Capítulo 18 #3
—Le envía mi exmarido, ¿no? —pregunta, sin esperar respuesta— Todo está ya explicado. Todo está firmado ante notario —añade.
—Eso no es lo que les preocupa —contesta él—. Lo que les preocupa es quién lo podría leer si no lo rescato.
Ella aprieta los labios, nota cómo la sangre le llega a la cabeza y un fuego abrasador escapa por su mirada.
—¿Mi hija? ¿La policía? Mire, dígale que puede borrar de un plumazo a una madre que estuvo implicada desde el principio, pero no impedirá que se sepa la verdad. Al menos moriré habiendo hecho lo correcto. ¡Tal vez ya nadie pueda impedirlo!
El hombre ladea la cabeza.
—Bueno. No he venido a borrarla del mapa. Pero puedo… digamos… «interrumpir su actividad» —dice, haciendo los gestos de las comillas con los dedos en el aire—. ¿Dónde está el sobre?
El intruso se acerca demasiado, para intimidarla.
Ella levanta los brazos para protegerse de él.
Su cuello se tensa y reacciona dándole un empujón.
Más fuerte de lo que ella misma cree. Él agarra sus muñecas.
Ella logra soltarse. Luchan, pero… el forcejeo de Izel es torpe frente la fuerza del hombre, quien bracea con ella casi sin necesidad de moverse.
El de ella es un pulso desesperado, humano, débil e infructuoso.
—Es mi hija —grita ella, con la voz rota.
—Para usted —responde él, con la calma de alguien al que solo le importa la misión que ha venido a hacer—. Yo tengo un encargo muy concreto .
El hombre esquiva un golpe y trata de agarrarla de nuevo. Ella se defiende como puede. El cuerpo de él choca contra el de una Izel frágil, delicada, mayor.
No es un golpe. Es un empujón mal calculado el que él le da.
Ella pierde el equilibrio y se golpea en la cabeza con la esquina de la mesita al caer.
No le da tiempo a gritar. Solo un sonido seco se hace eco en la habitación.
El cuerpo cae a plomo y la sangre fluye inmediatamente. Densa. Viscosa. Escandalosa.
Él se queda quieto unos segundos contemplándola inerte y se agacha.
Le da un par de palmadas en la cara para despabilarla.
Ella no responde a los tortazos. Entonces, le gira la cara para acceder al cuello y tomarle el pulso.
Se mancha la mano de sangre y saca de su chamarra un pañuelo para limpiarse.
«Está muerta. ¡Qué contratiempo!», concluye para sí con frialdad.
Cree oír un ruido. Gira la cabeza hacia el pasillo, agudiza el oído y espera sin moverse.
«Debe ser un vecino», se dice. Se vuelve hacia la librería que ella miraba cuando la sorprendió.
Nada le llama la atención. Se pone unos guantes de látex con una tranquilidad pasmosa.
Rebusca en el bolso, tratando de encontrar el sobre que llevaba cuando salió de la notaría.
Nada. Registra los cajones de la habitación, la bolsa de viaje.
Nada. Se dirige a la puerta y revisa las llaves; por si dejó el sobre en una caja de seguridad en su visita al banco.
Nada que llame su atención. Ninguna pista.
Resopla nervioso. Lleva demasiado tiempo allí.
Desordena un poco el salón para simular un robo que salió mal y se dispone a salir cuando el sonido de una llave en la cerradura le pone en modo alerta. Se camufla en la oscuridad del pasillo, esperando que las sombras le cubran para no ser visto .
Irune es muy testaruda. Ha salido esa misma noche, con la intención de darle una sorpresa a su madre y dormir en casa. Sube en el ascensor, abre la puerta y… aunque Líam está detrás de ella, se queda un instante en la puerta; esperando a que le invite a pasar.
«¡Qué oscuro está esto! ¿Mamá está durmiendo ya?
», se pregunta. Y como si de una rutina se tratara, se dirige a ciegas hacia el salón y enciende la lámpara alta, pisando el interruptor con el pie.
De inmediato se lleva las manos a la boca.
Todo está revuelto. Líam reacciona ipso facto sacando el arma y se adentra hasta ponerse delante de ella; de espaldas a la puerta y sin cubrir la retaguardia.
Como si la amenaza solo pudiera venir de delante.
Como si así la protegiera con su cuerpo.
El intruso saca también el arma y se oye el clic del seguro de un arma liberándose detrás de ellos.
Líam se gira, abraza a Irune al tiempo que la baja al suelo con él y, agachados en cuclillas, se refugian tras un lateral del tresillo.
Irune se encoge y oculta su cabeza entre los brazos.
Aún no han visto a Izel en el suelo, detrás del orejero, entre la mesilla del fondo y la librería.
El sicario sale de la penumbra del pasillo disparando al aire y consigue huir escaleras abajo hacia la calle.
Alertado por el disparo y el ruido de las zancadas, Julián asoma la cabeza por la portería tratando de detener la carrera del hombre, pero solo consigue que este le dispare en un pie al pasar por su lado para ganar tiempo y poder huir.
Mientras, en el apartamento, Líam se asoma a la habitación, la inspecciona con un barrido ocular, pistola en mano, y se asegura de que no hay nadie más.
Luego, sale al descansillo y baja las escaleras, saltándolas de dos en dos y de tres en tres, hasta alcanzar el portal.
Ve a Julián herido y, para cuando quiere abrir la puerta y asomarse… la calle ya está vacía.
El inspector saca el móvil y llama pidiendo una ambulancia para el conserje.
Luego regresa al apartamento. Nada más entrar, encuentra a Irune en shock, agachada, con las manos en la boca y sin reaccionar.
Corre hacia ella y ve a Izel tendida en un charco de sangre.
Abraza a Irune y le hunde la cara en su pecho para que deje de mirar.
Ella, por fin, reacciona y lanza un alarido, seguido de un llanto inconsolable.
Líam la levanta despacio, la coge en brazos, la lleva a la habitación y la deposita en la cama.
Su cuerpo se agita, tiembla y convulsiona sin control.
Él se acerca al baño. Con una mano rebusca en el botiquín, tratando de encontrar algún tranquilizante, mientras con la otra llama a la comisaría solicitando una patrulla de homicidios en aquella dirección.
Horas después, la policía no sabe explicar si se trata de un robo fallido o de algo intencionado.
Aparentemente no hay más huellas que las de Irune o las de su madre.
La herida de Izel es el resultado, según el forense, de un golpe seco contra la mesita.
Sin embargo, el salón revuelto daba lugar a una duda razonable en favor del robo.
Líam avisa al jefe de la Interpol, quien se persona en la escena al cabo de un rato.
—¿Homicidio o accidente? ¿Qué opinas? —pregunta Líam, una vez que comprueba que no hay herida de bala—. Irune no está en condiciones de comprobar si falta algo; al menos de momento —explica.
—No sé. —Lambert se muestra pensativo—. Siguiendo con mi partida de ajedrez, yo diría que… han quitado de en medio a la dama; lo que suele ocurrir —añade— cuando el rey del co ntrincante se siente amenazado y quedan pocas fichas en el tablero.
—Y… ¿qué pudo hacer la señora Arnaiz estos días para amenazar al rey?
—Eso es lo que habrá que averiguar y rápido. Se nos empiezan a acumular los cadáveres en este caso —añade el jefe de la Interpol—. Llévate a la chica a un hotel un par de días y refuerza la vigilancia —le ordena—. Aquí no se puede quedar.
En ocasiones, la verdad es un puñal afilado que te atraviesa el alma y, en este caso, lo cierto es que Irune nunca fue solo una víctima; sino el centro de un entramado de poder científico, económico y de estrategias políticas, que los lobbies mundiales no dejarían escapar así como así.
No obstante, nadie, salvo Irune, lograría descubrir que, en un lugar de la estantería, una llave aguardaba a ser encontrada. Y menos aún que, en una caja de seguridad, su vida esperaba a ser revelada.
Aquel aciago día, ella no podía imaginar que el mundo que conocía se había esfumado para siempre junto a su madre. Poco importaba si recuperaba o no todos sus recuerdos; ella nunca volvería a ser la misma.
Lambert, sin embargo, tenía cada vez más claras las dimensiones de lo que tenían entre las manos.