dedo en su grueso vendaje para que la parte más fina señalara hacia abajo, justo sobre la T.
Rz+uT
¡Enter! Suerte que su contraseña no tenía más caracteres. Pero no hay bien que por mal no venga. Sus colegas se reían mucho de él cuando utilizaba contraseñas larguísimas y no las pegaba en un Post-it en la pantalla o debajo del teclado.
En la Urania-1 era imposible, porque el teclado de la computadora de electrones estaba atornillado a la superficie.
Se ejecutó el programa de inicio de sesión y apareció su espacio personal.
Tenía un nuevo mensaje. Seguro que era el que le mencionó George ayer.
Solo podía ser de Shania. Sus padres ya habían muerto y no tenía hermanos.
Por algún rincón de Tejas tenía a un tío y unas tías por parte de madre, pero nunca tuvo contacto con ellos.
Le daban por muerto. Estaban a punto de tener razón.
¿Qué quería su ex? No apareció en el despegue de la cápsula hacía seis semanas. Habían pasado ya tres meses desde la última vez que se habían visto. Fue cuando le comunicó su decisión final. Aunque mucho antes ya tenía más que claro en qué consistiría.
Marte.
El nombre le fascinaba ya desde pequeño. Un dios de la guerra, propietario de un planeta entero, o al menos así lo entendió.
—¿Richard? —Juan flotaba hacia él, se detuvo a un brazo de distancia y giró la cabeza hacia un lado mientras hablaba con él. De eso tenía la culpa George, que le había conminado a no lanzarle ninguna bacteria a la cara dado su sistema inmunitario tan debilitado.
—Vamos a intentar arrancar el reactor —dijo Juan
—¿Cómo dices? No te entiendo bien si hablas en otra dirección.
—No importa. Deberías cuidarte igualmente.
Richard sonrió. Uno a cero para Juan.
—Has ganado. ¿El reactor, entonces? ¿Me das diez minutos a que lea antes mis correos?
Juan sacudió la cabeza.
—Las baterías están casi vacías. Necesitamos el reactor.
—Okey. Me apunto.
Flotaron al extremo opuesto de la cabina.
—Control de Misión ya me ha dado el ok —dijo George—. Me alegro de verte por aquí.
—Venga, pon ya a nuestro bebé en marcha.
En el fondo no podían hacer nada más que seguir con la mirada los indicadores de estado.
Podían verse tensiones, intensidades, temperaturas y presiones en distintas escalas.
Daban una visión de conjunto sobre lo que pasaba dentro del reactor.
Si algo iba mal, no tendrían forma de solucionarlo, excepto sacar las varillas de moderación y meter el boro.
Y rezar. Todo astronauta se acostumbra a estas cosas.
Richard había hablado largo y tendido con Armstrong tras el regreso de la primera tripulación.
El aterrizaje … Su colega había muerto en su mente varias veces, y aun así había continuado.
Daba un poco de pena que las tripulaciones de los Apollo no pudieran ser candidatos al programa Urania.
—Tiene buen aspecto —dijo George.
Richard asintió. La temperatura del núcleo aumentó lentamente mientras se extendían las reacciones en cadera del uranio.
—Inserta el moderador —dijo Richard.
—Confirmado. Moderador al diez por ciento.
Una parte de los neutrones generados por fisión nuclear tenían demasiada energía para poder ser captados por otros átomos de uranio. El material del moderador frenaba los neutrones rápidos que se paseaban por el reactor de un lado al otro, aumentando así su índice de reacción.
—Moderador al veinte por ciento —dijo George.
—Eso debería bastar por ahora —dijo Richard—. La demanda de energía para cargar las baterías tampoco es tan grande.
—Pero si conectamos la turbobomba … —comentó Juan.
—Paso a paso. Primero comprobaremos si el reactor es estable.
—Sí, comandante. Te habríamos echado mucho de menos si ...
Juan siempre era algo impaciente y confiaba a veces demasiado en sus reparaciones. Pero para eso estaba allí Richard. Era la varilla moderadora de esa pequeña tripulación, pero debía decidir por su cuenta hasta qué punto debía insertarse.
—Gracias, Juan. Yo no os habría echado de menos. Una de las ventajas de morirse.
Pero se alegraba que las parcas no hubieran venido aún para llevárselo.
—¿Hay algo más que requiera mi atención? —preguntó.
—Tengo una lista de comprobación para el reactor, pero puedo repasarla con Juan.
Siempre esas listas de comprobación.
—Claro, hacedlo. —Ya podía dedicarse al fin a leer sus mensajes. Flotó de regreso a la proa donde estaba el terminal. Mierda. El ordenador había cerrado su sesión por falta de actividad.
¿Nombre de usuario?
Debajo parpadeaba el cursor. Richard se giró hacia sus colegas.
¡Si al menos uno de ellos pudiera introducirle nombre y contraseña!
¿Y si se suelta un poco las vendas? El índice apenas le dolía ya cuando tocaba con él la pared.
Pero George se enfadaría mucho, por los gérmenes que podrían entrar en heridas abiertas.
Y tenía razón. Richard insistía en que los dos cumplieran a rajatabla sus instrucciones, así que también él debía someterse al médico de a bordo en sus funciones.
Pues como antes, paso a paso.
Rz+i
Mal. Otra vez la u minúscula. Pulsó la tecla de borrado.
—Richard, ¿puedes venir un momento? —George le hacía señas desde el extremo opuesto de la cabina. Richard se fue hacia allí.
—¿Qué hay?
George señaló hacia un indicador que Richard no había visto nunca antes. La agujita vibraba ligeramente por encima de la línea de cero. Richard buscó el rótulo de ese reloj, pero era difícil de descifrar.
Outs. Temp. Rel.
Pasó la mano sobre el rótulo y vio polvo en los dedos. El polvo no era raro. El aire era seco y la mayoría de las superficies se cargaban electroestáticamente. Por ello había siempre que tocar tierra antes de abrir un aparato.
Tierra, jeje.
—¿Richard?
Se amonestó a sí mismo. Últimamente parecía estar algo distraído. Tenía que concentrarse más.
—¿Qué es eso?
—Muestra nuestra temperatura exterior relativa.
George le entregó una página plastificada, una explicación de los distintos instrumentos. Richard la consultó.
—La temperatura exterior relativa se mide en un sensor metálico en el casco de la cabina, lado proa, a babor.
Okey, la temperatura fuera es del vacío. Debería estar prácticamente a cero. La aguja señalaba otra cosa. Siguió leyendo.
—No está calibrada y no considera la irradiación solar.
Debía ser eso. Richard se lo mostró. George señalaba al ojo de buey de estribor, donde el Sol lanzaba su luz blanca y fría al interior.
Estribor. El sensor estaba a babor. A la sombra. Allí debería hacer frío.
—¿Podría salir el calor de dentro?
George señaló hacia la hoja y siguió leyendo.
—El sensor está aislado del interior. Si la aguja se mueve, es que la trayectoria está pasando por las estribaciones de una atmósfera.
Richard le mostró a George el dedo medio.
—Una mierda pinchada en un palo. No podríamos estar más lejos de cualquier tipo de atmósfera.
—Eso mismo le dije yo a Juan. —Juan daba toquecitos sobre el instrumento, pero la aguja no parecía hacerle caso alguno. Al menos, no se había quedado encallada.
—No podemos ignorar esto —dijo George.
No, no podían ignorarlo. Richard asintió.
—Podemos preguntar a Control de Misión.
Se miraron entre ellos antes de empezar a reír juntos. No podían esperar ninguna ayuda de la Tierra. Si alguien era capaz de solucionar el problema era aquí, en la nave.
Pero ¿era eso un problema?
—¿Cuánto lleva esa aguja así? —preguntó Richard.
—Eso no lo sabe nadie —dijo George—. Es un indicador directo y el ordenador no guarda esos datos.
Eso tenía sentido. El sensor solo era necesario en la órbita de un planeta, y solo como reserva para mediciones de altura y presión. Daría valores incluso con el ordenador central apagado, incluso con corriente de emergencia.
—¿Has controlado altura y presión? —preguntó Richard.
—Claro. Ambos están a cero.
Algo estaba calentando el casco exterior de la Urania-1. No venía de dentro y no era atmósfera planetaria.
—Debe ser una nube de polvo —dijo Richard.
—Eso pensé yo también —dijo George—. Pero ¿por qué no la vemos ni en el radar ni por los ojos de buey?
Richard se encogió de hombros.
—¿Podemos probar igualmente la turbobomba? —preguntó Juan.
Richard mantuvo las explicaciones del indicador ante sus ojos y leyó.
—Ya que el indicador no está calibrado, no pueden deducirse recomendaciones. El funcionamiento de la nave debería ser seguro mientras la aguja se quede en la parte izquierda de la pantalla.
—Pues está muy a la izquierda —dijo George.
—Pero ¿y si aceleramos? —Juan tocó de nuevo el indicador—. Si realmente es una nube de polvo nos frenará y calentará el casco.
Parecía que Juan se lo imaginaba como en la entrada en una atmósfera densa, como la de la Tierra.
Pero estaban muy lejos de algo así. No solo por la distancia.
La Urania-1 volaba a más del doble de la velocidad cósmica, así que claramente más rápida que un satélite orbitando la Tierra.
Si a esa velocidad tocaran los inicios de la atmósfera, la nave estaría ya ardiendo.
Pero la aguja solo vibraba ligeramente por encima de cero.
Así que el casco estaría unos diez o veinte grados por encima de lo normal.
Eso no podría causar daño alguno. Hizo unos cálculos.
Aunque su velocidad se duplicara, el efecto del rozamiento de la nube solo se cuadriplicaría.
La aguja seguiría sin duda aún a la izquierda.
Y no tenían intención de duplicar su velocidad.
—Juan, ¿a qué velocidad crees que aceleraremos con el test?
—Máximo un cinco por ciento.
—Entonces estamos seguros. Créeme. Te lo dice un físico.