El Proyecto Urania Una anomalía #4
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Una anomalía #4

—Entre el programa Apollo y el de las lanzaderas espaciales hubo muchos lanzamientos de satélites, pero hasta el proyecto de ensayo Apollo-Soyuz no hubo en esa época ninguna misión estadounidense tripulada.

Alguien llamó a la puerta, y cuando Rachel levantó la mirada entró Herbert con un carrito sobre el que había una estructura de ensayo.

Herbert era un auténtico fósil del Observatorio Astrofísico Smithsoniano.

Si había un cliché que fuera cierto, era el de que cuando alguien trabajaba durante una eternidad en el mismo lugar, se lo consideraba ya parte del inventario.

Herbert era una de esas personas. Nadie sabía cuántos decenios llevaba ya trabajando en el instituto.

Había quien creía que incluso había participado en el traslado del CfA de Washington D.C. a Cambridge en 1955.

Desde luego, Herbert no tenía tanta edad, aunque por su cabello canoso y revuelto daba la impresión de que tuviera musgo creciéndole en la cabeza.

Y nadie excepto el director parecía saber a ciencia cierta cuál era su función en el instituto.

Oficialmente era colaborador científico, pero en la mayoría de los casos, a Herbert le encomendaban solo tareas desagradables de personal auxiliar.

Se decía que seguía aquí porque dependía de su sueldo.

Otros decían que estaba huyendo de los Men in Black.

—No dejéis que un viejo chalado como yo os distraiga de vuestro trabajo —gruñó Herbert.

Empujó el carrito con la espalda encorvada hasta el fondo del laboratorio. Mientras descargaba los aparatos para colocarlos en una estantería, silbaba una melodía que a Rachel le sonó como al «Wish you were here» de Pink Floyd.

Rachel suspiró.

—Sigamos; tenemos la prueba irrefutable de que un objeto relativamente grande de la Tierra se encuentra a una distancia de unos dos millones de kilómetros y que se mueve lentamente hacia nosotros.

—Eso es lo que parece —dijo Susan—. Y los primeros datos del análisis espectral nos hablan de aleaciones que se utilizaban en los setenta y ochenta. Al menos, si nos podemos fiar de las transiciones Kα.

Shawn rio.

—¡Todo esto suena a locura! No nos creerá nadie. ¿Cómo vamos ahora a descubrir si se trata de un objeto americano o ruso?

El silbido al fondo del laboratorio cesó de golpe.

—¿Ruso? —dijo Herbert desde lejos.

—Hola, Herbert —dijo Rachel—. Esta es una reunión confidencial.

El viejo se apartó un mechón de musgo blanco de la frente.

—¿Ah, sí? Más bien suena a que habláis de viejas pelis.

—Sí, es eso —dijo rápidamente Shawn—. Igual hablamos de eso.

Herbert no pareció quedar nada convencido.

—Vale, os dejo tranquilos. Pero solo un comentario: La NASA utilizó en los setenta y ochenta principalmente aluminio con titanio.

Susan asintió mirando a Rachel y a Shawn con orgullo.

—Pero no los soviéticos —continuó Herbert—.

Ellos construían con aluminio y magnesio.

Podéis comprobarlo fácilmente en vuestro misterioso objeto.

El magnesio muestra una línea en 1,25 kiloelectronvoltios, el titanio en 4,5.

Son áreas claramente diferenciables. Pero no quiero quitaros el trabajo.

Seguro que habríais llegado a la misma conclusión vosotros solos ...

Rachel abrió la boca muy sorprendida y se negó a cerrarla de nuevo. Herbert continuó silbando y colocando el último aparato en la estantería para luego empujar el carrito vacío de nuevo hacia la puerta. Al salir murmuró algo que Rachel no entendió, pero creyó oír algo que sonaba a «buen finde».

—¿Realmente ha dicho eso? —preguntó Shawn cuando se cerró la puerta.

—Seguramente Herbert sí que sea un alienígena —dijo Susan—. Voy a comprobar en qué se diferencian las aleaciones de nuestros cohetes y las de los soviéticos en esa época. Pero Herbert parece tener mucha razón con la clara facilidad de diferenciación entre titanio y magnesio.

—Entonces se trataría de un satélite americano —resumió Shawn.

—Demasiado grande para un satélite —dijo Susan.

—Todo esto no tiene sentido para mí —comentó Rachel—. ¿Por qué hay una nave espacial americana tan lejos ahí en el espacio? Sobre todo, una nave tan antigua.

—Bueno, eso parece la pregunta del millón ¿no? —dijo Shawn—. Y yo que creía que las chicas de mi condado vecino habían descubierto una nube de gas. Menudos ojos me pondrán.

El boli entre los dedos de Shawn no paraba de dar vueltas.

Algo no acaba de cuadrar en todo este asunto para Rachel.

Si era una antigua nave espacial, ¿cómo es que no era un objeto catalogado?

¿Se trataba quizás de un proyecto secreto de investigación?

Que Harlowe pusiera el asunto bajo secreto absoluto solo pocas horas después de que Rachel enviara el mail a la NASA permitía esa suposición.

Solo quedaba la duda de por qué no se había descubierto esa nave antes.

¿Qué podría significar, además, esa nube de gas?

Rachel se puso en pie. Las patas de la silla rascaron por el suelo como uñas por una pizarra. Susan la miró atónita.

—¿Y ahora qué mosca te ha picado?

—Tengo que hablar con Harlowe. Creo que nos debe un par de respuestas.