Una anomalía
Una anomalía
Rachel durmió mal aquella noche. No era solo el libro que estaba leyendo el que la dejó algo removida, sino sobre todo el descubrimiento que había hecho el Chandra.
Llevaba ya dos horas intranquila dando vueltas en la cama y mirando el cielo otoñal por la ventana.
Gruesos nubarrones se desplazaban desde el este tapando los minúsculos y brillantes diamantes del firmamento.
Las luces de la ciudad teñían el oscuro manto de nubes con un tono blanquecino muy poco natural.
De niña, Rachel se imaginaba las nubes como grandes formaciones de algodón de azúcar.
Con solo imaginárselo se le llenaba la boca ya de ese incomparable sabor dulzón y pegajoso cada vez que pasaban nubes blancas por el cielo.
Mirando por la ventana regresaron los recuerdos de su infancia.
Así que, alrededor de medianoche, se levantó de la cama para prepararse un té con anís en la cocina y escribir algunas líneas en su diario.
Descubrió que era, ante todo, la falta de certeza sobre la composición de ese objeto cósmico desconocido lo que le impedía conciliar el sueño. Para esos casos había desarrollado hacía unos años un método infalible de resolución de problemas.
Tomó un trago de té y sintió cómo descendía caliente por la garganta, rellenando todos los huecos y rincones de su cuerpo.
Entonces recurrió al diario y a la estilográfica.
Primero formuló lo que la preocupaba en concreto y la causa.
Que era improbable que en el Sistema Solar hubiera un asteroide con alta radiactividad que viajara, además, a una velocidad de tortuga.
A Susan le encantaban este tipo de hipótesis. A Rachel no.
Bajo el breve texto trazó una tabla de dos columnas titulando la primera «Kirk» y la segunda «Spock».
Eran las abreviaturas de «¿Qué haría el capitán Kirk?
» y «¿Qué haría míster Spock?», respectivamente.
Rachel esperaba encontrar de esta forma un cierto abanico de posibles soluciones.
No importaba aquí que las respuestas que ella misma se diera no fueran precisamente muy científicas.
Solo importaba que las ideas se desvanecieran un poco para el resto de la noche.
Antes utilizaba tres columnas, donde también añadía las posibles soluciones sugeridas por Han Solo al problema. Pero con demasiada frecuencia le sugería orgías de disparos y cañonazos unidimensionales y muy poco útiles, por lo que ya prescindía de ese héroe.
Escribió:
Kirk: El capitán activa el armamento de la nave y analiza el objeto. ¿A qué velocidad se mueve? ¿Qué tamaño tiene? ¿Tiene rotación? ¿De qué se compone su superficie? ¿Quiere atacarnos?
Spock: Hace que saquen fotos desde todos los ángulos y perspectivas posibles. Analiza los efectos de la nube en su entorno directo y más lejano. Calcula los posibles orígenes de la nube. Intenta comunicarse con el objeto que hay en el centro.
Permaneció un rato releyendo las líneas escritas y pensó que Susan tenía razón en lo que pensaba sobre su caligrafía.
Que tenía una letra de médico, prácticamente ilegible.
Aunque Rachel valoraba mucho un aspecto exterior cuidado y un hogar agradable y correctamente decorado, en lo referente a su caligrafía era de lo más descuidada.
Poco a poco se le fue calmando el nerviosismo.
Las propuestas de solución de Kirk y Spock habían sido mejores en otras ocasiones, pero aun así parecían lograr el mismo efecto.
Rachel soltó un bostezo gigantesco, dejó la taza medio vacía en la encimera de la cocina y volvió arrastrando los pies a la cama.
Las estrellas, entre las cuales se ocultaba por algún lugar el objeto de Shawn Whitfield, estaban siendo devoradas por un descomunal algodón blanco de azúcar. Rachel no llegó a ver salir de nuevo el brillante manto de estrellas, pues se quedó profundamente dormida al cabo de cinco minutos.
21 de octubre de 2032. Cambridge, Observatorio Astrofísico Smithsoniano.
Gruesas gotas de lluvia repicaban contra los ventanales.
El laboratorio en la planta baja del edificio B tenía todas las luces encendidas y mostraba un agradable contraste a la tormenta que reinaba en la ciudad.
Rachel y Susan se habían puesto cómodas en la mesa del centro de la sala; aunque para Susan, a los ojos de Rachel, eso de ponerse «cómoda» era algo muy distinto.
Rachel necesitaba un portátil, libreta de notas y una taza de té; mientras que Susan no podía prescindir de su megatermo con un litro de café y de un sándwich absurdamente grande con queso fresco y lechuga.
A Rachel le resultaba un misterio cómo Susan era capaz de pensar en el fenómeno cósmico con el consumo simultáneo de café y desayuno.
No le cabía duda de que había gente muy capaz de dominar eso de la multitarea.
Rachel no era de esas y tampoco creía que Susan lo hiciera.
—Entonces —balbuceó Susan con la boca llena—, con las dos últimas imágenes del Chandra podemos delimitar la velocidad a más o menos un kilómetro por segundo. Demasiado lento para un cometa o un asteroide.
Rachel miró la pantalla de su portátil, donde se listaban los valores de los análisis de imagen en forma de tabla.
—Pienso lo mismo —dijo, sumándose a su asistente—. En los cometas, la velocidad depende mucho de su entrada en el Sistema Solar y su proximidad al Sol, mientras que los asteroides suelen tener todos una velocidad relativamente estable de entre veinte y veinticinco kilómetros por segundo.
Rachel recordó de repente su intento nocturno de solucionar el problema. Una de las ideas de Kirk podría resultar no ser del todo estúpida.
—Oye, Susan. Se me acaba de ocurrir una idea. Podríamos intentar analizar si el objeto central muestra algún tipo de rotación. Incluso aunque podamos excluir categóricamente lo de un asteroide ...
—¡Tú lo excluyes, yo no! —exclamó haciendo aspavientos con el termo en una mano y el bocadillo en la otra.
—Solo quiero decir que igual podríamos sacar conclusiones sobre el tamaño aproximado o la composición de su superficie.
—Susan se encogió de hombros—. A ver ...
; las alumnas que contactaron con Whitfield analizaron imágenes del Chandra de hace dos años.
Ya debería haberle llamado la atención a alguien ese faro de rayos X que deambula por ahí.
¡Se mueven dentro del Sistema Solar! Creo que ya va siendo hora de que lo registremos y cataloguemos.
—Vale, me apunto. —Susan le dio un tremendo mordisco a su bocadillo.
—Perfecto, pues pensamos igual entonces.
—Tan cierto como que me llamo Susan Reilly.
—Pues ponte en contacto con de Palma para conseguir a un par de científicos más.
En última instancia aceptaría incluso a ese par de osos perezosos que se pasan la vida en la sala de estar.
Yo me ocupo mientras tanto de conseguir una observación completa de longitudes de onda múltiples.
Hubble, VLA, el programa completo, para poder separar CX y fluorescencia.
—Haz una foto para mí. Quiero decir de Jenkins. Me gustaría ver la cara que pone cuando se lo pidas —dijo Susan con una carcajada—. Creo que no suele ocurrir con frecuencia que el director de la NASA ponga a disposición recursos para la investigación de un asteroide radiactivo.
—No estoy muy segura de lo de la foto —rio Rachel—. Protección de datos, ya sabes.
Susan se reclinó en su silla, se cruzó de piernas y lanzó a Rachel una mirada cargada de resentimiento.
—¡Que no pienso hacerle una foto, punto pelota! —dejó Rachel bien claro—. Además, deberías bajarte del carro ese de que podría tratarse de un asteroide radiactivo.
Susan dejó el bocadillo sobre el papel y se limpió las migas de la boca con el dorso de la mano y una notoria falta de elegancia. Luego tomó un trago de café muy largo, como si acabara de regresar de una excursión de muchas horas por el desierto y lanzó a Rachel una mirada que casi perforaba.
—¿Y tú cómo te lo explicas, Rachel? ¿Qué crees tú que puede haber en el centro de esa nube de radiación?
Rachel agarró su taza de té tibio con ambas manos y miró hacia el exterior. Seguía diluviando, como si hubieran construido el instituto debajo de las cataratas del Niágara. Se había hecho tan oscuro, que podría pensarse que era ya última hora de la tarde. Rachel pensó un rato.
—Nos enfrentamos a un objeto natural o artificial, que se mueve lentamente en dirección a la Tierra —dijo sin mirar a Susan—. Está rodeado de una nube de aspecto gaseoso con un brillo débil, cuya concentración es más densa junto al objeto y más débil en sus bordes.
Rachel seguía las gotas de lluvia en su descenso por el cristal mientras pensaba en esa formulación. Era perfectamente correcta expresada con esas palabras. Se giró hacia Susan, que seguía quieta sentada. Sus claras cejas había ascendido hacia el flequillo y los ojos grises la miraban perpleja.
—Sí —recalcó Rachel con aplomo—. Creo que debe ser algo así. Al menos será exactamente las palabras con las que se lo explicaré a Jenkins.
22 de octubre de 2032. Cambridge, Observatorio Astrofísico Smithsoniano.
Shawn Whitfield pasó la mañana en el OCC de Burlington.
Rachel le había informado la tarde anterior sobre sus hallazgos y, tal y como era de esperar, el astrofísico ejecutó durante algunos minutos su casi ritual coreografía de entusiasmo.
Probablemente no importara en absoluto lo que Rachel pudiera comunicarle, siempre que viniera del Chandra y tuviera relación con su proyecto.
Hay cosas peores que ser un entusiasta de tu propio trabajo.
Tras el Status-Meeting de cada mañana, mientras Rachel esperaba en su oficina del edificio B a que la NASA le enviara una respuesta a su petición del día anterior, intentó distraerse con la documentación de otro proyecto.
Después de que el Chandra pudiera medir ya en 2002 y en 2017 la radiación de Urano, en los últimos dos meses se volvieron a realizar observaciones del séptimo planeta.