Capítulo 14 #2
Ella se había repuesto del impacto que le supuso saber que estaba sentada con el que atropelló a su hija y que además era el policía que llevaba el caso, tras ser absuelto por Asuntos Internos.
Conocer por Líam todo lo que pasó le devolvió la confianza y, que le dijera que podía contar con su apoyo en todo momento, le hizo sentir cierta seguridad.
El tiempo pasa y ambos siguen sin noticias de Vera. Líam se levanta, como si fuera a ir al aseo, y se acerca al mostrador de la cafetería para pagar la cuenta antes de que lo hiciera Izel.
—Es usted muy amable, inspector Ferrero…
—Líam, por favor —puntualiza.
—Bueno, Líam; pero no debía invitarme.
—No se preocupe, señora Arnaiz. ¡Qué menos que agradecerle el tiempo que me ha dedicado!
—Pero… ¿no invitaba el director? —comenta con una tímida sonrisa.
—A un café sí, pero casi hemos comido.
—Claro, es cierto. Pues… muchas gracias.
—Yo se lo agradezco. Hemos tratado asuntos delicados y se ha mostrado muy comprensiva conmigo.
—No crea que le va a salir gratis mi buena disposición—dice sonriendo de nuevo y dándole unos golpecitos en la mano que Líam tenía sobre la mesa—. Se lo cobraré recurriendo a usted cuando lo necesite, inspector.
Ya se disponen a salir de la cafetería cuando suena el teléfono de Líam.
—Lo siento, es mi jefe. Tengo que cogerlo —dice disculpándose, mientras se aleja un par de pasos de ella y pulsa la tecla verde del móvil.
—Sí, jefe.
—[…terminado…]
—No, es que no localizábamos a la paciente y estamos esperando a que…
—[… ]
—¿Nos relevan del caso?
—[…]
—¡¿Cómo?!
—[……]
—Pero… jefe…
—[……]
—¿Y quién es ese Lambert?
—[…Interpol…]
—¿Trabajar con la Interpol? ¿Qué creen que saben los gabachos de lo que pasa aquí?
—[……]
—Sí, lo sé. Órdenes son órdenes, pero esto es muy raro. Figúrate que no saben dónde está la chica. Ayer estaba en coma y hoy no la encuentran. ¿No te parece que debíamos esperar a que…? —le tutea, con la confianza que tenían en privado.
—[…solo a ti…]
—Esto tenemos que hablarlo. Ahora voy.
—[……]
—Vale, vale. Espero a que me contacte. Acompaño a la madre de la chica a dirección y si no me contactan me voy a verte.
Por el tono que estaba tomando la conversación, de la que iba captando palabras sueltas, Izel sospecha que se avecinan nubarrones.
Cuando corta la llamada, Líam frunce el ceño, la mira fijamente y aprieta los labios con fuerza.
—Mmm… Señora Arnaiz —dice con tono y gesto serio—, aquí hay cosas que usted no me está contando. Es imposible que no sepa nada .
—No sé a qué se refiere —dice, haciéndose la despistada —. ¿Qué pasa ahora?
—Mi jefe me acaba de decir que la comisaría se retira del caso. Ha venido un Agente de la Interpol desde Francia para encargarse y me quiere a mí colaborando en el caso.
—¿Interpol? —interroga ella, mientras el color desaparece de sus mejillas y unas gotas de sudor aparecen en su frente.
—Sí, Interpol. ¿En qué anda metida su hija? ¿No dijo que hablaba de todo con ella? O… ¿acaso andan metidos todos ustedes? —pregunta molesto, y bajando un poco la voz, mientras se acerca a su oído.
—No lo sé, le aseguro que no sé qué quieren los de la Interpol —responde, también en voz baja, como si no quisiera que nadie se enterase.
—Estamos hablando de delitos internacionales. ¿Cómo no va a saber usted algo? —masculla entre dientes, acercándose más a ella.
—Mire, usted me cae bien; pese a estar involucrado en el accidente de mi niña.
—Ya, ¿y…? —dice, mirándola fijamente a los ojos e invitándola a responder.
—Nuestra vida ha sido algo complicada y hay cosas, sí; pero de momento no puedo revelarle nada porque así lo firmé para poder darle a mi hija una vida medio normal. ¡Hágase cargo!
—Izel —insiste, tratando de ganarse su confianza—. ¿Puedo llamarla Izel?
—Sí, por favor.
—Le hablo de manera extraoficial, porque ya no podré contarle más del caso; si hay algo que pueda hacer para ayudarlas a su hija y a usted… debe contármelo .
—Inspector Ferrero, es usted un buen hombre.
Solo le puedo decir que, si la Interpol está aquí es que ellos también lo están.
Lo que ocurre tiene que ver con unas personas que me pareció ver cuando salimos del despacho del director, pero si pensaran siquiera que he podido contarle algo…
usted y yo estaríamos en peligro. ¡No se imagina cuanto! Son capaces de cualquier cosa.
—¿Por eso casi se desmaya antes? O sea que sí. Hay cosas que no me cuenta y justifican la intervención de la Interpol —le espeta Líam, mirándola fijamente.
—¿Tiene usted hijos, inspector?
—No. Estoy soltero. ¿A qué viene eso ahora?
—Cuando tenga hijos lo entenderá. Por favor —ruega Izel, con ojos vidriosos—, no me pregunte más. Se lo suplico.
—De acuerdo. Permítame acompañarla al despacho del director a ver qué nos dicen de su hija.
—No, no —dice con voz temblorosa—. Mejor que no le vean conmigo. Ahora estoy casi segura de que están aquí. Usted es policía. Si me ven con usted yo… Por favor, váyase.
—Vale, vale. Iré al despacho después de usted. ¿Está bien?
Izel se queda pensativa unos instantes y comenta:
—Si ellos están aquí y la Interpol también, es urgente que encuentre a mi hija ya.
—Izel, tome mi tarjeta. Si necesita cualquier cosa, extraoficialmente, llámeme. A cualquier hora —insiste—. ¿De acuerdo?