El Proyecto Urania El objeto
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El objeto

El objeto

Esa casa de ladrillo visto y dos plantas en la Blakely Road era, de hecho, demasiado grande para una sola persona.

Eso lo sabía Rachel ya desde que Sebastian y ella decidieron que no querían tener hijos.

Pero le gustaba esa casa. Le recordaba su infancia.

De joven, Rachel vivió en una casa muy similar a esta.

Y también había resultado ser demasiado grande para vivir solo con su madre Shania en ella.

El Sol brillaba ya muy bajo sobre los techos y Rachel observaba a los niños del vecindario montados en sus bicicletas y pasando a toda velocidad frente a la entrada.

Chillaban y reían con tanta alegría que se podía oír incluso dentro de casa.

Incluso por encima del tranquilo solo de guitarra «Daysleeper» de R.E.M.

Sonó un pitido y Rachel se metió en la cocina, donde apagó el temporizador de su móvil y sacó la bolsita de té de la taza.

El olor de Assam recién hecho ascendía agradablemente hasta sus fosas nasales.

Volvió al salón con la taza de té caliente en las manos; en la mesilla junto a su butaca de lectura le esperaba su último libro.

Ya llevaba leído «Hacia las estrellas», de Mary Robinette Kowal, hasta la mitad y se preguntaba hasta qué punto era probable que pudiera darse una situación como la allí descrita.

Que un asteroide gigantesco dejara la Tierra repentinamente devastada e inhabitable, y que los principales protagonistas del viaje espacial tripulado fueran mujeres.

Rachel se quedó unos instantes de pie frente a la butaca.

Su mirada recayó en la estantería lateral, donde se alineaban fotos enmarcadas en latón dorado de un pasado que Rachel no había vivido nunca.

En una se veía a su madre de jovencita. Junto a ella había un hombre en cuyos ojos Rachel se reconoció a sí misma.

Era su padre. Tras servir en el ejército, trabajó en la NASA hasta que murió trágicamente en 1978.

A la madre de Rachel no le gustaba hablar de ello, seguramente porque le producía mucho dolor confrontar a Rachel con la monstruosidad que suponía que su padre muriera mientras ella aún estaba en el vientre de su madre.

La temprana historia de los viajes espaciales tripulados estaba, igual que en el libro sobre la mesilla, plagada de accidentes y llena de tristes giros del destino.

Y las víctimas eran casi siempre las personas que estaban en primera línea.

Como solía pasar en aquella época, no se trataba como en «Hacia las estrellas» de una sección representativa de la sociedad estadounidense, sino exclusivamente de hombres blancos.

El padre de Rachel murió en un entrenamiento de la NASA en el Atlántico, cuando la sucesora de la cápsula Apollo se estrelló y se hundió. Su tumba estaba en el cementerio nacional de Arlington, cerca de Washington DC.

El desenfadado griterío de los niños en la calle impidió que Rachel se sumiera demasiado en un pasado alternativo en el que su padre seguía vivo.

Era lo suficientemente analítica como para saber lo inútil que era dejarse llevar por ese tipo de pensamientos.

En qué se habría convertido Rachel si su padre no hubiera muerto antes de su nacimiento.

Lo que le habría aportado en su devenir posterior.

¡Ya basta! ¡Deja de regodearte en la autocompasión!

Rachel dejó la foto tumbada boca abajo sobre el estante.

Siempre hacía lo mismo cuando el pasado no la soltaba.

Y parecía funcionar muy bien. Rachel se acercó a la butaca iluminada por los últimos rayos de Sol, se puso cómoda y se sumergió en otro pasado especulativo, distinto al suyo propio.

Uno en el que no solo eran hombres los que cosechaban los trofeos de la ciencia.

20 de octubre de 2032. Cambridge, Observatorio Astrofísico Smithsoniano.

Shawn Whitfield parecía estar de un humor excelente.

Estaba sentado frente al escritorio de Rachel, con las manos entrelazadas como si rezara, y la miraba con unos ojos tan brillantes como si le hubieran acabado de entregar su título de doctor.

Bajo la chaqueta de tweed llevaba ese fresco pero soleado miércoles una camiseta de manga corta negra, decorada con un Picachu de mirada combativa.

Parecía haber pasado mil veces por la lavadora y parecía una de esas típicas camisetas de las más preferidas.

—¡Dime que Chandra ha descubierto algo!

Rachel se mantuvo serena. Por un lado, después de veintiún años en el instituto, ya no se sorprendía fácilmente ni se emocionaba de inmediato con cada descubrimiento.

Pero, por el otro, le divertía un poco mantener a Shawn en vilo unos momentos más.

Pues como pudo saber Rachel hacía solo media hora, Chandra realmente había descubierto algo.

Las sombras de pájaros pasando frente a la ventana recayó brevemente sobre el caos de papeles que había vuelto a formarse en su escritorio.

Una pequeña bandada de carboneros negros, como pudo distinguir Rachel por su característico trino seguido de un dee-dee .

A los carboneros les gustaba la gran zona ajardinada alrededor del observatorio y de vez en cuando, sobre todo durante la época del apareamiento y poco antes del invierno, se colaban algunos sin querer dentro de la cúpula de los telescopios.

—Tenemos las primeras dos imágenes —le anunció Rachel—. Y en ellas hemos podido detectar un objeto hasta ahora no catalogado.

Shawn ya no aguantaba sentado en la silla. Dio un salto, levantó el puño en plan Supermán y soltó un grito frenético.

—¡Aleluya! ¡Realmente de locos! ¡Los chicos de Salem se quedarán de piedra! Ya me han propuesto unos mil nombres distintos para bautizar este fenómeno.

Rachel no pudo evitar compartir la alegría con Shawn, que resultaba tan sincera como contagiosa. Incluso Rachel tuvo que reconocer que lo que tenía entre manos era mucho más interesante de lo que había pensado en un principio.

Shawn se sentó de nuevo ya sin aliento y Rachel colocó sobre la mesa, una al lado de la otra, las dos fotos en color. Shawn se inclinó hacia ellas como un león hambriento sobre su presa. No paraba de soltar expresiones como «Uaaalaaa».

—Estas imágenes son en color, porque … —comenzó Rachel.

—¡Lo sé! ¡Son imágenes en color falso! —la interrumpió Shawn—. Porque las imágenes originales en blanco y negro han sido coloreadas para facilitar la identificación. Los distintos tonos de color representan las distintas temperaturas de los objetos y fenómenos en la imagen.

—Ya veo que en Bloomington enseñan de todo.

—Rachel le guiñó un ojo a Shawn—. Estas son las dos imágenes de los dos bloques de diez kilosegundos tomados hasta ahora en la misma zona.

La observación con ID 23781 es de antes de ayer y la ID 23792 de ayer mismo.

Tal y como suponían tus chicos de Salem, el objeto se mueve.

Puede verse claramente como desplazamiento en los CCD.

—¿Qué tamaño tiene la zona?

—Los sensores tienen un campo de visión de dieciséis por dieciséis minutos de arco, lo que corresponde a una trigésima parte de la superficie lunar. Parece estar moviéndose hacia la Tierra. Calculamos la distancia actual en unos dos millones de kilómetros.

Shawn alzó la mirada. En sus oscuros ojos había un innegable brillo salvaje.

—Confieso que no son chicos de mi universidad —dijo entonces—. Se trata de tres chicas del curso de astronomía del Instituto de Salem.

—Interesante. Eso es algo que celebro en particular.

Rachel asió su taza. La dorada luz del sol a primera hora de la tarde hacía brillar de forma especial el logotipo de Star-Trek plateado. Bebió un trago mientras Shawn asentía lentamente.

—Lo más interesante en este objeto en su velocidad —continuó Rachel—. Se mueve relativamente despacio.

—¿Cómo de despacio?

—Más despacio que un cometa.

—¿Menos de veinte kilómetros por segundo?

—Como máximo, a un kilómetro por segundo; así que realmente parece ser lo que sospechabas.

—No es un cometa … —susurró el astrofísico.

—Pues no. Para eso es demasiado lento y la fuente de rayos X demasiado potente.

Con un cometa tendríamos solo un brillo difuso, y solo cuando los protones del viento solar impactan contra su cola.

Además, la coma del cometa debería ser relativamente fría.

Deberíamos verlo aún peor. Al menos con una observación tan breve de solo diez kilosegundos.

Shawn levantó las imágenes de la mesa y las sostuvo muy cerca de la nariz.

—Pero tampoco parece ser algo con una temperatura de millones de grados. ¿O me equivoco? —masculló tras las hojas impresas.

—Exacto. Así que debe tratarse de algo que no podemos por ahora definir con claridad.

—¿Queréis investigarlo más en detalle? —preguntó Shawn.

—¡No corras tanto! —el entusiasmo de Shawn hizo sonreír a Rachel—.

Yo me esperaría a las siguientes imágenes para poder delimitarlo mejor.

Actualmente sabemos lo siguiente: Tenemos un objeto definitivo, probablemente una nube de gas de composición desconocida que se mueve a baja velocidad.

Ya veremos con qué velocidad exactamente.

Que podamos ver el movimiento a simple vista en las fotos indica cierta velocidad que es menor a la de cualquier asteroide o cometa.

Shawn bajó las fotos y miró a Rachel sorprendido. Los pájaros pasaron de nuevo frente a la ventana con sus trinos y Rachel se reclinó en su butaca.

—¿Qué significa eso ahora para las mediciones? —quiso saber Shawn.

—En el fondo solo que a partir de ahora debemos analizar con detalle la característica de las líneas CX. Ya que excluimos objetos especialmente calientes o especialmente fríos, debemos analizar las líneas de intercambio de cargas para poder saber algo más de su composición.

En la cara de Shawn apareció una expresión irritada.

—Pero si acabas de decir que no es un cometa. Con las líneas CX analizas la interacción del viento solar con la coma del cometa.

—No exclusivamente. De esa forma se pueden analizar también las exosferas planetarias, es decir otros objetos ‘fríos’.

Shawn Whitfield no parecía muy convencido y Rachel no se lo podía reprochar. Ni ella misma sabía qué podría ser ese extraño objeto. Lo que estaba claro es que se movía en dirección a la Tierra. Y muy despacio para ser un cometa.

Shawn entrecerró los ojos.

—Permíteme que lo pregunte de nuevo. No crees que sea un asteroide o un cometa o nada parecido, ¿verdad?

Rachel pensó unos segundos.

—Por el momento puede parecer que sea así. Pero llevo mucho tiempo trabajando aquí y puedo prometerte que encontraremos una explicación totalmente científica para tu fenómeno. Las chicas de Salem no se quedarán con un capítulo de Expediente X por parte nuestra.

—¡Rachel!

Era Susan. Rachel veía a su asistente hoy por primera vez.

¿Dónde se había metido todo el día? ¿Lo había pasado de nuevo con los doctorandos?

Rachel sabía que tendría que apretarles las tuercas un poco más a esos dos tipos.

Se pasaban el día remoloneando en el sofá, programando a saber qué juegos y paseándose por los foros de entusiastas de Stargate.

—¿Todo bien? —preguntó Susan—. Pareces estar en otro mundo. ¿En qué estás pensando? ¿Dispersión cósmica?

—Pizza y chocolate —dijo rápidamente Rachel—. Pero tal y como me miras parece que puedo olvidarme de eso.

Susan la había pillado en el pasillo hacia la biblioteca.

Pasó un puñado de colegas a los que saludó en silencio.

La asistente de Rachel mostró una gran sonrisa y levantó una imagen a todo color junto a su redonda cara.

Rachel reconoció los tonos de color. Eran los mismos que en las imágenes que había presentado antes a Shawn Whitfield.

—Vaya, tienes una imagen de alta resolución del objeto, felicidades —constató.

—Por ahora solo calculada. Para una imagen real detallada haría falta más tiempo. Pero no hay disponibilidad en las siguientes semanas.

—Pues tal y como lo dices, parece necesario.

Susan entregó la imagen a Rachel, que en seguida vio que sería imprescindiblemente necesario.

Lo que en las imágenes de Shawn tenía un diámetro de media uña de pulgar, aquí ocupaba la hoja entera.

Los bordes de esa imagen similar a una nube se salían incluso por los márgenes.

Resultaba interesante ver justo en el centro de la foto, es decir justo en el centro del objeto, un minúsculo punto negro rodeado por esa nube rosa.

—¿Esto qué es, Susan? ¿Una mancha ciega? ¿Finalmente sí es un cometa?

—¡Más bien diría que es un alienígena! —susurró Susan.

El pasillo se llenó repentinamente de ruido. Detrás de Rachel estaba alguien empujando un carrito de ruedas traqueteantes. Se cerró una puerta de golpe y dos voces graves masculinas se saludaron tan efusivamente como solo podía verse en tabernas de barrio.

Susan tocó con el índice el punto negro.

—La nube tiene un diámetro aproximado de cincuenta mil kilómetros. El objeto en su centro no lo he podido medir por ahora. Pero lo que resulta interesante es que parece … crear esa nube.

Rachel observó el papel.

—Quieres decir que ...

—Sip. La radiación en ese punto central es claramente mayor. Por ello es más visible para Chandra que el coma de un cometa.

—Pero no creerás que tenemos aquí un asteroide radiactivo que se mueve a velocidad de caracol por el Sistema Solar, ¿verdad?

Susan sonrió con picardía y Rachel supo que su asistente ya había probado la sangre.

En ese sentido, las dos mujeres se parecían mucho.

Su insaciable sed de descubrimientos científicos se disparaba en cuanto pillaban el rastro de algo.

Como perros guardianes que acaban de olfatear algo extraño.

Solo que en Rachel, ese impulso inicial se daba con algo más de retraso.

—¿Un asteroide de fusión? —dijo Susan—. Eso sí que sería interesante. Pero no cabe duda de que lo que tenemos aquí es una clarísima anomalía.

—Bueno, aún soy algo escéptica en este sentido.

—Como siempre. ¿Qué haces mañana por la mañana?