El Proyecto Urania Obstáculos
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Obstáculos

Obstáculos

Así que aquí era donde James Alexander Harlowe se había montado su despacho provisional.

Rachel estaba escandalizada por el hecho de que el director de la OSAP, a menos de veinticuatro horas de hacer acto de aparición, ya estuviera tirando directamente de todos los hilos.

La pequeña oficina en la planta baja del edificio C estaba reservada, en principio, para científicos dedicados a proyectos.

Saber que ahora moraba en su interior un perro guardián por orden del gobierno no era algo precisamente satisfactorio.

Llamó a la vieja puerta de madera. Al hacerlo se movió un poco el papelito fijado a la puerta con cinta adhesiva y rotulado con mayúsculas «HARLOWE».

Rachel no obtuvo respuesta y giró el pomo.

Igual ya se había marchado. Se sorprendió al ver que la puerta no estaba cerrada con llave y se topó con la mirada también sorprendida de James Harlowe.

Estaba sentado a la mesa, con unas gafas de pasta gruesa y bolígrafo en mano, trabajando al parecer con una pila de documentos.

—No recuerdo haberle dado permiso para entrar.

—Tengo que hablar con usted.

Harlowe se quedó como congelado, seguramente pensando. Entonces se quitó las gafas y dejó el bolígrafo sobre la hoja de papel en la que estaba escribiendo.

—Gracias —dijo Rachel y entró.

Excepto la silla ocupada por Harlowe, la habitación no contaba con ningún asiento más. Y el director de la OSAP sin duda no levantó el culo de su asiento para nada.

—He venido, señor Harlowe, porque quiero hablar con usted del objeto confidencial de investigación.

—Menuda paradoja, ¿no le parece interesante?

—¿Perdón?

—Quiere usted hablar sobre el proyecto confidencial. ¿No se excluyen entre sí esas palabras?

Maldita sea, el tipo quería entrar en jueguecitos de poder con ella.

—Estaría bien que me mencionara un motivo en concreto de por qué nos prohíbe continuar investigando en este proyecto.

—Bueno, pues porque es confidencial —fue su breve respuesta—. Y que conste que no estoy haciendo esto para fastidiarla. Solo hago mi trabajo. Y este no me permite, precisamente, desvelar detalle alguno.

—Pues lo haré yo. Suponemos que en el centro del objeto gaseoso hay otro objeto claramente más pequeño.

Probablemente de origen terrestre. —Harlowe la escuchaba atentamente mientras Rachel pronunciaba esas palabras—.

Y suponemos también con mucha certeza de que dentro de esa nube se encuentra una nave espacial.

Esta circunstancia explicaría que usted haya mostrado tanto interés.

Solo me pregunto por qué. ¿Por qué lo ha convertido en un asunto tan secreto?

Harlowe sonrió. Al menos parecía como que lo intentaba.

—Sí, ríase usted, señor Harlowe —dijo Rachel—. Pero ¿sabe qué?, ya que me excluye usted de continuar investigando, me debe al menos una explicación.

—Doctora Adams, por favor ...

—¿Qué es? ¿Es de los nuestros? ¿Alguna antigualla de los soviéticos? ¿Es eso? ¿Debe por eso quedar todo tan en secreto porque ahí arriba está dando vueltas una reliquia de la Guerra Fría?

Harlowe levantó las manos de la mesa. Se puso en pie y se enderezó su horrenda corbata gris.

—Puedo entender su rabia —dijo—. Permítame que se lo explique.

Rachel se cruzó de brazos y se apoyó contra la puerta como una niña ofendida.

—¡Pues me tiene usted en ascuas!

—En el fondo aún no sabemos qué es exactamente. Solo tenemos la certeza de que algo está flotando por el espacio, rodeado de una especie de nube.

—¿Entonces no da por supuesto que el objeto sea de origen terrestre?

—Oh, sí, claro que lo suponemos, doctora Adams. —Las manos de Harlowe hacían aspavientos como si estuviera dando un discurso—.

El problema con todo este asunto es que hay que garantizar la seguridad nacional e internacional.

Mire, existen normas que establecen la prohibición de contactar por radio con objetos no identificados que puedan ser propiedad de otras naciones.

No se puede hacer sin un acuerdo bilateral.

A ello se añade que primero hay que determinar con precisión los parámetros de trayectoria para excluir cualquier peligro para la Tierra.

Rachel tuvo que reconocer que esos argumentos resultaban la mar de plausibles. No le extrañaba que ese hombre fuera un profesional en su terreno.

—Si es un satélite defectuoso o una etapa de cohete perdida por ahí, el envío de un mensaje podría activar sistemas sin querer.

Imagíneselo, doctora Adams. Se comunica con la mejor de las intenciones con esa cosa ahí arriba y los motores se ponen de repente en marcha.

¿Había oído alguna vez el término de Orden de enlace ascendente no autorizada ?

Es un tema extremadamente delicado en el control de satélites.

Harlowe puso cara de gran importancia. Seguramente utilizara este tipo de excusas con muchos de sus clientes, pues parecía muy seguro de sí mismo.

—¿Y usted cree entonces que no podemos seguir observando ese objeto en el Chandra? —preguntó Rachel—. Ya sabe que no tenemos ninguna posibilidad de influir directamente en el objeto, ¿no? Como ya sabe, somos un observatorio y solo recibimos datos.

—Y nosotros somos una agencia federal encargada de proyectos aeroespaciales particularmente delicados, señora Adams.

Harlowe comenzaba a cabrearse, aunque no levantara la voz. El hecho de que omitiera ya su título de doctora lo evidenciaba claramente.

Salió de detrás de la mesa y se quedó a medio metro de distancia de Rachel. Afuera ya empezaba a oscurecer y la silueta de Harlowe adoptó un brillo demoníaco ante ese contraluz algo apagado.

—No puedo desvelarle nada más del trasfondo del proyecto. Atentaría contra las normas. Y las normas son precisamente lo que mantiene el orden de la convivencia. Nos dan seguridad y uniformidad de actuación.

—Suena usted a un manual de gestión de la calidad, señor Harlowe.

El hombre se quedó mirando algo confuso a Rachel.

¿Le había hecho perder el hilo? ¿Creía realmente que Rachel podía suponerle algún peligro?

¿Qué podría llegar a meter cuchara en el tema?

Los hombres como Harlowe odiaban el fracaso.

Ese perro guardián haría todo lo posible para finalizar su encargo a plena satisfacción de sus mandamases. Costara lo que costase.

—Lamento que me perciba así, doctora Adams —dijo Harlowe lentamente y con un cierto tono de amenaza en sus palabras—. Pero así están las cosas. Y ahora mismo estoy muy ocupado. Así que si es usted tan amable de dejarme seguir trabajando ...

Rachel se apartó de la puerta.

—Naturalmente. —Con un rápido giro se apartó de Harlowe, abrió la puerta y abandonó el despacho. Rachel renunció a cualquier formalidad, pues ya estaban los frentes claros. Solo esperaba no volver a cruzarse demasiado pronto con ese antipático y malhumorado bicharraco.

Tras los árboles ya medio pelados, el cielo rojo del anochecer brillaba como las brasas de una hoguera y acariciaba también los estantes de la biblioteca con ese brillo rojo oscuro.

Aunque el término de «biblioteca» no hacía justicia a ese antiguo laboratorio.

Hasta hacía pocos años se alojaba en el instituto la biblioteca John G.

Wolbach, una de las colecciones más famosas de libros científicos sobre temas astronómicos.

John Gray Wolbach había sido durante decenios una de las caras más notorias del campus.

Por la moderación de múltiples coloquios y luego por sus generosas donaciones en la construcción del laboratorio Richard S.

Perkins, se le dio en 1974 su nombre a la biblioteca que había en este edificio, como gesto de reconocimiento.

Pero en 2024 de cerró la biblioteca por motivos económicos.

Dos de los antiguos bibliotecarios en la universidad de Harvard, bajo cuya bandera se gestionaba la biblioteca, se encargaron tres años atrás de que una parte de las publicaciones volviera a estar disponible en el instituto.

Pues aunque todas las publicaciones pudieran ser consultadas online sin problema alguno, el intercambio y la investigación in situ eran herramientas muy valoradas en los trabajos científicos.

Farrah Afkari apoyaba los codos en una de las mesas y se sujetaba la cabeza entre las manos. Shawn estaba de pie, apoyado contra una estantería, ojeando un libro de Stephen Hawking. Susan sacudía su gran termo de café y su amargada expresión daba fe de que se le había quedado vacío.

—Me parece que las palabras de Harlowe son bastante definitivas —dijo—. Y creo, Rachel, que no deberías hacer nada que pudiera despertar la ira de don «yo-digo-lo-que-hay-que-hacer» contra nosotros.

Rachel se apoyaba en el quicio de la ventana y mantenía las manos en las caderas.

—La ira de Harlowe me importa una mierda —gruñó—. Se basa en normas, pero se olvida que aquí se aplican las nuestras.

—¿Y qué reglas son esas, cielo? El CfA no está por encima de Dios.

Rachel levantó el pulgar de la mano izquierda para levarlo hasta el índice de la derecha.

—Primero, y solo para que no se le olvide: Chandra se financia con fondos públicos ...

—Sí, eso ya lo hemos visto antes —admitió Susan—. Pero en serio, ¿crees que a míster aguafiestas le importa lo más mínimo?

—¡Debería importarle! —opinó Rachel—. Pues incluso aunque el proyecto de Shawn se quede temporalmente bajo llave, Harlowe tendrá que hacerlo público en algún momento. Así son las reglas.

—Tú misma lo dices, Rachel: en algún momento. Eso significa que en este momento no tiene por qué contarnos nada. Así que, ¿por qué no paras quieta hasta que el tornado de testosterona ese se vaya con viento fresco?

El índice de Rachel seguía pegado al pulgar.

Aunque Susan era bastante simple en algunos aspectos, como en la comunicación interpersonal, sí que gozaba de una aguda capacidad de observación y de un talento especial para argumentar con absoluta certeza.

En esos momentos, a Rachel no le gustaban nada esas cualidades de Susan.