El Proyecto Urania Uhuru
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Uhuru

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Clark sacudió la cabeza.

—Lo siento mucho, Walter, pero nuestra lista de encargos está totalmente llena para las próximas dos semanas. Además, los de la NASA y los italianos me están pisando ya los talones. Si se enteran de que estoy dándole tiempo adicional a alguien más, tendré problemas gordos.

—Jim, ¿puedo preguntarte una cosa?

—No me digas que quieres colar un par de órdenes adicionales en el SAS 3.

—No, ¿cómo se te ocurre?

—Porque algunos de tus colegas lo han intentado.

—¿Qué? ¿Quién?

—No sé sus nombres; pero evidentemente no caí en esa trampa.

—Bien hecho. —¿Quién de su grupo estaría aún con planes propios con el SAS 3? Aunque le daba lo mismo.

—Pues bien, ¿de qué se trata?

—Uhuru.

—Ah, SAS 1.

—¿En serio era ese SAS 1?

—Ya ves, deberíais haber pensado en un nombre más bonito. En suajili, uhuru significa libertad . SAS 3 es de lo más aburrido.

—Tienes razón. —Libertad sonaba realmente muy prometedor—. ¿Sigue Uhuru aún por algún lado ahí arriba?

—Que yo sepa, sí. Debería caer en un par de años.

—Eso está muy bien. —Walter decidió poner las cartas sobre la mesa. Seguro que Jim sabría apañárselas—. Me gustaría hacerle un encargo a Uhuru.

—Hmm. Eso es … inusual. Habría que despertarlo.

—¿Crees que es posible?

—Para hacerlo caer de forma controlada, lo habrán puesto a dormir con un resto de energía. Seguro que aún le queda algo. Y si solo se trata de una observación más, no debería llamar la atención. Seguro que no se muere en el intento.

—¿Podrías hacerlo por mí?

—Uff. Ya te digo que es una petición muy poco usual.

—Te daré la entrada del partido de béisbol que ...

—Me apunto.

Aquella entrada con varios autógrafos originales fue un regalo de su padre, que falleció un par de años atrás.

Walter tragó. ¿Qué acababa de ofrecerle a Jim?

¿Era él también uno de esos científicos que sacrificarían a su primogénito por un resultado fantástico?

Bueno, poco a poco. Una entrada de béisbol valía mucho menos que un niño.

Aunque su padre seguramente lo habría visto de forma distinta.

—Genial —dijo Walter, sorprendiéndose de sí mismo—. Te enviaré las coordenadas por fax.

—Pero no asumo garantía alguna —dijo Jim—. Transmitiré los datos con nuestra antena, pero que Uhuru responda o no es harina de otro costal.

—Pues … vale, de acuerdo.

El aparato de fax marcó con el típico traqueteo el número del centro espacial de Goddard. La página cuyo contenido quería enviar Walter estaba ya bien insertada en la ranura. Justo ahora entraba el profesor Clark.

—¿Qué tal? ¿Avanzando con el proyecto, Walter?

Clark reinsertó la hoja en el fax algo más recta para que se apoyara en el borde derecho. No parecía interesado en el contenido, pues si no le habrían llamado la atención las coordenadas. Ya las conocía de la propuesta de Walter.

—Sí, sorprendentemente bien —respondió Walter.

—¿Otra vez turno de noche? ¿A que parece increíble lo bien que se avanza en un par de horas de absoluta tranquilidad?

—Sí, turno de noche. Alguien tiene que cuidar que SAS 3 no se nos escape.

—Muy digno de encomio. Ah, una cosa, Walter. ¿No le gustaría comentar su trabajo en la siguiente ronda de grupo? Siempre he considerado muy útil contar con el feedback de compañeros desde un principio.

—Ehm … sí, claro, si usted lo dice ...

—Perfecto; ¡apúntese entonces para el miércoles que viene!

¡El miércoles que viene! ¡Eso era en solo dos días!

Y ni siquiera tenía lista la introducción.

No debería distraerse tanto con otros asuntos.

Walter se sentó ante la máquina de escribir y comenzó a teclear como loco.

Con un poco más de esfuerzo podría tener lista la introducción y la parte de metodología listas para el miércoles.

La metodología la tenía ya en mente, y la introducción estaba repartida en papelitos de colores por todo su escritorio.

Aguantó hasta poco antes de medianoche. Entonces le sorprendió la llamada de Jim.

—Tengo una buena y una mala noticia.

El tema debió interesar mucho a Jim. ¿Cómo si no estaría aún a estas horas en la oficina?

—La mala primero.

—Como quieras. En las coordenadas que me has pasado, Uhuru no ha encontrado absolutamente nada.

—Mierda. Habrá sido entonces uno de esos destellos de rayos X cuya fuente no hallaremos jamás.

Esas eclosiones de rayos X podían tener múltiples causas naturales. Si desaparecían al poco tiempo, eso significada la mayoría de las veces que ya no estarían disponibles para análisis posteriores, al menos no con los medios actuales.

—Espera un momento. No estaba muy seguro de la precisión de tus coordenadas. SAS 3 se va moviendo todo el tiempo algunos grados de un lado al otro.

—Eso ya lo he tenido en cuenta. Mis datos eran muy precisos.

—No estoy muy seguro de eso. Le he dado al bueno del viejo Uhuru un ámbito de búsqueda algo mayor y se ha encontrado con una señal que se parece a la tuya.

Hmm. Podría ser casualidad. Tenía que ser casualidad, pues sus datos eran muy precisos.

Claro que dentro de los límites de tolerancia del detector.

¿O es que alguien había metido la pata en la corrección del desplazamiento?

Imposible, pues ese alguien habría sido él mismo. No, él no cometía ese tipo de errores.

—Pásame los datos de nuevo, por favor.

—Está bien, pero me mantienes al tanto, ¿vale?

Prometido.

La transmisión de los datos de Uhuru no tardó ni tres horas. Se notaba lo rápido que avanzaba la técnica. Los datos de medición de la sonda de rayos X desarrollada el decenio pasado necesitaban mucho menos espacio porque también eran mucho más bastos.

En efecto, ahí podía reconocerse una estructura.

No era tan nítida como en la imagen de SAS 3, pero se debía a la naturaleza del objeto.

Walter escribió un pequeño programa en FORTRAN para normalizar las bases de datos de ambas imágenes.

Así pudo colocar una encima de la otra con precisión.

Era como combinar una moderna foto a todo color con una vieja polaroid de la misma persona.

La similitud era asombrosa. Pero no se trataba de dos personas, sino de dos fuentes de rayos X.

Según el tipo podrían llegar a parecerse mucho rápidamente, aunque pertenecieran a objetos distintos.

Walter miró de nuevo las coordenadas. Las diferencias estaban dentro del inevitable desplazamiento del satélite, como Jim había supuesto correctamente.

Para ser honestos, no había garantía alguna de que realmente lo hubiera tenido en cuenta.

La imagen del SAS 3 había sido un regalito adicional por casualidad, no controlado por las coordenadas.

Había intentado reproducir el recorrido del eje del detector, pero bien podría haberse equivocado con eso.

¿Y quién no? La diferencia de las coordenadas era mínima.

Si se trataba del mismo objeto, debería haberse movido desde el punto A –ayer– al punto B —hoy—.

La velocidad propia resultaba de la distancia a la Tierra.

Si partía de una distancia típica de fuentes de rayos X de muchos años luz de distancia, un tal movimiento era imposible, ya que habría sido mayor a la velocidad de la luz.

No; debían tratarse de dos fuentes distintas y seguramente había vuelto a caer en un callejón sin salida.

Pero ¿y si se tratara de la misma fuente?

Entonces, su distancia a la Tierra sería en el entorno del Sistema Solar.

Igual incluso estaba pasando por dentro del Sistema Solar.

¿De dónde y hacia dónde? Eso no era fácil de calcular.

Cuando un objeto viaja por el interior del Sistema Solar, su destino no suele ser allí donde parece estar apuntando.

Y las fuentes ya no están ni de lejos en el lugar en el que objeto y fuente se separaron.

Walter se rascó la cabeza. Debería calcular una gran cantidad de órbitas para poder responder a esa pregunta.

¿Qué podría llegar a demostrar con eso? Nada.

Ni siquiera sabía si la fuente de los rayos X realmente estaba dentro del Sistema Solar.

Esos cálculos lo ocuparían durante semanas.

¿Y su trabajo de máster? No, no valía la pena.

Igual bastaría con encontrar solo respuesta a la pregunta de hacia dónde.

Para eso necesitaría el trayecto recorrido por el objeto entre ayer y hoy, y alargarlo matemáticamente hasta que cruzara las órbitas de los planetas.

Incluso eso sería un trabajo tedioso. Pues el objeto se movía, al igual que todos los demás planetas, en la eclíptica, al mismo nivel que las órbitas planetarias, por lo que su línea de desplazamiento cruzaría todas las órbitas.

Bueno, tampoco todas como vio en seguida.

No alcanzaría nunca los planetas interiores.

Aun así, seguían en juego Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

Cinco planetas. ¿Cuánto tardaría en llegar hasta allí?

Walter intentó calcularlo y partió de un movimiento rectilíneo, en el fondo muy poco realista, para que los cálculos fueran más sencillos.

Eso daba datos determinados según los cuales el objeto al menos alcanzaría la trayectoria de la órbita del planeta.

¿Dónde estaban en ese momento Marte, Júpiter y etcétera?

Esos datos estaban guardados. Bastaba con consultarlos.

Y a pesar de su estimación bastante imprecisa, el resultado fue interesante: entraban en juego Marte y Saturno. Si Walter no se equivocaba demasiado, un objeto que irradiaba rayos X estaba en esos momentos de camino a Marte o a Saturno.