Capítulo 16 #2
—Otra cosa, Phil. Localízame en las bases de datos a un tal Sasha Reyes.
Multas de tráfico, drogas, antecedentes criminales…
Comprueba si está fichado. Y localízame propiedades, alquileres, cualquier cosa a su nombre…
Indaga en los alrededores del lugar del accidente y busca también un contrato a su nombre en empresas de seguridad.
Si necesitas algo específico de aquí, cuenta con Ferrero.
—Sí, Lead.
—¡Ah! Podría ser gay. Organízate con él para buscar en los clubes de ambiente donde suelan reunirse; a ver si le localizáis o encontráis algún cabo del que tirar.
—Me pongo a ello, señor.
—Entra en la frecuencia de la policía local y repórtame cualquier incidente delictivo relevante que ocurra.
—¿Relevante, Lead?
—Sí. Peleas con armas, revueltas que requieran de la intervención policial…
—Claro, Lead.
—Coordínate con el Equipo Interpol Madrid si con Ferrero no basta. Enseguida te envío el enlace local.
—Sí, Lead.
∆∆∆
En la habitación trescientos doce, Irune espera el regreso de su madre cuando asoma la cabeza por la puerta el inspector Líam Ferrero, tras golpear un par de veces con los nudillos.
—Hola, ¿se puede pasar?
—Depende, ¿quién es usted?
Líam se adentra en la habitación cerrando la puerta tras de sí. Irune se agarra a las sábanas con temor mientras le mira fijamente.
—Tranquila —dice, levantando las manos a la altura del pecho—.
Soy inspector de policía. Estuve ayudándote en el tiroteo que hubo en el pasillo.
—Saca la placa de identificación y se la muestra—.
¿Me recuerdas? Me lancé sobre ti. Bueno, luego te empujé con los pies para alejarte del tirador y que pudieran ponerte a salvo los demás agentes.
—¡Ah! Entonces… tú eres el que me aplastó y luego me dio la patada. Creo que algo de eso sí recuerdo —dice, esbozando una sonrisa—. Aún me duelen las costillas.
Se hace el silencio y Líam aprieta los labios mientras la mira.
—Lo siento. En ese momento…
—Gracias —dice tímidamente—. Había… mucho jaleo y yo… estaba muy asustada, pero… —añade, entrecortando las frases y mostrándose insegura—. Es que recuerdo trozos sueltos y… no acabo de encajar todas las piezas. Es… como si fuera un puzle donde nada tiene demasiado sentido.
—Ya me imagino; fueron momentos muy difíciles y… No pasa nada si no recuerdas todo —dice moviendo las manos—. Por cierto, soy amigo de tu madre —añade—. Estaba con ella justo antes de que pasara todo aquello.
—¿Le envía mi madre? ¿No va a venir?
—No, no, no. No es eso —niega, tratando de tranquilizarla—. Es que quería verte desde hace varios días, pero… entre unas cosas y otras… no hubo ocasión —Líam no entiende por qué se está poniendo tan nervioso al hablar con ella .
—¡Ah, ya! No le dejaron entrar.
—Bueno, algo así —responde, sin más explicaciones—. El caso es que… soy uno de los policías que se ocupa de la investigación y tengo que hacerte algunas preguntas. ¿Podemos tutearnos? Debemos tener edades parecidas…
—Sí, sí, claro. Sin problema —dice, mientras el rubor le sube a las mejillas y retuerce las sábanas sin darse cuenta—. Nos tutearemos —afirma—. Pero ¿qué preguntas quieres…?
—Tranquila. Otro día. Es que andaba por aquí… —se excusa—. Hoy solo vine a verte y a… presentarme. Mañana vuelvo, si te parece, y vamos viendo cómo te encuentras, qué recuerdas...
—Vale. ¡Mejor! —exclama, liberando un suspiro—. Es que… dicen que no puedo fiarme de mi memoria por ahora y tampoco sé aún en quién puedo confiar… pero usted, digo… tú pareces buena gente.
— Mira, te voy a dejar mi tarjeta —dice sonriendo y metiéndose la mano en el tres cuartos para darle una— y si, de repente, recuerdas algo del incidente que te trajo hasta aquí o de quién te disparó… pues me llamas.
—Vale.
—¿Tienes móvil?
—Sí. Me lo dieron, pero… como no recuerdo nada de mi vida de antes… estaba esperando a mi madre para mirarlo —comenta, bajando la mirada al tiempo que sus ojos se llenan de lágrimas—. Por si hay cosas que veo…
—Sí, sí. Eso está bien —interrumpe Líam, observando fijamente los ojos de aquella joven que le devuelven la mirada como si fuera un pajarillo indefenso—.
Y no te preocupes por nada, que he prometido a tu madre que te iba a proteger; así que relájate y descansa.
—Se hace un breve silencio en el que los dos se miraban sin saber qué más añadir para continuar conversando—.
Bueno, tu madre no puede tardar —añade finalmente como despedida.
Da algunos pasos hacia la puerta y, justo antes de llegar se gira.
—Irune, llámame cuando lo necesites, no solo si recuerdas algo, ¿vale? Considérame… un amigo —dice, tras dudar unos instantes.
—Lo haré —contesta educadamente ella, mientras se seca una lágrima que rueda por la mejilla.
En esos momentos de frustración, dolor y soledad, lo cierto es que tener un amigo es exactamente lo que necesita. Aunque aún no sabe si confiar en él plenamente, su intuición le dice que es sincero.
∆∆∆
La sala de interrogatorios de la comisaría central era pequeña, de paredes blancas y tenía una cristalera que no dejaba ver lo que había del otro lado. Una cámara con pie, enfocando a la mesa, registraría todo lo que allí se dijera.
El tirador permaneció allí, solo e incomunicado, durante una hora y media; como estrategia policial para pillarlo cansado de esperar.
Estaba sentado en una incómoda silla de madera.
Tenía las manos esposadas, ocultas bajo la mesa, un apósito mal puesto sobre la ceja derecha y un moratón en la mejilla contraria; testigos silenciosos del forcejeo del día anterior en el pasillo del hospital y de su posterior detención.
Lambert y Ferrero entraron en la sala. El primero se sentó frente al detenido; traje oscuro y una expresión neutra mil veces ensayada.
Como si aquello no fuera algo personal, sino un interrogatorio más; aunque, en su interior, sentía el alivio de haber encontrado por fin un cabo del que tirar si hacía las preguntas adecuadas.
Mientras, Líam permaneció de pie, detrás del detenido, apoyado en la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho.
Observando. Dispuesto a intervenir si llegaba el caso.
Después de una hora de interrogatorio aquello parecía no avanzar. Lambert estaba frustrado y el inspector visiblemente nervioso; resoplando y mirando su reloj a cada rato.
—Vamos a hacerlo fácil —dice el Lead—. ¿Te das cuenta de que disparaste en un hospital lleno de gente y apuntaste a la sien de un inspector de policía tras agarrarlo por el cuello?
¿Cómo te enteraste de los movimientos de traslado de la paciente?
Eso no es improvisación. ¿Quién te manda? ¡Habla de una vez o…!
—O… ¿qué? ¿Me hará contar estrellas también? —dice el sujeto, esbozando una sonrisa de medio lado.
Líam sale de detrás y da un puñetazo en la mesa que lo pilla desprevenido.
—No disparé a matar, ¿vale? —dice de repente el presunto criminal.
—Pues heriste a un agente —contesta el Lead acercándose a él, asomando medio cuerpo por encima de la mesa.
Lambert mira de reojo al inspector, respira profundo y vuelve a mantener su compostura.
—No te pagaron para eso, ¿verdad? —responde el inspector, hablando por primera vez y tirando hacia atrás de la cabeza del preso, al que sujeta por el pelo—.
¿Para qué te pagaron? ¿ Para raptarla? ¿Para crear un revuelo y facilitar una salida a tu cómplice?
¡Contesta! ¿Para qué? —pregunta gritando cerca de su oído.
Se hace un silencio tenso y Líam lo suelta.
—Yo trabajo solo. No tengo cómplices —dice el detenido.
—¿No? Y qué me dices del celador que salió huyendo por patas al ver que no podía llevársela —dice Líam, moviéndose luego hacia el otro lado de la mesa y situándose junto a Lambert.
—Yo de eso no sé nada.
El Lead desliza entonces una carpeta por la mesa, la pone frente al individuo y la abre.
—Te arrestamos en el pasillo cuando intentabas impedir el traslado de la paciente —afirma Lambert, mientras esparce sobre la mesa las imágenes sacadas de las cámaras del hospital—.
Sabías exactamente a qué hora, por dónde, y quién la escoltaba —insiste, golpeando con el dedo cada foto—.
Demasiada precisión para un sicario que trabaja por su cuenta.
El tirador baja la mirada un segundo, se hace un breve silencio y el Lead insiste de nuevo.
—¿Quién te dio la información? ¡Estás colmando mi paciencia!
—No fue información —corrige el hombre—. Fue acceso.
El inspector, mirándole de frente, se acerca al reo por encima de la mesa.
—¿Acceso a qué? —le grita en su cara—. ¡Habla de una vez!
El detenido levanta la vista y los mira a los dos.
—Acceso a ustedes, ¿vale? A ustedes.
El jefe de la Interpol no reacciona, pero toma el relevo de las preguntas.
—Explícate .
—Yo sabía los movimientos antes de que ocurrieran. Los cambios. Las reuniones. Las decisiones —dice el tirador—. Alguien se aseguró de que yo escuchara lo que ustedes hablaban.
El inspector inclina la cabeza para mirarle.
—¿Cómo?
El hombre, vencido, cansado tras varias horas de interrogatorio, suelta el aire que retenía en sus pulmones con un largo suspiro.
—Micrófonos. Pequeños. De contacto. Debajo de la mesa —va diciendo a trozos.
Lambert se queda inmóvil.
—¿Qué mesa? —pregunta, intuyendo ya la respuesta.
—La suya en el hospital —dice el tirador—. Desde la que daba instrucciones. No la revisó, ¿cierto? —añade con una sonrisa sarcástica y mirándolo directo a los ojos.
El silencio cae como una losa sobre su orgullo. «¿Cómo no revisé la mesa? ¡Error de principiante!», piensa Lambert.
El inspector habla despacio, tratando de evitar mirar hacia el Lead.
—¿Quién los colocó?
—Yo no —respondió el hombre—. Yo solo recibía los audios. Ubicaciones, ventanas de tiempo, número de agentes, tipo de protección, caminos posibles... El objetivo nunca fue matarla.
—Entonces, ¿cuál era? —pregunta.
El tirador aprieta con fuerza los labios antes de decidirse a responder.