Obstáculos #2
Miró las afectadas caras de los otros. Farrah presionaba las palmas de las manos contra las mejillas y Shawn levantó la mirada del libro.
—La verdad y el conocimiento van por delante del mantenimiento del poder —dijo Rachel con tranquilidad—.
Que Harlowe eche repentinamente el cerrojo a todo no me gusta nada.
Apesta a maniobra de encubrimiento. No sé qué pensaréis vosotros de esto, pero a mí me dan ganas de asegurar todas las pruebas que revolotean por ahí arriba para que ese tipo no pueda hacerlas desaparecer.
Farrah se estiró y sus ojos mostraban lo cansada que estaba.
—Yo estoy contigo —anunció con un bostezo.
—Y yo —dijo Shawn—. No importa lo que diga ese Harlowe, ¡es mi proyecto!.
Susan estampó su termo sobre la mesa.
—Por Dios, Rachel, te estás convirtiendo en una auténtica guerrillera de la resistencia. ¿Qué vas a hacer?
Rachel juntó las manos.
—Harlowe también parte del hecho de que hay una nave espacial en el centro de la nube. Pero lo que no me quiso decir es si el objeto es nuestro o soviético.
—¿Soviético? —preguntó Farrah.
Rachel asintió.
—Sí, por las características en las líneas CX suponemos que la superficie es de una aleación metálica.
—Aluminio-titanio o Aluminio-magnesio —dijo Shawn—. Estaríamos hablando de un objeto de los años setenta u ochenta.
—Mañana mismo analizaré las transiciones Kα en los datos de medición y las compararé con los datos espectrales —dijo Susan—. Entonces tendríamos al menos una relativa certeza en este sentido.
—¿Habéis pensado en la posibilidad de escanear señales de radio? —preguntó Farrah—. Si realmente es tan antiguo como suponéis, debería utilizar una banda S o una banda X.
—Ya había pensado en eso. —Rachel suspiró—. Por la época, más bien una banda S de hasta cuatro gigahercios, creo yo. Pero estoy segura de que Harlowe tendrá todos los radiotelescopios bajo control. A la mínima que presente una solicitud para eso, Harlowe me pillará.
—¡Pues entonces necesitamos una emisora pirata! —dijo Shawn y cerró el libro.
Farrah y Susan soltaron unas risillas al oír eso de «emisora pirata».
Las dos mujeres se miraron irritadas. Rachel se llevó las manos a la cara y comenzó a masajearse las mejillas.
En ese momento estaban en su cabeza el Capitán Kirk y Míster Spock discutiendo sobre si el objeto podría también responder al canto de las ballenas, como en una de las películas de Star Trek. De repente se le ocurrió.
—¡Eso es! ¡Shawn, tu idea tampoco es tan mala!
—¿En serio? —dijo Susan—. No puedes colarte en Green Bank y enchufarte a una parabólica así como así.
—Eso no, pero conozco a alguien en el PARI.
—¡Alaa, eso sería la rehostia! —dijo Shawn golpeándose la frente con la palma—. Rachel, eso es perfecto. Esa instalación bien podría quedar por debajo del radar de Harlowe.
Susan puso los ojos en blanco.
—Si se trata de un juego de palabras, no tiene gracia.
—Oh, no, en absoluto —explicó Shawn.
—Pero ¿PARI? —dudaba Susan—. ¿Estás segura, Rachel?
—¿Qué otra posibilidad nos queda?
Susan miró a través de Rachel. ¿Estaba pensando, o sabía ya que no tenían otra alternativa? Igual estaba repasando a sus antiguos novios. ¿No había trabajado uno de ellos en el Observatorio de Green Bank?
—PARI —susurró Susan—. ¿Conoces a alguien allí? ¿Y de qué se encarga ese contacto en particular?
Los pepinillos estaban deliciosos. Rachel presionaba un trocito contra el paladar para sentir cómo su agradable acidez se repartía por la boca.
¿Qué podía superar a una pizza bien equipada con verduritas asadas?
Shawn Whitfield ya se había zampado su primera mitad y, a pesar de la cuádruple capa de queso fundido, no mostraba síntoma alguno de saciedad.
—¡Está para chuparse los dedos! —murmuraba con la boca llena—. En Bloomington también hacen una casi igual de buena, pero creo que el queso azul que ponen aquí es mucho más aromático.
—Puede ser.
—¿Por qué no ha querido Susan venir con nosotros?
Rachel pensaba en si debía decírselo o no.
Susan no era precisamente una persona abierta a comentar con terceros su vida privada.
En este aspecto era muy discreta. Ya era de por sí un milagro que se abriera algo con Rachel.
Por otro lado, Rachel era también su jefa; a quien mejor solo se le decía algo cuando no se estaba bien.
—Tenía una cita privada.
Shawn se limitó a asentir, masticó con máximo placer y energía su pizza y le dio un gran trago a su cola cero-cero.
Luigi‘s Pizza en West Medford era desde hacía años la primera elección de Rachel cuando se trataba de cocina italiana.
Pero la mayoría de las veces pedía que lo trajeran a casa.
Solo con visitas de otras instituciones o universidades aprovechaba para hacer una visita al agradable local en la High Street frente a la iglesia de San Rafael.
Shawn levantó la vista de su pizza cuatro quesos.
—¿Puedo preguntarte algo?
—No, si se trata de Susan.
Shawn sonrió con picardía.
—¿Por qué te importa esto tanto, me refiero a lo del objeto ese?
—¿Quieres saber por qué no le dejo a Harlowe hacer lo que le venga en gana y limitarme a esperar hasta que él haga público el proyecto?
Shawn asintió de nuevo.
—Bueno, digámoslo así: no estoy precisamente muy contenta con el trabajo del gobierno de los últimos años.
Los recortes al CfA son una afrenta a la labor científica en los Estados Unidos, pero sobre todo un ataque a la ciencia en general.
Castrar la educación y la investigación con el pretexto de reducir costes es como pegarse un tiro en el pie.
—Crees que Harlowe intenta cargarse el CfA?
—Tampoco es eso —dijo Rachel—. Pero como director de una agencia federal es un representante del rumbo que adopta el gobierno.
Yo me siento, por el contrario, embajadora del conocimiento.
Y que Harlowe se haya metido en mi casa y me quite proyectos de las manos es un acto violento.
Un ataque a nuestra labor, que cojea ya por los recortes presupuestarios.
Y llegados a este punto, no puedo evitar hacer otra comparación.
Es como cuando estás viviendo gracias a prestaciones sociales y viene alguien que se te aposenta en casa sin tu permiso.
—Bonita comparación.
—Y muy acertada, diría yo. Considero que estoy obligada a oponerme con decisión.
A media mañana le envié un email a Christoph Jenkins de la NASA, pero me ha respondido que tampoco él puede hacer nada contra Harlowe.
Si incluso el director de la agencia espacial estadounidense tiene las manos atadas, no me queda otra que encargarme del tema yo misma.
Shawn se lanzó a por el último trozo, pero se quedó quieto justo antes de meterse en la boca ese triángulo, cuya punta se torcía por el peso del queso.
—Eso es muy radical —dijo.
—¿Eso crees?
—Bastante.
—Hmm, pues a mí solo me parece lógico. La ciencia tiene como deber esclarecer los misterios. ¿Y si por ahí arriba está dando vueltas una nave de los años setenta? Sería un trozo de la historia de los viajes espaciales. Además, una que se ha mantenido en secreto durante más de cincuenta años.
Shawn mordió su pizza con expresión pensativa.
Masticaba a mitad de su velocidad usual, seguramente por estar dándole vueltas a las palabras de Rachel.
Las animadas conversaciones de los demás comensales les llegaban amortiguadas a su mesa.
Iban sobre perros, sobre vino californiano y del puente por acción de gracias.
Siguieron comiendo un rato callados y Rachel comenzó a repasar los próximos días en la mente.
—Pues te agradezco mucho que me lleves contigo al PARI. —dijo Shawn, rompiendo ese momento de silencio.
—¿Y por qué no? —preguntó Rachel—. Es tu proyecto, y de paso puedes darte así una vuelta.
—Es verdad, no había estado nunca antes en Carolina del Norte.
—¿Te remuerde la conciencia porque pago el vuelo de mi bolsillo?
Shawn abrió mucho los ojos y miró un momento a los lados, como si los estuvieran espiando. Se encogió de hombros.
—No tienes de qué preocuparte —le dijo Rachel para tranquilizarlo—. Me alegra que te lo hayas podido organizar bien.
—Bah, estamos justo entre trimestres y siempre es una época en que todo va al ralentí.
—Míralo como una escapada de aventura en el marco de tu proyecto. Salimos el lunes hacia Asheville y volvemos el miércoles. Y según lo que tengamos entonces en las manos, podrás decidir cuándo vuelves a Bloomington.
Shawn adoptó una mirada amable. A pesar de no ser más de diez años menor que ella, Rachel ya se sentía como si fuera su madre. Shawn tenía un encargo y ella se ocuparía de que no volviera a Indiana con las manos vacías.