Capítulo 19 #3
—Ampliaré el operativo por tierra. A estas alturas, no tengo tan claro que salgan desde aeropuertos españoles. Creo que cruzarán la frontera por carretera. Lo gestionaré desde la OCN [26] en Madrid.
—Puedo hacer algo más? —pregunta Líam.
—Pues sí. Ve en persona a la sede de la Fiscalía Provincial de Madrid y pregunta, de parte mía, por esta mujer. —Le entrega una tarjeta de visita que saca de su cartera.
—Perfecto.
—¡Ah! Luego hazme llegar a la sede una copia de ambos documentos —ordena, señalando hacia los dos sobres—. El departamento legal nos ayudará a preparar una buena acusación particular que defienda sus intereses si vamos a juicio —añade, lanzando una mirada hacia Irune.
—De acuerdo —responde el inspector—. Me pongo a ello.
Y, dirigiéndose a Irune, comenta:
—Quédate aquí. Estarás segura. Pediré un par de agentes extra de paisano, para tu seguridad, y… volveré cuanto termine con esto y pase po r comisaría.
∆∆∆
En la mesa ovalada de la sala de operaciones internacionales de Lyon están presentes los logotipos de Interpol y Europol, como testigos mudos de la envergadura de la operación en curso.
En conexión remota, Arnold Lambert preside la videoconferencia cifrada, desde la OCN Madrid.
Llevan toda la noche esperando que algo suceda.
La pantalla principal muestra el mapa del norte de España y sur de Francia, con varios puntos rojos intermitentes.
El tiempo parece haberse detenido. En los relojes, los minutos parecen tardar más de lo normal en pasar.
Nadie se atreve a respirar demasiado fuerte.
El silencio se tiñe de miradas expectantes; cada uno con los ojos puestos en alguna zona del panel gigante, para captar el instante en el que un movimiento, o un leve parpadeo, aporte información significativa.
Lambert no aparta la vista del teléfono, como si concentrarse en él fuera a acelerar la aparición del mensaje.
De repente, el dial se ilumina al tiempo que unas luces en el panel central de la sala comienzan a moverse al otro lado de la frontera entre los dos países.
—¡Confirmado! —exclama finalmente Lambert.
—Cruzaron La Jonquera hace treinta y nueve minutos —dice Ingrid Hoffman, de inteligencia estratégica—. Peugeot gris. Matrícula española duplicada.
—Hemos emitido orden europea de detención hace quince minutos —informa la fiscal desde Madrid con tono fuerte y seco—. Está cargada en el SIS II [27] . En Francia ya la tenéis activa.
En ese momento, un analista de Europol amplía la imagen.
—Destino probable: Toulouse o Burdeos —dice Hoffman—. Son los aeropuertos internacionales más cercanos a La Jonquera y tienen bastante tráfico.
—Desde allí podrían coger un vuelo indirecto, vía Estambul o Casablanca, para salir cuanto antes del espacio Schengen —comenta el técnico francés.
—Que refuercen el aeropuerto de Toulouse–Blagnac; está a solo tres horas por la A9 —ordena Lambert.
La tensión se palpa en el ambiente. La adrenalina los mantiene alertas. Lambert, inconscientemente, comenta sus pensamientos en voz alta:
—Uno de ellos tiene contactos en Veracruz. Si pisan México sin tratado aplicable el proceso se complica.
—Pero México sí tiene tratado de extradición —apunta Hoffman.
—Ingrid, entiendo que para una alemana es difícil de comprender, pero te aseguro que son tan lentos, y le ponen tan poco empeño, que es como si no lo hubiera.
—Hay que impedir que lleguen al aeropuerto —dice el oficial de enlace—. El exceso de tráfico dificulta el control de pasajeros y eso jugará en nuestra contra.
—Activamos alerta nivel dos en peajes y cámaras LAPI [28] . Si mantienen la A9, los tendremos antes de Narbona —comenta el técnico francés, levantando la vista de su consola.
En segundos, en la pantalla aparece la ficha de los fugitivos:
Sujeto 1: Derek Salazar Cruz.
Sujeto 2: Mujer no identificada, acompañante.
—¡Mierda! Se han separado —dice Lambert—. Liceaga Estrada no va con él.
—¿Cómo? —pregunta el técnico.
—Que ese no es el jefe de CIBION-Mex. Que hemos perdido a uno —explica el Lead—. ¿Cuál es la relación de los sujetos del vehículo?
—El algoritmo ha iniciado la comparación biométrica facial con la base de datos. Estamos pendientes.
—Hemos publicado Notificación Roja provisional —añade el oficial de enlace desde Lyon—. Si cambian de ruta, cualquier patrulla conectada al sistema los detectará.
—¿Y si abandonan el vehículo? —pregunta alguien, nervioso.
—Tenemos triangulación de telefonía —responden desde Europol—. Uno de los terminales sigue activo y se mueve a 118 km/h. en dirección norte.
—Lead, comparativa biométrica terminada —interrumpe el técnico.
—¿Relación?
—Padre e hija.
—¿¡Cómo!? No puede ser —dice Lambert, atónito—. Localizadme a Ferrero. Ayer tarde, después de dejar aquí unos documentos, se marchó para reunirse con ella.
Arnold Lambert cierra los ojos un segundo tratando de pensar. Apoya el pulgar en la sien y se frota la frente con los demás dedos.
—Señor, Ferrero no contesta. Mandamos un agente a su casa .
—¡No me lo puedo creer! No podemos perderla. Reforzad también el aeropuerto de Montpellier–Méditerranée —dice por fin.
—¿El de Montpellier? —pregunta alguien sorprendido.
—Sí. Es más pequeño y está a dos horas y pico de La Jonquera —responde Lambert—. Además, suele tener menos vigilancia especializada, los controles son más discretos y los pasajeros se camuflan con facilidad —añade.
—Orden de refuerzo tramitada —anuncia el técnico local unos minutos después.
—Lo que está claro es que quieren salir desde Francia. ¿Algún vuelo de primera hora con escala fuera del espacio Schengen y con México como destino final? —lanza la pregunta al aire.
Se oye el tecleo acelerado de los ordenadores en misión búsqueda, pero los nervios del Lead están a flor de piel y su paciencia bajo mínimos.
— Hoffman —interviene—, ¿tienes vuelos con escalas sin extradición inmediata?
—Sí Lead. En ambos aeropuertos.
—Refuerza las puertas de embarque de esos vuelos —ordena.
En la autopista A9, el Peugeot gris circula bajo una fina lluvia que empapa el asfalto. Ajeno al seguimiento vía satélite, adelanta camiones vigilando no rebasar los límites de velocidad.
Dentro del vehículo, Salazar conduce con las manos rígidas sobre el volante y la tensión en el rostro.
—¿Cuánto falta para llegar? —pregunta Irune, que acaba de despertarse .
—En dos horas estaremos en el aeropuerto —murmura él, casi para sí—. Siempre que no haya contratiempos.
—No te saldrás con la tuya. Me encontrarán.
—O… no. Para cuando se den cuenta de que no estás, ya estaremos llegando al aeropuerto —dice Derek—. Llevamos una noche de ventaja. Además, nosotros vamos al aeropuerto de Montpellier–Méditerranée. Es más pequeño y con poca vigilancia —comenta Derek. Edgar saldrá por el otro.
En ese momento, ambos ignoran que, a cien kilómetros de allí, una patrulla de la Gendarmería francesa acaba de recibir la orden directa de detención y están triangulando la posición.
En la sala de coordinación, la luz cambia a verde cuando el sistema marca coincidencia de la matrícula:
«Alerta confirmada – Localización: A9, km 162».
—Unidad móvil en aproximación, señor. Bloqueo preventivo en área de servicio próxima. No llegarán a Toulouse —se oye decir al oficial francés.
Lambert suelta de golpe el aire con fuerza por primera vez; como si hubiera estado conteniéndolo toda la noche.
—La chica es prioridad máxima. Ponedla a salvo lo primero —ordena, nervioso.
En la pantalla, dos luces más comienzan a moverse. No hay margen de huida. Al cabo de quince tensos minutos, en los que el silencio era abrumador, los tres puntos se juntan y se oye alto y claro:
—La operación ha finalizado con éxito. ¡La chica está a salvo!
Todos respiran por fin. No obstante, no saben cuándo ni cómo lograron separarse Salazar y Liceaga, así que se mantienen los refuerzos por si Edgar consigue llegar a uno de los dos aeropuertos.
—Señor, hemos liberado a Ferrero; estaba amordazado en su propia casa.
—Y ¿cómo sucedió? ¿No había vigilancia fuera de su casa? —interroga Lambert.
—Unos minutos antes de la hora hicieron el relevo diciendo que eran órdenes suyas, señor. Hicieron ver que la vigilancia la ponía la Interpol —informa el agente—. El resto fue sencillo y rápido, según Ferrero.
—Está bien. ¡Pásemelo!
—¿¡Lambert!?
—¡Inspector Ferrero! Ya hablaremos usted y yo, pero le informo que la primera parte ha terminado. Uno ha logrado escapar de momento —dice.
—¿Salazar?
—No. Salazar Cruz irá a juicio.
—¿Dónde está Irune?
—La chica está a salvo. La traerán a Madrid en un vuelo privado.
—¡Dios, menos mal! —dice, cerrando los ojos y poniendo su mano en la boca para contener las lágrimas que estaban a punto de soltarse sin poderlas controlar.