El Proyecto Urania Telefax
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Telefax

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Mierda, había metido mal el papel. El aparato de telefax emitía chirridos extraños.

Al mismo tiempo dobló la hoja justo por donde no debía haber doblez alguno.

Walter intentó volver a sacarla, pero los rodillos de goma negros mantenían su escrito bien sujeto.

Pulsó el botón de cancelar, a lo que la máquina no pareció hacer caso alguno.

Así que no le quedó otra que desconectar el cable del teléfono.

—El truco está en orientar el papel correctamente alineado a este borde.

—Walter se giró sobresaltado. Tenía detrás al Profesor Clark, responsable aquí de la misión en el centro de investigación espacial del MIT.

Se inclinó sobre la máquina y giró a la derecha una palanca que hizo que los rodillos liberaran la hoja de papel.

—Déjeme ver —dijo Clark y se bajó las gafas de la frente a la nariz—. Ajá. Sí, lo ha resumido usted muy bien.

El profesor le devolvió la hoja. Contenía los comandos que Goddard quería enviar mañana al SAS 3.

Habían comentado ya por la mañana los siguientes objetivos de observación.

Clark acababa de regresar de otro viaje a Washington, donde intentaba cosechar más dinero para su investigación.

Cuando se quiere observar el cielo en el ámbito de los rayos X hace falta mucho dinero, lamentablemente, pues esa parte de la radiación no llega hasta la superficie de la Tierra.

Así que era necesario lanzar el detector de rayos X al espacio metido en un satélite.

—Espero que la gente del Goddard lo consigan esta vez algo mejor —dijo Walter. El problema era que en Maryland no había siempre gente disponible las 24 horas del día; solo aquí sí. Por ello se habían perdido ya dos o tres erupciones que habían captado los británicos con el Ariel-5.

—Debemos trabajar con lo que tenemos —dijo Clark—. ¿Tiene hoy turno de noche?

Ero era evidente; si no, no estaría Walter aún por aquí a las seis de la tarde.

—Sí, es lo que más prefiero. Así puedo seguir trabajando a ratos también en mi máster.

Aunque sus avances dependerían un poco del estado de humor de SAS 3. Si enviaba datos, tendría que ocuparse de su preparación.

—Le entiendo muy bien —dijo Clark—. A mí también me gusta trabajar por la noche.

Walter alisó la arruga, orientó la hoja por el lado correcto e inició de nuevo la transmisión. Poco después, el dispositivo de Telefax imprimió la confirmación sobre el típico papel térmico.

Cúmulo globular. Walter odiaba las introducciones.

Quería escribir sobre fuentes centrales de rayos X en cúmulos globulares.

Pero para ello debía primero explicar en detalle todas sus características, evidentemente en términos lo más científicos posibles.

Tecleó un par de palabras en la máquina de escribir que Margaret le había dejado para trabajar esa noche y luego se reclinó hacia atrás.

La frase que había empezado sonaba ya más a novela barata que no a trabajo científico.

—Debe dirigirse a todo tipo de lector, y no solo a expertos en la materia —le había instruido Clark. Tampoco habría pretendido que lo hiciera así, ¿no?

«Los cúmulos globulares son conglomerados de estrellas en forma de globo».

¿Conglomerados?, jopetas. Quedaría mucho mejor acumulaciones .

Pero las estrellas no se acumulan ahí por sí solas.

Más bien se ordenan allí. Eso hace referencia a una mano que pone orden: la gravedad, evidentemente.

Pero tampoco era así como funcionaba. Los cúmulos globulares no eran objeto de diseño.

¡Estructuras!, o mejor aún, agrupaciones estructuradas.

Sí, esa expresión era mucho más acertada.

Pero tenía más letras que solo conglomerados y la máquina no disponía de cinta correctora a la que poder cambiar.

Así que trasladó el carro hasta llegar a la c de conglomerados, metió el papelito corrector sobre la hoja de papel y pulsó la tecla C.

La letra en negro quedó tapada con el corrector blanco.

Repitió el proceso con el resto, conglomerados de estrellas, y luego escribió encima « agrupaciones estructuradas de estrellas ».

Ufff. Diez minutos para una frase cortísima. En serio; odiaba las introducciones. Walter comprobó si la corrección era legible. Sí, Janet podría pasarlo así a limpio. Janet era una amiga de su madre que trabajaba de secretaria.

El teléfono comenzó a sonar. Walter dudó. Si era su madre, le comería la oreja al menos durante media hora. ¿Quién le había dado ese número? Si al menos existiera una tecnología que permitiera saber el número desde donde le estaban llamando.

Suspiró profundamente. Podría ser Greenbelt, el centro espacial de Goddard. Y efectivamente, era Greenbelt.

—Hola, Jim al aparato, ¿eres tú, Walter? SAS 3 ha enviado datos. Me gustaría enviártelos.

—Estoy listo. —Walter sentía curiosidad. Al menos un poco de variedad en esa anodina noche, aunque no pudiera avanzar con su trabajo.

—Solo hay un pequeño problema: son tres mil kilobytes.

Eso no era un problema, sino dos. El ordenador con el módem tenía lector solo para discos SD, con una capacidad de 592 kilobytes. Y el módem, nuevo de trinca, con su velocidad de 2400 baudios, necesitaría unas tres horas para la transmisión.

—Solo puedo procesar algo menos de seiscientos kilobytes a la vez —explicó Walter.

—Vale, pues dividiré el archivo TAR en varios. Haré seis bloques, ¿te parece bien?

Serían archivos de quinientos kilobytes cada uno. Perfecto, así incluso cabrían en cada disquete las valoraciones.

—Gracias Jim.

El módem pitaba y chirriaba. Antes de empezar debería haberlo puesto en silencio con una orden AT, pero ya era demasiado tarde.

Las horas nocturnas al menos tenían la ventaja de que la red telefónica de cobre no iba tan saturada.

El nuevo módem podría aprovechar al máximo su supervelocidad.

Walter se sentía como en una autopista de datos.

Ese término estaba haciéndose ya famoso; aunque, durante el día, las conexiones por módem parecían más senderos de montaña.

Se puso a mirar las revistas de astronomía que había pedido prestadas y fue pegando pequeños papelitos de colores en todos los artículos que encontraba sobre cúmulos globulares.

Amarillos para los dedicados a su nacimiento, verdes para los que hablaban de la radiación, azules para trabajos relativos a su dispersión y rojos para todo lo demás.

La mayoría de los papelitos eran rojos. Esos artículos no le ayudarían mucho para redactar la introducción.

Volvió el silencio. Goddard había acabado la transmisión. Walter guardó el archivo en el disquete con una orden del sistema, lo extrajo y lo rotuló. Luego metió un segundo diskette, se aseguró de que estaba limpio y recién formateado, y esperó la nueva conexión.

¡Allí! Abrió el canal de datos del módem y derivó los datos de entrada directamente al disquete.

Ahora volvía a tener tiempo para su máster. Pero sentía curiosidad. El grupo había propuesto un par de objetivos interesantes. ¿Qué habría encontrado el SAS 3? Walter se acercó a otro terminal con lector de disquetes. Inició sesión y transfirió los datos a la pantalla.

A primera vista solo parecía reinar un caos verdoso.

Walter había cambiado el modo de pantalla a vista gráfica.

Los puntos se ordenaban según sus coordenadas celestes y brillaban más cuanto mayor era la intensidad medida de los rayos X.

Pero no era nada fácil interpretar esas imágenes, pues el satélite giraba en vertical respecto a su área de observación.

Es como si el ser humano tuviera un ojo en la coronilla y fuera girando en su propio eje.

Lo único realmente «nítido» era lo que había en el centro del eje de visión.

Las zonas exteriores quedaban, por lo tanto, emborronadas.

Pero ya que sabían a qué velocidad giraba el satélite, podían utilizar los valores también fuera de ese eje.

Walter había visto ya muchas imágenes como esta para poder valorar su calidad.

Y era excelente. Los colegas se alegrarían mucho.

Su objetivo era encontrar estrellas visibles que fueran, al mismo tiempo, fuentes de rayos X.

Eso permitiría observar los objetos también con otros telescopios y descubrir más cosas sobre ellos.

Al parecer, esta clasificación había funcionado bien con doce de las dieciséis propuestas presentadas.

En las cuatro imágenes restantes no encontró el pico de energía esperado.

Esos objetos no parecían emitir rayos X, aunque eso resultara interesante ya por sí solo.

Los colegas los habían puesto en la lista porque eran candidatos muy prometedores.

Siempre resulta una sorpresa interesante que un cuerpo celeste se comporte de forma distinta a la esperada.

Pero lo más interesante es que SAS 3 había suministrado una decimoséptima imagen.

Walter abrió el archivo bruto, una secuencia de valores hexadecimales, en cuyo inicio constaban las coordenadas del objeto.

Si SAS 3 debía buscar un objeto determinado, había que variar la orientación del satélite con ayuda de un giroscopio controlado a distancia.

Entonces se inclinaba lentamente hacia la nueva dirección.

A veces pasaba que los detectores se encontraban inesperadamente con una fuente desconocida.

Esos hallazgos eran algo que los científicos no podían pasar por alto.

Pero en la práctica no se había dado hasta ahora nunca el caso de que SAS 3 descubriera algo importante, ni siquiera meramente nuevo, en ese proceso.

El cielo estaba lleno de fuentes de rayos X, pero ya eran conocidas en su gran mayoría.

Así que Walter no se hizo ilusiones cuando ojeó el catálogo confeccionado por el grupo de trabajo.

Y no encontró ningún objeto con las coordenadas de la última fotografía.

Eso sí que era interesante. Al menos más interesante que la introducción a su trabajo de fin de máster.

Walter aisló la fotografía del resto de imágenes y la guardó en su área privada del servidor.

Había pasado la noche entera en vela y las coordenadas no habían sido observadas por orden de ningún colega, así que tenía todo el derecho del mundo a considerarse primer descubridor.

El teléfono sonó de nuevo. Esta vez ya no pensó en su madre y descolgó. Era Goddard.

—Perdona, pero tendrías que ocuparte de la retransmisión.

Walter escuchó, pero el módem estaba en silencio. ¡Ups! Cerró el archivo, metió un nuevo disquete en la ranura y restableció la transmisión de datos.

—Sorry, Kim, estaba metido de lleno en mi trabajo de fin de máster, y ...

—Es el último bloque de datos —le interrumpió Jim—. Me voy a casa ya.

Walter contó los discos. Había cinco apilados.

El último aún dentro de la disquetera, recibiendo datos del cosmos.

Era impresionante cuánto había avanzado ya la tecnología.

Hacía bien poco que los satélites se llevaban consigo placas fotográficas al espacio, que luego había que revelar y valorar en el laboratorio tras el regreso del satélite.

Había sido antes de su época, pero Clark aún poseía un par de planchas fotográficas originales.

—Pues te deseo unas buenas noches y saluda a tu mujer de mi parte —dijo Walter.

—Gracias. Que te diviertas con tu trabajo de máster.

Mierda de trabajo. Ya seguiría en otro momento.

Ahora prefería dedicarse a ese objeto desconocido.

Para asegurarse lo llamó Artefacto. Y es que era realmente uno, aparecido sin planificar buscando una galaxia de rayos X.

El artefacto se veía, además, muy bien delimitado.

Los bordes solían aparecer difuminados, por quedar fuera del eje de rotación.

Lo que hubiera generado el artefacto debía ser pequeño y muy luminoso.

Pequeño y luminoso. ¿Había pillado una eclosión de rayos X?

Aún no tenía claro de qué tipo de suceso debía tratarse.

Para saberlo con exactitud habría que ver esos objetos con luz visible.

Algo difícil de conseguir cuando se trata de eclosiones que no se repiten.

Walter comparó las coordenadas de su artefacto con los mapas de estrellas disponibles.

Nada. Más o menos en esa dirección estaban los restos de una supernova conocida.

Pero ya que el artefacto era muy pequeño, menor que el nivel de precisión del detector, no había prácticamente nada en las coordenadas.

Y aquella supernova tampoco podría haber cambiado de sitio, ni siquiera en un par de minutos de arco.

Hmm. Walter lo probó con una estimación de la energía.

Lo que había pillado el detector allí debía ser extremadamente intenso.

Al menos partiendo de las distancias típicas cuando se estudiaban objetos de rayos X: de miles a miles de millones de años luz.

No podía estar dentro del Sistema Solar; no había aquí ningún cuerpo que fuera una fuente de rayos X.

Menudo misterio. A Walter le gustaban los acertijos ya desde niño. Lo descubriría, costara lo que costara.