El Proyecto Urania Eva
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Eva

Eva

Lo peor de esas salidas extravehiculares eran los ejercicios preparatorios de respiración. Richard llevaba puesta la ropa interior refrigerante y una máscara sobre boca y nariz, mientras le daba a los pedales a toda marcha. Las gotas de sudor salían disparadas en todas las direcciones.

—Deberíamos meterte en una bolsa de plástico —dijo Juan—. Si no, lograrás que se nos chamusque la electrónica.

Juan acababa de finalizar él mismo los ejercicios y parecía totalmente descansado; aunque igual fuera por tener diez años menos.

—Debo recordaros la planificación. —Era la voz de su CapCom David por el altavoz.

La planificación siempre era muy importante para David.

Probablemente fuera inevitable, ya que era coronel de las Fuerzas Aéreas.

La misión entera estaba bajo el mando conjunto del ejército.

A estas alturas ya se reían de la rivalidad que salía cada dos por tres a la luz.

—Esa planificación es inútil —dijo Juan—. Solo tenemos una máquina de ejercicios.

—Pues según nuestra documentación deberíais tener dos.

—La segunda la convertí por consejo médico en una camilla de estiramientos.

George había tenido la misma idea. Las fijaciones elásticas sujetaban a la persona sobre el aparato casi igual que si estuviera en la Tierra, y eran adecuadas también para una camilla que simulara la gravedad. Se turnaban para dormir en ella.

Richard no dijo nada. Tampoco podía, al llevar puesta la máscara.

Estaba respirando oxígeno puro. El objetivo era eliminar todo el nitrógeno posible de la circulación sanguínea con la combinación de oxígeno y ejercicio, para que al reducirse la presión ambiental, ese gas no formara burbujitas que pudieran matarlo.

Sonó el despertador mecánico que se había puesto. Al fin. Richard se arrancó la máscara de la cara.

George, aún sentado ante un terminal, le hizo un gesto.

—Te ha llegado correo.

—Ya lo leerá más tarde —dijo Juan—. Vamos con retraso.

Richard asintió. Se les estaba haciendo tarde. No solía recibirse mucho correo aquí, porque la misión era secreta, pero sí que había un par de personas con permiso para escribirles. Sacudió la cabeza.

—Salgamos primero. Nunca se sabe si necesitaremos el motor para escapar de algún asteroide.

—Buena actitud —dijo el CapCom poco después por los altavoces. No estaban muy sincronizados porque ya estaban tan lejos de la Tierra que la señal de radio tardaba veinte segundos en llegar. En algún momento ya no podrían recibir más instrucciones directas de la Tierra; solo recomendaciones.

En el oído de Richard se presentó un pitido agudo. Jodido tinnitus. Lo sufría desde que habían despegado de la Tierra. Solía estar calladito, pero al realizar esfuerzos hacía de nuevo acto de presencia.

—¿Me ayudas con el traje? —pidió Richard.

Juan se colocó delante de él y comprobó la parte inferior.

Entonces levantaron ambos el HUT, el Hard Upper Torso, para ponérselo.

El traje era una mejora de los trajes de la serie Apollo.

Solo estaban pensados para salidas al vacío espacial.

En Marte caminarían con otro tipo de trajes, claramente más ligeros.

Pero el vacío espacial era bastante más mortal que la débil atmósfera de Marte, donde no había piedrecillas pequeñas capaces de acabar repentinamente con tu vida.

—Aquí debes apretarlo un poco más —dijo Juan.

Richard siguió el consejo. Básicamente, cada astronauta era responsable de su propia seguridad. Pero debían vigilarse mutuamente sin tampoco confiar nunca en que el otro estuviera prestando atención.

Se le perló la frente de sudor. Por suerte aún no llevaba el casco puesto.

Juan le pasó una toalla. Antes de cada salida siempre reinaba un poco el pánico.

Nadie permanecía impávido cuando se convertía en una minúscula nave espacial unipersonal, de la que no había escapatoria.

Richard se limpió la nariz otra vez y se puso la gorra de Snoopy, que llevaba auriculares y micrófono cosidos por dentro.

George llegó flotando. Sujetaba sus cascos en las manos.

En uno podía Kendall y en el otro Díaz .

Richard respiró profundamente y cogió su casco de las manos de George.

Escupió por dentro y repartió la saliva por la parte interior del cristal.

Parecía una estupidez, pero a él le funcionaba: el cristal ya no se empañaría por dentro.

Quedarse ciego ahí afuera porque ya no podía ver a través del visor era su pesadilla particular.

El truco secreto de Juan era girar la manguera de ventilación de forma que soplara directamente contra el visor.

Había intentado convencer a Richard de hacer lo mismo, pero él prefería que el aire le soplara directamente a la cara, aunque al cabo de un par de horas sintiera los ojos muy secos.

Hora de ponerse el casco. Fijó ambos cierres y los aseguró.

—George, ¿me oyes?

—Copy, Richard.

—Yo también os oigo —dijo Juan.

—Copy, Juan —dijo George.

—También te recibo.

—Pues os abro la compuerta interior de la esclusa —dijo George y flotó por delante de ellos.

La esclusa era, en el fondo, un módulo de acoplamiento pensado para unir a dos naves Apollo entre sí.

Como tal, se encontraba en el morro cónico de la Urania-1, detrás de una doble compuerta.

George tiró primero de la puerta interior y luego empujó la exterior.

Se trataba de compuertas circulares sencillas.

Algo fácil de reparar; una cualidad muy importante y apreciada en vuelos largos a través del Sistema Solar.

Por motivos de espacio, la segunda compuerta se abría hacia el interior de la esclusa, que ya de por sí medía solo unos dos por dos y por metro y medio de espacio, por lo que el hueco dentro era muy estrecho.

George se apartó y dejó pasar a los astronautas.

Luego cerró ambas compuertas tras ellos.

Juan bloqueó la compuerta por su lado con ayuda de dos manillas que debía presionar contra la pared.

Uff. Richard ya estaba sudando otra vez. Giró la cabeza para llegar a la cañita y poder beber un trago de agua. Era agradablemente fresca. Tragó con gran lentitud. Sobre todo no atragantarse. Tener que toser dentro del casco es muy desagradable.

—¿Estatus? —preguntó George.

—Listo para salir —dijo Juan.

Richard miró una vez más a su alrededor. La esclusa se iluminaba solo con dos lamparitas, por lo que sus cuerpos proyectaban sombras. El equipo, fijado al suelo con correas, parecía estar completo. Llevaban consigo una bolsa de herramientas pequeña y otra grande, así como la nueva turbobomba.

—Listo también —dijo.

—Pues vamos a repasar juntos la lista de comprobación pre-EVA.

Juan ya había sacado la lista. Juntos fueron tachando uno tras otro los distintos puntos.

Era importante no olvidar nada y daba también una sensación de calma ver todos los puntos correctamente confirmados sobre la lista que sujetaba Juan.

Su equipo estaba en el mejor estado posible.

Y ese estado era el único aceptable para su propósito.

—Lista de comprobación finalizada —dijo George.

Juan guardó la lista en un bolsillo lateral del traje.

Richard comprobó que quedara bien cerrado.

Cada detalle importaba. Un trocito de papel volando en el momento inadecuado por el orificio inadecuado, pondría en peligro todo su viaje.

Estaban ya tan lejos, que nadie en la Tierra podría ir en su ayuda; y es que no había una segunda nave con la tecnología NERVA que pudiera alcanzarlos.

Con los cohetes químicos convencionales no se podía llegar mucho más lejos que la órbita lunar.

El impulso específico de su motor era prácticamente el doble que el de la competencia.

A no ser que los soviéticos estuvieran trabajando en secreto en esa tecnología.

Tras perder la carrera a la Luna, Marte era el único destino en el Sistema Solar que pudiera quedar para intentar demostrar la superioridad del comunismo en materia espacial.

Y ellos estaban de camino ahora para impedir que pasara algo así.

Sin embargo, sus posibilidades de lograrlo rondaban el cincuenta por ciento.

Claro que les habrían mostrado las cifras.

Richard tuvo que tragar al recordarlo. Pero se apuntó de inmediato.

Necesitaban a alguien como él; había hecho toda la formación y el entrenamiento para el Apollo, pero nunca formó oficialmente parte de una tripulación.

Hoy, todos los astronautas del Apollo eran famosos, pero a él no le echaría nadie de menos.

Shania era la única que no había llegado a comprenderlo.

Y no era por el largo período de ausencia.

¿Qué eran, a fin de cuentas, seis u ocho meses?

Pero el riesgo de morir, superior a un tercio, fue algo demasiado para ella.

Pues lo mejor es que estés ya muerto para mí a partir de ahora , fueron sus últimas palabras.

—¿Richard? —Notó un contacto en el hombro.

—Perdona.

—Concéntrate, comandante —dijo George.

Nunca lo llamaban así, por lo que ahora tuvo un mejor efecto en él. Como comandante de esta misión secreta, era el máximo responsable. No podía fallar.

—A trabajar —dijo, y enganchó el cabo de seguridad en una anilla cerca de la compuerta de salida.

El primer paso en el espacio vacío siempre es el más difícil.

Donde antes había una compuerta, ahora veía un agujero.

Solo habían entrenado la EVA una única vez en el espacio, con la nave aún en órbita terrestre.

Entonces había brillado el globo terráqueo bajo sus pies.

Sentía como si fuera a caer, pero al menos era la vieja y hermosa Tierra.

Aquí caía a lo desconocido. Era un agujero como la garganta de una ballena gigantesca. Richard apretó los labios, metió la cabeza en el agujero primero y se quedó prisionero de esa absoluta oscuridad.

—Estoy fuera —dijo con voz trémula. Era algo que le resultaba incontrolable.

—Felicidades. No sabes cuánto te envidio.