El Prototipo Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Hablábamos de todo. ¡De todo! —exclama, con la voz rota—. Cada día y durante horas, según me contó. ¿Nunca encontró un momento para contarme esto?

Sus lágrimas brotan desde el fondo del alma. Líam se sienta junto a ella y la abraza con fuerza, dándole consuelo.

Unos minutos después, al verla más calmada…

—Déjame llamar a Lambert. Le diré que venga aquí ¿vale?

—Vale.

Irune, a pesar de lo que vio en aquellos primeros folios, no lograba entender la verdadera dimensión que ella misma tenía en todo ese proceso.

Con ayuda de Lambert, y en los noventa y tres folios que Izel remitió a su hija, se relataba la historia del proyecto «LinSan_03» desde su preconcepción hasta meses antes del accidente.

Se indicaba el proceso seguido con el detalle de quien fuera dejando miguitas de pan para encontrar el camino de vuelta a casa: su planificación, su gestación, los genes modificados y su objetivo.

También su infancia, aislada en un mundo de adultos, así como la estimulación cognitiva a la que se le sometió desde bien pequeña, los años de entrenamiento cerebro-máquina, la huida a España para darle una vida normal, su formación académica controlada…

hasta su ubicación predeterminada como CEO [22] en empresas punteras; empezando por Microsoft y siguiendo con los departamentos de I+D+I [23] de empresas estratégicas pertenecientes a distintos lobbies intocables, en las que trabajaría Irune a lo largo de su vida, en función de la información sensible que se necesitara obtener.

En el sobre dirigido a Líam, ciento cincuenta folios revelaban nombres; direcciones de empresas satélites y filiales de CIBION en China, México y Japón; conexiones con grandes titanes farmacéuticos y con hospitales punteros en edición del genoma humano de todo el mundo; departamentos de tecnológicas especializadas en inteligencia artificial y hasta conexiones con Neuralink Corporation: la empresa de Elon Musk que desarrolló las primeras interfaces viables cerebro-máquina implantables en humanos, y cuyos primeros destinatarios —cual cobayas humanas— fueron tres embriones modificados llevados a término treinta y tres años antes.

Se mencionaba a las dos gemelas asiáticas que llevaban una vida anónima y normal, tal y como se dijo en el juicio de He Jiankui en 2019, y se contaba cómo la tercera —cuyo nombre era Irune Salazar Arnaiz, nacida también en China y nacionalizada mexicana— se pasó apenas por encima en aquella ocasión; poco antes de que una pandemia redirigiera la atención del mundo hacia otros asuntos y facilitara el desarrollo del proyecto sin indagar más.

Asimismo, se indicaba el nombre de los siguientes sujetos que portaron esos implantes híbridos bio-IA en su cerebro y sus correspondientes puestos de CEO en empresas estratégicas, desde donde los lobbies más importantes controlaban la información, la economía, la ciencia y la política, a nivel mundial, con total impunidad.

Aquel documento que tenía en las manos, era la hoja de ruta que, treinta y tres años atrás, hizo progresar al mundo a toda velocidad.

El origen de la evolución acelerada de las IAs, controlada por los lobbies que movían la sociedad actual y en la que estaban implicados los líderes mundiales y los mercados más influyentes: Estados Unidos, Europa y Asia.

Un gran salto que nada ni nadie podría detener y menos revertir.

Además, una cosa era saberlo con detalle y otra muy distinta poder demostrarlo. Era luchar contra gigantes, con las mismas armas que el Quijote luchó contra los molinos de viento: su celada, [24] una lanza, una adarga [25] y un rocín flaco que ni a caballo llegaba.

Ante toda aquella información, Lambert tenía que reconocer que había llegado demasiado tarde. Toda su carrera dedicada a ello y, llegados a este punto, no había caso.

Izel Arnaiz Urich, por su parte, también había dedicado su vida a un único propósito: buscar un día el perdón de su hija recopilando los detalles de lo que comenzó en un laboratorio y acabó transformando el mundo.

Todo, para que su hija tuviera un contexto en el que ubicar su historia y dimensionar la trascendencia de aquellos tres primeros embriones modificados.

Sin embargo, sus escritos no servirían sino como trama para una novela de ficción, de esas en las que se indica que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

∆∆∆

—Entonces, ¿eso es todo? —dice Líam mirando a Lambert, que luce tan decepcionado como él—. ¿Me estás diciendo que hemos llegado hasta aquí para nada? —pregunta, enfadado.

—Bueno, para nada, para nada… no —responde el jefe de la Interpol.

—Pues ilumíname —inquiere el inspector—. ¿Qué podemos hacer con todo esto?

—Con el informe que va dirigido a ti… nada.

Y créeme si te digo que estoy tanto o más devastado que tú —dice, con los hombros encorvados y la mirada lánguida—.

He dedicado toda mi carrera a demostrar que este tipo de fraude existía y, aunque era verdad, treinta y tres años después, no puedo sacarlo a la luz.

Es como sentar en el banquillo a la evolución humana y a la inteligencia artificial, que hace funcionar al mundo de hoy, atentando contra sus amos.

¡Me aplastarían como a una cucaracha y borrarían mi propio rastro en un plis!

—¿Y entonces?

—Podemos llevar a juicio a Salazar y a Liceaga por los papeles que le dejó la señora Arnaiz a la señorita Salazar —indica Lambert, señalando a Irune—.

Siempre que les detengamos antes de que salgan del país —aclara Lambert—.

En México, las leyes son más laxas y no les pasaría gran cosa.

Pero… claro está, eso lo tiene que decidir usted mademoiselle —dice, mirándola.

—Sí —responde ella rotunda.

—No te precipites —la detiene Líam, apretándole el antebrazo—. Debes pensarlo bien. Uno de ellos es tu padre. Podría ir a la cárcel.

—Pensarlo sí, pero mucho tiempo no tenemos —interrumpe Lambert—.

Localizamos el hotel donde se alojaban y lo abandonaron hace una hora y pico.

Si en cuatro o seis horas no salta ninguna alarma en los aeropuertos españoles, he de suponer que estarán huyendo por carretera hacia Francia.

Si salen del país, probablemente vuelen haciendo escala en algún país sin extradición hasta ver que las aguas estén calmadas y, de ser así, sería complicado echarles el guante.

—Líam, entiendo lo que dices y te lo agradezco, pero… estoy decidida —dice Irune—; él siempre eligió a sus investigaciones antes que a mí. Además, llevo tantos años sin verlo que puedo pasarme el resto de la vida sin él.

—Bueno, solo quiero que le des una vuelta. Parece sed de venganza por tu parte y para ser justos… tu madre también tenía parte de responsabilidad —dice Líam, haciendo de abogado del diablo.

—Sí. Tienes razón, pero ella me rescató a los doce años de las garras de mi padre y me llevó a vivir con ella.

Me dio la oportunidad de tener una vida algo más normal que la que tenía en México —explica Irune—.

Casi había bloqueado esos recuerdos, pero al releer estas páginas me volvieron imágenes de estar enchufada a una máquina varios días por semana.

No tenía amigas, nadie venía a jugar conmigo… Era un bicho raro.

—Entonces… ¿ya recuerda todo aquello, señorita Salazar? —pregunta Lambert.

—Bueno, en realidad fui consciente al leerlo.

No sé explicarme. Lo que sí recordé de repente es cómo me decían que estaba ayudando a mi padre y a la ciencia con un experimento para entrenar a una máquina que debía reaccionar como los humanos; pero ahora entiendo que el experimento era yo —explica, sintiendo en su interior una punzada de dolor.

—Le creíste porque eras una niña —puntualiza Líam.

—No tenía edad para cuestionarme cosas y… me hacía parecer importante —indica, con lágrimas en los ojos.

—Tenías doce años y era tu padre. No te fustigues —dice Líam, limpiándole unas lágrimas que decidieron desbordarse .

—Señorita Salazar, no le prometo que el castigo que reciban esté a la altura del dolor que le causaron, pero…

debe decidir cuanto antes si quiere que sigamos adelante y ampliemos el operativo de detención más allá de la frontera —comenta Lambert—.

No pretendo agobiarla, sin embargo… el tiempo juega en nuestra contra y...

—Sí. Quiero seguir adelante y quiero estar presente en el juicio —dice mirando a Lambert —. ¿Eso es posible?

—Creo que sí, aunque… puede que salgan a la luz circunstancias muy duras de su vida que tendrá que aceptar porque siempre formarán parte de usted —señala Lambert.

—¿Qué circunstancias? —pregunta ella.

—Debe terminar de leer el informe de su madre. Estoy segura de que lo descubrirá —dice Lambert, que podía deducir muchas cosas de los papeles que le entregó Líam.

—Pero… ¿cree que cuando lo sepa voy a cambiar de opinión?

—No. No lo creo; pero esas circunstancias, unidas a su asistencia al juicio, nos obligarán seguramente a tener que darle una nueva identidad y deberá comenzar una vida lejos de todo esto —argumenta Lambert—.

No podría tener esa vida normal que añora si se queda aquí.

Alguien acabaría por encontrarla —concluye—. ¿Está dispuesta?

Un silencio denso la envuelve de repente.

El aire a su alrededor desaparece y, por primera vez, siente un zumbido extraño en su cabeza.

Acaba de ser consciente de cómo se activan sus implantes y, tras unos segundos que se le hacen eternos, vuelve en sí; como quien regresa de un sueño clarividente.

Entonces, levanta los ojos hacia Líam, buscando ayuda para salir del laberinto.

Este la mira fijamente, aún sin saber lo que acaba de ocurrirle, aprieta los labios y asiente levemente.

—Estoy dispuesta —contesta, muy segura de sí.

—No se hable más —dice Lambert—. No hay tiempo que perder. Usted termine de leer el documento y luego me lo envía.

Y mirando a Líam comenta: