El Prototipo Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Llevarla al punto de extracción. Para sacarla del país, creo. Sacarla viva antes de que pudiera recordar lo suficiente. Antes de que alguien pudiera hacerle preguntas incómodas .

—¿Punto de extracción? —interrumpe el Lead.

—Una ambulancia esperaba abajo. Saliendo por el montacargas.

—Pero… había otra persona que también trataba de llevársela por el montacargas —añade Líam.

—¿En serio? —pregunta extrañado—. Pues yo no sé nada de eso.

—¿Tratas de encubrir a alguien? ¿Al celador quizá? —pregunta dándole una pista.

—Para nada —responde, seguro de sí mismo—. Siempre trabajo solo. Ya se lo he dicho. Mi cometido era llevarla hasta la ambulancia y fin del trabajo.

El inspector mira finalmente a Lamber. Se retira un poco de la mesa, como cediéndole el turno de preguntas, mientras se repeina el cabello hacia atrás con los dedos y deja las manos cruzadas tras la nuca.

—¡Vale! ¿Quién organizó todo? —interviene el Lead.

El hombre duda. No tanto por miedo como por cansancio.

—Un tipo con acento… mexicano, creo.

El agente de la Interpol cierra los ojos un instante. Apenas un parpadeo lento de un par de segundos.

—¿Motivo?

—¿Protección? —dice el tirador, casi con burla—. ¿Control? ¡Llámelo como quiera! No sé. Yo no pregunto. Cuanto menos sepa, mejor.

El silencio se hizo eco de nuevo en la habitación.

—Él se encargaría de ella. Yo solo iba a colaborar en el traslado —añade unos segundos después—. El resto no me incumbe. Pero insistió en que no tuviera ni un rasguño.

El inspector apoya ambas manos en la mesa .

—¿Y los disparos entonces?

—Para forzar el caos. Ustedes aparecieron antes de tiempo. Tuve que cambiar el protocolo. Improvisar. —Alza la mirada.

El jefe de la Interpol recoge las fotos y cierra la carpeta.

—Nombres —dice con el semblante severo—. ¿Quién más está implicado? ¿Los conoce?

El tirador niega con la cabeza.

—¡Otra vez! No – lo – sé —dice silabeando—. Yo no veía caras. Solo escuchaba. Y cuando él hablaba… —sonríe de medio lado— no hacía falta preguntar.

El inspector lo mira fijamente.

—¿Decía algo en concreto? —interviene.

El hombre tardó en responder.

—Siempre termina igual —dice—. Como si fuera una broma privada.

—¿Qué decía? —pregunta la Interpol.

El tirador traga saliva.

—Que hay dos formas de contar estrellas, respirando… o en un silencio infinito.

Nadie habla durante varios segundos. Lambert se pone de pie y es el primero en apartarse de la mesa.

—¡Ya está bien! —exclama—. ¡Llévatelo al calabozo!

«¿Habrá topos entre el personal? ¿Qué fue lo que vio Izel, que le impactó tanto como para desmayarse?

¿Tan peligrosos son? ¿Quién tiene acceso a toda la información?

En el hospital saben más de lo que dicen, pero…

¿quiénes son?», piensa el inspector Ferrero, mientras se lleva al preso de vuelta al calabozo.

Un rato después de llevárselo, regresa a la salita.

—Llama a una unidad de rastreo y a los de informática —dice Lambert, mirando a Líam—.

Quiero cada centímetro de ese hospital barrido y tú…

extrae el micro de la mesa con cuidado. Primero —ordena— quiero ver ese artilugio que se me pasó y luego, que lo analice la científica hoy mismo.

Te espero aquí revisando cosas. Ahora sabía que el peligro nunca había venido de fuera y que siempre la habían cuidado.

∆∆∆

—Aquí está —dice el inspector, dejando una caja sobre la mesa como si pesara más de lo que pesaba en realidad.

—Sáquelo —ordena Lambert.

El inspector se pone los guantes y extrae una bolsa transparente antiestática, etiquetada como «prueba».

—Bajo la mesa ovalada de la sala de reuniones —dice, sujetándola en el aire—. Ligeramente desplazado hacia la cabecera.

Lamber, se pone los guantes también, lo extrae con cuidado y lo examina.

—Adhesivo industrial, sin cables… ¿qué medirá?

—Apenas 25 o 30 milímetros.

—Extraplano y… ligero —añade, mientras lo hace saltar varias veces en su mano—. Que lo analice el experto en tecnología; a ver qué puede decirme.

—Ahora mismo lo llevo y le meto toda la prisa que pueda —dice Líam.

Al cabo de tres cuartos de horas, el experto se presenta en la sala de briefing con un breve informe preliminar, para hacerle una consulta a Lambert.

—Señor… Soy el perito informático forense .

—¿Ya lo tienen?

—No, señor —dice, mostrándole la bolsa antiestática en la que les habían entregado el dispositivo.

—Pues dígame entonces.

—Señor Lambert, se trata de un micrófono modelo AURIX NØMADA–S, fabricado por una empresa pantalla tecnológica ubicada en Tallin —anuncia—. Tiene un diámetro de 28 mm, un grosor de 3.2 mm y pesa unos 9 gramos.

—Vale —dice el Lead—. Y… ¿eso es todo lo que averiguaron en casi una hora?

—No, es que el problema reside en sus características técnicas.

—Lo siento. No le sigo.

—Pues que es un micrófono MEMS direccional múltiple, capaz de reconstruir voz por vibración de superficie y transmite en ráfagas cifradas vía red celular IoT [16] de baja potencia, lo que hace que sea difícil interceptarlo y analizarlo.

—¿Ráfagas cifradas? —cuestiona Lamber.

—Si. Transmite por lotes de información. No transmite audio de forma continua sino por lotes.

—¿Lotes de información?

—Sí, señor. Envía paquetes breves, cada 20 o 30 segundos, y luego se para. No emite todo el rato. Hace paradas cuando hay silencio y se activa al detectar la vibración de la voz a través de las superficies…

—Vale, vale —interrumpe el jefe de la Interpol—. Pero, ¿cuál es la dificultad exacta que tienen?

—Es tecnología puntera, señor. Y… aunque he hallado un modelo similar que utilizan en la unidad de tr ansmisiones del ejército de Estados Unidos, este tiene un microcondensador de autodestrucción térmica parcial que borraría la memoria si se manipula incorrectamente.

—Ya veo —dice pensativo, mientras mira el dispositivo negro a través de la bolsa—. Y no tienen cómo abrirlo con los medios de que disponen, ¿no?

—Señor —interviene el técnico—, he estado trabajando en el volcado y desencriptación del dispositivo, pero sin suerte.

Un análisis profundo requeriría abrirlo en un entorno controlado para evitar la activación del mecanismo térmico interno y eso…

—duda unos instantes en si decirlo— no estoy seguro de poderlo hacer.

Necesitaría de un analista criptográfico forense o un técnico en ciberinteligencia.

—¡Entiendo!

—Lo siento, señor. Un análisis forense digital no es suficiente.

Lamber, decepcionado por el tiempo perdido, mira al perito y luego saca su teléfono del bolsillo dispuesto a marcar.

—No se preocupe. Lo solucionaré con nuestro especialista en inteligencia cibernética en Estados Unidos, aunque esperaba saber quiénes están detrás de esto en menos tiempo; la verdad.

—Me disculpo de nuevo, señor.

—¿Y huellas? —pregunta, antes de que se marche.

—Nada útil —contesta—. La superficie es nanotexturizada.

—¿Repele la grasa?

—Eso es; repele la grasa de la piel —confirma—. Hemos usado vapores de cianoacrilato, luz forense multiespectral, polvo magnético negro y fluorescente, hisopado para ADN de contacto… —dice el perito, tratando de justificarse .

—¿Sin resultado? —interrumpe Lambert, al ver que se extendía demasiado.

—Exacto señor. Solo hemos obtenido fragmentos incompletos; demasiado pequeños y sin puntos de coincidencia.

Finalmente, el dispositivo desaparece dentro del maletín gris con una nueva etiqueta roja puesta por Lambert. A partir de este momento, se convierte en un asunto internacional.

Inmediatamente después de que desaparezca el perito, Lambert habla con Cyber.

—Sí. Te envío el dispositivo por valija exprés…. Eso es… Que lo pasen por AFIS [17] y luego por ABIS [18] ... Quiero una huella y una cara… Sí, para ayer… Gracias, Cyber.