Despertar
Despertar
Walter se despertó bañado en sudor. Sacudió la cabeza. El sueño se retiró a su mundo. Le había estado persiguiendo un ser semihumanoide de piel verdosa. Seguramente un marciano. Su cerebro jugaba con lo que había experimentado antes.
Walter se levantó. Hacía calor en esa habitación. Fue a la ventana y levantó la cortina enrollable. El sol de la tarde inundó la habitación. Ese era el inconveniente de los turnos de noche. Primero tardaba una eternidad en dormirse y luego, cuando se despertaba, el día estaba acabándose.
Fue al baño, se alivió y se echó agua fría a la cara.
Ya se ducharía después. Le esperaba la máquina de escribir.
Tenía un modelo portátil, de viaje, sobre el escritorio.
Ya había metido la hoja a primera hora de la mañana.
Quería escribir un artículo sobre su observación.
Al profesor Clark no le gustaría, ya que estaba esperando su trabajo de máster. Así que tenía que hacerlo en casa.
Pero ayer olvidó preguntar un par de detalles a Jim, sobre todo respecto al detector de Uhuru que utilizó. Era importante para la parte de metodología de su artículo.
Por suerte se sabía el número de teléfono de Jim de memoria.
Era su contacto fijo en el Goddard, donde se controlada de forma oficial el SAS 3.
Walter metió el dedo en el agujero del disco, lo arrastró hasta el tope y lo soltó.
El teléfono marcó ese número con el traqueteo usual.
Otro más. Siguió marcando. Tras una breve pausa oyó el tono de teléfono sonando al otro lado.
—Hola, aquí Jim Winterbottom. ¿Con quién hablo?
—Walter. ¡Buenos días, Jim!
—¿Buenos días? Ese es bueno. ¿Te acabas de levantar?
—Necesito mi sueño reparador, Jim.
—¿Y sirve de algo? Igual debería probarlo, pero si me reparo aún más, Christine no soportaría tanta belleza.
—Perdona que irrumpa así a lo bestia, pero necesitaría los datos exactos del sensor de Uhuru. ¿Los tienes a mano?
—Claro. Aquí está todo ordenado. Espera un momento.
Ruido de papeles. Una silla arrastrada. Sintió cómo le venía un estornudo y se apartó el teléfono de la cara. ¡Aaachís! Se levantó algo de polvo y los rayos del Sol jugaron con él.
—¿Walt? Parece haber un pequeño problema aquí.
—¿El ordenador no quiere arrancar?
—No. Bueno, sí. Espera, me llevo el teléfono conmigo.
Ruidos varios ... Entonces un grito: «¡Me cago en el cable!», por el trasfondo. Golpes y traqueteos.
—Vale, ya puedo escribir ahora con el auricular al hombro.
Walter oyó el típico ruido de un teclado.
—Espero, ya casi lo tengo. El sistema hace copias de seguridad cada noche. No hay problema.
Jim silbaba una melodía que desconocía. Tecleo y más tecleo.
—Vale, ya lo tengo. El paquete de datos … ¡Joder, está vacío! ¡Pero eso no puede ser! Tú mismo lo viste.
Walter asintió. Estaba allí cuando Jim le envió el archivo. Pero no necesitaba los datos, sino solo los metadatos.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Habrá guardado Uhuru los datos?
—No, el satélite no tiene una memoria intermedia tan grande. Preguntaré a los de administración de sistemas. Además, enviaré un nuevo encargo al satélite.
—Gracias Jim.
Y colgaron. Walter echó una mirada a su máquina de escribir. La hoja de papel seguía en blanco y así seguiría hasta mañana. Ahora tenía que ir al MIT para mirarse los datos.
Las anotaciones que había hecho seguían en su mesa de trabajo. Había dibujado la distribución del Sistema Solar sobre una hoja. Una flecha señalaba en el dibujo desde la Tierra hacia Marte y otra hacia Saturno. No había descubierto mucho más.
El terminal pitó. El ordenador al que estaba conectado permanecía constantemente encendido, aunque nadie hubiera iniciado sesión en él. El administrador solo le dejaba apagarlo cada dos semanas, más o menos, para poder cargar a saber qué actualizaciones.
Walter inició sesión y aterrizó de inmediato en su espacio personal de almacenaje.
Estaba casi del todo lleno con los datos del SAS 3.
Su satélite de rayos X había enviado de nuevo imágenes ayer.
Walter aún no las había mirado. Tenía que vigilar cuánto tiempo dedicaba a esta afición en lugar de dedicarlo a la investigación del grupo y a su tesis de máster.
No. Aún no era demasiado. ¿Dónde estaba ese pequeño archivo de ayer? ¿Y los análisis? ¿Dónde había ido a parar el programita en FORTRAN que había creado? ¿Y los cálculos que lo habían llevado finalmente a Marte y Saturno?
Todo había desaparecido.
Walter se reclinó en la silla. Si hubiera sido creyente, lo habría achacado a una señal de Dios. Ocúpate de tus asuntos, sino … Pero no creía en tales cosas. Fue su decisión, y temía más al profesor Clark.
El teléfono sonó. Era Jim.
—¿Has encontrado los datos? —preguntó tras el saludo.
—No, lo siento. ¿Puedes enviarme el archivo con las mediciones? Lo necesito para el archivo.
—A mí también me ha desaparecido todo lo relacionado con Uhuru. Incluso mis propios cálculos.
—¿Cómo dices? Eso sí que es una extraña casualidad. Aunque, igual no.
—¿No, qué, Jim?
—He intentado iniciar una nueva medición mediante Uhuru, pero el satélite ya no reacciona. Bajo otras circunstancias lo achacaría a su edad. Ya superó en mucho su misión inicial. Pero ayer tenía aún suficiente energía para al menos reaccionar a mis llamadas.
—Quieres decir que ...
—No quiero decir nada, Walter. Seguramente hayamos tenido mala suerte. Una cadena de desafortunados acontecimientos que ha provocado la pérdida de todos los datos.
—Pues ...
—Walter, no vale la pena, créeme. Aún eres joven. Ocúpate de tu trabajo de máster y olvídate.
Pero no era tan sencillo. Jim podía tener veinte años más que él, pero había otra diferencia más: el empleado del Goddard era ingeniero, no científico. Un objeto que brilla en el ámbito de rayos X, que se mueve en dirección a Marte, no es algo que se pueda olvidar así como así.
Walter buscó en el listado de teléfonos. A de Administración. Marcó el número de la extensión. Respondió un tal Michael.
—Tengo un problema con mi espacio privado de almacén —dijo.
—¿Ha probado cerrar la sesión y volverla a iniciar?
—Sí.
—Bien. ¿De qué problema se trata?
—Pérdida de datos. Echo en falta varios archivos.
—Déjeme mirar. ¿Cuál es su identificador?
Walter se lo dijo.
—Gracias. Irá rápido. El sistema de archivos tiene una función de diario, ¿sabe? ¿Se trata del archivo CSV titulado Uhuru?
—Sí, exacto. Y un archivo de texto. ¿Los ha encontrado?
—Los archivos no. Imposible.
—¿Qué coño le pasa?
—¿A mí?
—Al ordenador.
—Ah, vale. Pues que los ha borrado durante la noche.
Walter sacudió la cabeza. Puede que estuviera cansado, ¡pero no tan estúpido como para borrar sus propias mediciones! Debía tratarse de un error.
—¿Yo?
—Alguien con su nombre de usuario. ¿Le ha dado la contraseña a alguien?
—No.
—¿Lo ve? Entonces es que ha sido usted mismo.
—Pero usted también podría haber sido.
—Como administrador puedo borrar sus datos, efectivamente. Pero en el protocolo puede verse claramente quién es el responsable de eso. Y fue usted.
—Pero yo no borro mis propios archivos importantes.
—Bueno, eso le ha pasado ya a otras personas. Espero que los pueda recuperar de otra forma.
Walter suspiró hondo. Jim ya había intentado hacer una nueva medición, pero Uhuru le ignoró. ¿Y si lograba que SAS 3 enfocara el objeto? Pero tendría que convencer de ello a Clark, y eso sería bastante difícil.
—¿Puede reconstruir los datos de alguna otra forma?
—Eso sería magia. Han sido sobrescritos varias veces, Quien los haya borrado sabía muy bien cómo hacerlo a conciencia.
Menuda mierda. Walter se reclinó de nuevo en la silla.
Su mirada recayó en el disquete de encima de la pila.
Ese disco negro y flexible contenía al menos los datos del SAS 3 que le motivaron realizar esas investigaciones.
A diferencia de las carpetas en el ordenador, resulta imposible borrar un disquete a distancia.
Walter lo cogió y lo introdujo en la unidad lectora.
Luego buscó el índice de contenido. Estaba vacío.
Mierda.
Lo intentó en otro terminal, pero no era culpa del lector. El disco de ocho pulgadas ni siquiera parecía formateado. Alguien lo había tratado con un imán potente. Para sacar datos de ahí haría falta tecnología del futuro que ni siquiera tenía el MIT.
El bloc de notas que había utilizado seguía en la mesa. Una flecha señalaba hacia Marte y otra hacia Saturno.
Alguien llamó a la puerta. ¿Clark? Pero el profesor no necesitaba llamar para entrar. Ese despacho era de todo el grupo de investigación.
Otra vez nudillos contra la madera.
—¡Entre! —dijo Walter.
La puerta se abrió y entró una mujer de uniforme militar. Una comandante, como pudo ver en sus estrellas. Walter mismo era un Navy Seal.
—¿Señor Walter Miller? —La mujer sostenía una identificación que decía que procedía del DARPA. ¿Por qué aparecían en uniforme en su despacho? ¿Pretendían impresionarle?
—Soy yo. ¿Qué la trae por aquí, … —Se inclinó para leer el nombre en la tarjeta—. Cathy?
—Lo lamento mucho, pero tengo un encargo algo desagradable. Tengo entendido que está en posesión de documentación secreta.
Walter sacudió la cabeza y se cruzó los brazos sobre el vientre.
No sabía por qué, pero tuvo que cerciorarse de que su cuaderno de notas seguía allí.
Mierda. La mirada de su visitante siguió evidentemente la suya.
La mujer agarró el bloc, lo abrió y pasó las hojas.
En la última página escrita se detuvo y se acercó el dibujo mucho a la cara.
—¿No se pone las gafas por pura vanidad? —preguntó Walter.
—Me ha pillado —Cathy cerró el cuaderno y lo metió en la cartera que llevaba colgando del hombro—. Lo siento, pero tengo que llevarme eso.
—¿Podría decirme ...?
—No, no se lo puedo explicar. Es confidencial, como ya dije. —Dio un paso al frente, cogió la montaña de disquetes y los metió igualmente en la cartera.
—¡No puede hacer eso!
—Sí que puedo.
—Vamos a ...
—El profesor Clark ya ha presentado su protesta oficial. Como es natural, ya comentamos esto antes con la facultad.