Capítulo 16
L ambert había detenido los interrogatorios en cuanto se confirmó la amenaza y comenzó el caos.
Por la tarde, tras comprobar que Moreau estaba relativamente bien, retomó su actividad.
La señora Arnaiz, por su parte, sufrió un ataque de ansiedad cuando les impidieron, a Vera y a ella, acceder a la tercera planta a causa de un tiroteo.
Irune, por supuesto, fue atendida tras el incidente de la mañana.
Le administraron calmantes y restringieron las visitas para que pudiera descansar.
Para alguien que acababa de despertar de un coma, aquel caos flotaría en su cabeza durante varios días; como una pesadilla que no sabría bien cómo gestionar.
Serrano se marchó a casa y durmió a pierna suelta, por fin, más de seis horas seguidas.
Clara, repuesta del susto, aún tuvo que hacer su turno de veinticuatro horas; hasta que Serrano se incorporó al día siguiente.
A pesar de su dilatada experiencia, ese fue uno de los días más duros de su vida; pero como una gran profesional que era, aguantó el tipo, se tomó unas cuantas tilas, fingió tranquilidad y vigiló a la paciente de cerca.
Entendiendo que el peligro era muy real, entraba a la habitación cada treinta minutos y no se separaba del control hasta que su vejiga hacía saltar la alarma de «inundación inminente».
A las ocho de la mañana, antes de que finalizara su turno, la enfermera entró a la habitación junto al intensivista y al neurólogo.
—¿Qué tal te encuentras? —pregunta Beltrán
—Bien, supongo.
—Echando la vista atrás, ¿qué recuerdas ?
—Lo de ayer. Los recuerdos de lo de ayer se mezclan en mi mente cuando cierro los ojos —dice, girando su cara hacia la ventana para disimular unas lágrimas que resbalan por su mejilla sin poderlas contener.
—Tranquila, no te agobies —le dice el intensivista, comprensivo—. Aún es pronto.
—¿Sabes? —comenta Beltrán, queriendo animarla—. Que recuerdes algo de lo de ayer es una muy buena noticia.
—¿Usted cree? —pregunta, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano que no tiene la vía.
—Sí. Significa que el pasado inmediato ya se está fijando en tu memoria reciente y creando recuerdos —comenta, a pesar de saber que aquello no significa demasiado por ahora.
—Es cierto —apunta Zarca—. Creo que esto podría hacer que la memoria vaya viniendo poco a poco. ¿Verdad? —añade, mirando a Beltrán.
—Eso espero —comenta Irune—porque…
—Oye, Irune —dice de repente Beltrán—. ¿Recuerdas si tenías novio?
—¿Novio? —pregunta, extrañada.
—Sí, novio, novio —repite Clara, sonriéndole y arrugando la nariz, como si intercambiara confidencias con ella—. Un chico bien parecido… —inventa, a partir de lo que le comentó el inspector que debía decir—. Sasha, creo que dijo en recepción.
—Sasha… Sasha… El nombre me quiere sonar, pero… no recuerdo. ¿Preguntó por mí? ¿Por qué no vino a verme?
—Bueno —dice, mirando a los doctores y dudando de cómo continuar—. Es que… ayer tenías restringidas las visitas .
—Ya, pero… ¿cómo voy a recordar si no veo a nadie que estimule mi memoria? —Y gira de nuevo el rostro hacia la ventana.
—Bueno, tranquila. Ya volverá. Por cierto, casi se me olvida —dice, captando de nuevo la atención de la paciente—. Me acaban de comunicar que vas a tener una visita especial. —Lo comenta bajando la voz y acercándose a su rostro.
—¿¡Quién!? —pregunta con interés.
—No puedo decírtelo. Tenemos que ver si reconoces a esa persona.
—Vale. ¡Qué nervios! Es como si fuera a hacer un examen.
—¿Te ponías nerviosa para los exámenes? —pregunta Beltrán.
—Supongo que sí, porque me ha salido sin pensarlo. —Sonríe.
—¿Ves? ¡Es un principio! —exclama Clara.
—Nosotros nos vamos —comenta Zarca, incluyendo en ello al neurólogo—. Mañana pasará el doctor Beltrán a ver cómo vas, ¿de acuerdo?
En ese momento, se abre la puerta de la habitación y, al tiempo que salen los doctores, entra Vera, el director, seguido de Izel Arnaiz.
—¡Mamá!
—¡Irune! ¡Hija mía, qué alegría! ¿Cómo estás, mi cielo? Me dijeron que no recordabas nada. No te imaginas lo preocupada que me tenías por el incidente de ayer. —Izel habla sin dejar de besar a su hija entre frase y frase.
Irune, desbordada por todos los acontecimientos, rompe a llorar desconsolada. Su madre la abraza con sumo cuidado. Clara, que presencia el encuentro, sonríe complacida .
Vera quiere darles algo de intimidad durante unos minutos y, llevándose del brazo a Clara, sale al pasillo y aprovecha para preguntarle sobre la evolución de la paciente. Luego, regresa de nuevo a la habitación.
—Bueno, señora Arnaiz. Ya ha visto a su hija.
—Puedo quedarme, ¿no?
—Sí, claro. Supongo que no habrá inconveniente, pero aún tiene que contestar algunas preguntas. ¿Recuerda? —dice levantando una ceja.
—Sí. Lo recuerdo; aunque tengo poco que contarle a ese señor Lambert.
—Bueno, pero ahora debe acompañarme. Luego puede quedarse aquí cuanto quiera.
—Vale. Le tomo la palabra. Cuanto antes terminemos con esto mejor para todos. No irá a cambiarla de nuevo en cuanto me vaya, ¿no? —comenta, sarcástica.
Vera ladea la cabeza y eleva otra vez la ceja, poniendo gesto serio.
—Mamá, ¡no te vayas!
—Tranquila cariño. Es un momento y en seguida vuelvo. Tenemos mucho que contarnos.
—¡Bueno! Pero no tardes, por favor.
—No, no lo haré; lo prometo. —Y mira de reojo a Vera.
Ya a solas en la habitación, la joven se queda mirando hacia la ventana sin saber aún que su vida ha cambiado para siempre. De momento, solo recuerda su nombre… y el rostro de su madre. Todo lo demás, son incógnitas que de be despejar.
∆∆∆
Sin descanso, sin ni siquiera tomarse un receso para comer, Lambert fue interrogando, uno a uno, a todos los que no pudo ver antes del incidente en la tercera planta y que habían estado en contacto, aunque solo fuera unos minutos, con Irune Salazar Arnaiz.
Cabe decir que obtuvo poca información. Sobre todo, de Izel; de quien esperaba poder sacar bastantes datos interesantes y a la que no hubo manera de persuadir. A pesar de que la había acorralado contra las cuerdas en varios momentos, ella siempre se salía por la tangente.
—Es usted un hueso duro de roer —comenta Lambert.
—Solo soy una madre que protege a su hija. Si quiere información averígüela usted. Ese es su trabajo. El mío, en estos momentos, es ejercer de madre.
—Mire, sé que usted está metida en este entramado hasta el cuello.
Sé que sabe mucho más de lo que me cuenta y sé que está protegiendo a más gente además de a su hija.
Y lo demostraré —añade, mirándola fijamente a los ojos y apuntándola con el dedo de manera inquisitoria—. No me venga ahora de madre perfecta.
Izel Arnaiz le sostiene la mirada sin pestañear, y sin mover un solo músculo de su cara, durante unos segundos. Luego, Lambert desvía la vista hacia la pantalla del ordenador y prosigue.
—No ponga esa cara. Sé que usted es cómplice de llevar a término un embrión manipulado genéticamente y averiguaré hasta dónde más se extiende su responsabilidad.
—Pues empiece primero por averiguar por qué le dispararon a mi hija y quién intentó matarla ayer en este mismo hospital, y estando usted en las instalaciones, en vez de remontarse tan atrás en el tiempo—responde ufana—. Están pasando cosas ahora y nadie hace nada por averiguar.
—Y… ¿qué cree usted que está pasando? Ilústreme.
—Eso es lo que alguien tendría que investigar antes de que sea tarde, pues parece que la policía ya no va a hacerlo.
—¿Y eso cómo lo sabe usted?
—Me lo dijo el inspector que llevaba el caso. Por lo que parece, lo han relevado.
—Eso no es del todo así —puntualiza Lambert—. Cierto que ahora yo me ocupo de todo, pero el inspector Ferrero y la comisaría a la que pertenece están colaborando conmigo.
—Pues no sé si me deja más tranquila porque… aquí hay demasiados jefes para tan pocos obreros —responde—. El que disparó a mi hija está en la calle, campando a sus anchas, mientras usted me acribilla a preguntas y suposiciones de un pasado muy lejano.
—¿Suposiciones? Señora Arnaiz, son hechos en los que llevo años trabajando y no suposiciones —responde—. Apuesto a que usted sabe mejor que yo lo que sucede. Por eso le pregunto.
—¡Ya! —exclama—. ¿Hemos terminado? ¿Me puedo marchar para estar con mi hija?
—¡De momento! —añade, mientras cierra su ordenador—. Por cierto, ¿Tampoco sabe si su hija tenía novio?
—Sí lo sé. ¿Se lo ha dicho el inspector?
—Sí. A él también he interrogado —asiente.
—Sasha. Sé que se llama Sasha y que es bastante rarito para mi gusto.
—Defina «rarito »
—No sé. Es… mi impresión personal —titubea—. Es poco hablador y… para mí que es gay.
—¿Tiene algo contra gais y lesbianas, señora Arnaiz? Tal vez… ¿es usted homófoba, señora Arnaiz? —dice con cierto retintín.
—No. No lo soy.
—¿Entonces?
—Que… si fuera gay, no sé qué haría de pareja con mi hija. Sería raro, ¿no?
—Sí —asiente, dándole la razón—. Sería raro. Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por su colaboración.
—¿Puedo marcharme ya?
—Sí —comenta pensativo—. Se puede marchar de momento. Voy a andar por aquí un tiempo así que no descarto llamarla más adelante. No salga de la ciudad hasta nueva orden.
—¡No lo haré! ¡Ya sabe dónde estoy! —dice dirigiéndose a la puerta malhumorada.
—Disculpe, ese Sasha… ¿tiene apellidos? —pregunta Lambert.
—Reyes, creo recordar —responde ella, con la puerta entreabierta y sin volverse.
—Gracias.
∆∆∆
Lambert coge su teléfono y pulsa la tecla número tres. Apenas suenan un par de tonos y su hombre de confianza en Lyon responde.
—Lead, ¿cómo está Mor?
—Consciente y fuera de peligro —responde.
—Me alegro, señor.
—Cuando le den el alta volverá a Lyon. Organiza el traslado —ordena.
—Sí, Lead.