El Proyecto Urania Chandra
5%

Chandra

Chandra

El Sol brillaba como si no hubiera pasado nada.

El asfalto seguía negro por la lluvia, y allí donde los rayos del tardío otoño calentaban las calles desde hacía dos horas, solo quedaba agua en grietas y esquinas.

Los árboles de hoja caduca de los bosques mixtos en la extensa región de Gran Boston lucían sus flamantes y coloridas togas otoñales.

Un viento encaprichado los iba desnudando poco a poco, por lo que en las dos semanas que quedaban hasta Halloween ya solo serían esqueletos de madera pelada.

Cuando Rachel entró en el aparcamiento, los altavoces de su coche de alquiler reproducían las cálidas notas de guitarra de «Yellow Ledbetter», de Pearl Jams. El Toyota Prius rojo no era más que un pobre sustituto de su querido Ford Taunus, pero menos daba una piedra.

Rachel verificaba la dirección que le había enviado Shawn Whitfield.

El edificio de madera y de una sola planta, con el rótulo de «Motel» inclinado por el viento sobre el techo, no tenía garaje, como pensó en un primer momento.

Aún no había detenido del todo el coche, cuando Shawn Whitfield salía disparado de una de las muchas puertas apiñadas en línea. A grandes pasos y con una mochila en la mano, el flacucho astrofísico se acercó y se subió al asiento del acompañante.

—Veo que te alojas justo al lado de la autopista número uno —dijo Rachel.

—Y el motel es tan tranquilo como pouedes sospechar. Pero bueno, al menos no me sale tan caro. ¿Te importa si apagamos esa emisora de música vieja?

—Es Pearl Jam —dijo Rachel.

—¿Pearl quién?

Rachel suspiró. ¿Era ya tan mayor que tenía que explicarle a Shawn quiénes eran los Pearl Jam?

—¿Conoces a Bruce Springsteen? ¿Bob Dylan? ¿O quizás AC/DC?

—Todos esos nombres me suenan lejanamente de algo, sí —dijo Shawn sin parecer para nada impresionado—. No suelo oír música casi nunca. ¿Tienes una PlayStation?

Rachel puso los ojos en blanco y dirigió el Toyota de nuevo a la carretera, dirección Norte. La forma más rápida de llegar desde allí a Burlington, donde estaba la sala de control del Chandra, era por la autopista 1 y luego la interestatal 95.

Al cabo de veinte minutos, Rachel circulaba ya por el aparcamiento medio vacío frente al bastante insulso edificio en la Wayside Road 15.

En esa anodina construcción, además del Observatory Control Center, abreviado a OCC, se alojaban un puñado de empresas de software, un despacho de asesores fiscales y un agente de la propiedad inmobiliaria.

—¡Caramba! —dijo Shawn Whitfield—. Pensaba que el legendario centro de control del observatorio Chandra contaría con algo más de glamour.

—Espera a haber entrado. La mayoría de la gente tiene una idea muy equivocada sobre lo que realmente hacemos.

Rachel recordaba muy bien la primera vez que llegó a estas instalaciones.

Fue en 2019, cuando se trasladó el OCC de Cambridge a Burlington.

‘Por motivos variados’ fue la justificación dada en aquella época, aunque solo hubo una única razón para hacerlo.

Los alquileres en Cambridge era simplemente demasiado elevados, por lo que trasladaron la sala de control a un lugar más asequible fuera del centro del área metropolitana de Boston.

Rachel y Shawn alcanzaron la segunda planta por el hueco acristalado de la escalera y ya antes de alcanzar el rellano, el astrofísico expresaba su admiración silbando entre dientes y añadiendo expresiones como «la leche» o «megaguais».

Shawn Whitfield parecía estar aún muy impregnado por el entorno universitario, como demostraban sus hábitos y su lengua.

Su entusiasmo desembocó en un nivel bastante distinto nada más entrar en la sala de control.

Era un gran espacio sin ventanas y con docenas de puestos de trabajo equipados con pantalla y teclado, colocados en semicírculo en tres hileras, todas orientadas hacia la pared del fondo.

En ella había ocho monitores unidos para formar una gran pantalla sobre la que se mostraban datos actuales de satélites.

A ambos lados de esos monitores había pizarras blancas con las actividades pendientes del día y restos de anteriores debates.

—Pues ya hemos llegado —dijo Rachel—. Ya lo sé, no es como podría pensarse según las películas de Hollywood, pero creo que se le acerca mucho.

—¡Total! —le confirmó Shawn—. Pero ¿dónde está toda la gente? Creí que aquí se trabajaba.

A Rachel le divertía mucho ver las respuestas de personas que llegaban aquí por vez primera. Y eso que había gente aquí trabajando. Esos dos hombres y la mujer, sentados a sus ordenadores, les saludaban alegres con la mano. Rachel instó a Shawn a que la siguiera.

—Buenos días a todos, os presento al Dr. Shawn Whitfield de la Universidad de Indiana en Bloomington. Dirigirá la siguiente observación. Shawn, este es el actual «equipo» del Chandra.

—Pero … ¡son poquísimos! —balbuceaba Shawn.

—Si todos los puestos estuvieran aquí ocupados, sería porque nos enfrentamos a un grave problema con el Chandra —explicó Rachel—. Para el funcionamiento normal basta con un equipo de tres personas.

—¡Incluso hay programas de satélites que, con un equipo igual de grande que el nuestro, gestionan y controlan dos docenas de satélites! —dijo Dong-Woo, sentado a una mesa a la derecha.

—Shawn, este es Dong-Woo Park, nuestro OC —presentó Rachel.

—¿OC de Operation Control? —preguntó Shawn.

—Exacto —dijo Rachel—. Los demás son Farrah Afkari, Control Commander, y Daniel Connelly, Ground Operations Teams.

—Es un placer —dijo Shawn.

—Chandra vuela en una trayectoria elíptica muy excéntrica —explicó Rachel—, bastante más allá del cinturón de radiación de la Tierra.

—Eso había leído —dijo Shawn—. Para que ni las partículas del viento solar ni la radiación cósmica pueda influir en las mediciones.

—Bien dicho. Una vuelta entera tarda sesenta y cuatro horas y dieciocho minutos, de las que pueden utilizarse para observación unas cincuenta y cinco horas.

Farrah Afkari se puso en pie. Era una mujer robusta de unos treinta años, y lucía una sonrisa pícara bajo su espeso flequillo.

—Así que es usted la persona que pretende complicarnos la vida con esos cinco bloques breves de observación —dijo.

Rachel vio que Shawn perdía algo la compostura ante la Control Commander.

—Pues … —comenzó—, queremos analizar el posible movimiento del objeto a lo largo de varios días. Así lo solicité y así se me autorizó.

—Está bien, Shawn —dijo Rachel—, No te preocupes por sus palabras. El OCC siempre intenta llevar a cabo bloques lo más largos posibles y seguidos. Sobre todo con objetos de poca luz, con los que se obtienen solo pocos fotones por segundo.

—Reorientar el Chandra dentro del tiempo de observación puede requerir bastante trabajo bajo determinadas circunstancias —añadió Afkari—. Pero he estudiado ya su proyecto. El objeto no parece tampoco ser muy pobre en luz.

—Si es un cometa, debería estar en mi opinión dentro del Sistema Solar. Pero lo que lo contradice es su velocidad, posiblemente demasiado escasa.

—Entiendo —dijo Afkari—. Y lo que quiere descubrir es qué puñetas está volando por ahí y a qué velocidad.

Shawn Whitfield sonrió avergonzado. Al parecer, Farrah Afkari le incomodaba un poco. Rachel ofreció al astrofísico un puesto libre de trabajo, donde se dejó caer sin más en el asiento del Command Manager.

—¿Cómo vamos, Farrah? —preguntó Rachel—. ¿Seguimos en el plan?

—¡Totalmente! —Afkari se clavó los puños en las cadenas y miró hacia la pared de monitores—. La reorientación ha tardado noventa y ocho minutos. Ahora tenemos el lugar previsto en el punto de mira. La primera medición lleva ya en curso unos veinte minutos.

Rachel siguió la mirada de Farrah hacia los monitores.

La ID de observación para esta medición era 23781.

Bajo Target ponía CXOU J071532.4+214718, Exposure: 10 ks.

Ante estos datos, nadie normal sería capaz de deducir qué zona del espacio estaba analizando Chandra.

Pero Rachel sabía que «CXOU» significaba «Chandra X-Ray Observatory Unregistered», es decir para objetos no catalogados.

Las coordenadas a continuación indicaban un punto en la constelación de Géminis.

Los valores de viento solar era prácticamente perfectos.

El flujo actual de protones, con unos débiles 29,6 keV, no suponían peligro alguno para los sensibles CCD.

En la astronomía con rayos X resultaba ventajoso que la radiación solar fuera baja, porque así no llegaba a interferir demasiado en las mediciones.

El estado de la batería, con un noventa y cuatro por ciento, estaba en zona verde, y en la vista de lente del Scheduled Support se mostraba un 24. Rachel sabía que detrás estaba la Deep-Space-Network-Station en la región californiana de Goldstone, donde el Chandra enviaba por radio sus datos.

Rachel se convenció de que todo iba según lo planificado y que había cosas realmente peores que una medición funcionando a la perfección. A veces, los proyectos más aburridos también tenían ciertas ventajas.

Farrah Afkari se dio la vuelta. Sonreía, por lo que al parecer también le gustaba la idea de un proyecto poco emocionante.

—Dr. Whitfield, si quiere, le enseñó las instalaciones. Chandra está haciendo ahora todo el trabajo para usted —dijo Farrah a Shawn.

Rachel vio ese brillo en los ojos de Shawn. Para el astrofísico, toda esta aventura debía resultar de lo más emocionante; como la primera visita de un niño a un parque de atracciones.

—¡Eso sería megaguais! —respondió.