El Prototipo Capítulo 19
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Capítulo 19

D urante los días siguientes a la muerte de Izel Arnaiz, la policía científica analizó escrupulosamente el apartamento en busca de huellas o indicios que se pudieran haber pasado el día de los hechos y que dieran una pista fiable de lo que pasó realmente.

Por su parte, tanto la Interpol y la Policía Judicial española, conjuntamente, peinaron un sinfín de hoteles en los que hubieran podido registrarse los dos mexicanos; contra los que se emitió una orden de búsqueda y captura que salió en todos los telediarios.

El objetivo de ese despliegue era ponerlos nerviosos y hacerlos salir del agujero.

En esos días, tuvo lugar el funeral de Izel Arnaiz. Fue un acto íntimo y discreto: su hija, unos compañeros del hospital donde trabajaba, Líam, Lambert y, eso sí, una gran cantidad de efectivos policiales de paisano que supervisaron el evento en el cementerio de La Almudena.

El jefe de la Interpol vigilaba, inquieto, por si los sospechosos hacían acto de presencia en los alrededores.

—¿Va todo bien? —pregunta el inspector, acercándose a Lambert.

—Sí. Bueno. No sé por qué pensé que se presentarían.

—Yo no pensé que fueran a exponerse. Estarán nerviosos y buscando la forma de salir del país —comenta Líam.

—Ya, pero no creo que se vayan sin su objetivo —le responde—. No han llegado hasta aquí para irse con las manos vacías .

—¿Qué más podemos hacer? —dice Líam—. Tenemos vigilados varios aeropuertos españoles por si trataran de volar desde Valencia o Barcelona en vez de hacerlo desde Madrid.

—Quítale el pasaporte a la chica —ordena, poniéndose la mano delante de la boca, como precaución por si estaban siendo vigilados y trataban de leer en los labios—.

Eso, al menos, les retrasará si burlan la protección que hemos puesto.

Tendrían que improvisar uno nuevo y eso nos daría unos días de margen.

—Buena idea. —Líam asiente con la cabeza—. En cuanto terminemos aquí pasamos a recoger su pasaporte y… ¿qué te parece si la llevo a mi casa?

—Me parece bien. El hotel tiene mucho personal que entra y sale. Es más difícil protegerla allí —se sincera Lambert.

∆∆∆

Líam acompaña a Irune a su casa para recoger el pasaporte y algo de ropa. Nada más entrar, ella suelta un suspiro y unas lágrimas acuden a sus ojos.

—¡Vamos, sé fuerte! —dice él—. En unos días, cuando sientas que estás mejor, te ayudo a poner todo esto en orden.

—Sí. Gracias, Líam. No sé qué habría hecho estos días sin ti.

—No te preocupes. Esto se ha convertido en algo personal —responde—. Le prometí a tu madre que te cuidaría.

Le coge la cara entre sus manos y le limpia las lágrimas con sus pulgares.

—Vale. Vamos al tema —dice ella, intentando sobreponerse y romper una cercanía que la hacía sentirse aún más vulnerable.

Irune va a su habitación, abre los cajones de la mesilla de noche, luego los de la cómoda que quedaban cerrados, revuelve todo metiendo las manos hasta el fondo y levantando la ropa interior, las camisetas…

Poco a poco se va agobiando más y más. Líam acude a ver qué le ocurre y la sorprende tirándolo todo al suelo.

—Ey, ey, ey. ¿Qué estás haciendo?

—No sé dónde lo he puesto. ¿Y si se lo han llevado?

—¿El qué?

—Pues mi pasaporte. ¿No hemos venido a eso? No me acuerdo, no me acuerdo, no me acuerdo —dice ella, derrumbándose de rodillas en el suelo y golpeándose la cabeza con las manos.

—Tranquila. Vamos a pensar —le dice él abrazándola para que se tranquilice.

Cuando parece que le ha vuelto la calma, Irune se levanta despacio y camina hasta el centro del salón, como guiada por un impulso inexplicable.

Pone las manos en jarras, gira sobre sí misma, lentamente, trescientos sesenta grados.

Pasa la vista sobre el desorden que hay a su alrededor.

Todo está fuera de su sitio excepto los libros de la biblioteca, lo que le llama la atención.

Se queda mirando, sin moverse. Líam no osa romper este instante en el que parece haberse colgado de un lapso de tiempo infinito.

De repente, invadida por un momento TOC [21] , va hacia un libro que sobresale un poco en el tercer estante y lo empuja con fuerza, para cuadrar con ese toque lo único que no estaba desordenado en aquel salón…

y en su cabeza. Al hacerlo acciona, sin quererlo, el mecanismo de apertura del pa nel trasero que, al retornar, desplaza varios libros tirándolos al suelo.

Termina de quitar el resto de los libros que quedaron sin caer y abre de par en par la puerta que da acceso al interior de un vano en la pared.

—¡Aquí está! Mi pasaporte y… ¿qué es esto? —dice al ver el llavero del trébol con una llavecita colgando.

—No lo sé. Lo pondrías tú ahí —comenta Líam.

—Ni idea. No recuerdo haberlo visto antes.

—A ver…

El inspector coge el llavero, examina la llave y…

—Si te digo la verdad, parece una de esas llaves que te dan cuando alquilas una caja de seguridad en algún banco.

—Pues no recuerdo tener una caja de seguridad —responde mirándole a los ojos y apretando los labios—. ¿Qué podría tener yo de valor? Pero, ¡no recuerdo tantas cosas que ni me sorprende! —dice derrotada.

—Tranquila. Mañana iremos a tu banco y preguntamos.

Si no es allí pues… tendremos que preguntar en otros bancos.

Te aseguro que no pararemos hasta dar con lo que sea que guarda esta llave.

—Y le pone el llavero de nuevo en la mano, apretándola luego entre las suyas—.

Estoy contigo, ¿recuerdas? —le dice sonriéndole.

—Sí. Eso lo recuerdo —responde con una tímida sonrisa.

—¿Recuerdas por casualidad cuál es tu banco? —pregunta arrugando el ceño y la nariz de forma graciosa.

Ella sonríe, coge el móvil y busca entre las aplicaciones hasta que aparece.

—¡Bien! ¡Te has acordado!

—No estaba segura, pero… recordé de forma automática el acto de buscarlo entre las aplicaciones —argumenta—. Debe ser algo que hacía constantemente. No he tenido que pensarlo .

—Bueno, ya verás que poco a poco vuelves a tu vida normal.

—Gracias, Líam —dice mirándolo a los ojos con ternura.

—¿Por?

—Por tu paciencia conmigo.

Líam ladea la cabeza y se acerca para darle un beso en la mejilla. Ella se sonroja.

—Y ahora… dame el pasaporte, coge algo de toda esa ropa que hay desperdigada por el suelo y te vienes conmigo a mi casa.

Allí estarás tranquila y segura —le dice, rozándole la mejilla con el dorso de la mano.

Ella siente cómo acude la sangre a las orejas y un escalofrío recorre su espalda con el contacto.

∆∆∆

Tal y como estaba previsto, a la mañana siguiente, el inspector acompaña a Irune a su banco.

—Buenos días. Soy Irune Salazar Arnaiz —dice poniendo el DNI en el mostrador, junto a la llave.

—Buenos días —responde la interventora, cogiendo el documento de identificación y la llave—. ¿Quiere usted acceder a su caja de seguridad?

Irune, contenta, mira a Líam; quien le responde guiñándole un ojo.

—Sí, por favor —contesta con seguridad, mirándola a los ojos—. Disculpe la pregunta, pero… ¿hace mucho que la tengo?

—Déjeme mirar —dice, tecleando sus datos en el ordenador—. Pues… no. Está contratada hace solo unos días.

—Y… ¿puede decirme quién la contrató?

—Aquí dice… Izel Arnaiz Urich.

A Irune se le llenan los ojos de lágrimas de repente al oír el nombre de su madre.

—¿Está usted bien? —pregunta la interventora.

—Sí, sí. Disculpe.

—Su madre acaba de fallecer —interviene Líam, al tiempo que pasa su brazo por el hombro de Irune, arropándola.

—Lo siento mucho, señorita. No sabía…

—No se preocupe. Estoy bien.

—Venga conmigo —ordena.

Ambas mujeres se levantan y se dirigen a los ascensores, mientras el inspector espera en el despacho a que regresen. Quince minutos más tarde, Irune aparece con una caja marrón entre sus manos.

Quisieron aprovechar para quitar a su madre de la cuenta, ya que estaba de cotitular; pero, al saber que había muerto, el protocolo bancario exigía el bloqueo de la cuenta hasta verificar el origen del dinero.

Como no podían hacer nada de momento, se fueron a casa de Líam para abrir la misteriosa caja.

Dentro había dos sobres con el membrete de una notaría. Uno de ellos estaba dirigido a Líam Ferrero Robles, inspector de policía, y el otro a nombre de Irune Salazar Arnaiz.

Líam no conocía los detalles ni el alcance de la información que allí se recogía, pero en cuanto leyó para sí las primeras quince páginas del documento de su sobre, supo que aquello tenía implicaciones que solo la Interpol podía abarcar.

Entonces, levantó la vista hacia Irune y…

la sorprendió derramando lágrimas silenciosas.

—¿Estás bien? —pregunta, apretándole el hombro .

—Apenas llevo doce folios, pero… necesito tiempo para ir procesando lo que pone aquí.

—Puedes compartir tu información conmigo si quieres —dice, levantándole el mentón hasta ver sus ojos.

—¿Quieres la versión reducida de lo que he leído hasta ahora? —pregunta ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Lo que tú decidas estará bien.

—Pues que mi vida ha sido una gran mentira desde que nací. Solo soy un proyecto de laboratorio, orquestado por un puñado de científicos ambiciosos. ¡No puedo creerlo!

—No entiendo —dice, mirándola a los ojos—. ¿Confías en mí? —añade, mientras le quita el documento y le coge las manos.

—No sé de quién fiarme porque, según parece, ni mis padres eran de fiar; pero… si no confío en ti, no sé en quién más podría hacerlo.

—Tranquila. Respira hondo.

—Y ¿qué hay de tu sobre? —balbucea.

—Yo necesito que venga Lambert. No pretendo asustarte, pero… esto es muy gordo y no puedo manejarlo solo.

—¡Dios! ¿Soy el fruto de unos monstruos? —pregunta, rompiendo a llorar de nuevo.

—No, no, no. No te hagas esto, por favor —dice, cogiendo su cara entre las manos y secándole las mejillas empapadas con los pulgares—.

Es… muy complejo y se nos escapa. Hay que analizarlo despacio.

No conozco a tu padre —añade Líam—, pero puedo asegurarte que, sea lo que sea que hizo tu madre en su juventud, ella te quería muchísimo. De eso no tengo ninguna duda .