Pari
Pari
Antes de que el tren de aterrizaje contactara con la pista, a Rachel le vino a la mente la canción «Country Roads» de John Denver, en la que habla de esa cordillera.
Almost Heaven , pensó Rachel. Y eso que las montañas Blue Ridge no estaban en Virginia del Oeste.
Asheville era una ciudad inmersa en un idílico paisaje otoñal.
Una pena que ni ella ni Shawn pudieran disfrutar mucho de esa belleza.
Al menos no en primera línea. En el aeropuerto, Rachel recogió el coche de alquiler que tenía reservado, un Honda Civic.
Ojalá no los dejara en la estacada a medio camino del observatorio.
Carolina del Norte no estaba ni de lejos tan densamente poblada como Massachusetts, y el PARI estaba bastante alejado, en las montañas.
—Bonito lugar —dijo Shawn cuando dejaban atrás el aeropuerto y circulaban por la 280 en dirección sudoeste.
El viaje desde Asheville hasta el Pisgah Astronomical Research Institute, abreviado a PARI, duró una buena hora de coche. Rachel iba a preguntarle a Shawn cómo era el otoño en Indiana cuando le sonó el móvil.
—¡Mierda! —dijo—. Pensaba en conectar el móvil al coche y se me olvidó. ¿Puedes cogerlo y ponerlo en altavoz?
Rachel sacó el teléfono del bolsillo y se lo pasó a Shawn. Antes miró brevemente la pantalla. ¡Susan!
—¡Hola Susan! —saludó Rachel cuando Shawn le hizo un gesto—.
—Hola, cielo; espero que hayas tenido un hermoso fin de semana.
—¿Qué tal el tuyo?
—¡No te lo vas a creer! —comenzó Susan en su inimitable forma de hablar—.
Me encontré con Chris el viernes. Ya sabes, queríamos charlar y eso.
Yo ya me había hecho a la idea de que pondríamos punto y final a nuestra relación.
Y ¿a qué no sabes que hizo? Me intentó convencer de que nos llevamos bien.
¡Como si no hubiera pasado nada! ¡Y entonces lo hicimos!
¡No preguntes! ¡Ostras, ha sido super liberador!
Y ayer fuimos al cine, a ver la nueva peli de Ryan Gosling ...
—Susan … —la interrumpió Rachel—. Estoy en el coche con Shawn ... y he puesto el altavoz.
—Oh … —dijo Susan.
—No pasa nada —dijo Shawn, vergonzosamente conmovido—. Casi no prestaba atención. Quiero decir … que no he oído nada.
La voz de Susan retomó de inmediato su tono usual.
—¿Entonces es que no habéis llegado aún al PARI?
—No, aún no; nos quedarán unos cuarenta y cinco minutos —dijo Rachel—. ¿Tienes alguna actualización para mí?
—Parece que Harlowe se ha tragado tu baja por enfermedad. Al menos no se ha cruzado conmigo para preguntar por ti.
—El dolor de muelas es también un tema muy molesto —dijo Rachel.
—Con todos los dulces que te hago tragar cada día ...
Las dos mujeres se pusieron a reír. Shawn, por el contrario, parecía seguir en shock.
—¿Y qué mas hay? —quiso saber Rachel.
—Nada nuevo. Nos mantenemos todos muy quietecitos aquí.
En ese momento pasaban junto a un restaurante de carretera que tenía barbacoa.
Como reclamo habían puesto un cerdo de plástico colgando de una cuerda.
Al lado, un muñeco tamaño natural de un trabajador forestal sujetaba una sierra mecánica en las manos.
Una burbuja de diálogo encima prometía unas ofertas de deliciosas chuletas: «Great Chops! ».
Rachel llevaba ya años sin comer carne, y ese humor paleto le revolvió el estómago.
—Vale —dijo para distraerse—. Ya veremos cuánto tarda Harlowe en descubrir el pastel.
—¿Hacemos una apuesta? —dijo la voz de Susan por el altavoz.
—No necesariamente.
—Solo preguntaba.
—Soy tu jefa, no lo olvides.
—Sí, ya, eres todo un ejemplo de trabajo correcto y concienzudo. Estás tumbada en el sofá tomándote una manzanilla y escuchando viejas canciones depresivas ...
—Te olvidas del libro —añadió Rachel—, pero por lo demás pareces conocerme muy bien.
Dejaron la autopista 280 tras veinte millas a través del ancho valle del French Broad River, en un cruce con un comercio dedicado a la pesca.
Ahora tocaba subir montañas. La estrecha carretera comarcal serpenteaba por un estrecho valle entre altos árboles engalanados de hojas rojas como el fuego.
Rachel tuvo que reconocer que la señal de nueve por ciento de pendiente y las quince millas por hora recomendadas en las curvas no era nada exagerada.
Tras diez millas montaña arriba, un pequeño rótulo señalaba al PARI por un desvío a la izquierda. Al lado había un rótulo más.
—¿Macedonia Baptist Church? —preguntó Shawn—. ¿No pretenderás asistir a clases dominicales de catecismo?
—Bueno, aquí afuera, en la pampa, hay iglesias en cada esquina.
—Megaguais —dijo Shawn en un tono bastante despectivo cuando Rachel entró en ese desvío.
La carretera hacia el PARI continuó un par de millas más hacia arriba.
Toda esa zona se consideraba oficialmente como Dark Sky Park, el parque del cielo oscuro; un lugar con una mínima contaminación lumínica desde el que se podía ver la Vía Láctea con el cielo bien despejado.
Rachel siempre se informaba a fondo del camino antes de cada viaje.
Por ello también sabía que por los alrededores había un puñado de campos de las estrellas, zonas de camping desde las que se disfrutaba de espectaculares vistas nocturnas.
Pero esa noche seguramente no, pues desde que dejaron Asheville tras ellos se habían acercado gruesas nubes de tormenta que tapaban el cielo entero. Aquí arriba, en la cima, esas monstruosidades grises comenzaban a soltar sus primeras gotas gruesas, acompañadas de fuertes rachas de viento.
—Ya hemos llegado —dijo Rachel.
La carretera acabó en una reja. Rachel bajó la ventanilla e introdujo en el terminal el código numérico que ayer le pasó el director del PARI por correo electrónico. La puerta se abrió con un chirrido muy parecido al quejido de una bruja y les dejó entrar.
En cuando siguieron subiendo por la montaña, el bosque desapareció.
Rachel pudo oír a Shawn asombrarse. Siguiendo su ya conocida costumbre, continuó soltando sus expresiones de «megaguais» y «la rehostia».
Y es que cuando no se ha visto nunca un radiotelescopio de cerca, el paisaje del observatorio resultaba, sin duda, impresionante.
El extenso terreno en la cima estaba delimitado por las dos antenas parabólicas de veintiséis metros de diámetro. Eran las más grandes del PARI. Rachel miró la pantalla digital del salpicadero. Algo más de la una de la tarde. Ya debería estar esperándoles.
Circuló entre algunos edificios más pequeños hasta el que parecía que podría albergar en su interior la sala de control.
Tras él había una parabólica bastante más pequeña con un smiley pintado en ella.
Frente a la puerta de la supuesta sala de control había solo dos coches aparcados.
Muy pocos para un área tan grande. Rachel aparcó el Honda al lado y cuando apagó el motor lo vio venir.
—Vienen a recogernos.
Shawn le devolvió el teléfono y se bajaron del coche. Estaba de pie bajo el voladizo.
Rachel no podía creerse que hubiera envejecido tanto. Había conservado su figura delgada, pero su cabello se había vuelto tan blanco como el de Papá Noël, aunque lo llevaba corto. La barba también totalmente blanca acentuaba esa impresión.
—Sois casi puntuales —fue la frase de bienvenida para Rachel y Shawn.
—Elliot, cuánto me alegro de volver a verte —dijo Rachel—. Gracias por haberlo hecho posible.
—Aún no he dicho que sí a nada.
—Shawn, permíteme que te presente. Este es Elliot Maxwell. Es uno de los operadores aquí.
Shawn le estrechó la mano y Elliot sonrió.
—¿Y con quién tengo el placer?
—Dr. Shawn Whitfield —se presentó Shawn a sí mismo—. Astrofísica en la Universidad de Indiana, en Bloomington.
—Cool —dijo Elliot.
—Ya veo que os vais a entender a la perfección —constató Rachel.
En ese mismo momento, los cargados nubarrones sobre ellos decidieron soltar de golpe su lastre. Esa cúpula casi negra escupió toda el agua del mundo. Al cabo de pocos segundos, los gigantescos radiotelescopios desaparecieron tras una pared líquida.
—¡Será mejor que entremos! —gritó Elliot para superar el estruendo.
Dentro se estaba seco, pero lejos de lo que se diría cómodos.
El edificio desprendía el encanto de una nave de fábrica.
Elliot los llevó por un pasillo junto a despachos vacíos.
Unos paneles LED, de los que no todos funcionaban, colgaban del techo sin dejar claro si lo hacían de cables o de las telarañas que tenían.
El olor a nicotina y café frío se aposentó en la nariz de Rachel.
Pero se apostó a sí misma en silencio que sin duda a Shawn le gustaría. Era simplemente un hombre educado.
—¿Y qué os trae a estos confines? —preguntó Elliot.
—¿Qué te parece si nos haces primero una breve visita guiada? —propuso Rachel.
—¿Con esta mierda de tiempo? —rio Elliot—. Los dos sois científicos, seguro que os podéis imaginar las cosas la mar de bien. Así que imaginaos que os estoy dando una visita guiada cognitiva.
Hizo una pausa. Cuando ni Shawn ni Rachel respondieron algo a su propuesta, continuó.
—Vale, es como un viaje en sueños, pero ojo, ¡con mucho bla bla bla de información, os lo advierto!
A los dos Big Boys ya los habréis visto seguramente cuando estabais llegando.
Estamos a novecientos metros de altitud.
El plato de veintiséis metros del Este tiene una radio de 327 megahercios, la del Oeste 1,4 y 4,8 gigahercios.
Además, aquí tenemos una antena de precisión de doce metros con veinte gigahercios y algunos telescopios de lo más chulos.
Uno de diez pulgadas, un Cassegrain de doce pulgadas y un Coronado Solarmax 40.
—¿Y el smiley ? —preguntó Shawn.