El Prototipo Capítulo 17
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Capítulo 17

L os días se sucedían sin pausa, pero sin prisa.

Izel y su hija recordaban las conversaciones que ambas mantenían y las rutinas que la joven le contaba cada noche sobre su trabajo, su novio o sus emociones.

Irune se sentía segura junto a su madre.

Le daba paz tenerla cerca, además de ayudarla a colocar cada cosa en su lugar y, sobre todo, en su tiempo.

Así fue rescatando, y llevando a la superficie, fragmentos que yacían dispersos en diversos lugares de su memoria.

Al principio, repetía preguntas hasta tomar conciencia de que había sufrido un accidente y un disparo, pero aún sin detalles.

—Pero… ¿qué fue antes, el atropello o el disparo en el hombro?

—Ya te lo he dicho; se cree que fue más o menos a la vez.

—Y… ¿quién quiere matarme, mamá?

—No lo sé. Aún están investigando.

—Pero, ¿cómo puede ser? En las películas analizan la bala y dan con el asesino ¿no?

—Sí, hija. Pero esto es la vida real y no siempre es fácil —le repite Izel con paciencia.

Cuando Irune cerraba los ojos sentía ansiedad y miedo sin poder explicar por qué.

Se estremecía cuando oía las sirenas más allá de la ventana, sin motivo aparente.

Con los días, mejoró la memoria anterógrada y comenzó a recordar conversaciones mantenidas en el hospital en días anteriores, ubicándolas correctamente en el tiempo; pero tenía pequeños flases, imágenes fragmentadas de luces, ruidos metálicos, sensaciones de impacto que la sobresaltaban…

y una voz sin rostro que le hablaba. Aquel bombardeo de fotogramas inconexos alteraba su descanso y la dejaban exhausta.

Su madre trataba de tranquilizarla cogiéndole la mano para que se sintiera segura; pero, tras cada episodio, Izel solo sentía una gran impotencia por no saber cómo ayudarla más.

Quiso empezar mil veces el relato secreto de su vida, pero desistía al verla sufrir con aquellos trozos de recuerdos deslavazados que, más que asentar el pasado, la asaltaban en la noche como alimañas que se abalanzaban sobre ella para devorarla en la oscuridad de su mente.

Habría querido contarle de una vez a su hija todo lo sucedido desde que la tuvo en su vientre; sin embargo, nunca parecía el momento adecuado.

Al cabo de diez días, Irune era capaz de relatar su estancia en el hospital, recordar las visitas que pasaban por la habitación y hacer preguntas más complejas.

—Irune, tengo buenas noticias para ti —dice el neurólogo—. La memoria anterógrada está normalizada. Ya sé que los recuerdos del trauma siguen incompletos, pero un poco de normalidad en tu vida hará que esa memoria vuelva con mayor rapidez.

—Es que… no recuerdo gran cosa del accidente o del disparo —se queja Irune.

—Sí, lo sé. Y puede que esos recuerdos no se recuperen nunca o lo hagan de forma lenta —puntualiza el doctor Beltrán—. ¡Cada caso es diferente!

—Y… ¿entonces?

—Pues que… si sigues así, en un par de días te vas para casa.

La joven empezó a respirar con dificultad y el pulsiómetro del dedo envió mediciones aceleradas a la máquina .

—¿Qué te ocurre? —dice el neurólogo—. Tranquilízate. ¿No estás harta ya de estar aquí encerrada? —añade de forma empática.

—No, sí, bueno… es que… —titubea—. No me siento fuerte como para ir a trabajar y retomar mi vida.

—No, no, no. No me he explicado bien —corrige el doctor—. Sigues de baja, pero en tu casa —matiza—. Retomando las rutinas, saliendo a pasear, visitando lugares cotidianos…

∆∆∆

Esa tarde, la llamada a emergencias de un ciudadano anónimo alertó a la policía de un cadáver en la zona del «Madrid Río». El comisario Gómez envió un coche patrulla al lugar y llamó al inspector.

—Líam, han hallado el cuerpo de Sasha Reyes; el novio de la paciente.

—Que me manden la ubicación. Voy para allá —dice él.

—Vale. ¿Avisas a Lambert?

—Sí. Lo llamo de camino, jefe.

Quince minutos después, tráfico mediante, Ferrero llega a la escena del crimen.

—¿Qué tenemos? —pregunta a sus compañeros.

—Te presento a Sasha Reyes. Nos lo ha puesto fácil esta vez. Llevaba encima su documentación y una pistola —añade uno de sus compañeros de comisaría—. A falta del informe de confirmación de balística —comenta el oficial—, el arma parece compatible con la que se disparó a la chica del hospital.

—¡Bingo! —exclama Líam—. Ya solo nos falta saber por qué.

Cuando el jefe de la Interpol llega, todos guardan silencio.

—No hay herida de bala, ni sangre en el suelo ¿no? —pregunta este, tras moverse alrededor del cadáver.

—No, señor —responde el médico forense—.

Mire, aquí. —Señala—. Inyección limpia. Parálisis rápida.

Y… ¿ve las petequias en su cuello? —pregunta sin esperar respuesta—, asfixia.

Son marcas de dedos —dice señalándolas en el cuello de la víctima—.

Sabré más con la autopsia, pero parece que no se defendió.

—Tal vez conocía a su agresor —comenta Líam, mirando a Lambert.

—O le pillaron desprevenido —interviene el oficial.

—Avísame cuando tengas el informe toxicológico —dice Ferrero, apoyando su mano sobre el hombro del forense—. A ver qué le inyectaron.

—Te llamo —contesta este.

—Comprobado —dice otro de los agentes, mostrándole la Tablet—. Es el novio de la chica. Alquiler a su nombre en Rivas; vivienda compatible con una de las dos posibilidades que había según el ángulo de tiro calculado —comenta mirando al inspector y a Lambert de forma alterna.

El jefe de Interpol se agacha despacio, sin tocar nada.

—Esto no es una ejecución impulsiva —dice—. Está calculado. Es la retirada de una pieza del tablero —sentencia.

El inspector Ferrero le mira sin parpadear. Pensativo.

—¿Por qué ahora? —dice al fin.

—Tal vez sabía demasiado — responde Lambert.

∆∆∆

Una vez que se retiraron Líam y Lambert, la unidad encargada de colaborar en el caso peinó la zona por si hallaban pistas que dieran con el asesino.

Entre los arbustos, cerca del lugar del incidente, encontraron una mochila escondida.

Una vez en la comisaría, inspeccionaron su contenido y uno de los agentes llamó al inspector por teléfono.

—Jefe. Tienes que ver esto.

—Estoy con Lambert. Vamos para allá.

Veinte minutos después, se personan en la comisaría.

—¿Qué tenemos? —dice Líam.

—Esto estaba en la mochila que encontramos en los alrededores —dice el suboficial—. Debió esconderla o tirarla antes de ser sorprendido.

—Lo mismo conocía a su agresor y no se fiaba —comenta—. O bien… el que le ordenó secuestrar a Irune se encargó de no dejar cabos sueltos —añade.

—¿Y liquidarlo directamente? No parece probable —dice Lambert.

—Tuvo que acercarse mucho para pincharlo en el cuello —argumenta Ferrero.

—Sí, eso es cierto. Debía conocerlo. Y… tendría sentido que hubiera pensado que querían liquidarlo y escondiera esto antes entre los arbustos —reflexiona en voz alta Lambert.

—Eso implicaría que quedó con él en persona…

y que no se fiaba del todo de él o de ella...

—Líam trata de dar sentido al hecho—. Podría ser —dice, mientras sigue dando vueltas a la cabeza—; pero…

¿quién demonios está manejando los hilos de este caso, que se mancha las manos directamente?

—Líam lanza la pregunta abiertamente a Lambert .

En ese instante, el jefe de la Interpol abre los ojos de par en par, le mira fijamente y…

—Alguien que prefiere hacerlo él mismo o alguien que no tiene aquí suficientes hombres. Déjame hacer unas llamadas —dice de repente.

Lambert sale de la comisaría, busca un momento de privacidad en un banco del parque que está al otro lado de la calle y contacta con los miembros de su Task.

—Cyber, entra en la base de datos del aeropuerto —ordena— y localiza el listado de todos los pasajeros que viajaron a España desde México en los últimos quince días… Eso es… Y los listados de salida hacia México hasta el día de hoy … Sí … Gracias; mándamelos cuando los tengas.

Mientras, Líam y su compañero continúan examinando el contenido de la mochila.

—Un portátil, un disco externo y dos móviles. Uno de ellos antiguo y sin conexión activa —recapitula el oficial.

—Vale, que lo enciendan todo en modo forense [19] ; ya sabes.

—Si, jefe. Lo envío a la Científica a ver si hay algún técnico en informática forense que nos lo tenga para mañana.

—Avísame en cuanto sepas algo.

—Sí, jefe.

∆∆∆

Eran las siete y media de la mañana. El inspector Ferrero y el jefe de la Interpol esperaban en la salita de briefing de la comisaría. Les habían asegurado que a primera hora tendrían el análisis de evidencias digitales, pero el reloj parecía descontar minutos en vez de sumarlos.

Prepararon una buena jarra de café y se pusieron, mano a mano los dos, con los listados de pasajeros que Cyber les había facilitado.

Sin saber bien a quién o quiénes buscaban, trataban de filtrar aquellos que viajaron en los días posteriores al accidente y los cotejaron con los que ya se habían marchado del país.

A las diez en punto suena el teléfono de Líam.

—Inspector Ferrero, ¿dígame?

—Soy Garay, técnico de informática forense. Le acabo de mandar un correo con los últimos archivos abiertos en el móvil —anuncia—. Son audios.

—¿Y el resto?

—Acabamos de empezar con la unidad externa.

Líam busca los audios y mira al Lambert antes de reproducirlos. Luego, una voz grave y serena llena el espacio.

— No puedes protegerla si sigues así —se oye—. Esto no es asunto tuyo y nunca lo fue. Ella estará a salvo cuando deje de ser visible, lo que nunca implicó que la trataras de matar —continúa—. No vuelvas a actuar por tu cuenta —sentencia .

El silencio lo invade todo unos segundos. Se miran, y Lambert le hace un gesto con la cabeza para que reproduzca los demás audios. El inspector pincha en el siguiente y cierra los ojos un instante para evitar distracciones de alrededor.

— Quedemos en el parque del Manzanares; mi hotel está cerca . Mándame ubicación cuando estés allá. Te llevo los billetes. Te regresas a casa .

—¿Tenemos identificación de la voz? —pregunta Líam al técnico que se mantenía en línea.

—No directa —responde el técnico—; pero el archivo está cifrado con un protocolo corporativo. De los grandes. ¡Muy grande!

El jefe de la Interpol se pone en pie.

—¿¡Metadatos!?

—Bueno, el audio fue reenviado tres veces —continúa el técnico—. El último salto sale de una fundación pantalla. Sin sede física clara —especifica.

El inspector aprieta la mandíbula.

—¿Nombre?

El técnico duda un segundo.

—Aparece vinculado a una red de inversión extranjera… y a una especie de laboratorio biotecnológico o algo así.

Lambert y el inspector se miran.

—Gracias, Garay. Hazme saber todo lo que encuentres —añade Ferrero.

—¿Ves? El novio no murió por amor precisamente —dice el jefe de Interpol—. Murió porque no estaba previsto que esa pieza siguiera ahí.

—Y… porque alguien pensó que tal vez sabía demasiado —insiste Líam.

—Exacto. Este es un alfil —responde Lambert, volviendo a sus listados.

—Ya, la partida de ajedrez —comenta el inspector, bajando también la cabeza a sus papeles—. ¡Espero que no nos quedemos sin piezas!

—¡En fin! Ahora tenemos homicidio, secuestro en grado de tentativa, obstrucción a la justicia… y una cadena de decisiones qu e no pueden sostenerse solas —dice Lambert, pensando en voz alta.

—¡Lo tengo! —Líam señala un nombre con el marcador amarillo y mira a Lamber.

—¿Qué es?

—Derek Salazar —lee en voz alta el inspector— ¿Coincidencia de apellidos?

—¿Asiento contiguo? —pregunta Lambert.

—Edgar Liceaga.

—¡Bingo! —Lambert se afloja el botón del cuello de la camisa—. Comprueba de nuevo que efectivamente no han salido del país y ya los tenemos.

—¿Crees que el padre está detrás de todo esto?

—Estoy absolutamente seguro —asevera—. Llevo años detrás de ellos y ahora todo cuadra.

Además —dice sonriendo y girando el portátil hacia Líam—.

Cyber ha desencriptado el micro y me acaba de enviar nombre y foto de la huella parcial: Edgar Liceaga.

¡Compañero de viaje de Derek Salazar! Y… yo no creo en las coincidencias —añade.

—¡Los tenemos! —exclama el inspector.

—Bueno, primero hay que cogerlos —contesta Lambert—, pero con esto, mi equipo revisará las cámaras del aeropuerto en busca de la parejita.