Capítulo 22
Audiencia Nacional – Sala de lo Penal.
Última sesión.
La sesión comenzó más temprano de lo habitual. En la puerta de la sala, dos agentes controlaban la lista de accesos permitidos, para que no se colase nadie que no estuviera autorizado.
En el interior, el ambiente era más denso que en sesiones anteriores. El interrogatorio del Ministerio Fiscal al acusado había dejado una sensación incómoda. Era como si hubieran rozado de pasada algo mucho más grande que lo que allí se juzgaba y aquello flotaba en los silencios, en las miradas.
Nadie podía quitarse de la cabeza que el acusado parecía más bien un grano de arena en un desierto que avanzaba a gran velocidad y que terminaría por cubrirlo todo.
Pero… con tantas medias palabras y sin los nombres concretos…
faltaban datos. Sin embargo, ni los más audaces medios de comunicación se atreverían a levantar aquella alfombra para mirar debajo.
Una vez que todos se habían acomodado, la presidenta del tribunal anunció:
—Se reanuda la vista para la fase de conclusiones definitivas. Ruego a las partes brevedad en sus alegatos —continúa—. Ha sido un juicio muy largo y no queremos volver a oír lo que ya se ha dicho durante todos estos meses.
Ministerio Fiscal.
Conclusiones definitivas.
La fiscal de la Fiscalía de la Audiencia Nacional toma la palabra hablando lentamente.
—Señorías, este procedimiento no juzga una teoría conspirativa ni una especulación científica. Juzga hechos.
Hace una breve pausa y luego continúa.
»Hechos como que el acusado participó activamente en la concepción de una persona humana, colaborando en una modificación genética prohibida por la legislación española y europea.
Claro está que él estaba en China en esos momentos, que la legislación allí era, y es, bastante laxa y que el responsable último de los tres embriones llevados a término, por no dar nombres, había cumplido únicamente una condena de tres años por estos hechos.
La fiscal mira brevemente a la presidenta, sabiendo que acaba de ser algo obvia. Ella se hecha para delante, realiza una mueca con la boca en señal de desaprobación y eleva una ceja, sin embargo, la deja continuar.
»Señorías, una de estas personas humanas, que sepamos, fue sometida durante años a procedimientos experimentales destinados a explotar su capacidad cognitiva mediante interfaces neuronales que, a día de hoy, no pueden ser extraídos de su cerebro.
La fiscal levanta una hoja del expediente y vuelve a soltarla.
»El acusado no era un mero intermediario.
Era parte activa del sistema y colaborador necesario.
Y convirtió a su propia hija en un instrumento de obtención de información estratégica que suministró luego a empresas tecnológicas, bases de datos y a una red de entidades privadas que coordinaban la extracción y explotación de esos datos; como él mismo ha reconocido en esta sala.
La fiscal se detiene de nuevo unos instantes y prosigue.
»Todo está dicho y no quiero extenderme ni repetirme. Ya hemos oído las atrocidades que este padre infligió a su hija, cuyas consecuencias son irreversibles para ella, y que la han convertido para siempre en un «nodo».
La fiscal enfatiza la palabra nodo para que les resuene especialmente como acción deleznable y luego cierra su carpeta lentamente, guardando unos minutos de silencio para crear tensión.
—Señoría, dado que los delitos que se juzgan están en concurso real, el Ministerio Fiscal pasa a leer la pena solicitada para cada uno de ellos, según su calificación.
—Proceda —dice la presidenta, asintiendo con la cabeza.
—Por colaboración necesaria en la manipulación genética prohibida en embrión llevado a término, recogido en el artículo 159 y siguientes como alteración del genotipo con fines no terapéuticos, solicitamos la pena máxima de 6 años, más la inhabilitación.
»Por la pertenencia a organización criminal, como promotor y colaborador necesario, solicitamos la pena máxima de 8 años…
La fiscal fue leyendo uno a uno los delitos y la pena correspondiente solicitada, hasta terminar el listado que sostenía entre las manos.
Líam miraba las reacciones de Irune de reojo, mientras llevaba mentalmente la cuenta de los años a los que se enfrentaría Derek Salazar .
Acusación particular.
Conclusiones definitivas.
La abogada que representa a Irune toma la palabra, con calma, y se dirige al tribunal.
—Señorías, durante este juicio hemos escuchado muchas palabras: innovación, progreso, investigación…
Hace una pausa.
»Pero la palabra correcta es instrumentalización —dice, volviéndose ligeramente hacia el acusado—.
Una persona fue concebida de-li-be-ra-da-men-te —pronuncia, separando las sílabas— para cumplir una función dentro de un sistema de poder que ni siquiera comparece hoy en esta sala —enfatiza, golpeando con el índice sobre la mesa al decir las dos últimas palabras.
Luego, realiza una respiración profunda.
»I.S.A. no eligió ser un experimento. No eligió ser un nodo de información. No eligió que su vida estuviera determinada antes de nacer y no eligió tener esos implantes de por vida en su cerebro.
Su voz se vuelve cada vez más firme.
»Solicitamos que el tribunal reconozca que I.S.A. es una víctima directa de los hechos y, por tanto, no solo apoyamos las penas solicitadas por el Ministerio Fiscal, sino que solicitamos una indemnización suficiente para la víctima.
Acto seguido, la acusación particular expuso la cifra que consideraba indemnización suficiente, con lo que ella podría empezar de nuevo .
La defensa.
Conclusiones definitivas.
El abogado del acusado toma entonces la palabra. Guarda un momento de silencio para despertar expectación y comienza sus conclusiones.
—Señorías, este juicio ha estado rodeado de un aura casi… distópica —dice, haciendo el gesto de las comillas con los dedos en la última palabra.
Se endereza en su silla y mira al tribunal con serenidad.
»Pero el derecho penal no juzga distopías —comenta, parándose de nuevo un instante y captando la atención de los presentes—.
Mi cliente no dirigía ningún sistema global de poder —explica, mientras señala al acusado—.
No controlaba redes de investigaciones internacionales.
No tomaba decisiones estratégicas sobre el uso de datos científicos.
Se detiene unos instantes y, mirando al tribunal, retoma el discurso.
»Señorías, seré breve. Mi cliente era únicamente un científico convencido de que estaba participando en un proyecto de progreso tecnológico —dice, levantando ligeramente la voz—.
Si hubo responsabilidades más amplias, no están hoy sentadas en este banquillo; así que…
solicitamos la absolución de los delitos más graves y, subsidiariamente, pedimos para él…
La defensa pidió entonces que su cliente fuera exculpado de la mayoría de los cargos, como era su misión, aduciendo que solo fue un peón y que actuó en pro de un bien mayor para la ciencia.
Al finalizar, un murmullo unificado de estupor recorre la sala.
La presidenta toma la palabra para poner orden.
—Silencio en la sala —dice.
Cuando se recobra la serenidad, la presidenta del tribunal se dirige al padre de Irune.
—Señor Derek Salazar Cruz, tiene usted derecho a la última palabra.
El acusado mira hacia el tribunal y habla con voz cansada.
—Yo… —se para un instante—. Yo… creí que estaba ayudando a construir el futuro —dice, bajando la cabeza y moviéndola de un lado al otro—. No pensé que el precio sería ella.
Y con los ojos llenos de lágrimas contenidas añade, sabiendo que Irune lo está escuchando desde algún lugar:
»Lo siento mucho, hija. De verdad que lo siento.
∆∆∆
—Bueno —dice Líam mirando a Irune y tomándole las manos con ternura—, esto ya está visto para sentencia. Ahora toca esperar, pero… aunque en un proceso como este no hay acumulación de penas…
—A mí me salen cerca de los cuarenta años —interrumpe Irune, quien había llevado su propia cuenta.
—No, corazón. No creo que sean tantos años.
—¿No? —pregunta inocente.
—No es tan sencillo y… por más que esté de tu lado, hay delitos que no le son directamente imputables. Además, por un asesinato vienen cayendo veintipocos años, así que…
—Ya, bueno, luego con la buena conducta y demás…
—Esperaremos a que el tribunal se pronuncie, ¿sí?
—Sí —responde pensativa.
—Lo importante ahora es… —Líam la levanta y la abraza mientras pregunta cerca de su oído— ¿cómo te sientes? ¿es lo que querías? ¿lo que esperabas?
—No lo sé —confiesa ella, rompiendo a llorar y soltando de golpe toda la tensión acumulada durante tantos meses de sesiones—.
Ahora mismo —dice sollozando entre hipos— estoy…
como perdida. Como si me hubiera quedado definitivamente huérfana.
Tengo sentimientos encontrados. Al fin y al cabo…
¡es mi padre! —Y rompe nuevamente a llorar sin consuelo.
—Tranquila, eres fuerte. Lo superarás. Y yo estaré a tu lado siempre que lo necesites —le comenta, mirándola a la cara y secando sus lágrimas con los pulgares.
—¿Crees que he sido injusta? ¿Que podría haberlo hecho de otro modo?
—¡Ey, ey, ey! Tú no tienes la culpa. Tú eres la víctima, ¿recuerdas? Además, has sobrevivido sin padre desde los doce; podrás pasar sin él. ¡Lo dijiste!
—Pero por alguna razón me siento culpable.
—Pues no lo sientas.
—Sí, claro. Para ti es fácil.
—Si quieres… podemos ir a verle a la cárcel.
—No lo sé. No creo que sea capaz de mirarlo a la cara con todo lo que he oído. Además, ya le dije cosas horribles la noche que me secuestró.
—Quizá te venga bien tener una conversación con él, a nivel privado, con lo que ahora sabes. —Líam le levanta el mentón para mirarla a los ojos—. Tú y él solos .
—No. No puedo. Me ha hecho mucho daño, pero verle tras las rejas no me dará paz. De eso estoy segura. Quiero cerrar esta etapa de una vez por todas.
—Pues… a mí me quedan algunas preguntas por hacerle. Si tú no vas iré yo —dice riendo jocosamente.