El Proyecto Urania Una anomalía #2
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Una anomalía #2

Al igual que en las mediciones anteriores, también se midió esta vez la emisión de rayos X. Rachel estaba elucubrando sobre cómo estructurar ese hecho cuando alguien llamó a su puerta.

—¡Adelante!

En el quicio apareció un hombre en un elegante traje gris oscuro. Su cara parecía tallada en piedra. Era delgado, alto y unos diez años mayor que Rachel.

—Buenos días, ¿qué desea? —preguntó.

El hombre entró y cerró la puerta detrás de él. No llevaba consigo ninguna cartera o portátil, como cabría esperar.

—Ruego me perdone por haberme presentado aquí sin haber pedido cita previa. ¿Podría dedicarme un par de minutos?

Rachel suspiró por dentro. Pero se mostró profesional, aunque casi nunca sacaba nada en claro de la mayoría de ese tipo de conversaciones que comienzan con un ¿Podría dedicarme un par de minutos?

Rachel cerró su portátil y señaló con la estilográfica hacia la silla para que el hombre tomara asiento.

—Gracias, es usted muy amable.

Sin hacer apenas ruido, como si flotara sobre el suelo, se acercó a Rachel, se sentó con gran silencio y la miró con unos ojos de un azul intenso.

—Soy James Alexander Harlowe, director de la agencia federal OSAP. —Ni siquiera esperó a que Rachel pudiera preguntarle qué puñetas significaban las siglas OSAP—. Office for Special Aerospace Programs.

—Pues encantada, señor Harlowe. Soy la Dra. Rachel Adams, directora del observatorio Chandra. ¿A qué debo este honor?

—La razón de mi presencia es que he sido informado de que uno de sus actuales objetos de observación recae a partir de ya mismo bajo mi ámbito de responsabilidad —dijo Harlowe.

Rachel casi se atraganta con lo que Harlowe acababa de decir. Debía haberse equivocado de puerta.

—Perdone —dijo Rachel—. ¿De qué se ocupa exactamente su agencia?

—Pues como su mismo nombre indica, doctora Adams. De proyectos especiales aeroespaciales.

—¿Puedo ofrecerle algo de beber, señor Harlowe?

—No, gracias, estoy bien —rechazó la oferta.

Harlowe no parecía ser alguien que tuviera hueco para el humor. Claro que, como miembro de una agencia federal, seguramente sufriría de una simple y crónica escasez de diversión. Su mandíbula parecía masticar algo con fuerza, un claro indicio de que apretaba los dientes de puro estrés.

—Muy bien, señor Harlowe —dijo Rachel—. ¿Cómo puede uno de mis objetos de investigación, todos ellos dentro del ámbito de la observación del espacio, recaer en su ámbito de responsabilidad?

Harlowe sonrió y Rachel se dio cuenta en seguida de que era pura fachada. O no se esforzaba lo más mínimo en ser amable o simplemente no sabía hacerlo mejor.

—Bueno; la mayoría de la gente con la que contacto en el marco de mi trabajo no sabe al principio de qué va esto —dijo Harlowe—. Y a decir verdad, el nombre de mi agencia tampoco es que sea muy explícito al respecto. Pero en el OSAP nos ocupamos de proyectos confidenciales aeroespaciales.

—Eso me parece muy bien, pero sigue sin responder a mi pregunta.

Rachel odiaba que peces gordos del gobierno hicieran acto de presencia por allí, algo que sucedía de vez en cuando, para luego dedicarse a evitar entrar en el meollo de la cuestión. ¡Siempre con esas chácharas insulsas!

—Como quiera, doctora Adams. Directos al grano, perfecto.

Estoy aquí porque ayer solicitó una observación completa de longitudes de onda múltiples.

El objeto de investigación correspondiente es a partir de ahora asunto mío, lo que significa que debo rogarle que suspenda de inmediato todas las actividades que tenga en curso al respecto.

Caramba, eso sí que le dolió. Nunca antes había tenido una discusión seria ni se había metido en una pelea. Pero las palabras de Harlowe la hacían sentir como si le hubiera dado un puñetazo en plena mandíbula.

—¿Qué? —balbuceó Rachel—. Quiero decir … eso es imposible.

—Todo lo contrario, doctora Adams. Créame.

—Harlowe estaba muy seguro de sí mismo—.

Soy consciente de que están realizado hoy una última observación en el observatorio.

No pienso interrumpirla. Lo que me importa principalmente es que ciertos aspectos de su investigación deben ser tratados a partir de hoy como estrictamente confidenciales.

—¿Eso qué significa?

Harlowe se incorporó un poco más aún en su silla. Rachel, por el contrario, se sintió presionada por la gravedad a una postura ergonómicamente cuestionable y de casi insuperable humildad.

—Lo que le dije antes —aclaró Harlowe—. Cancelación total de todo tipo de investigaciones en este asunto. Me entrega los datos y me concede tiempo de observación con su telescopio de rayos X. El resto ya lo irá viendo, creo yo.

A pesar de la presencia intimidante de Harlowe, en las tripas de Rachel algo prendió fuego. Y no era el té, que parecía querer regresar agrio garganta arriba, sino el desmayo repentino que sufrió, así que hizo de tripas corazón.

—Señor Harlowe, debe usted saber que ni yo ni mi observatorio están sometidos a ningún tipo de agencia gubernamental. Si pretende usted ejercer cualquier tipo de influencia, debería pasar por los estamentos adecuados de la NASA o la dirección de la Universidad de Cambridge.

Harlowe apretó los labios y sonrió para sus adentros con la cabeza gacha.

—A lo largo del día recibirá los documentos correspondientes que testimonian mis facultades, doctora Adams. Y esto tampoco es una petición, sino un requerimiento.

En este asunto de investigación hará a partir de ahora exactamente lo que yo le diga.

Y por ahora es que trate este proyecto como si no existiera. ¿Nos hemos entendido?

Sin esperar respuesta, Harlowe se puso en pie tan en silencio como se había sentado.

Mejor que no quisiera haber tomado nada, pues no habría valido la pena.

Rachel se quedó sentada, demasiado débil y afectada como para pensar aún en formalidades.

Harlowe la miraba desde su posición elevada como un Boxer a su contrincante derrotado y malherido.

En su mirada brillaba una mezcla de arrogancia y desprecio.

—Estoy seguro de que en los próximos días nos entenderemos mejor. Solo he oído cosas buenas de usted, doctora Adams.

Como despedida, Harlowe obsequió a Rachel una última sonrisa barata. Salió del despacho dejándola sola y con la sensación de una total pérdida de control.

—¡Sigo sin poder creérmelo! —se indignaba Shawn a gritos.

El fresco viento otoñal jugueteaba con su densa cabellera, aunque no parecía capaz de moverla demasiado.

Al contrario que con el cabello de Rachel.

Una y otra vez le caían mechones oscuros sobre la cara.

Y por mucho que se los apartara detrás de las orejas, la siguiente ráfaga se los volvía a soltar con facilidad.

Rachel había encontrado a Shawn en el aparcamiento, cuando Farrah Afkari lo trajo del OCC en su coche. Farrah había sido convocada a una reunión junto con Susan. Ya que Rachel no había sido explícitamente invitada, se imaginaba ya con quién se iban a reunir las dos mujeres.

Al contrario que los árboles de hoja caduca, los pinos de la zona deportiva junto al instituto seguían verdes.

En sus ramas podía ver Rachel a los carboneros negros saltando con sus trinos de rama en rama mientras ella y Shawn daban la vuelta a las instalaciones a pie.

Rachel descubrió también a un zorzal con su característica panza roja.

Entonaba su melancólico canto de otoño; mucho más tranquilo y discreto que el exuberante gorjeo primaveral.

Shawn caminaba cabizbajo, lo cual no era de extrañar cuando acababan de robarle a su bebé.

—¿Cuándo regresas a Indiana? —le preguntó Rachel.

—Pasado mañana. Pero es que deseaba tanto poder darles una explicación convincente a las chicas por eso que habían encontrado.

—Al menos, las fotos que hemos tomado ya las tenemos. Esas no nos las quita nadie —intentó relativizar Rachel.

—Lo cual significa que el domingo vuelvo a casa y solo puedo decirles a las chicas de Salem que tenemos las manos atadas.

Rachel sabía, en el fondo, que no tenía posibilidad alguna de ganar.

El Observatorio Astrofísico Smithsoniano dependía de subvenciones.

Y si alguien venía para ponerse al timón, eso incluía la velada amenaza de recortes presupuestarios en caso de que alguien no colaborara como esperaban.

La situación no era muy distinta a la que reinó en el lejano Oeste.

Y resultaba casi ridículo que Harlowe, un viejo canoso, se hiciera con el control para convertir un proyecto de investigación público en un objeto de política de trastienda.

Parecía todo demasiado fuera de lugar, aunque Rachel sabía que, en su pequeña y feliz burbuja del Centro de Astrofísica, el CfA, tenía una visión distorsionada de la cruda realidad.

El mundo seguía bajo el control de tipos ávidos de poder, y ya iba siendo hora de que las cosas cambiaran.

A Rachel le ardía el estómago. Y lo hacía desde que James Harlowe le había dejado claro que ya no podía continuar investigando en el proyecto de Shawn.

Lo que comenzaba a moverse en el interior de Rachel no era más que una acentuada resistencia.

Si ese Harlowe pretendía convertir un proyecto financiado con fondos públicos en un secreto de Estado, no debería continuar financiado por las arcas públicas.

La única posibilidad que veía Rachel para ello es que continuara teniendo el control de su ámbito de responsabilidades.

Harlowe podría trabajar con ella en el marco de este proyecto con transparencia y según las costumbres del instituto.

—Okey. Cambio de planes, Shawn. No nos vamos a rendir —dijo Rachel en tono combativo.

Shawn la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué quieres decir?

Rachel sabía que no era correcto intentar enfrentarse a una institución estatal. Pero nadie podía quitarle de las manos, así como así, un proyecto de investigación sin perder, además, ni una sola palabra de justificación.

—Ese tal Harlowe me debe al menos una explicación de por qué ya no podemos continuar trabajando en este proyecto. Ven, necesito ver a Susan.