El Proyecto Urania La señal
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La señal

La señal

La noche cubrió el Pisgah National Forest con su manto de oscuridad.

Y aunque la temperatura hubiera caído mucho, al menos los nubarrones y la lluvia se habían marchado a otro lugar.

El cielo había quedado despejado, desvelando lo que las inclemencias terrenales habían estado ocultando: un cielo infinito plagado de billones de estrellas brillantes.

Rachel nunca se saciaba de ver este espectáculo.

Siempre que miraba al cielo nocturno le embriagaba la misma fascinación y alegría que antes, cuando tenía diez años, y aprendía de memoria las constelaciones.

—¿Crees que por aquí arriba hay vampiros? —Las palabras de Shawn rompieron el silencio sacándola de sus recuerdos.

—¿Lo dices por la cantidad de iglesias que hay por esta zona? —cuestionó Rachel.

Shawn asomó por la puerta de la caseta entre los dos edificios de dormitorios, hechos de madera.

Ahora, en otoño, no había ni un alma en el PARI, y no hacía falta reservar uno de los fríos chalés para darse cuenta de ello.

Los grupos de visitas organizadas y las clases escolares visitaban las instalaciones más bien en los meses de verano.

Rachel vio que Shawn sostenía algo entre las manos. Parecía un vaso y una pequeña bolsita.

—No me digas que has encontrado algo de comer.

—Más o menos. He conseguido sacar de la máquina la última bolsita de gominolas. El resto de ofertas del dispensador me resultó bastante menos apetecible, a no ser que te gusten los Smarties.

—Pues va a ser que no. ¿Hay también té?

Shawn bajó la cabeza para mirar bien el interior de su vasito, como si la respuesta se hubiera ahogado ahí dentro.

—¿Te burlas de mí? ¡Esto ni siquiera es café!

Rachel sacó el móvil de su bolso. Faltaba poco para las ocho. No le entristecía no pasar gran parte de la noche en el chalet sin calefacción. Ni siquiera la perspectiva de estar en la apestosa sala de control del PARI pudo hacerla cambiar de parecer.

—¿Ya lo tienes todo, Shawn? Sería hora de ir yendo para allá.

El astrofísico miró a su alrededor y Rachel siguió su mirada.

Las laderas boscosas de los montes circundantes se extendían a ambos lados del área como monstruos dormidos.

Para hacer justicia al concepto de Dark Sky Park, los alojamientos tenían una iluminación escasa; con lamparitas que apenas proyectaban una luz mortecina.

La autopista en el fondo del valle no estaba a más de cuatro millas en línea recta desde allí, pero Rachel no podía oír ni un solo coche.

Caminaron hacia el edificio de control. Había refrescado bastante, aunque ya no reinaba tanta humedad como hacía unas horas. Lo que más impresionó a Rachel era la Vía Láctea, bien visible en el cielo. Shawn hacía ruido con su bolsita.

—Es estupendo que nos hayas podido alojar aquí. Igual puedo luego echarle un vistazo al museo. Dicen que allí hay artefactos de cohetes y lanzaderas espaciales. Y una interesante colección de minerales.

—Suenas como hi hubieras disfrutado de una excelente siesta. Mi cama era más dura que el asfalto de la autopista.

—Todo esto aquí es superalucinante —dijo Shawn con un par de gominolas en la boca—. En Indiana tenemos el Yellowwood State Forest bastante cerca de Bloomington. Allí también pueden verse muy bien las estrellas. ¡Pero lo de aquí es algo totalmente distinto!

Cuando llegaron al edificio de la sala de control, Rachel percibió un ronroneo grave.

Siguió el ruido y su mirada se detuvo sobre el gran radiotelescopio del Oeste.

A una velocidad apenas perceptible, estaba reorientándose en esos momentos.

La imponente construcción blanca era iluminada por unos focos en su base.

—Si pudiera, pasaría aquí mis vacaciones. —dijo Shawn—. Me pasaría el día estudiando viejas fotografías del archivo, tocaría rocas lunares hasta dejarlas lisas y por las noches miraría el cielo para ver cómo se pasean los planetas de nuestro Sistema Solar.

—Suena como que estás disfrutando de tu trabajo —dictaminó Rachel.

Shawn metió de nuevo la mano en la bolsita.

—¿Qué puedo decirte? ¿Sabes lo que se gana en una universidad de Indiana como posdoctorado? Hay que amar profundamente ese trabajo.

—¿Qué es lo que más te gusta de él?

El telescopio se había detenido, ya reorientado, y se impuso de nuevo el silencio. Shawn soltó una nube de vapor condensado por la boca. Parecía pensarlo un rato.

—Creo que no es como con la mayoría de los demás —dijo entonces—.

Muchos astrofísicos se dedican a buscar un nuevo hogar para la humanidad.

Pero yo no; yo prefiero buscar el conocimiento.

¿Qué hay ahí afuera? ¿Cómo influyen los fenómenos cósmicos en nuestra vida diaria en la Tierra?

¿Cómo puede la humanidad crear un mundo mejor y más sostenible con el conocimiento obtenido sobre el universo?

Un fuerte ruido rompió el silencio. Rachel se sobresaltó y buscó con rapidez en la oscuridad el origen de ese ruido. Sonó como si detrás del edificio de control alguien hubiera tumbado un cubo de basura u otro recipiente metálico. No podía ser el viento, ya que no soplaba ni una ligera brisa.

—¡Ahí estáis! —oyó Rachel la voz desde la entrada.

Elliot venía hacia ellos, con un cigarrillo en la boca y una taza en las manos. ¿Había estado durmiendo? ¿Ese hombre realmente dormía alguna vez?

Rachel señaló hacia la esquina del edificio.

—Allí algo ...

—Yo también lo he oído —dijo Elliot.

—¿Pueden haber sido ciervos?

—Qué va, toda la zona está vallada con alambre de espino. Aquí no se cuela un ciervo tan fácilmente. Igual ha sido Christina. O el mismo Wendigo.

Rachel se alegró de que no se empeñara en fumarse otro cigarrillo. En su lugar se dirigieron al interior sin más dilación, donde el operador les ofrecióa Rachel y Shawn asientos ante uno de los monitores de pared.

—Vamos a ver, queridos especialistas —comenzó Elliot—. He orientado la parabólica de doce metros a la posición deseada. No es que yo crea que allí pudiera haber algo que emita señales de radio, pero okey. ¡Y además en banda S! Pero me encantará de que me convenzáis de lo contrario.

Rachel se dejó caer en esa silla desvencijada. Tenía la sensación de que se levantaba una nube de polvo invisible que alcanzaba su nariz.

—Mantendremos la doce metros durante quince kilosegundos allí y a ver si pillamos algo. Si vuestra hipotética señal es lo suficientemente intensa, deberíamos detectarla con una medición.

—Debería serlo —dijo Rachel convencida.

Elliot se inclinó sobre el teclado, pulsó unas teclas solo con los dedos índice y miró hacia Rachel con escepticismo.

—¿No crees que ya va siendo hora de que me expliques algo de tu extraño experimento?

Solo opinaba. Ahí llega la famosa y respetada Rachel Adams a los confines de Carolina del Norte y reserva tiempo de observación, porque espera captar una posible señal en la banda S desde un lejano punto en la nada entre la Tierra y Marte.

Rachel sonreía.

—Por eso precisamente estamos aquí. Lo has resumido a la perfección.

—Lo sé, suelo dar conferencias de vez en cuando.

—Espero que no sea con un cigarrillo colgando de la boca.

Elliot se apoyó con fuerza contra el respaldo de su silla, se cruzó de brazos y se puso de morros.

—Sorry —dijo en seguida Rachel—. Pero creo que deberías dejarlo cuanto antes.

—Esa no es una respuesta a mi pregunta —replicó Elliot en tono frío.

Rachel suspiró.

—Ya veo que no me darás tregua. Suponemos que en ese punto hay un objeto. El análisis espectral indica la existencia de una superficie artificial, de unos veinticinco metros de longitud.

—Uau —dijo Elliot—. Eso sí que es un notición, Rachel. No sabía que formabas también parte de los fans de Expediente X.

Sacó la carpeta de su bolso y le mostró a Elliot las impresiones de esa nube. Parecía no creérselo aún. Pues tendría que ser el radiotelescopio el que les diera la prueba definitiva.

—Está bien —dijo Elliot más para sí mismo que para sus invitados—. Veamos si ese fósil del Low Noise Block sirve aún de algo. Aunque la antena de doce metros tiene un feed multifrecuencia, eso no significa aún que el trasto sea realmente un tema de ‘plug-and-play’.

Bebió un sorbo de su taza. Shawn permanecía sentado, tan tieso como tenso, y seguía el espectáculo. Seguramente estuviera tan nervioso como un niño en nochebuena.

—Es decir que has preparado un receptor DSP con el que puedes convertir la señal analógica en digital —dijo Shawn.

—Sip.

Shawn comenzó a preguntar como una metralleta sobre la corrección doppler. A su pregunta sobre si Elliot mostraría en el software la curva doppler esperada para permitir la trazabilidad de la señal y lograr mantenerla estable, este respondió con otro «Sip».

La primera búsqueda con frecuencias bajas no dio resultado alguno.

Excepto un ruido de fondo natural, el software no escupió nada interesante.

Pero Rachel no perdió su optimismo. Si era un objeto de la Tierra, debería estar emitiendo algo por radio.

Si no, entonces se trataría seguramente de un pecio espacial.

Su mente no le permitía pensar en otra alternativa.

Pero la antena tampoco registró nada en ámbitos de frecuencia más altos. Solo al llegar a más o menos 2,4 gigahercios comenzaron a salir ligeros picos de señal.

—Interesante —susurró Elliot—. Parece que allí hay realmente algo.

En la representación en el monitor podían verse claramente las ondas medidas. Rachel no pudo evitar una sonrisa. Elliot odiaba que ella tuviera razón. Siempre.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué crees que es eso?

La media sonrisa de Elliot revelaba a Rachel que acababa de oler sangre. Tecleó algunas cosas y Rachel supo que buscaría primero todo el espectro completo hasta los cuatro gigahercios. Pero la señal solo se pudo captar a los 2,4 gigahercios.

Shawn estaba fuera de sí. Hacía las suposiciones más alocadas sobre el posible origen. Había de todo allí: desde un satélite olvidado hasta una nave alienígena.