El Prototipo Capítulo 15
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Capítulo 15

L íam apoya los codos en la barra y sumerge la cabeza entre sus brazos mientras resopla. De acuerdo con lo prometido a Izel, está a punto de pedirse otro café para hacer tiempo cuando le entra una llamada con número desconocido.

—Inspector Ferrero, ¿dígame? —responde.

—¡Aló! Señor Ferrero, soy Arnold Lambert; de Interpol.

—Dígame —dice, enderezándose de golpe—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Seré muy breve. Cuando nuestra agencia interviene en cualquier país, la costumbre es colaborar con activos locales y usted va a trabajar como activo doble en el caso de la joven Irune Salazar Arnaiz.

—Sí, bueno, algo me adelantó el comisario Gómez hace un momento, pero supongo que tendrá que darme más detalles de porqué tienen interés por este caso, ¿no?

—Eso tendrá que esperar —comenta con urgencia en la voz—, pero puedo decirle que hay peligro de fuga de información sensible de alto nivel estratégico y que la joven Salazar Arnaiz es una pieza clave.

—¿Qué tan importante es la seguridad de esa joven? He estado hablando con su madre y…

—Señor Ferrero, no es momento de seguir preguntando. Hay gente muy poderosa detrás de esto y el objetivo parece ser la neutralización o la recuperación.

—¿¡Asesinato o secuestro!? —traduce, sorprendido.

—Eso pensamos. Hasta ahora no había estado expuesta. El coma hacía que estuviera aislada y vigilada; pero ahora …

—Perdone, señor. Ni sabía que ya no estaba en coma. Es que así de repente todo…

—¡Señor Ferrero! —interrumpe Lambert, disgustado—. Le aseguro que no hay tiempo que perder. Es hora de pasar a la acción. Tengo dos activos camuflados entre el personal del hospital. Llegado el caso no se equivoque.

—Sí, señor. ¿Cómo reconoceré a su gente?

—Le envío unas fotos.

—Las tengo —dice, despegándose el móvil de la oreja para mirar la pantalla y volviéndoselo a poner en la oreja—. ¿Qué quiere que haga exactamente?

—Vigílela de cerca. Tiene cinco o diez minutos. La van a trasladar a la tercera planta. Habitación trescientos doce. —puntualiza Lambert—. Asegúrese de que acaba en la habitación correcta y sin incidentes.

—¿Desde dónde la trasladan? ¿No sería mejor acompañarla en el recorrido?

—Usted ocúpese de esperarla en la tercera planta y no haga ni preguntas ni sugerencias —dice algo molesto—. No quiero pensar que me he equivocado con usted.

—No, señor. Digo… sí, señor.

—He pedido un par de refuerzos al comisario Gómez hace quince minutos. Por la información de que disponemos, más vale prevenir —añade Lambert.

—De acuerdo, señor. Voy para la planta de inmediato.

En cuanto termina la conversación, guarda el teléfono en el bolsillo interior y apoya, instintivamente, su mano izquierda sobre la IWB [15] que cuelga de la cadera, algo retrasada, oculta bajo el chaquetón tres cuartos.

Todos sus músculos se tensan por un instante.

Sin quitar su mano de la funda, sale con paso ligero y llama el ascensor de público que, para colmo de males, va parando de planta en planta mientras baja desde la sexta.

Líam sube en la planta cero, junto con seis personas más, y pulsa el botón de subida.

Al llegar por fin a la tercera, se abre paso para salir.

Trata de adoptar una postura relajada, pero en realidad se prepara para actuar; por si el peligro es tan inminente como sospecha Lambert.

Ya fuera del ascensor, con el pulgar libera el seguro de la funda mientras las palabras de su padre resuenan en su cabeza: «Un buen inspector no desenfunda pronto; uno vivo, tampoco tarde».

∆∆∆

En el box cifrado, el teclado numérico de acceso restringido sigue en rojo.

A su lado, vestido de policía, field Mor mira nervioso su reloj.

Dentro, intensivista y enfermera observan cómo la paciente lucha contra el sopor de la anestesia residual.

Clara le da unos golpecitos suaves en la mejilla y la joven parpadea.

Primero una vez. Luego otra y otra... Parece que sus párpados lucharan contra de su voluntad de mantenerse en el plano real.

La somnolencia gana la partida, a pesar de que ha coordinado algunas respuestas a varias preguntas básicas formuladas hace apenas unos minutos.

Minutos después, sus ojos tardan en enfocar; como si el mundo hubiese decidido llegarle con retraso.

—Ya despierta otra vez —comenta la enfermera sin levantar la voz.

—Retirada completa de goteros —ordena el doctor Zarca.

Clara mira extrañada al intensivista.

—Se los ponemos en la habitación. Son órdenes de arriba, yo tampoco lo entiendo —contesta mirándola y haciéndole una mueca de medio lado con la boca.

—De acuerdo.

—Cinco minutos y la trasladamos —añade tras mirar la hora.

—Sí, doctor.

Clara retira la medicación, dejándole únicamente la vía. Poco después, unos golpes en el cristal del ojo de buey de la puerta llaman la atención de ambos. El intensivista hace una señal con la cabeza.

—Es la hora. Acompáñalos —le dice a ella—. Ficho y te veo en la planta antes de irme.

∆∆∆

Mientras, el hospital continúa con sus rutinas habituales: camillas transitando los pasillos, el rodado de carritos de medicación entrando y saliendo de las habitaciones, pasos apresurados de aquí para allá…

El murmullo constante de un lugar que nunca descansa.

Field Bern no ha logrado sustituir al celador y así se lo comunica a Lambert.

—Lo siento Lead —se disculpa—. Pero voy con bata blanca. Estoy en el montacargas. Los acompañaré y subiré hasta la cuarta planta, como si compartiera ascensor. Luego bajo una planta por las escaleras.

—Sí, sí. Perfecto. Ahora deja la línea en silencio, que están todos los micros abiertos —le ordena el Lead.

Lambert y los activos, nacionales e internacionales, están en alerta; cada uno con su cometido y en conexión remota a tiempo real.

Cyber, desde los Estados Unidos, se acerca a la pantalla de su ordenador y presiona uno de los cascos para centrar su oído en identificar algo extraño.

—Lead —murmura—, detecto un pulso de datos. Bajo ancho de banda. Proviene de ella.

La bio, Yin Yuen, se tensa. Se acerca el micro a la boca e interviene.

—Podría ser reflejo del despertar —aclara—. El implante reacciona cuando se recupera la consciencia.

—No —responde Cyber—. Alguien está moviendo datos.

Dentro del box, la paciente intenta hablar. Apenas le sale un hilo de voz.

—¿Dónde…?

—Tranquila —responde la enfermera—. Estás a salvo.

Del otro lado de la puerta, el celador se dirige al policía que custodia la entrada al box.

—Traslado a la habitación trescientos doce —anuncia—. ¿Código?

—Yo lo tecleo —le contesta.

Field Mor introduce la clave y el teclado cambia a verde. La puerta se abre con un pitido doble. El celador entra y saluda.

—Buenos días.

—Hola, buenas. Mantenla tranquila. Respuestas simples. Nada de estímulos fuertes —ordena Zarca al celador.

—Claro —contesta él, escueto, bajando la cabeza y empezando a trastear en los mecanismos de la cama .

La camilla sale al pasillo, empujada por el celador. Unos pasos detrás van Clara y field Mor. Se dirigen hacia el montacargas. Sin embargo, desde que salen del box cifrado, algo parece no encajar.

El intensivista se marcha del box y sube por las escaleras a la primera planta para fichar su salida en la zona UCI. Por su parte, Ferrero ha llegado a planta y se dirige a la habitación para inspeccionarla.

Y, cuando las puertas del montacargas se abren en la tercera planta, el caos se desata y ocurre todo a la vez. Las luces del ala parpadean una fracción de segundo sin llegar a apagarse. Titilan. Lo justo para que el sistema se reinicie.

—¿Qué? Eso no es normal —dice el Ferrero entre dientes y asoma la cabeza al umbral de la puerta de la habitación.

El celador sale del montacargas con la camilla y se hace a un lado para que pasen Clara y Mor.

Mientras, un asistente de mantenimiento, con bata azul, aparece desde el fondo del pasillo, empujando un carro de material, en dirección al montacargas.

Nadie lo mira dos veces, como un elemento más que forma parte del entorno o la rutina.

A Líam, que observa desde el umbral, tampoco le llama la atención cuando pasa por delante; pero una rueda del carrito choca contra el zócalo por accidente un poco más adelante y la mano que sostiene con disimulo una semiautomática queda al descubierto unos segundos.

El hombre se aleja mientras Líam reacciona y se parapeta tras una columna.

—¡Al suelo! —grita entonces, disparando hacia el carrito.

En ese mismo instante, todos se detienen.

El supuesto asistente de mantenimiento pega dos tiros y el celador, Clara y Mor se vuelven hacia el montacargas; pero las puertas ya se cerraron y cinco metros los separa del pasillo transversal.

No hay dónde resguardarse. Sin embargo, los disparos no van directos a la paciente, sino al inspector y al techo.

Field Mor se coloca delante de la camilla y dispara al aire, mientras intenta ver quién es quién en ese fuego cruzado que se inicia.

Unos cuantos disparos se cruzan y Mor siente el impacto de uno de ellos en la pierna. Estaba demasiado expuesto.

Clara cubre la cabeza de la paciente con la sábana, como un acto de protección, y se agacha tras la camilla.

El celador, ataviado con la misma bata azul que el tirador, alcanza la camilla y tira de ella hacia el montacargas de nuevo; pero la fuerza con la que Clara sujeta la barra lateral le opone resistencia.

El tirador, en cuclillas, se parapeta entre el carro y la pared y se arrastra, hábilmente, hasta llegar a la altura de Irune. Luego se lanza, pero no logra asir la camilla. Desiste un instante y dispara de nuevo hacia Líam y Mor, quienes a su vez le responden.

«Necesito hacerme con la camilla aprovechando el tiroteo», piensa el celador, quien sale corriendo, pulsa el botón del montacargas y se oculta en el pasillo transversal para calcular los movimientos que debe hacer hasta recuperar a la chica.