El Proyecto Urania
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El cometa
El cometa
Rachel no era de ese tipo de personas que se autocompadecen con facilidad.
Excepto hoy. La lluvia repiqueteaba sobre el techo del taxi como si una excavadora estuviera vertiéndoles gravilla encima.
Una fuerte borrasca azotaba la región de Boston con intensos aguaceros desde ayer tarde, inundando pasos inferiores y aumentando el caudal del río Charles.
Mientras el taxi entraba en el aparcamiento del Instituto de Astrofísica Harvard-Smithsonian, Rachel pensaba en por qué no le había tocado un día algo más soleado para que se estropeara el coche. En las últimas dos semanas no había caído ni una gotita del cielo.
La conductora dio la vuelta a la pequeña rotonda frente a la entrada principal y detuvo el taxi justo frente a las escaleras del edificio D.
Rachel se dio cuenta de que esa mujer de cabellera corta y gris debía tener al menos veinte años más que ella.
¿Seguiría Rachel trabajando a esa edad? Metió la mano en el bolso para sacar el móvil, pagó el paseo en taxi y se compadeció a sí misma por no llevar consigo un paraguas.
Salió del coche con la mochila en la mano y subió a toda prisa los escalones de la entrada.
No había aún cerrado la puerta tras ella que el taxi ya arrancaba de nuevo.
Notó como algunas gotas resbalaban ya por su cabello pasando por la frente, el entrecejo y alcanzado la punta de la nariz, lo que le hizo sentir cómo se le ponía la piel de gallina.
El azul celeste de sus tejanos se teñía de oscuro, el abrigo de tela gris le resultaba pesado y molesto, y el clima que reinaba en sus zapatos era absolutamente tropical.
¿Cómo superaría Rachel el día en ese estado?
—Ah, hola, ¿la señora directora aterrizó ya al fin? —oyó frente a ella.
Era Jonathan, que la miraba con su usual y exagerada simpatía sujetando un notebook en las manos.
—Vaya —dijo—, me da la sensación de que tus vacaciones han sido menos fantásticas de lo que esperabas.
—Buenos días, aunque tampoco lo parezcan tanto. —Rachel se apartó los mechones mojados de la cara y se sorbió los mocos—. Pues sí, las vacaciones han estado geniales. Es más bien este primer día de trabajo, que parece empezar algo gafado.
—Ya me lo contarás más tarde. Susan lleva ya una hora buscándote.
—Lo sé, lo sé. Ya le envié un mensaje de que ...
Rachel sacó el móvil del bolsillo de su abrigo. La pantalla estaba mojada y sucia y pudo ver a duras penas que faltaba muy poco para las diez.
—Vale, hablamos luego cuando tenga tiempo, Jonathan. Ahora debo darme prisa.
—Claro, claro. Hasta luego.
Para llegar a su sección debía pasar por todo un laberinto de pasillos.
Si el tiempo no hubiera sido tan mísero, Rachel había dado la vuelta al complejo para entrar por la puerta que daba a la cancha de deportes.
Rachel tuvo que caminar del edificio D, atravesando el edificio C, hasta alcanzar el B.
Por fuera, esa construcción de principios de los años sesenta no era nada llamativa, pero las salas allí eran mejores y más espaciosas que las de los edificios D y C, que contaban con algunos años más de antigüedad. Susan se acercó corriendo a ella nada más llegar a la planta superior.
—Ya sé lo que me vas a decir —se le adelantó Rachel—. Pero ahora mismo no es el momento. De Medford aquí no necesito más de quince minutos. Pero esta última hora ha sido una auténtica odisea bajo la lluvia y, si no te importa, quisiera primero secarme un poco y respirar hondo.
—¿No lees los emails? —replicó Susan sin hacer caso de su ruego.
—No cuando estoy de vacaciones.
—Pues debería haberlo hecho, entonces no estarías así de ...
—¿Perdida? —le completó Rachel la frase—. He pasado dos semanas de maravillosa tranquilidad. Cómodamente estirada en el sofá con un par de buenos libros y cantidad suficiente de té y chocolate.
Susan se cruzó de brazos. Maldita sea; Rachel odiaba esas miradas amargas que adoptaba a veces su asistente. Siempre eran presagio de problemas.
—¿Por qué tengo que leer emails durante mis vacaciones cuando para eso tengo a un sustituto? Ya sabes que no hago vacaciones porque sí. Si tuvieras mi carga de trabajo ya ...
—Está bien. —Susan resopló. Su flequillo pelirrojo natural se movió al hacerlo de un lado al otro.
Y en el fondo parecía aún más agotada que Rachel.
Susan hizo un breve movimiento con la cabeza, se giró y se marchó airada pasillo abajo.
A Rachel no le quedó otra que seguirla si es que quería descubrir qué puñetas estaba pasando.
—Se trata del hueco que tenemos para la observación —dijo Susan sin girarse.
—¡No me digas que no lo habéis ocupado!
—Sí que lo aprovechamos, y además de forma muy espontánea. Pero se trata de un proyecto algo extraño. El tipo que lo acompaña lleva ya al menos tres cuartos de hora sentado en tu oficina.
Pasaron de largo el rincón de las pausas, con su fuente de agua y la máquina expendedora de chucherías. Dos nuevos doctorandos, cuyos nombres Rachel había olvidado, estaban cómodamente sentados con sus portátiles en las butacas e interrumpieron su charla para saludarla educadamente.
—¿Cómo es que envían a alguien especialmente para este proyecto? —preguntó Rachel.
—Te he dejado la descripción del proyecto sobre tu escritorio.
Las mujeres se detuvieron frente a la puerta de su despacho. Susan apoyó una mano sobre el hombro de Rachel.
—Pareces Blancanieves, recién salida de la ducha.
—No sé si tomarme eso como un cumplido —dijo Rachel frunciendo los labios—. Estudiaré el tema primero. En una hora me habré puesto ya al día de todo.
—Te doy media hora. El Status-Meeting, ya sabes...
—Claro.
Cuando Rachel entró en su despacho se sintió como cuando asistía a la universidad. Para el examen de Fundamentos de Astrofísica había estudiado menos de lo necesario y no le quedó más remedio que improvisar durante la presentación del proyecto. Eso tenía un nombre: Power-Point-Karaoke.
Un hombre la esperaba dentro. Estaba sentado en la silla frente al escritorio de ébano de Rachel, de espaldas a ella y con las manos entrelazadas. Se giró y su cara oscura y bien afeitada mostraba una expresión de expectativa.
—Perdone el retraso.
—No se preocupe, no pasa nada —dijo el hombre—. Me han dicho que ha tenido una avería.
—Y una ducha imprevista. —Rachel se quitó el abrigo y lo colgó del gancho en la puerta. —Soy la doctora Rachel Adams, directora del CXC.
El hombre se puso en pie. Debía ser bastante más joven de lo que su ropa permitiría deducir. Seguramente cuarenta y pocos. Llevaba pantalones de pana marrón, camisa azul claro y una americana de tweed de color gris.
—Dr. Shawn Whitfield —se presentó—. Astrofísica en la Universidad de Indiana, en Bloomington.
—Pues viene usted de muy lejos —constató Rachel.
Le estrechó la mano a Whitfield y despertó su ordenador del modo standby con un toque al ratón.
Al parecer, la montaña de papeles, libros científicos y copias impresas sobre la mesa no se había reducido ni un ápice durante sus vacaciones.
Buscó febrilmente en las capas superiores la actual descripción del proyecto.
—Parece que ha logrado uno de los muy deseados tiempos de observación en Chandra, felicidades —dijo Rachel, para ir ganando algo de tiempo.
Whitfield se sentó de nuevo y cuando Rachel alzó brevemente la mirada descubrió una amplia sonrisa en su rostro.
—Sí, estoy muy emocionado —dijo—. E inmensamente agradecido de que haya sido posible. ¡Y cincuenta kilosegundos ya de golpe para la observación!
Rachel encontró unas cuantas hojas grapadas.
Si Susan no hubiera garabateado uno de sus típicos smileys sobre un postit amarillo chillón, acompañado de un «¡MEGAIMPORTANTE!
» con su inclinada grafía de zurda, probablemente habría pasado el proyecto de largo.
Sacó el documento de la pila de papeles y supo que había llegado el momento de un buen Power-Point-Karaoke.
—Así que su proyecto trata de un análisis específico en el ámbito de los rayos X —comenzó—. El fenómeno se limita, por lo que puedo valorar, a un lugar determinado.
—Sí, exactamente —intervino Whitfield en su improvisación—.
En el fondo se trata de una anomalía que encontraron tres jovenzuelos del condado vecino en datos del Chandra de hace ya dos años.
Pidieron consejo en nuestra facultad. Pero ya que en nuestro observatorio solo contamos con un telescopio óptico de doce pulgadas, solicitamos un tiempo de observación en el Chandra.
—¿Y a qué debemos agradecer la circunstancia de que usted acompañe personalmente esa observación, Dr. Whitfield?
Shawn Whitfield sonrió algo apocado sin parar de amasar las manos en su regazo. —Bueno, no resulta nada fácil resistirse a la oportunidad de visitar las tan veneradas salas del Chandra X-Ray Center.
—En eso no puedo más que darle la razón —dijo Rachel—; y ¿estoy en lo cierto si supongo que usted es el director científico de la facultad de astrofísica en Bloomington?
—No, qué va. Estoy en mi postdoctorado y me ocupo principalmente de investigar asteroides. Los chicos de Salem creyeron al principio que ese objeto podría ser un cometa no descubierto hasta la fecha. Pero muy pronto pude convencerles de que debía tratarse de algo muy distinto.
Rachel frunció el ceño.
—Usted sabe que con los rayos X pueden detectarse también cometas. Cuando partículas de viento solar colisionan con el polvo y el gas de la coma de un cometa hay un intercambio de carga eléctrica que genera rayos X.
—Soy plenamente consciente de ello, doctora Adams —dijo Whitfield—. La documentación hace referencia a dos fotografías. La posición del objeto en ellas es distinta, pero se mueve demasiado lento para ser un cometa.
—¿Está usted seguro?
—No, y por eso me alegro mucho de que surgiera esta posibilidad de analizar el fenómeno con mayor profundidad.
Los ojos de Shawn Whitfield brillaban. Rachel se sentó. Soltó un suspiro interior, pues ese proyecto tampoco parecía que fuera a brindarle una semana tremendamente emocionante.
Estudiantes que pretenden haber hallado una anomalía en datos de rayos X ...
Ojeó las páginas haciendo como si estuviera refrescándose la memoria; pero lo que hacía era intentar enterarse de lo máximo posible.
Las impresiones en blanco y negro anexadas de las imágenes en rayos X mostraban una sección del cielo estelar.
Con un programa gráfico se había trazado un circulito alrededor de un pequeño punto blanco; al lado, en letra Comic Sans Serif:
¡No es un cometa! ¿Anomalía del espacio profundo?
Rachel dejó el documento a un lado y clavó la mirada en Shawn Whitfield.
Ese hombre le daba un poco de pena. Debió viajar a Cambridge con inmensas expectativas, solo para toparse con la directora del observatorio Chandra, totalmente empapada y con una mezcla de desorientación y melancolía posvacacional.
Además, el tiempo que reinaba fuera no ayudaba mucho a mejorar el cuadro.
Sin embargo, nada de eso parecía afectar ni un ápice el entusiasmo que mostraba Whitfield, lo que hizo que los nervios de Rachel por ese malogrado comienzo pasaran poco a poco a segundo plano.
Notaba como se tranquilizaba y recuperaba su lado más estructurado a medida que pasaban los minutos.
—Está bien, doctor Whitfield —dijo Rachel—. Si no le importa, podemos renunciar a las formalidades. Soy Rachel.
Las comisuras de los labios del astrofísico temblaron nerviosamente hacia arriba. —Llámeme Shawn … es decir, solo Shawn.
—Perfecto, Shawn. El plan de ruta para tu proyecto será el siguiente: Hoy finalizaremos una observación de la semana pasada, luego configuramos el Chandra y a partir de mañana activamos los primeros diez kilosegundos.
Puede sonar a poco, dicho así. Pero ya verás que son casi tres horas de tiempo de observación.
Si quieres, podemos encontrarnos este mediodía para convenir el resto y mañana te llevo a la sala de control.
—¡Uauu, eso sí que es megaguais! —se alegró Shawn—. Su asistente, quiero decir tu asistente, la doctora Reilly, ya me dio a entender que sería posible. ¡Pues nada, yo encantadísimo! Jopetas, eso significa que veré la sala de control del Chandra. ¡Es la repera!
Shawn Whitfield había salido ya del despacho poco antes de las diez y media y Rachel estaba frente a la máquina dispensadora, que vertía agua hirviendo en su taza. El olor a bergamota hizo que Rachel disfrutara por adelantado de su Earl Grey.
—Ya pareces algo más seca que antes —Susan estaba tras ella con una taza vacía en las manos—. Vengo a repostar. Mi nivel de cafeína ha alcanzado niveles preocupantemente bajos.
Rachel notó las profundas ojeras que enmarcaban los ojos de Susan. La máquina soltó su último chorrito y Rachel sacó la taza de la rejilla.
—No pareces realmente muy descansada, si me permites la observación.
Susan pasó la taza junto a Rachel para ponerla bajo la cafetera. Seleccionó con mucha energía un café doble y la máquina comenzó a moler los granos con un ruido que tapaba todo lo demás.
—Bah —dijo Susan—. Solo es por Chris … El sábado se largó de casa y aún no sé si tomármelo como algo bueno o malo.
La molienda acabó y la bomba presionó el café recién hecho por la boquilla de salida. Rachel envolvió su taza con las manos heladas. Le parecía estar tocando una placa de cocción encendida.
—Deja que te aconseje una mujer que se divorció hace quince años: todo irá bien.
Susan no parecía muy convencida.
—¿En serio? Quiero decir que tú aún no habías cumplido los cuarenta cuando Sebastian y tú os separasteis. Yo cumpliré los cuarenta y siete en noviembre.
—Al principio lo pasé bastante mal —confesó Rachel—. Faltaba una parte de mí. Pero con el tiempo aprendí a vivir con ello.
—Quieres decir, ¿metiéndote de lleno en tu trabajo?
Rachel no pudo evitar sonreír, pues Susan parecía tener algo así como visión de rayos X. Era capaz de sacar a la luz cosas que Rachel no llegaba a ver. ¿O igual es que solo se negaba a verlas?
El café de Susan estaba listo. Se giró hacia la puerta con la humeante taza de café en la mano.
—En marcha, vamos al Status-Meeting. ¿Qué tal tu visita?
—Bah, no es tu tipo. Demasiado joven.
Susan puso los ojos en blanco
—Jaja, es un astrofísico de Bloomington, Indiana. Creo que es buena gente. Solo espero que ese proyecto no resulte tan aburrido como suena —añadió Rachel.
—¿Una petición de análisis de estudiantes para ver si hay algún cometa por ahí dando vueltas? —preguntó Susan—. Le eché un breve vistazo al tema y podría resultar bastante interesante. A saber si al final no lográis hacer un descubrimiento que rompa moldes.
Susan soltó unas risitas y Rachel se alegró de tenerla como asistente. Aunque no creía que pudiera tener razón con esa suposición; llevaba ya demasiados años en el ajo para eso.