Capítulo 22 #2
Mientras ellos conversaban, la sala quedaba vacía.
Los periodistas abandonaban el edificio y los funcionarios recogían los documentos que habían quedado sobre las mesas de aquella sala de la Audiencia Nacional; para su archivo unos, para su destrucción otros.
El equipo de limpieza se hacía dueño del espacio con trapos y mopas.
Puertas y ventanucos se abrieron para renovar un aire que guardaba los ecos de lo que allí se dijo y los silencios de lo que no se terminó de decir.
∆∆∆
En el despacho contiguo a la sala de vistas, la presidenta deja la toga doblada sobre el respaldo de la silla. El expediente del caso sigue abierto sobre la mesa.
El magistrado ponente, que es quien redactará buena parte de la sentencia, hojea uno de los anexos clasificados.
—¿Te has fijado en esto? —pregunta sin levantar la vista.
La presidenta suspira y echa un reojo al anexo.
—Después de tantos meses de juicio, me he fijado en demasiadas cosas —dice, con aire cansado.
El magistrado da la vuelta a una de las páginas.
—No hablo del acusado.
—Lo sé.
Se hace un silencio breve mientras la presidenta se acerca a la ventana pensativa.
»Pero… el padre era el único al que podíamos juzgar —dice ella finalmente—. El único al alcance de esta sala.
El magistrado cierra el expediente.
—Pero sabes que no era quien tomaba las decisiones, ¿no?
Ella no responde y el silencio los envuelve unos instantes. Luego, el magistrado señala un documento dentro de la carpeta sellada como «secreto».
—Mira las autorizaciones del programa.
La presidenta, molesta por la insistencia de su compañero, vuelve a la mesa.
—Fondos de investigación privada, consorcios tecnológicos, laboratorios internacionales… —murmura ella, esparciendo los folios sobre la mesa—. Todos aparecen fragmentados.
—Exacto —dice el magistrado ponente—. Fragmentados… pero conectados.
El magistrado planta las manos sobre los papeles esparcidos y rescata de debajo del anexo un grupo de hojas unidas con una grapa.
En la portada del mismo se lee:
«Acceso restringido – Materia sensible. Intereses estratégicos de Estado».
En él había nombres de fundaciones científicas, de empresas de inteligencia artificial, centros de investigaciones biomédicas y hasta una empresa de neurotecnología, fundada por Elon Musk en 2016, que desarrolló interfaces cerebro-computadora implantables en el cerebro humano mediante dispositivos electrónicos.
—Esto no es un laboratorio clandestino —dice en voz baja.
—No —replica ella .
El magistrado se deja caer en la silla, frente al escritorio de su compañera.
—Es una red —dice—. Una red humana que produce conocimiento estratégico para el Sistema, con mayúsculas —remarca.
La presidenta reagrupa los papeles y anexos, que momentos antes había esparcido, y cierra el expediente de un golpe.
—Una red de lobbies que, con toda seguridad, no está dentro de la jurisdicción de este tribunal —comenta, mirando a su compañero con rostro severo.
El magistrado sonríe con cansancio y hace una mueca.
—Eso es lo más inquietante.
—¿Por qué?
—Porque si el Sistema funciona como parece… —replica señalando el dossier— entonces… el padre de nuestra I.S.A. no era el director del experimento.
—¿Qué era entonces? —pregunta desafiante la jueza.
—Pues… un mero intermediario.
El silencio se adueña de nuevo del espacio mientras la presidenta, pensativa, vuelve a mirar la portada del expediente y levanta luego los ojos hacia su compañero.
—Un intermediario que ya está condenado —replica ella, mirándolo fijamente a los ojos.
—Sí. Tienes razón —dice con resignación, mientras alarga el brazo para apagar la luz del escritorio—. Y un Sistema que sigue intacto…
—Y por el que nosotros no podemos hacer nada —interrumpe tajante.
Antes de salir del despacho, seguida por su compañero, la presidenta se detiene en la puerta y se gira .
—¿Sabes qué es lo que más me preocupa? —le dice, casi en un susurro.
—¿Qué?
—Que si lo que hemos visto en este juicio es real… —añade echando un último reojo al expediente— I.S.A. no era el experimento.
—¿Entonces qué era? —pregunta el magistrado frunciendo el ceño.
—El prototipo —responde, mientras apaga la última luz del despacho.
El magistrado ponente cierra la puerta tras él y añade:
—Mañana me pongo con la sentencia.
Ambos se dirigen hacia la salida, dejando atrás el eco de sus últimos pasos. El edificio de la Audiencia Nacional queda finalmente en absoluto silencio.
∆∆∆
Un mes más tarde, se comunicó a las partes la sentencia.
«En nombre de Su Majestad el Rey y por la autoridad conferida por el pueblo español…»
La sentencia declaraba probado que:
● I.S.A. fue concebida mediante modificación genética ilegal.
● Fue sometida a procedimientos experimentales durante su infancia.
● El acusado, Derek Salazar Cruz, participó activamente en la estructura que permitió los hechos juzgados.
El tribunal condenó al acusado a dieciocho años de prisión, a inhabilitación profesional en investigación científica durante quince años y al pago de una cuantía de un millón de euros de indemnización, en favor de la víctima conocida en el tribunal como I.S.A.
Lo más relevante del fallo se dio a conocer a la opinión pública en una nota de prensa y parte de la condena quedó reservada por afectar a materias clasificadas.