El Proyecto Urania Pari #2
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Pari #2

—Esa es una reliquia de la Guerra Fría. La instalación entera era en aquella época una estación de escuchas de la NSA.

Igual os suena el nombre de Rosman Research Center.

Así se llamaba esto entonces. La carita sonriente la pintaron para los rusos.

Querían que se pudieran reír de algo mientras espiaban cómo les espiábamos.

Mide más o menos cuatro metros y medio con 1,42 gigahercios. ¿Todo bien hasta aquí?

—Todo claro, capitán Jack Sparrow —respondió Rachel.

—Una instalación de lo más guais, si me permite decirlo así —dijo Shawn.

—Te lo permito —dijo Elliot mientras caminaba por el pasillo la mar de tranquilo—. Ah, sí, todo esto es, además, sin ánimo de lucro. Así que si conocéis a alguien que le apetezca limpiar váteres o traernos café, avisadme.

—¿Y de qué os conocéis los dos? —preguntó Shawn de repente.

Rachel casi se atraganta con esa pregunta. Tampoco es que el asunto le resultara desagradable, solo exento de cualquier encanto especial. Incluso Elliot pareció dar un ligero respingo.

—Pues … —balbuceó—. Rachel y yo ...

—Estuvimos juntos una vez —lo liberó Rachel.

—Tampoco duró mucho. Un par de años. Hace ya una eternidad de eso —añadió Elliot quitándole importancia—. No, tampoco es del todo cierto. Tampoco hace tanto de eso. Hará unos … veintitrés … bah, maldita sea. Sí que hace una eternidad.

—Okey, okey, no importa —dijo rápido Shawn—. Ha sido una pregunta tonta. Haced como si no lo hubiera preguntado. ¿Entonces trabajas aquí solo?

Elliot recuperó rápido la compostura.

—No, claro que no. En principio hay quince empleados fijos.

También tenemos un pequeño museo y ofrecemos visitas guiadas.

Pero el resto del personal ha ido a la MARAC, la Mid-American Regional Astrophysics Conference en Arkansas.

Nuestro Facility Manager está en casa de baja por enfermedad.

Y conmigo está solo Christina. Debe estar por algún rincón del observatorio.

Es la mujer para los trabajos duros, si se me permite decirlo así.

—El otro coche, ¿verdad?

Elliot se detuvo y se rascó la cabeza.

—Pero a decir verdad, hace casi dos días que no veo a Christina. Igual se la ha llevado el Wendigo. Tampoco es que por aquí desaparezcan constantemente personas, pero ...

Se giró. Lucía una amplia sonrisa. Seguía siendo el mismo Elliot que conoció Rachel en la universidad en 2004. Aunque ahora estaba enfundado en el cuerpo de un hombre ya muy mayor.

Entraron en una gran sala al final del pasillo.

Aquí se estaba más calentito y el olorcillo de sala de descanso dejó paso a otro de plástico calentado.

Rachel no vio ventana alguna, pero sí varios puestos de trabajo con ordenadores y grandes monitores de pared.

Algunos estaban encendidos y mostraban a saber qué valores de telescopios o de mediciones.

—Esta es la sala de control. Desde aquí controlamos a los mastodontes de ahí afuera y algunos de los pequeños. Pero antes de entrar en detalle, ahora os toca a vosotros.

—Pues bueno —comenzó Shawn dudoso—. No sé qué te habrá contado Rachel sobre nuestro pequeño proyecto, pero tendríamos que escuchar una zona determinada del espacio con una de tus antenas en busca de un posible canal de radio. En la banda S hasta 4 gigahercios.

Elliot miró a ambos con una expresión que no denotaba sorpresa alguna por ese ruego.

—¿Queréis llamar a casa de E.T.? —preguntó.

—Escuchar, Elliot —aclaró Rachel—. No llamar.

—Sí, sí, vale. Era broma. ya me había olvidado de que vosotros, los de la uni, sois un poco peculiares en ese sentido.

—Se dirigió a uno de los puestos de trabajo, cogió una taza y tomó un gran sorbo—.

Para lo que buscáis puedo prepararos la antena de doce metros.

Solo me tenéis que decir a dónde debo apuntar.

—¿Cuánto tardarías en prepararlo? —quiso saber Rachel.

—Eso depende … Antes tengo que fumarme un pitillo. ¿Me acompañas?

Shawn se había quedado dentro. Con esa mierda de tiempo no podía reprochárselo. Diluviaba a cubos, pero aún podía mantenerse una conversación.

—¿Por qué no te fumaste tu cigarro antes de que llegáramos?

—Porque me dejé el paquete en mi mesa.

—Típico de ti —reconoció Rachel—. Siempre has sido demasiado perezoso para volver sobre tus pasos un par de metros.

Elliot se prendió el cigarrillo y se encogió de hombros. Parecía cansado, como Rachel pudo constatar al mirarlo más detenidamente. De joven tenía el cabello de un profundo negro. Rachel incluso comentaba ante los demás que el pelo de su novio era tan negro como el espacio profundo.

—Qué solitario estás aquí arriba —dijo Rachel.

—No estoy solitario, solo estoy solo. Una diferencia muy importante.

—Si tú lo dices ...

—¿A que es bonito? Quiero decir, que pueda estar aquí solo —dijo Elliot alzando los hombros y dándole otra calada al cigarrillo—.

De vez en cuando leo algo sobre ti y me hace sentir muy orgulloso.

No tengo a nadie con quien hablar de ello, pero yo mismo me repito con frecuencia: Maxwell, eso que tuviste con la pequeña Rachel por aquél entonces era algo bueno.

—Hmm —fue lo único que se le ocurrió decir a Rachel.

El último año con ese hombre no fue nada bueno, y eso lo sabían los dos.

Rachel creía que el fracaso de su relación era simplemente que se parecían demasiado.

Dos solitarios con las mismas aficiones y puntos fuertes, pero sobre todo con las mismas debilidades.

Ya no sabía Rachel quién de los dos dijo las palabras decisivas. Y a estas alturas ya daba lo mismo.

Elliot la miró interrogativamente. —¿Qué pasa con Sebastian?

—Mal tema.

—Hmm —reconoció el operador del PARI.

Rachel notó como la fría humedad se le iba metiendo bajo la chaqueta.

Comenzaba a tiritar, a pesar de que estaba protegida de la lluvia.

Elliot le dio otra calada al cigarrillo y la miró a través del humo expulsado.

Sus ojos azules y claros seguían irradiando esa sinceridad incorruptible que tanto le había gustado.

—¿Te acuerdas cuando fumábamos porros sobre el techo del observatorio de la universidad y nos repartíamos las estrellas entre nosotros?

Rachel no pudo evitar una sonrisa.

—Sigo enfadadísima contigo porque te quedaste en seguida con todo lo que había en la constelación de Auriga.

—¡C’est la vie! —rio Elliot—. Pero ¿sabes qué creo?

—Que están entre nosotros.

—Ahora no te rías de mí solo porque tengo a un par de locos de los Expediente-X como clientes fijos. Al menos, esos pagan bien.

—Perdona.

—No, yo creo que entre nosotros funcionaba todo tan bien porque procedemos de circunstancias similares. No tenías padre, y yo no tenía madre. Eso nos dejó unos huecos por rellenar.

Rachel se clavó las manos en las caderas y miró a Elliot de arriba abajo.

—No me digas ahora que te has pasado al grupo de los filósofos. La soledad aquí arriba parece no sentarte nada bien.

Elliot quería decir algo, pero no parecía atreverse. ¿Lo había intimidado Rachel con esas palabras? Hizo un gesto desdeñoso con el cigarrillo a medio fumar en la mano.

—No me hagas caso. Son solo las tonterías que suelta un viejo deprimido que recibe visita de su ex.

Rachel tragó. Una repentina tristeza pareció agarrarla del cuello para apretarle la garganta. ¿De dónde salía eso, maldita sea? Eran personas adultas y deberían comportarse como tales.

Sentía las manos inútiles, por lo que las metió en los bolsillos de su chaqueta.

—Ya es raro, sí … —Mierda, su voz revelaba ahora inseguridad—. Conduces un par de horas por la historia mundial y, de repente, ya no sabes por qué estás aquí.

—No habrías viajado tan lejos si no hubiera algo que te impulsa a hacerlo. —Ahí estaba el Elliot filósofo de nuevo—. Créeme, te conozco lo suficiente. Quizás hasta mejor que tú a ti misma.

—Claro. Puedes ver mi cara —le devolvió Rachel con sorna—. Yo tengo que utilizar un espejo. E incluso entonces solo veo una imagen invertida.

Elliot presionó los finos labios, tanto que desaparecieron bajo la espesa barba y parecía no tener ya boca. El cigarrillo se deslizaba entre los pelos de la barba, pero en lugar de dar una última calada, lo apagó contra la pared del edificio.

—Vamos a poner en práctica tu plan —dijo—. Estoy seguro de que esta noche nos divertiremos mucho.