Capítulo 14
E l jefe de la UBBI accedió por la puerta principal. Se acercó al mostrador de información, se presentó y pidió hablar con el director del hospital. La administrativa de recepción descolgó de inmediato el teléfono y marcó la extensión correspondiente.
—Hola Leire, llamo de recepción. Aquí hay un señor que quiere hablar con el director de manera urgente.
—Vera está ocupado —dice la adjunta—. ¿Quién pregunta por él?
—El señor Lambert —contesta—. Dice que es del Ministerio de Sanidad, del departamento de Inspección Tecnológica o algo así.
—Bueno, dile que se siente por allí y espere. Hablo con Vera a ver si puede recibirlo ahora.
Quince minutos después, Leire acude a recepción a buscar a Lamber y lo acompaña, por un laberinto de pasillos, hasta el despacho de Vera.
—Señor Lambert, ¿verdad? —Le tiende la mano, levantándose un poco de la silla, pero sin salir de detrás de su mesa de despacho.
—Sí, Arnold Lambert —dice él, estrechándosela con fuerza.
—Soy Marcos Vera, director del Hospital. Mmm… ¿Departamento de Inspección Tecnológica del Ministerio de Sanidad? —pregunta algo extrañado—. Pues usted dirá en qué puedo ayudarle —añade, señalando el sillón confidente que tenía delante de su mesa, invitándole a tomar asiento .
Lambert se sienta y gira levemente la cabeza hacia la mujer que lo ha acompañado. Luego mira a Vera mientras se reacomoda las gafas, esperando a que entienda la indirecta.
—Leire, por favor; que no nos molesten —comenta entonces Vera, captando el significado de las miradas de Lambert.
Una vez a solas, y acomodados en sus sillones, Arnold Lambert se reclina hacia atrás en el respaldo, saca su identificación del bolsillo interior de la chaqueta y la pone sobre la mesa sin decir palabra.
Vera se acerca un poco, adelantando la cabeza, para leer mejor lo que ponía.
La mira detenidamente y, con los ojos abiertos de par en par, levanta la mirada hasta encontrarse con la de Lambert.
—No entiendo nada. ¿Me puede explicar en qué podemos ayudar nosotros a la Interpol, señor Lambert? —dice, bajando progresivamente la voz, como si hablara con un espía camuflado.
—Bueno, como ve, no soy de sanidad y el hecho de identificarme ahora, y no antes, le da una idea de lo confidencial del asunto que me trae hasta aquí desde Francia —dice en un castellano correcto, pero teñido de cierto acento francés al pronunciar las erres.
—Sí, entiendo. Pero… dígame, ¿qué interés podríamos tener nosotros para la Interpol? ¿cuál es ese asunto?
—El asunto se llama Irune Salazar Arnaiz.
Marcos Vera palidece. «¿Qué misterios se esconden exactamente tras esta paciente, que ha movilizado a la Policía Judicial, a dos jefazos de CIBION-Mex y a la mismísima Agencia de la Interpol?», piensa.
Vera carraspea para aclarar la voz y dice :
—Pues estoy a su disposición. Dígame qué puedo hacer por usted.
—Pues… varias cosas —comenta Lambert—. Primero, cuénteme con todo detalle cómo acontecen los hechos desde que la señorita Salazar Arnaiz entra por la puerta del hospital.
Luego, necesito el nombre del médico que está a cargo y que introdujo los datos de su historia en el ordenador; tengo que interrogarle.
¡Ah! También quisiera el listado de todas las personas que han tenido contacto con la chica desde su llegada: médicos, enfermeras, familiares...
—De acuerdo —asiente Vera, desviando la mirada—. Lo primero que haré será localizar al médico que la operó. Él es quien puede facilitarle la mayor parte de la información, pero ha salido de guardia esta mañana, así que...
—Perfecto. Llámele —contesta, escueto.
—Y… esperando en la cafetería —añade, como si acabara de recordarlo— tengo a la madre de la joven y al inspector de policía que quiere interrogarla en cuanto despierte del coma.
—¿La joven está en coma? —pregunta Lambert.
—Mmm… Sí. Eso tengo entendido. Disculpe —dice, dispuesto a marcharse, antes de que le hiciera más preguntas que no supiera cómo contestar—, ahora vuelvo y le voy contando. Déjeme dar instrucciones.
—Pues… si de paso me busca una sala donde pueda instalarme... quisiera aprovechar el tiempo. Podría ir interrogando a la madre después de hacer una llamada.
—Entonces le dejo algo de privacidad y ahora mismo vuelvo —dice Vera, con intención de salir de aquella sala lo más rápido posible y sin dar opción a que Lambert volviera a intervenir.
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Vera se siente agobiado con tantos frentes abiertos a la vez. Se acerca a su adjunta encargándole que llame a Serrano para que venga de inmediato y le ruega que entretenga a Lambert en su despacho todo lo que pueda.
—Leire, invítale a café o a lo que quieras; pero que no salga de aquí hasta que yo solucione unas cosas, te lo ruego.
—De acuerdo. No te preocupes.
Acto seguido, entra a la sala de reuniones contigua a su despacho, donde se habían vuelto a instalar los visitantes.
—Buenas, señores. Veamos. No sé las dimensiones de este asunto, pero se me está escapando de las manos y no quiero líos en mi hospital.
Used es el padre de Irune —dice Vera, dirigiéndose a Derek—, y como tal le digo que no dudo de que sean ciertos todos los documentos que me han enseñado, ni los de confidencialidad que firmé, ni juzgo siquiera la discreción que pidieron respecto a la madre de la paciente; sin embargo, acaba de llegar un agente de la Interpol preguntando por la joven y necesita la sala para hacer sus interrogatorios —añade, frotándose la frente y notando el sudor frío correr hacia abajo desde la nuca y las patillas—. ¡Esto ya es insostenible!
Salazar y Liceaga intercambian varias miradas mientras Vera expone la situación.
—No se preocupe —se apresura a decir Liceaga aparentando tranquilidad, cuando sabía que, tanto él como Salazar, estaban en la boca del lobo.
—Quiere hablar con la madre primero y luego… con todos los demás—sigue diciendo, levantando una ceja—. Le he dicho que está en la cafetería, pero si prefieren hablar ustedes antes con él…
—No me malinterprete, pero nuestra visita debe seguir siendo discreta por el momento… —interviene Salazar.
—Eso pensaba —dice Vera torciendo el gesto—. Entonces, señores, tienen que marcharse y dejarle esta sala a él. Me ha pedido un lugar para trabajar.
—No sé si le reportaron que Irune despertó, pero que no recuerda nada —añade Liceaga, cambiando de tema.
—¿Amnesia? No, no sabía nada. Llevo un día de locos —interviene Vera—. Parece que los acontecimientos se suceden con mucha rapidez.
—El punto es que… de todas formas, no hay más que hacer de momento. No tiene caso estar aquí hasta que le regrese la memoria, ¿sí? —se justifica Derek, mientras mira a su compañero y empieza a recoger.
—Eso es. Así que nos paramos [14] y le dejamos la sala —dice Liceaga, con una falsa sonrisa y guardando también sus cosas —. Estaremos en contacto de seguido con el doctor Serrano, ¿cierto?
—Bien. Se lo agradezco.
—Disculpe por tanta molestia. No nos demoraremos más de cinco minutos en recoger —añade Derek, para tranquilizarlo.
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Vera no sabía a ciencia cierta si había hecho bien o mal al no hablarle a Lambert de la presencia de los visitantes de CIBION-Mex, a juzgar por sus reacciones cuando mencionó la presencia de la Interpol; pero en ese momento, el hecho de que desaparecieran era un frente menos del que ocuparse.
«Lo mío es dirigir un hospital; no hacer trabajo de investigación, ni descubrir secretos de nadie», se dice, tratando de tranquilizar su conciencia, mientras se dirige de nuevo al despacho.
—Disculpe la espera, señor Lambert —dice, nada más entrar—. El doctor Serrano está siendo localizado y ahora mando a buscar a la madre de la señorita Salazar a la cafetería.
—¿Ya tiene un sitio donde pueda instalarme?
—Sí. Justo aquí al lado hay una sala donde no le molestarán. En diez minutos la tendrá; la están limpiando ahora —explica.
Tras un breve silencio añade…
—¡Ah, qué cabeza tengo! Le iba a traer el expediente de la chica, pero el médico que la operó lo custodia bajo llave; como procede en casos de herida de bala.
Sin embargo, me dijo el doctor que el inspector Ferrero se llevó la bala y copia del informe esta mañana.
Tengo aquí su tarjeta, por si quiere localizarle.
—Va hacia el cajón de su mesa para cogerla
—Se lo agradezco, pero la Interpol dispone de una gran base de datos. Yo localizo al señor Ferrero, gracias.
—¡Claro, por supuesto! Era por ayudar.
—Gracias de todos modos.
—Pues… acábese su café tranquilamente y mi adjunta le avisará cuando esté lista la sala. Voy a ocuparme de unas cosillas y ahora vuelvo.
—Bien, gracias. Mientras tanto voy a hacer otra llamada.
Al quedarse solo, abre su portátil y, en apenas unos minutos, entra en la intranet de la Policía Judicial española.
Accede a la base de datos e introduce el nombre y los apellidos del inspector Ferrero.
Enseguida aparece el teléfono de la comisaría, el nombre del comisario al mando y el número de su teléfono directo.
Cuando lo tiene en línea, se identifica y le explica, sin mucho detalle, la importancia que el caso Salazar Arnaiz tiene para la Agencia.
Con esa simple información, y sin darle tiempo a pestañear, los retira del caso, solicita copia escaneada de toda la documentación que obra en su poder hasta el momento y le anuncia que dispondrá del inspector Ferrero como activo doble.
—¿Le parece bien, señor Comisario?
—Andamos cortos de personal, pero… ¿tengo otra opción?
—No —contesta con sequedad.
—¿Ya habló con él?
—No —vuelve a responder de forma cortante—. Pero recuerde que lo usaremos los dos, así que despéjele la agenda siempre que le sea posible —añade Lambert.
Acto seguido, comunica con Mor y Bern para controlar la posición y abandona el despacho de Vera; instalando su cuartel general en la sala acristalada, con mesa de caoba, que le habían cedido.
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El inspector Ferrero e Izel Arnaiz llevaban ya un buen rato charlando, tras haber terminado lo que empezó siendo un desayuno y acabó siendo un brunch.