El Proyecto Urania Eva #4
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Eva #4

Richard se miró el trabajo realizado por Juan.

Había acortado la conexión del tanque de masa de reacción un par de centímetros y había soldado encima un anillo de cobre.

Eso era incluso mejor que la cinta americana, porque era mejor conductor térmico, pero era un material distinto con coeficientes de dilatación claramente diferentes.

Ya verían cuál de las soluciones funcionaba mejor en la realidad.

Utilizar dos métodos diferentes tenía una gran ventaja: seguro que uno era menos estable que el otro.

Así no reventarían, como la vez anterior, los dos tubos a la vez, sino primero el menos estable.

Las consecuencias no serían entonces tan graves.

Pero a fin de cuentas daba igual. Los tubos podían parchearse tantas veces como quisieran.

Lo que importaba era la bomba, para la que solo les quedaba un único recambio.

Richard estaba preocupado por desconocer las causas reales del suceso.

Pero antes tenía que conectar el tubo de empalme que le estaba trayendo Juan.

De la turbobomba se ocuparon juntos. Primero tenían que extraer los restos del ejemplar reventado.

Los pequeños bucles de un material enormemente resistente habían reventado quedando solo trozos minúsculos.

Eso no le gustó nada a Richard. Se guardó uno de los restos en el bolsillo para analizarlo después en la cabina.

—¿Tienes alguna idea de a qué se ha debido todo esto?

Juan sacudió la cabeza.

—Llevo todo el rato pensando en ello, pero estos restos no me cuentan nada.

Las turbobombas de este tipo eran caras, pero en principio no funcionaban de forma distinta a los aparatos que presionaban agua por tubos de calefacción.

¿Qué podía romperse aquí? Richard pensó en un aumento descontrolado de la presión.

Los tubos habían reventado. Debían haber sufrido una presión mucho más alta de lo normal.

Pero ¿por qué? ¿A qué se debió? Observó los restos de la bomba sin llegar a ninguna conclusión.

—No sirve de nada —dijo Juan—. Montemos la bomba de repuesto. Tienes la cara muy roja.

Richard asintió. Si tenía mala suerte, no sobreviviría esta reparación durante mucho tiempo. Tenían medicamentos a bordo contra la enfermedad por radiación, pero sus efectos eran mínimos.

Eliminaron todos los restos y atornillaron la nueva turbobomba en su lugar. Las conexiones improvisadas se ajustaban bien.

—Dejemos la chapa sin poner —propuso Juan, cuando la turbobomba estuvo ya instalada entre tanque y reactor. Igual así se refrigera algo mejor.

—Buena idea.

Se llevaron la chapa a la esclusa.

—¿Es que te has vuelto totalmente majara? —George flotaba ante su saco de dormir. Lo habían envuelto en mantas limpias porque sentía mucho frío. Seguramente pareciera una momia.

—No, lo he hecho adrede —dijo—. Basta con que afecte solo a uno de nosotros.

—¡Pero eso no era lo pactado! —dijo Juan—. ¡Ya soy mayorcito! No te he pedido que mueras por mí. ¡Y yo te he creído como un idiota! Te lo juro, te lo voy a reprochar hasta que te mueras.

Pues igual ya no falta mucho para eso. Richard no expresó ese pensamiento en voz alta.

Seguramente también se habría enfadado si estuviera en el lugar de Juan.

Pero no se arrepentía en absoluto de su decisión.

No tenía sentido repartirse las dosis uniformemente.

Así al menos dos de ellos tendrían ocasión de llegar a Marte.

—A ver, a ver, echad el freno los dos. Aún no ha dicho nadie que Richard vaya a morir. Llevamos a bordo los medicamentos más avanzados que hay, directamente desarrollados por DARPA.

Richard movía la cabeza de un lado al otro, pero dejó pronto de hacerlo.

Tenía la piel tan seca que frotaba su carne con cada movimiento.

Era como estar metido dentro de la cáscara de un huevo flexible que había adoptado su contorno.

La cabeza le retumbaba con cada palabra de sus compañeros, y al mismo tiempo oía todos los ruiditos de la Urania-1.

Los medicamentos estaban muy bien, pero no habían sido probados nunca en casos serios.

—Ten, toma algo de agua.

Richard levantó la cabeza para beber de la botella que le acercaba George. El dolor era tan fuerte que cayó de nuevo hacia atrás. George le metió finalmente una cañita en la boca. Dolía también entre sus labios, pero el maravilloso frescor del agua era recompensa suficiente.

—Joder, Richard, mira que eres gilipollas —gritaba Juan—. ¡Pobre de ti como mueras!

Y no era algo que realmente quisiera. Pero parecía inevitable.

—¿No deberíamos probar al menos si la reparación ha funcionado? —susurró.

Juan sacudió la cabeza.

—¡Sí, hombre! ¿Ahora? ¿Para que puedas morirte tranquilo? No jodas. Pero no vamos a hacerte ese favor. Muérete, si quieres, pero no sabrás si ha tenido o no sentido hacerlo.

Eso fue muy desagradable. Richard sonrió. Juan parecía saber cómo impedir que pudiera morirse tranquilo. La curiosidad era demasiado grande.

—Ah, y tampoco sabrás lo que te ha escrito tu ex. —George metía el dedo en la misma llaga.

—¡No podéis hacerme eso!

—Claro que podemos, Richard. ¿O es que vas a levantarte de tu lecho de muerte para impedírnoslo? —preguntó Juan.

Era imposible. Richard no podía ya siquiera levantar una mano.

—Pues entonces no me muero, ¡panda de imbéciles! Ya veréis lo que sacáis de esto.

El problema era que él mismo ya no tenía forma de hacer absolutamente nada.