Eva #3
C3. Cada chapa iba numerada. Podían quitarse individualmente para acceder al reactor.
Detrás de C3 estaba la turbobomba; o lo que quedaba de ella.
Richard pudo ver ya en la fina chapa las fuerzas que debieron haber actuado aquí, pues estaba abollada de dentro hacia fuera, como si un alien con garras afiladas hubiera intentado salir de su huevo.
Los tornillos que fijaban la chapa por los bordes estaban, en consecuencia, demasiado firmes.
—¿Me ayudas un poco, Juan?
—Voy. —Juan se le acercó.
—Deberías estabilizarme lateralmente. —Richard le indicó a Juan lo que quería decir, colocando la llave inglesa y girando con fuerza.
Clavaba los pies en un par de asas, pero si aplicaba demasiada fuerza, los pies resbalaban.
Juan se fijó con tres cabos de seguridad y se clavó contra el lado de Richard.
Así podía utilizar todo el cuerpo como palanca.
Al fin giró la tuerca. Se imaginó un chirrido, aunque el único ruido aquí era su propia respiración agitada.
—¿Os estáis divirtiendo? —preguntó George. Richard ya estaba esperando un comentario así.
—No sabes cuánto. —Juan siguió en tono de guasa.
Richard se puso a trabajar con la siguiente tuerca.
Esa salió con más facilidad. La tercera estaba especialmente clavada.
Cuando logró vencerla, la primera salió volando y desapareció en la oscuridad.
Daba igual. Cuando acabaran la reparación bastaría con fijar la chapa con la mitad de los tornillos.
Se metió los restantes en su bolsillo y pasó a la siguiente tuerca.
Uff. Ahora le habría gustado poder pasarse una toalla por la frente para quitarse el sudor.
Al menos el ventilador le soplaba aire fresco a la cara.
Con las últimas tuercas se fueron turnando, porque Juan estaba realmente algo congelado.
Eso era casi inimaginable. El cuerpo producía más calor del que normalmente podía irradiar el traje espacial.
Por eso utilizaban prendas interiores refrigerantes. Pero Juan parecía ser la excepción.
—Dos tuercas más —dijo Richard—. Ahora deberías sujetar la chapa.
Con la última ya notó que la chapa estaba algo bajo presión.
Había sido atornillada con fuerza sobre una base ligeramente arqueada y parecía haber conservado la tensión desde entonces.
Juan lo dejó y se fijó al otro lado de la chapa, que presionó contra la nave con los pies.
Richard soltó la última tuerca. Ya notó cómo saltaba hacia él, pero cuando llegó el momento le sorprendió la fuerza con la que la chapa quería propulsarlo al espacio, como si quisiera quitarse de encima a su maltratador.
La cuerda de seguridad impidió que saliera volando.
Ya verían luego cómo apañárselas para fijar de nuevo la chapa tan abollada; pero en ese momento estaban en otras cosas.
La última tuerca. La chapa ya estaba suelta.
Juan la fijó con un cabo de seguridad para que no molestara y Richard la empujó un poco para que quedara flotando por el espacio a un lado.
El agujero destapado era muy oscuro. Juan iluminó el interior con su foco. La visión que se les presentó asustó tanto a Richard que quiso llevarse la mano a la boca.
—Mierda —dijo Juan en español. Cuando se ponía realmente nervioso, a Juan se le escapaban expresiones en su lengua materna.
La turbobomba no estaba defectuosa, sino totalmente destruida; muy destruida.
Reventada a decir verdad; afectando también a todo lo que había a su alrededor.
La conexión al tanque de masa de reacción estaba arrancada.
Era un milagro que no hubieran perdido ya todo el amoníaco restante.
El regulador de compensación de presión previo a la salida del tanque debió notar la gran diferencia de presión y cortó seguramente el flujo.
No hay mal que por bien no venga, como dicen; si hubieran estado en la atmósfera terrestre, el regulador seguramente no habría reaccionado.
Aquí, con una presión ambiental de cero, las cosas iban distintas.
La conexión al reactor nuclear también estaba destrozada. La chapa del tubo colgaba por los lados como una seta. Algo debió causar una sobrepresión en la turbobomba que hizo que toda la técnica reventara.
—¿George? Vamos a necesitar algo más de tiempo.
—Tomo nota, Richard. Debería quedaros aún aire para unos trescientos veinte minutos.
Mitró el indicador en su brazo. La aguja estaba a unos tres cuartos, lo que coincidía bien con la indicación de minutos.
—¿Cómo están tus reservas, Juan?
El ingeniero estaba extrañamente silencioso. Seguramente tuviera suficiente experiencia con máquinas defectuosas como para valorar la magnitud del daño.
—Aire, sí, he consumido una cuarta parte.
—¿Tan grave es? —preguntó George.
—¿Por qué lo preguntas?
—Juan nunca había sido tan parco en palabras.
—No os preocupéis, chicos. Lo conseguiremos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Juan con las cejas alzadas.
—Porque no tenemos alternativa. Sin propulsor quedamos varados en una órbita alrededor del Sol. Y no puedo aceptar eso.
Juan suspiró.
—Pues esperemos que el destino lo cumpla.
—El destino no, nosotros.
—Richard, vanaglorio tu gran optimismo, pero debo recordaros que estáis pegados al reactor. Estaría bien que redujerais vuestro tiempo allí al mínimo.
—No, George, no puedo prometerte eso. Debemos poner en marcha el motor.
—¿No podemos arrancar el reactor como está? No parece estar dañado.
A veces se notaba que George era médico. Sus ideas de la física …
—No, querido amigo; produciría calor, pero eso solo no mueve la nave. —Aunque eso tampoco era del todo correcto. La radiación también producía cierto impulso; pero ni de lejos el necesario para acelerar la nave.
—Imagínatelo como un pene al que se han cortado los conductos seminales —explicó Juan—. Se pone cachondo, pero ...
—Gracias. Muchas gracias por la imagen que tengo ahora en la mente.
—Ha sido un placer, George.
Richard miró a Juan a la cara. El ingeniero parecía haber superado su fase pesimista.
—Una propuesta, Juan. Yo me ocupo de la conexión al reactor y tú reparas la unión al tanque de masa de reacción. Luego instalamos juntos la nueva turbobomba.
—De acuerdo.
El tubo que había reventado desde dentro en la bomba de masa de reacción era tan resistente, que Richard no podía torcerlo con las tenazas. En su lugar estaba dándole martillazos para poder eliminar los restos. El tubo recuperaba así poco a poco primero su posición original.
Pero era una forma llena de agujeros. Juan le trajo del almacén un tubo con un diámetro algo mayor que cortó a la medida para insertarlo sobre la boquilla y crear así una especie de manga adicional.
Lo aseguró con un par de puntos de soldadura y luego con varias vueltas de cinta americana.
Conduciría peor el calor, pero proporcionaría cierta flexibilidad si el material se expandía y encogía con los cambios térmicos.
El extremo lo estrechó un poco a golpes de maza para que entrara directamente sobre el tubo de salida de la turbobomba.
Luego fue el turno de Juan. Richard se retiró al otro lado del faldón. Le ardía la cara y no paró de escocerle hasta que pudo relajarse un poco. Menuda mierda. Había estado demasiado tiempo cerca del reactor. Debía impedir que a Juan le pasara lo mismo.
—Oye, Juan. Tengo bastante frío. ¿Te parece que te sustituya un rato?
—Yo me lo estoy pasando bomba ahora mismo, pero si quieres ...
—Richard, comprueba tu dosímetro. No vaya a ser que ...
—Todo bien. —Dejó la mano izquierda, donde llevaba su dosímetro, escondida a su espalda cuando se acercó a Juan.
—Ya lo tengo medio acabado. —Juan le entregó la herramienta.
—Necesitaré un nuevo tubo de ochenta.
—Yo te lo traigo. —Juan flotó hasta su siguiente punto de fijación.