Capítulo 18 #2
—La decodifican a ella: pensamientos, imágenes, decisiones, información económica que ve o recibe y con ello elaboran sus estrategias a nivel económico o geopolítico. Todo canalizado. Todo útil. Todo convertido en poder —dice Lambert del tirón.
Líam lo mira fijamente con la mandíbula desencajada y sin poder creerlo.
»¿Se entiende ahora lo de reforzar la protección? —El jefe de la Interpol lanza la pregunta y se marcha sin que el inspector termine de reaccionar.
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Izel terminó sus gestiones en el notario, pasó por el banco en el que madre e hija tenían una cuenta conjunta y luego regresó, dando un paseo, al Gregorio Marañón.
No podría jurarlo, pero sentía que la observaban.
Que la seguían. Se detenía en los escaparates y trataba de ver el reflejo que le devolvían las cristaleras, pero solo localizaba una silueta; una sombra encapuchada y de complexión mediana en una u otra esquina de su ángulo de visión, que se mantenía a la distancia suficiente como para impedirle distinguir el rostro.
Hacía mucho tiempo que había dejado de sentirse amenazada y de volverse a mirar hacia atrás.
Sin embargo, desde que creyó ver a su exmarido en el hospital, todas sus alarmas se dispararon.
Sus miedos habían vuelto y su intuición le gritaba que se protegiera.
Que protegiera a su hija en la medida de lo posible.
Al llegar a la habitación trescientos doce, Irune le relata a su madre las visiones, las imágenes y su determinación de salir de allí. De volver a casa.
—Mamá, el doctor Beltrán quiere darme el alta en un par de días, pero yo voy a pedirla ya —dice con seguridad—. Necesito salir de aquí o me volveré loca.
—No sé si es buena idea, Irune —interviene el inspector—. Aquí estás más protegida que en tu casa. Acabamos de solicitar refuerzos.
—Pues que sea en casa. Necesito ir a casa. Por favor —suplica.
—Hija, yo también pienso como Líam —dice, recordando la sensación de seguimiento que tuvo durante la mañana—. Aquí estás rodeada de mucha gente, además de los de seguridad…
—Ya, muy segura; sin embargo, casi me matan cuando me traían a la habitación. ¿En serio crees que estoy a salvo en algún lugar? —Sus ojos se cuajaron de lágrimas .
—Por eso mismo. No estás segura fuera.
—Mamá, no puedo explicarlo, pero tengo un mal presentimiento. Tú misma lo dijiste; soy muy intuitiva y… estoy segura de que algo malo va a pasar. ¡Quiero salir de aquí!
—Pero Irune, sé sensata —dice el inspector, tratando de convencerla—. Una intuición no justifica que tomes decisiones precipi…
—¡Vale! —exclama Izel, sin dejar que Líam termine de hablar—. Eres mayor de edad y nada de lo que diga te hará cambiar de opinión. Tú decides.
—Creo que es un gran error —sentencia Líam, con miedo en la voz.
—Voy a avisar de que quieres el alta. Hoy ya es tarde. No creo que te la den hasta mañana —dice su madre, que sabe cómo funcionan los protocolos hospitalarios.
—Gracias, mamá. Te quiero mucho, ¿lo sabes? —añade, cogiéndole la mano.
—Sí, hija. Y yo también a ti —responde, dándole un abrazo—. Me iré entonces. Encenderé la calefacción para cuando llegues a casa mañana. ¿Estarás bien esta noche?
—Sí, tranquila —dice, mostrándole una sonrisa sincera.
—Pues yo no estoy tranquilo —interviene Líam—. Tengo que organizar la protección extra que me pidió el jefe de la Interpol. La amenaza es seria y él lo tiene claro; así que volveré esta noche para quedarme contigo, si me lo permites, y mañana te llevo a tu casa.
—Pero… —dice Irune.
—Lo siento. No lo discutiré —concluye el inspector con firmeza—. Si te incomoda que me quede dentro, me quedaré fuera; en la puerta. Pero que me quedo… me quedo. Y ahora —añ ade, sin darle opción a responder—, si nos disculpas un momento, tengo que robarte a tu madre unos minutos.
Líam tira de Izel hacia el pasillo y, una vez allí, le suelta la pregunta de forma directa.
—Izel, ¿cómo se llama tu exmarido?
—¿A qué viene esto ahora?
—Izel, por favor, respóndeme.
—Derek Salazar.
—Y… ¿conoces a un tal Edgar Liceaga?
Izel baja la mirada al suelo un instante y luego la levanta de nuevo hacia el inspector. Le regala un esbozo de sonrisa y pregunta:
—Están aquí, ¿verdad?
—No solo eso, Izel. Ven siéntate. —La lleva a unas sillas corridas que hay en el pasillo—. Han estado en el hospital casi desde el principio, según le ha confesado a la Interpol el director del hospital y…
—Y… ¿qué? Mira que me espero cualquier cosa —dice ella con los ojos dispuestos a salírsele de las órbitas.
—Creemos que, de alguna manera, estuvieron detrás del intento de secuestro y…
—¿Y…? —dice ella elevando la voz—. ¿Aún hay más? ¡Me tienes en ascuas!
—Sasha está muerto.
—¿Ellos también? —Sus ojos se inundan de agua.
—Creemos que sí —dice, tomándole las manos—. Izel, ¿entiendes mi miedo? No estáis a salvo —concluye.
—¡Esto se les ha ido de las manos! ¿¡Cómo es posible!? —parlotea nerviosa, moviéndose en la silla.
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Izel Arnaiz abrazó a su hija, la besó en la frente y dejó a Irune en la habitación del hospital con Líam.
Cuando salió, no volvió a mirar atrás. No porque no quisiera ver a su hija una vez más, sino porque sabía que, si lo hacía, no sería capaz de irse.
Ella también sentía cosas desde que era pequeña y…
pocas veces se equivocaba cuando la intuición se volvía certeza en su interior.
Desde que aquella madrugada en la que recibió la llamada diciendo que su hija había sufrido un accidente, tenía la sensación de que el mundo había aprendido a caminar unos segundos por delante de ella.
Lo suficiente como para llegar tarde a cada giro inesperado de la vida de ambas.
Paseó cabizbaja y pensativa. Las calles mojadas por la lluvia acompañaron sus lágrimas, y el ritmo de sus pasos, por entre las callejuelas de los alrededores del hospital, donde esperaba coger un taxi.
Fuera de la influencia lumínica de los carteles del Gregorio Marañón, la oscuridad se cernió sobre ella como un manto de ópalo negro.
El frío le caló los huesos y… hasta el alma.
Los más funestos presentimientos le nublaron la mente.
Por fin cogió un taxi que la dejó delante de la puerta del apartamento de su hija. El portal estaba en silencio. El ascensor tardó demasiado. O quizá siempre había tardado lo mismo y ahora ella… simplemente lo notó.
Funcionando en automático, o quién sabe si en modo supervivencia, pulsó el botón un piso después del que le correspondía.
Al salir del ascensor, se asomó al hueco de escalera.
No vio a nadie. Entonces bajó a pie los tres tramos de las escaleras que la separaban del rellano de casa. No fue algo hecho a
conciencia. Le salió sin planearlo. Por instinto. Por un impulso interior inexplicable.
La llave del piso pesaba más de lo habitual en el bolso. Sus pensamientos iban y venían sin mucho orden. Dentro del apartamento, el silencio era espeso.
Encendió solo la luz de la entrada, cerró y se adentró en la oscuridad del salón para dejar su abrigo y su bolso sobre el sillón.
Luego, regresó sobre sus pasos directa al mueble del recibidor.
Abrió el cajón inferior. Apartó unos papeles viejos, el manual de la tostadora, una foto doblada…
¡Allí estaba! El pequeño llavero metálico con forma de trébol, sin marca alguna, que le regaló a Irune cuando empezó a vivir sola por primera vez.
Lo sostuvo unos instantes entre los dedos y luego lo hizo saltar en su mano una vez.
—Por si acaso —murmuró para sí.
Sacó del bolsillo del pantalón la llavecita y la colocó en el llavero.
Se acercó a la librería, aproximó el escabel que estaba junto al sillón para llegar sin estirarse demasiado, retiró los libros de la tercera balda y presionó el punto exacto que solo ellas dos conocían.
El falso fondo cedió con un clic seco. Dentro del hueco en la pared había un sobre con documentos, algo de dinero en efectivo y el pasaporte de Irune.
Dejó el llavero dentro, sin notita ni explicación, y lo volvió a dejar todo como estaba.
Nadie encontraría aquello si no sabía que existía ese hueco secreto en la estantería.
El documento notarial ya estaba a salvo; en una caja de seguridad que no llevaba su nombre, sino el de su hija.
Todo estaba allí. Fechas, firmas, implicados, testigos...
También la historia completa desde el día en que aceptó gestar un embrión modificado, las cláusulas que nadie le explicó del todo, la información sobre los implantes híbridos bio-IA [20] que habían colocado en su cerebro y la información sobre su activación y funcionamiento.
Había detallado desde los primeros entrenamientos cerebro-IA, hasta el momento en que entendió que no estaban enseñando a una máquina, sino aprendiendo a leer a su hija: pensamientos, imágenes, decisiones, información económica, estrategias políticas...
Todo estaba referenciado con la precisión de una investigadora ante el proyecto de su vida.
Todo útil. Todo listo para convertirlo en poder.
Tanta tensión llevaba acumulada en su cuerpo aquella frágil mujer que sintió un vahído.
Se bajó del escabel y, andando hacia atrás, esquivó la mesita baja con la lámpara y se sentó en el brazo del sillón para recuperarse.
Pero… el ruido llegó tarde a sus oídos. Demasiado tarde.
La puerta se cerró a su espalda sin violencia. Con decisión.
—Supuse que estaría sola —dice una voz masculina a su espalda—. La llevo siguiendo hace un par de días.
Ella no grita. Se gira despacio y se pone en pie, como si hubiera estado esperando la visita.
—¿Quién es usted? —pregunta, al no resultarle familiar la cara.
El hombre sonríe con cortesía mientras se acerca lentamente.
—Alguien a quien le han pedido que se asegure de que no deje constancia de nada.
Ella da un paso hacia la derecha, queriendo parapetarse tras el sillón orejero que hay junto a la librería; el que usa Irune para leer.