La señal #2
—Tengo que enseñárselo a Christina —dijo Elliot con visible entusiasmo—. Si es que la podemos pillar de nuevo.
—¿Puedes reproducir la señal de audio? —preguntó Rachel.
Elliot se rascó la barba. Se giró en la silla hacia la estantería de servidores junto a los monitores donde movió un regulador en la interfaz. Alrededor de Rachel sonó un ruido sordo. Fuera lo que fuese que hubiera captado la parabólica, estaba distorsionado hasta resultar irreconocible.
—¿Qué puede ser eso? —preguntó Shawn—. ¿Ruido de máquinas?
—No en una frecuencia de radio, jovencito —rechazó Elliot—. Realmente parece una especie de retransmisión por radio, pero la señal se ve interferida por algo.
—La nube. —Elliot se giró y miró a Rachel interrogativamente—. El objeto está rodeado de una nube que brilla en luz de rayos X. Es muy posible que la nube interfiera en la señal.
—¿Son imaginaciones mías, o realmente parece que alguien dice algo ahí? —intervino Shawn de repente.
Todos se quedaron quietos escuchando el ruido.
En efecto, bajo todo ese ruido variado había algo que parecía ser una voz humana.
Rachel prestó especial atención. La modulación y el ritmo parecían repetirse en un bucle sin fin.
Seguramente se tratara de un mensaje corto que se repetía constantemente.
¡La voz de una persona! Enviada desde un vehículo especial a dos millones de kilómetros de la Tierra.
Rachel comenzó a imaginarse qué era lo que Harlowe encontraba interesante en ese fenómeno. Si era una nave espacial secreta de los años setenta u ochenta, debería impedir a cualquier precio que se descubriera. No importaba que fuera de los americanos o de los rusos.
—Pues ya ves, chaval —dijo Elliot—. Si emite en una frecuencia de radio terrestre, no puede ser una nave alienígena, ¿verdad?
Pero Shawn no se dejó impresionar por ese bofetón verbal de Elliot. Le ofreció gominolas que este rechazó con cara de asco. En su lugar sacó el siguiente cigarrillo y se llevó la taza de café a los labios.
—Esa parece ser la prueba —dijo Rachel—. Es evidente que tenemos allí una nave espacial. Posiblemente un antiguo experimento. O se salió de su rumbo o lleva mucho tiempo dando vueltas por el espacio. Pero, ¡por todos los santos, emite señales de radio!
Al mirar las estrellas, Rachel pensó en todo lo que resultaba ahí arriba invisible al ojo humano. ¿Qué secretos estarían allí ocultos? Muchos, sin duda, ahora que tenía la certeza de que volaba por allí un objeto hasta ahora desconocido.
Con todo lo descubierto por las mediciones del Chandra sabía que el objeto era muy grande. Igual hasta lo ensamblaron en el espacio. ¿Estaba el Skylab ya en órbita por aquél entonces? Podría ser, por el tamaño. El Skylab constaba principalmente de la segunda etapa de un cohete Saturn IB.
No; esas ideas eran pura tontería. Cuando se recuperó el contacto con el Skylab tras cuatro años de silencio, se descubrió que la estación espacial ya abandonada caía más rápido de lo que pensaban.
El Skylab se hizo caer en 1979. Los restos se desperdigaron por el suelo australiano.
Se los llevaron luego a los Estados Unidos donde fueron definitivamente identificados.
Un municipio australiano envió incluso una multa a la NASA por vertido no autorizado de residuos.
No, eso de ahí arriba debía ser algo distinto, aunque por su tamaño bien podría ser una etapa de un Saturn.
—¿En qué estás pensando?
Rachel se sobresaltó. Elliot la miraba mientras soplaba el humo del cigarrillo hacia el cielo nocturno.
El silencio a su alrededor era absoluto.
Ni aviones, ni coches, ni siquiera los telescopios soltaban crujidos.
Aquí era todo muy diferente a Cambridge.
Elliot esperaba una respuesta. Mientras la observaba con la intensidad de alguien que quiere descubrir cuántas arruguitas se han añadido desde el último encuentro, Rachel pensaba en si esa Christina de la que hablaba Elliot no sería más que imaginaciones de un viejo solitario.
—¿Te sientes solo, a veces? —preguntó Rachel.
—Solo sí. Pero igual también solitario. No lo sé. ¿Cuándo se convierte uno en solitario?
Rachel se envolvió el cuerpo con los brazos. Esperaba conservar algo mejor el calor en su cuerpo.
—Pero ya sé a qué te refieres —añadió Elliot—. Me gusta mucho estar aquí. Mejor que en cualquier otro lugar de este mundo tan loco. Un tipo como yo está mucho mejor en un lugar como este, ¿no crees?
—Mientras te haga feliz … —Rachel miró al suelo, pues se arrepintió de inmediato de sus palabras—. Perdona, me he pasado tres pueblos.
—No te preocupes, está bien.
Elliot apoyó la mano sobre su hombro. Una violenta e inesperada reacción hizo que Rachel diera un respingo y saltara hacia atrás. Elliot apartó de inmediato la mano.
—Realmente me gusta estar aquí —dijo—, pero tras todos estos años va sacando uno sus conclusiones.
No puedo quitarme de encima la desagradable sensación de que hago este trabajo solo porque mi madre también trabajó para la NASA.
En el fondo no sé qué otra cosa podría hacer.
Pero bueno, ahora estoy aquí intentando convencerme de que tuve posibilidad de elección.
—¿Crees entonces que fue tu madre la que te empujó hacia esta carrera científica?
—No tendría pelotas suficientes para poner eso en cuestión ...
Rachel se acercó de nuevo a Elliot como un cervatillo tímido. Lo que acababa de decir tenía sentido. Aunque Rachel prefiriera olvidarlo. Su fascinación por las ciencias naturales no surgían por casualidad. Su propia madre había estado bastante en contra.
Durante años intentó con una vehemencia digna de manual que Rachel no estudiara una carrera relacionada con los viajes espaciales. Nunca llegó a superar la muerte de su padre, aunque frente a Rachel no quiso jamás demostrarlo.
En su madre se abrían regularmente viejas heridas, sobre todo cuando despegaban nuevas misiones tripuladas.
Y evidentemente en el aniversario del accidente.
Rachel recordaba un artículo de periódico de la época, que su madre había recortado y conservado en una funda de plástico.
Tras todos esos años, el papel se había vuelto amarillo y quebradizo, con un olor mohoso y dulce.
Rachel iba a decir algo, pero aún necesitaba un instante antes de poder plasmar lo que pensaba en palabras.
—Creo que también se puede encontrar satisfacción en algo que otras personas te han motivado a hacer. ¿Y qué hay más bonito que el hecho de que esas personas sean tus padres? ¿No es algo así como un legado de los padres que los hijos trabajen en el mismo campo que ellos?
—Psé, ni idea. Igual soy más bien de esos con carácter subversivo que lo rechazan todo.
Elliot apagó su cigarrillo sobre el asfalto y miró por encima del hombro a lo lejos, hacia el radiotelescopio del Oeste.
Se quedaría aquí. Y resultaba evidente que lamentaba lo que había pasado entre Rachel y él.
Pero el tiempo no se detiene y a esas alturas ya eran personas muy distintas a cómo eran entonces.
Aunque Rachel estuviera convencida de que algunas cualidades no cambiaban nunca.
—Y ese mensaje de un objeto fantasma —cambió Elliot la conversación—, ¿qué vas a hacer con él?
Rachel tragó. Elliot estaba levantando claramente de nuevo los muros alrededor de su corazón. ¿Había sido demasiado íntima con él? Rachel pensó que seguramente ya solo hablaría Elliot de temas científicos hasta el final de su visita.
—Okey —dijo Rachel, esforzándose por usar un tono más profesional—.
—Tenemos lo que tenemos. Propongo que mantengas tu parabólica orienta al objeto durante el resto de la observación y mires a ver si logras pillar algo más.
¿Y con el mensaje? Pues tendré que ir a ver a alguien que me lo pueda pulir un poco.
Algún ingeniero de sonido. Si es que puede sacarse algo de esa sopa de ruidos, claro.
Pero si lo consigue, tendríamos probablemente un indicio sobre el contenido de ese mensaje.