Epílogo
Una fina lluvia cae sobre la pista cuando el avión privado termina de rodar hasta el extremo más alejado del aeropuerto de Zúrich; diez kilómetros al norte del centro de la ciudad.
No hay periodistas ni cámaras. El operativo ha sido organizado por una unidad conjunta de la Audiencia Nacional, la Interpol y la Policía Judicial, bajo un programa especial de protección.
El funcionario que la acompaña es Líam Ferrero.
Pocos deben saber cuál será el nuevo destino que la acogerá a partir de hoy.
Irune tiene un nudo en la garganta y un agujero en el corazón; aunque no dice nada.
El vuelo, de hecho, ha sido silencioso. No habla por no derrumbarse.
El olor a despedida impregna su piel y comienza a sentir el vértigo de la soledad más absoluta.
—¡Ya hemos llegado! —exclama Líam.
—Sí. Estoy algo nerviosa por todo lo que esto implica —dice ella, desviando la atención del motivo que la está ahogando sin remedio.
—Tengo que decirte un par de cosas y no sé por cual empezar.
La mira a los ojos y percibe cómo se le inundan de agua. En ese momento le entrega una carpeta delgada que saca de su maletín.
—Toma. Ábrela. A partir de ahora este será tu nombre legal.
Irune mira el documento con expectación, pero también con tristeza. Es como si una parte de ella estuviera a punto de desaparecer entre sus dedos: nuevo nombre, nueva identidad, nueva nacionalidad, nuevo idioma…
—Yo… —dice Líam, también con un nudo en la garganta—, debo volverme en cuanto estés asentada.
Las lágrimas terminan desbordándose por el rostro de Irune sin poder contenerlas. Líam mete entonces su mano en la chaqueta y saca, nervioso, una cajita de terciopelo rojo. Le vuelve el rostro, que ella ha girado hacia la ventanilla, captando de nuevo su atención.
—A no ser que… —Abre la caja ante sus ojos—. Que… —duda— quieras casarte conmigo.
Un pequeño diamante. Nada sofisticado; pero su cara se ilumina como si fuera la joya más hermosa del mundo. Las palabras se atascan en su garganta y solo asiente mientras ríe y llora al mismo tiempo.
—¿Eso es un sí? —pregunta él.
—Sí —atina a decir finalmente ella.
Se abrazan y se besan durante unos minutos. Después de secarse las lágrimas y sonarse la nariz, entrelazan las manos.
—Bueno, esto lo cambia todo —dice aliviado—. Les dije que, si aceptabas, pediría la baja y no volvería. Nuestra ubicación no aparecerá en registros accesibles. Incluso pocos son los que, dentro del sistema, saben dónde estamos realmente.
—¿Olvidas los implantes? —comenta ella, tras aclarar su voz.
—Ya sabes que no podemos eliminarlos sin ponerte en peligro, así que lo único que podemos hacer es intentar asegurarnos de que nadie vuelva a utilizarlos con fines dudosos.
Ella no responde, porque ambos saben que eso no es ni completamente cierto… ni del todo posible.
∆∆ ∆
Meses después de asentarse en su nueva ciudad, y habiendo tenido tiempo suficiente para recomponerse, perfeccionar el idioma con el que pasaría desapercibida y disfrutar un tiempo de su vida de casada, llegó el momento de retomar su vida laboral.
El edificio no tenía nombre en la fachada. Solo un logotipo geométrico y una dirección, en una tranquila calle de Zúrich. La empresa aparecía en los registros como un laboratorio de inteligencia aplicada, financiado por varios fondos internacionales.
Oficialmente, desarrollaban sistemas de análisis científico avanzado, plataformas de predicción tecnológica, nuevos algoritmos de inteligencia artificial y herramientas de estrategia.
El programa de protección no la había escondido en una casa remota ni bajo una identidad anodina.
Habían hecho lo contrario. Cuando supieron que, después de ella, eran muchos los sujetos que corrieron su misma suerte y que, en la actualidad, un sin fin de jóvenes hacían su misma función en todo el mundo, decidieron colocarla donde el ruido de la información tecnológica podía hacerla pasar desapercibida. Tan solo una más entre tantos.
Los implantes seguían registrando su actividad neuronal y transmitiéndola, pero nadie la buscaría en un lugar tan expuesto. El propio flujo de datos se encargaría de camuflarla como una más y no como «el prototipo».
En la última planta, el consejo de administración esperaba. En los registros públicos, la nueva directora ejecutiva aparecía como Sofie Müller.
La puerta se abre .
—Señores —dice el presidente del consejo—, les presento a nuestra nueva directora ejecutiva.
Ahora tenía otro nombre, otro idioma y otra identidad, aunque su mirada era la misma.
Sofie caminó hasta la cabecera de la mesa con paso firme y subida sobre unos tacones de ocho centímetros que compró para la ocasión, pues su madre siempre le había dicho que no había una segunda oportunidad para causar una primera impresión.
Terminada la reunión, la acompañaron a su despacho, donde no tardó en tomar posesión y desplegar toda su eficiencia.
∆∆∆
Tres pantallas en su despacho proyectaban datos a tiempo real: informes científicos, modelos tecnológicos, proyecciones de mercado...
Durante años, los sistemas habían aprendido a extraer valor de los patrones de su mente.
Ahora, el flujo seguía activo, pero algo había cambiado.
Gracias a la información que su padre dio en el juicio, Irune entendía mejor que nadie cómo funcionaba ese sistema.
Sabía exactamente qué tipo de pensamiento buscaban.
Sabía qué asociaciones neuronales activaban la captura de datos.
Y sabía cuándo el algoritmo interpretaba que estaba ante un descubrimiento relevante.
En uno de los monitores apareció un informe sobre nuevas arquitecturas de inteligencia artificial.
Un modelo que, para los analistas, podía concentrar enormes capacidades de control informativo.
Irune lo leyó con calma y luego cerró los ojos unos segundos.
Cuando el algoritmo detectó el patrón de intuición — ese momento en que su mente conectaba ideas complejas— el sistema registró la señal y la transmitió.
Solo que la idea que ella permitió que saliera no era la más importante, sino la segunda mejor.
Una alternativa viable, interesante, pero no decisiva, a la que cargó de emoción.
Durante las semanas siguientes comenzó a aplicar aquella estrategia invisible de forma sistemática.
Cuando encontraba una línea de investigación que podía concentrar demasiado poder tecnológico, desviaba el pensamiento.
Si veía un modelo científico que podía generar monopolios de conocimiento, lo rodeaba de hipótesis alternativas.
Cuando una innovación podía alterar el equilibrio global, introducía pequeñas bifurcaciones conceptuales.
Nada radical ni detectable. Solo ligeros desplazamientos de la atención que enterraban el avance entre un montón de ideas mediocres sustentadas, cómo no, con una buena dosis de emoción.
La señal que captaban los servidores era un patrón de descubrimiento prometedor, pero moderado; con distintos caminos para explorar. Lo suficiente para parecer valioso, aunque no tanto como para cambiar el mundo de manera significativa.
Cuando el despacho quedó vacío, al final del día, Irune admiró por el amplio ventanal de su despacho las luces de aquella ciudad que se acostaba pronto.
La tecnología podía leer su mente, pero había algo que ningún algoritmo entendía del todo: la intención humana.
Los sistemas podían detectar patrones neuronales, aunque la tarea de interpretar el significado de un pensamiento original seguía siendo imperfecto.
Las señales cerebrales son complejas y ruidosas.
Y ella había aprendido a usar esa imperfección no para destruir al sistema, sino para modular su dirección.
Luego, una decisión científica retrasada aquí, un avance redirigido allá, una innovación entregada a investigadores independientes en lugar de a corporaciones...
Pequeños cambios que se acumulaban para contribuir a la distorsión.
Por primera vez desde que había recuperado parte de su memoria… su inteligencia estaba un paso por delante de la tecnología.
∆∆∆
Aquella noche, Líam la esperaba en casa con una sorpresa.
Había preparado una cena para dos en la terraza del ático que habían alquilado.
Se esmeró con el ambiente, con la mesa, colocó un camino de velas, algunos pétalos de rosas por el suelo…
y puso a enfriar un vino blanco afrutado; el preferido de su esposa.
—Hola, cariño. Siento el retraso —dice Irune, mientras recorre emocionada el sendero luminoso que la lleva hasta la terraza—. ¿Y esto a qué se debe? —pregunta, con los ojos brillantes y el corazón queriendo salírsele del pecho.
—Quería recordarte cuánto te quiero —responde él.
—¡Eres adorable! —exclama, dándole un beso suave y largo en los labios.
—¿Cómo fue el día?
—¡Estoy muerta! Esto de engañar a las máquinas es… agotador —dice, dejándose caer exhausta en la silla que hay frente a él.
—Pues… relájate y celebremos esta preciosa noche cuajada de estrellas que nos está regalando nuestra maravillosa ciudad —dice él levantándose y echándole un chal sobre lo s hombros.
Después de cenar, se recostaron en las tumbonas y degustaron un par de cócteles, mientras la vista se perdía en lo alto; entre miles de puntos brillantes que titilaban en un cielo azul oscuro.
—¿Puedo hacerte una pregunta sin que te enfades conmigo? —pregunta ella, de repente, rompiendo la magia del silencio que los envolvía.
—Sí, claro. ¿Por qué iba a enfadarme contigo?
—¿Qué hablaste con mi padre cuando fuiste a visitarle a la cárcel?
—Bueno… como al final no quisiste que te lo contara…
—Ya, ya. Es que no estaba preparada —responde, sin mirarlo.
—Pues… hablamos de ti, del juicio, de cómo estabas después de…
En ese instante suena el móvil de Líam. En el dial de la pantalla ve: número desconocido. Se levanta de un salto de la hamaca, se acerca a la barandilla y coge la llamada.
—¿Sí?
—[…]
—Todo bien, ¿por?
—[…]
—Pues ahora… mirando las estrellas.
—…
—Sí, queda claro —responde—. Dos formas de mirar las estrellas: respirando o… —recita, bajando la voz de forma misteriosa.
—…o en un silencio infinito —concluye la voz al otro lado de la línea telefónica .
Irune seguía mirando al cielo, sin prestar demasiada atención a la conversación. Sin embargo, de vuelta de sus pensamientos, oye la última frase que pronuncia su marido susurrando.
Como un acto reflejo, sin poder controlarlo, el corazón le da un vuelco, se pone en modo alerta y vuelve la cabeza hacia Líam. Sus ojos se le abren de par en par y las aletas de la nariz se expanden para permitir una mayor entrada de aire.
No tiene muy claro qué significado tienen esas palabras o si es un recuerdo que vuelve del ayer; pero sin saber por qué, acaba de tener un «déjà vu» que la ha dejado temblando.
—¿Quién era? —pregunta, con la piel erizada y mirando fijamente a los ojos de Líam.
—¡Mi amor! Tranquila, parece que hubieras visto un fantasma —dice volviendo a su lado y abrazándola—. No era nada importante —miente—. Un compañero del trabajo que tenía ganas de hablar con alguien.
—Tú no me mentirías, ¿verdad?
—Nooooo. Con lo que hemos pasado, ¿aún no confías en mí? ¿en tu maridito? —dice frotando su nariz contra la de ella y besándola tiernamente en los labios—. Le he dicho que hablamos el lunes; que hasta entonces voy a quedarme contigo contando estrellas y haciéndote el amor.
—¿Eso le has dicho? —pregunta inocente.
—Sííí…
Él se abalanza sobre ella y empieza a hacerle cosquillas. Ambos terminan riendo a carcajadas bajo una luna llena… harta de guardar secretos entre esos cráteres que parecen ojos que nos observan.