El Proyecto Urania Eva #2
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Eva #2

George mentía. Siempre había obtenido los peores resultados en la formación con traje espacial.

—Jaja; esto está jodidamente oscuro. —Muy lentamente fueron apareciendo puntos claros a su alrededor.

No podía saber a qué distancia estaban. Se combinaron por sí solos en una cúpula circular en cuyo centro estaba él.

El cielo estrellado, y tan claro. Miró hacia las estrellas y estas le miraron sin pestañear.

Aquí arriba, las estrellas no podían hacerlo.

—¿Sabes que tienes una luz en tu casco?

—Gracias, George. —Richard llevó la mano al interruptor.

La luz artificial destruiría su adaptación visual.

Poco a poco fue surgiendo a su alrededor la nave espacial como si apareciera de la nada.

Se sintió como en un submarino que emergía de las olas del vacío cuántico y cuya función ondular aún no había colapsado del todo.

A medida que la observaba parecía ir fijándose paulatinamente en la realidad.

Resultaba sorprendente, lo que la fantasía llegaba a hacer.

—¿Me dejas a mí también? —preguntó Juan como un niño en el cajón de arena con ganas de utilizar su excavadora de juguete.

Richard comprobó la firmeza de la fijación.

Entonces se apartó del agujero hasta flotar por encima de la nave.

La compuerta abierta parecía, vista desde fuera, tan luminosa como una estrella en pleno nacimiento.

Richard se bajó el visor para amortiguar el exceso de claridad.

Apareció una sombra oscura. Juan extendió los brazos y salió hábilmente utilizando un par de asideros en el casco exterior de la Urania-1, para desplazarse luego medio metro en dirección a popa.

Al hacerlo, chocó con el cabo de seguridad que unía a Richard con la nave y eso hizo que su cuerpo se moviera como una cometa al viento.

Juan se inclinó sobre el agujero y extrajo de él dos objetos: el recambio y la bolsa de herramientas. Richard regresó a la nave tirando del cabo. Enganchó un segundo cabo algo más hacia atrás antes de soltar el anterior. Fueron avanzando paso a paso.

La Urania-1 era grande. La imagen del submarino tampoco parecía desacertada, pues la cabina cilíndrica, su hogar, procedía de un submarino experimental de la marina estadounidense, construido con aleaciones especialmente ligeras.

Richard había visto el cilindro en su estado original.

Ahora estaba repleto de pequeñas verrugas: asas colocadas allí para que los astronautas pudieran agarrarse a ellas en el espacio.

Detrás de los tubos de hábitat había una zona intermedia que servía, por un lado, como protección contra la radiación y estaba hecha de una mezcla de carburo de boro, aluminio e hidruro de titanio.

En su interior estaban los paracaídas. El motor NERVA no había sido considerado apto para llevarlos con seguridad hasta la superficie de Marte.

Para ello estaban esos gigantescos paracaídas que se desplegarían en una determinada secuencia.

No se había podido probar ese sistema bajo condiciones reales.

¿Dónde podría simularse esa tenue atmósfera marciana y la baja gravedad?

Así que no quedaba otra que confiar en los ingenieros, cuyos cálculos incluían un veinte por ciento de probabilidad de fallo.

Sea como fuera, Richard no había entendido nunca ese cálculo.

Pero ese aspecto representaba la mayor parte del riesgo total.

Se concentró en las asas que había colocadas también aquí. Faltaban semanas aún para el descenso en Marte. Esa zona intermedia estaba pintada de negro y poseía aberturas verticales por las que saldrían disparados los paracaídas.

—¿Qué tal avanzáis? —preguntó George.

—A punto de alcanzar el faldón —respondió Juan.

El faldón era una pantalla adicional antiradiación, que recordaba una falda plisada. Tenían que pasar al otro lado. Allí estarían sometidos a una carga radiactiva considerablemente mayor.

—¿Llevas la turbobomba? —preguntó Richard.

Juan señaló hacia atrás. Una pieza informe, del tamaño de un perro pastor, flotaba de una cuerda por encima de la nave.

Al lado flotaba también la caja pequeña de herramientas.

Juan se había limitado a llevar ambas cosas a rastras tras él.

Richard recuperó cuerda y atrajo la caja de herramientas hacia sí.

Juan era el ingeniero, pero para reparaciones en el reactor era Richard quien había recibido formación específica, pues tenía un máster en física.

Richard miró hacia arriba por el faldón y entrecerró los ojos. ¿No era eso ...?

—¡Mira, la Tierra! —señaló con el dedo hacia arriba. La Tierra era un pequeño disco de colores azul, blanco y verde. Pronto dejarían de poder reconocer los colores. Desde la superficie de Marte solo podrían ver la Tierra como un punto mate y deshilachado.

—¿No debería estar justo detrás de nosotros? —preguntó Juan.

—Estaba detrás de nosotros cuando partimos. Ahora ya se ha desplazado un poco. Tampoco tenemos a Marte justo frente a la proa.

—Sí, claro; menudo sabelotodo eres.

Richard sonrió.

—Manos a la obra. —Trepó hasta arriba del todo del faldón. En ese momento se le fue la sonrisa. Ante él estaba el reactor. Acababa en una campana en la que se veía una gran muesca.

—¿Richard, Juan? Ya tengo una respuesta. —George había preguntado a Control de Misión cómo debían proceder. Los astronautas se habían retirado tras al faldón y estaban esperando.

—¿Y bien? —preguntó Juan.

—Están … muy sorprendidos. No debería haber pasado algo así. El material de la campana es ...

—Da igual, ¿qué significa eso para nosotros?

—Nada. No es tan grave como parece. Palabras suyas, no mías. El empuje de los motores será algo asimétrico, pero podremos compensarlo fácilmente haciendo que la nave gire lentamente.

Una rotación, eso era una buena idea. La desviación se reparte entonces uniformemente en todas las direcciones, por lo que queda anulada.

—Lo notaremos —dijo Juan.

—Sí, efectivamente, ya no habrá una ingravidez total a bordo. Pero las fuerzas son ínfimas. Y sólo hay que girar mientras el motor esté funcionando.

Richard asintió. Todo eso parecía tener pleno sentido. En caso de un aterrizaje activo habría sido un problema, pero tampoco lo tenían previsto. Ya soportarían era ligera rotación.

—Dales las gracias —dijo Richard—. Y que nos calculen el tiempo que nos costará eso.

—¿Tiempo? —preguntó Juan—. No se ha hablado de eso para nada.

—La asimetría nos costará empuje efectivo. Viajaremos algo más lentos. Un poquito al menos.

—Entendido —dijo George.

—Gracias. Nos ocupamos ahora de la turbobomba.

Richard avanzó por la zona caliente. La radiación era aquí claramente más alta, pero no había motivo de preocupación.

Durante el viaje multiplicarían su riesgo de cáncer por cincuenta.

Pero le daba igual. Solo pensar que pondrán el pie en un lugar donde nunca antes había estado el ser humano era ya de por sí sobrecogedor.

Esa era la sensación que le importaba. El prácticamente inevitable cáncer posterior le importaba tanto como la fama que le esperaba a su retorno a la Tierra.

Llegó a la campana. Era de una aleación extremadamente resistente.

De ella salía propulsada la masa de reacción, transmitiendo parte de su impulso a la nave.

En el caso ideal, la campana no servía de nada.

Las partículas eran aceleradas por el calor del reactor y expulsadas por la tobera.

Pero ese chorro no salía perfectamente ordenado.

El calor era caos. Las partículas chocaban entre sí y eran reflejadas; y ahí entraba en juego la campana, que las conducía más o menos en dirección a popa.

Tocó con cuidado el desperfecto. La grieta comenzaba más o menos a un metro del borde de la campana y se abría hasta el ancho de una mano.

Los bordes estaban afilados. Al principio de la grieta no había nada que indicara la causa.

Así que no era culpa del impacto de un microasteroide.

Seguramente hubiera un punto débil allí, en el material de la campana.

La carga térmica influyó en él de forma distinta que en el resto del material e hizo que la campana reventara allí como el hielo parte una roca en un glaciar.

—Me pregunto cuándo apareció este grieta —dijo Richard—. No parece tener nada que ver con la turbobomba.

—Espera —dijo George—. Voy a probar en piloto automático.

Cuando el propulsor funcionaba, la nave era controlada por un sistema electrónico simple.

Era más rápido que un ser humano a la hora de corregir pequeñas desviaciones con las toberas de control.

Cuanto más rápido reaccionan, menos hay que contrarrestar, lo cual supone un ahorro en el combustible químico de las toberas de control.

—Lo tengo. —George era rápido—. Las intervenciones en la última fase de aceleración no fueron mayores que antes.

—Gracias. —Entonces la grieta sí que debió estar en relación con el fallo de la turbobomba. Era imprescindible comprobar la posible relación causa-efecto. Ya solo les quedaría una única turbobomba de recambio. Aunque estos trastos eran, de hecho, muy resistentes.

Richard se apartó de la campana y flotó hacia la parte del revestimiento del motor, tras el cual se escondía la turbobomba.

Las chapas que rodeaban aquí la nave no servían más que para hacer bonito.

Eran tan finas que no protegían nada. Solo tenían que ser capaces de conducir bien el calor para no sobrecalentar el motor.

Para ello tenían finas aletas soldadas en dirección de vuelo y que multiplicaban la capacidad de derivación térmica de la superficie disponible.