Casio
Casio
El sonido se parecía al crujido que generan huesos metálicos frotándose entre sí. Richard sintió un escalofrío por la espalda. Accionó de inmediato la palanca roja del apagado de emergencia. Esa que, en incontables sesiones de formación, le habían dicho que no tocara jamás.
La cabina se oscureció. La nave se llenó de una profunda oscuridad, como Richard no había llegado a percibir jamás en su vida.
A ello se añadía un silencio sepulcral. No sabía que el apagado de emergencia también controlaba el mantenimiento de vida.
Pero no se asfixiarían tan rápido. El cilindro de cinco por siete metros de la cabina contenía aire suficiente para ellos tres.
George, copiloto y médico de a bordo, carraspeó. Richard ya casi no recordaba cómo sonaba un carraspeo. Un ruido tan leve desaparecía bajo el constante retumbar de los sistemas de la nave como una sardina entre tiburones.
—Espero que los sistemas arranquen de nuevo —dijo Juan. Era el ingeniero de a bordo. Richard habría preferido obtener de él un análisis más positivo.
—¿He hecho mal al accionar el apagado de emergencia? —Richard escuchaba en la oscuridad. Por algún rincón siseaba algo. Igual tampoco era aconsejable que la Urania entera siguiera desplazándose por el espacio sin corriente.
—No, yo también lo habría hecho —dijo Juan—. Ese ruido no sonó a nada bueno. Seguramente hayas evitado un daño irreparable. Un gripado del pistón.
George carraspeó de nuevo.
—Si queréis saber mi opinión, a mí tampoco me ha gustado nada ese ruido. —En su muñeca brilló algo con intensidad.
Richard se quedó casi deslumbrado.
—¿Qué ...?
—Mi Casio. —George escondió el reloj bajo la manga. Los LED rojos se habían grabado en la retina de Richard y necesitaban su tiempo para desaparecer.
—¿Listas de rearranque? —preguntó.
Ruido de papeles.
—Las tengo —dijo Juan.
Algo crujió y sobre su regazo se activó una suave luz verde.
Una luz química de emergencia; había que doblarla por el centro para encenderla.
Richard metió la mano en el bolsillo de su asiento y encontró otra igual.
Fue una sensación agradable doblarla y que tras el crujido se encendiera una luz.
La suya era de color azul. Esa iluminación discotequera cambió un poco de forma curiosa el ambiente en la cabina.
Volvían a tener luz. No todo estaba perdido.
Seguramente había sido idea de los psicólogos de la NASA.
—Ten. —Juan le entregó una copia de la lista de comprobación.
—Lista de comprobación de emergencias, parte 1. Piloto: Richard Kendall. Ingeniero: Juan Diaz. Hora exacta de a bordo desconocida. Inicio de la lista de comprobación unos tres minutos tras el apagado de emergencia por el capitán.
Richard asintió. El grabador de voz seguramente estuviera también sin corriente, pero era muy importante seguir el protocolo a rajatabla. Los tres minutos le parecieron demasiado cortos, pero Juan era el que mejor noción del tiempo tenía de los tres.
—Estado de salud —dijo Juan. No se refería con ello a la tripulación, sino a la nave.
—Sin daños evidentes —dijo Richard—. Cabina intacta. Oigo un leve siseo.
—Check. Yo también lo oigo. —Juan hizo una pausa y permanecieron en silencio escuchando el ruido. Sonaba como una botella de agua con gas con el tapón a medio abrir.
—La lista de comprobación no dice nada al respecto —dijo Juan—. Así que seguimos. Activar generador de emergencia.
—Activar generador de emergencia —repitió Richard.
Levantó la barrita de luz por encima de la cabeza.
En los paneles delante y encima de él había cientos de teclas.
Algunas de ellas no llegaría a tocarlas nunca y para muchas otras necesitaba el manual de instrucciones para saber de qué servían.
Pero el botón del generador de emergencia era un objeto grabado en la memoria.
Ese debería ser capaz de encontrarlo con los ojos cerrados y en peligro inminente de muerte.
Pulsó el botón hasta que engarzó. Se oyó un zumbido lejano. Poco después se encendieron las luces en techo y paredes. Richard cerró los ojos con fuerza hasta que se adaptaron.
—Vale; con esto queda oficialmente zanjada la parte facilona del viaje —dijo George—. ¿Estáis bien? Me gustaría comprobar vuestro estado de salud.
El traje de despegue que transmitía esos datos de forma automática solo lo llevaron puesto durante el susodicho despegue. Dentro de un par de meses, cuando llegaran a Marte, se lo volverían a poner. Hasta entonces, George debería recurrir a sus aparatos.
—Ahora no, George. Estamos en plena lista de comprobación.
—Claro, Rick. Solo quería hacer acto de presencia.
—Depuradores de dióxido de carbono —leyó Juan en la siguiente entrada de la lista.
—Reactivados; capacidad al ochenta y tres por ciento.
Debían rellenar los depuradores de vez en cuando; en caso contrario ya no estarían en situación de extraer el dióxido de carbono del aire.
—¿Ventiladores?
Richard pulsó el botón correspondiente. Otra tecla grabada en la mente. Sintió la corriente de aire y notó lo sudada que tenía la frente. Se había comportado hasta entonces con bastante tranquilidad, pero al parecer solo era muy bueno en reprimir el miedo.
No quería empezar a pensar en los muchos kilómetros cúbicos de vacío que había ahí fuera. Un impacto con un asteroide del tamaño de una uña y estarían todos muertos.
—¿Ventiladores? —repitió Juan.
—Ventiladores en marcha.
—Check.
Avanzaron poco a poco hasta los puntos decisivos de la lista de comprobación. Hasta ese momento, la Urania-1 funcionaba a la perfección. Pero Richard había tenido un buen motivo para accionar el apagado de emergencia. Ningún motor sano produce ese tipo de ruidos.
—¿Varillas de boro?
El reactor tenía su propio panel de instrumentos, pintado llamativamente de rojo; aunque los botones e interruptores eran los mismos. Controlaban motores en el reactor que desempeñaban las funciones deseadas.
Richard pulsó el botón que ponía «Varillas de boro».
El boro era bueno a la hora de captar neutrones.
Si se introducían en el reactor, la potencia bajaba porque los neutrones captados ya no podían desencadenar más reacciones en cadena.
En un apagado de emergencia se introducían todas las varillas de boro al mismo tiempo en el reactor.
—Varillas de boro comprobadas. La temperatura sigue en 2100 grados.
El reactor seguía casi igual de caliente que durante su funcionamiento. Y eso era de esperar, ya que también habían desconectado la refrigeración.
—Gracias, Richard. Refrigeración del reactor.
Pulsó el siguiente botón. Un contador se puso en marcha. Medía la cantidad de amoníaco que fluía a través del circuito de refrigeración.
—Refrigeración del reactor comprobada. Caudal nominal.
La refrigeración era menos importante de lo que se pensaba. Normalmente se inyecta en pleno funcionamiento masa de reacción al interior del reactor, que es de por sí muy fría y sirve de refrigerante.
—Caudal comprobado —dijo Juan—. Parece que no hemos perdido masa de reacción.
—¿Sospechabas del tanque? —ya tuvieron que sellar manualmente el tanque de masa de reacción con una EVA en la órbita lunar.
—Sí.
—Pero ese ruido ...
—Lo tomé como secundario.
—Mejor.
—No, para nada mejor. Pero sigamos con la lista de comprobación.
¿Qué quería decir Juan con eso? Richard apartó ese molesto pensamiento. ¡Concentración!
—¿Varillas de berilio? —preguntó Juan.
Richard buscó el botón. El reactor aún no estaba en situación crítica. El uranio-235 de su interior emitía neutrones con su descomposición, pero la mayoría de ellos eran demasiado rápidos como para desencadenar reacciones en cadena. Aquí entraba en juego el berilio, que frenaría los neutrones.
Allí. Berilio. ¿Cómo es que se lo saltó antes? El botón siguió obediente su dedo. Richard comprobó los indicadores del reactor. Ahora debería aumentar la temperatura. ¡Si! La aguja se puso en marcha.
—Temperatura en aumento —dijo Richard.
Sin el reactor, se quedarían varados en el espacio. No había lista de comprobación para un fallo de las varillas de berilio, porque algo así no estaba previsto. A fin de cuentas, las reparaciones en el interior del reactor eran mortales.
—Moderación de berilio comprobada —dijo Juan. Marcó una cruz tras la entrada. —Ya solo nos queda un punto de la lista. La masa de reacción.
—Entendido, masa de reacción.
Para que la Urania-1 acelerara, el reactor debía poder expulsar algo por sus toberas de popa.
En motores químicos, que queman metano o hidrógeno, eran los productos de la combustión.
En un motor termonuclear, había que añadirle la llamada masa de reacción.
Para ello habían cargado unos gigantescos tanques de amoníaco.
No era tan efectivo como el hidrógeno, pero sí mucho más fácil de almacenar.
Y el metano, junto con un átomo de nitrógeno, poseía también tres átomos de hidrógeno.
El reactor calentaba el amoníaco y lo expulsaba por la popa de la nave.
Ahí estaba el dichoso botón. Richard dudó. La advertencia de Juan aún resonaba en su mente. El ruido ese,... ¿No habría sido ...? Daba igual. Tenía que probarlo. Richard pulsó el botón.
Al menos no regresó ese ruido. Pero tampoco regresó la fuerza que debería presionarlos un poco en sus asientos.
George habría abierto una lata. La tapa flotaba sobre él y en el fondo debería estar moviéndose hacia la parte trasera.
El reactor funcionaba a la perfección, pero le faltaba masa de reacción.
—La masa de reacción no responde —dijo Richard y volvió a pulsar el botón, que regresó a su posición anterior.
—Fallo de masa de reacción —confirmó Juan, hizo una anotación en la lista de comprobación y se reclinó en el asiento—. Es la turbobomba.
—¿Es un problema? —preguntó George.
—Depende de dónde esté el problema exactamente.
—¿Tenemos recambios a bordo?
—Sí, dos turbobombas completas.
—Pues entonces no pillo dónde está el problema.
—Imagínate que algo entra en un ventrículo y lo daña.
—Ya, te refieres a las circunstancias.
—Sí, George. La turbobomba es bastante estable y pesada.
Debe transportar grandes cantidades de una sustancia agresiva hasta el reactor.
Si se rompe, hay en primer lugar una causa y el segundo lugar consecuencias imprevisibles.
Algo distinto podría haber dañado los rotores.
Con una mera sustitución no queda el tema solucionado.
Igual no solo hay que trasplantar el corazón, sino también un pulmón.
—Pero puedes hacerlo.
—Tengo que hacerlo. Tenemos que hacerlo.