Capítulo 13
En su declaración, reconoció la existencia de dos gemelas modificadas que contaban con cuatro años de edad y que vivían —según dijo— una vida normal, integradas en una familia.
Tras arduos días de interrogatorio, aunque sin entrar demasiado en detalles, reconoció la existencia de un tercer embrión llevado a término del que poco se investigó y nada se averiguó.
En ese momento, y para salvaguardar la integridad humana frente a las guerras soterradas que establecieron la mayoría de los países con la intención de llegar los primeros a la creación de humanos por encargo, la Interpol —como Organización Internacional de Policía Criminal— creó una unidad encargada de perseguir ese tipo de delitos.
Se trataba de controlar el poder que la tecnología tendría sobre la humanidad, velando por la seguridad legal, ética y física de nuestra especie frente a los experimentos de una comunidad científica más preocupada por el hecho de que otros países se les adelantaran, que por el respeto a la vida propiamente.
Así, la UBBI, Unidad de Biotecnología y Bioética de la Interpol —encargada de delitos de bioseguridad y tecnología—, andaba tras la pista de una red internacional, de dudosa ética, que manejaba los hilos de un complejo entramado que, hasta la fecha, no había permitido dar con un cabo suelto lo bastante fiable como para tirar de él sin desatar un conflicto internacional poco fundamentado.
Por lo que habían logrado averiguar, dicha red estaba compuesta fundamentalmente por empresas del sector biotecnológico y por hospitales con unidades de reproducción asistida, en las que las parejas podían elegir desde el color de ojos de sus hijos hasta su coeficiente intelectual.
En teoría, estos centros hospitalarios solían contar con un extraordinario proceso de selección de óvulos y de espermatozoides que avalaban el resultado.
Sin embargo, la UBBI comprobó que todos ellos contaban, casualmente, con unidades de desarrollo de proyectos de investigación basados en métodos de edición genética que utilizaban el CRISPR-Cas9.
Una especie de tijeras genéticas con las que podían interferir con efectividad en genes concretos de diferentes formas de vida y sospechaban que, entre ellas, se encontraba la humana; aunque no habían podido demostrarlo aún.
La UBBI había jaqueado, a lo largo de los años, los ordenadores de un gran número de hospitales asentados en países con legislaciones laxas o permisivas y que aparecían —a tenor de las publicaciones de las revistas científicas— implicados en experimentos genéticos de primer orden, con finalidades poco claras, dirigidos por grupos de científicos de renombre en cada uno de sus campos de investigación.
Y, como por algún sitio había que empezar, concentraron sus esfuerzos en encontrar pistas sobre los tres bebés que He Jiankui había sacado adelante.
Cuando se produjo el intento fallido de actualización del expediente clínico de Irune Salazar Arnaiz y apareció el mensaje de «información restringida», la alerta saltó también en la intranet que vinculaba a la mayoría de los hospitales internacionales.
Desde Lyon, se rastreó la conexión y sus sistemas emparejaron al Hospital Gregorio Marañón de Madrid, en España, con la Unidad de Genética del Hospital Ángeles Lomas de Ciudad de México, en México.
A partir de ahí, el sistema que monitorea violaciones de seguridad biogenética lanzó una notificación de emergencia que llegó directamente a la Directora Adjunta de Operaciones Internacionales de la Interpol, Sophie Dubois, quien llamó de inmediato a Arnold Lambert.
Lambert, en calidad de responsable de la unidad, activó una «notificación roja»; el nivel de alerta más elevado de la agencia, que marca el caso como prioritario y sensible a nivel mundial, y convoca a una reunión urgente de los especialistas en cada uno de los campos de investigación.
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Según los protocolos, todos los receptores de la emergencia quedan convocados en la sala de Operaciones Internacionales de la Interpol en Lyon.
Unas pantallas gigantes muestran la situación y el contexto preliminar.
Los mapas señalan con puntos rojos los países implicados.
Desde dichos puntos, se abren inmediatamente ventanas que establecen contacto visual con las sedes de Alemania, México y EE.
UU. a tiempo real. Uno a uno van entrando por videoconferencia y se les suman los activos presenciales de la sede de Francia.
En la cabecera de la mesa ovalada de la sala de O.I. de Lyon, Arnold Lambert observa los datos claves del informe inicial de la Agencia:
«Sujeto femenino, mayor de edad, con información reservada de alto nivel. Hallan confirmación de disparo en el informe jaqueado por el analista de datos en la intranet hospitalaria y en una comisaría local de Madrid, España. Anticiparse al peligro de ocultación o secuestro de la sujeto.»
La sala huele a café y a prisas mal disimuladas. En ese momento, entra Sophie Dubois y se hace el silencio. Ella deja su carpeta sobre la mesa sin sentarse. Mira brevemente a los asistentes y levanta la vista hacia las pantallas que muestran los activos disponibles en los países convocados.
—Vamos a empezar —dice Sophie—. A partir de este momento, esta investigación queda bajo la jurisdicción de la cooperativa internacional.
Seguidamente, desvía su mirada hacia Arnold Lambert y se dirige a él directamente:
—Lambert, esta situación tiene implicaciones biotecnológicas globales. Con el tiempo que lleva invertido en el seguimiento e investigación de esta presunta trama, considero que puede ser el punto de inflexión que ha estado esperando. Así pues, todo suyo. ¿Qué recomienda?
Lambert se pone de pie y, con el semblante serio, refiere con seguridad :
—La creación inmediata de una Task Force, directora. Con personal multidisciplinar de España, México, EE.UU. y Alemania. Nivel de prioridad Alfa Uno.
La directora lo mira con detenimiento unos instantes y añade con voz firme:
—De acuerdo. ¿Nombre?
Lambert le sostiene la mirada un momento. Luego, aprieta la mandíbula y desvía la vista hacia las pantallas pronunciando:
—BIOSEC. Fuerza de respuesta en bioseguridad. ¿Le parece bien? —pregunta, volviéndose de nuevo hacia ella.
—¡Perfecto! En una hora estará la respuesta. Tendrá plena autoridad operativa. Movilice a su equipo, Lambert. Ni la joven ni la información deberían caer en las manos equivocadas —asevera ella—. Antes de terminar su reunión estructural con los activos, le haré llegar la autorización de arriba.
Sophie Dubois coge su carpeta y sale de la sala. Acto seguido, Lambert se acerca a la mesa del fondo y se sirve un café americano mientras todos se mantienen en un silencio expectante. Luego, regresa a la cabecera de la mesa y pulsa un botón en el panel central para hablar por el intercomunicador.
—Atención. Como han oído, Interpol va a activar oficialmente la TASK FORCE BIOSEC. Ahora, sin más preámbulo, pasemos a conocer al equipo que he elegido:
- Forensic: Dra. Laura Mendoza, España y, si hiciera falta completar el trabajo con más detalles, recurriremos a Hanna Müller en Alemania.
- Bio Analyst: Yin Yuen, doctora de mi equipo habitual.
- Cyber: Jonathan Pierce de EE.UU.
- Intel: Ingrid Hoffmann; mi especialista en estrategias de inteligencia .
- Agentes de campo: field Moreau y field Bernard vendrán conmigo a España y a field Ferrero lo reclutaremos in situ .
—Yo actuaré como Team Lead y me reportaréis en tiempo real.
En ese momento todos asienten. Lambert da un trago largo a su taza de café y anuncia:
—Antes de continuar voy a por la autorización para confirmar que no hay ningún contratiempo. Hagan sus averiguaciones y nos vemos en media hora. Ya tienen los accesos abiertos a la red y a la información de la intranet.
Equipo… ¡A trabajar!
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Media hora después, como habían convenido, la luz roja de la sala pasó a verde y Arnold Lamber hizo su entrada.
—¡Ya la tengo! —dice, mostrando la carpetilla con la autorización en su mano derecha—. Haremos una ronda ahora para ver qué averiguaron.
—Hoffmann, ¿algo nuevo?
—Sí, Lead. Interceptadas referencias activas a un proyecto genético vinculado a una clínica experimental en Shenzhen, China, y a un laboratorio de Ciudad de México, en México. La información relaciona la intranet hospitalaria con la alerta que saltó en Madrid.
—¿Doctora Yue?
—Sí, Lead. He detectado que se activó un protocolo de bloqueo biométrico por acceso remoto fuera de Europa. Su cerebro debe llevar algún tipo de dispositivo que transmite datos… altamente se nsibles.
—¿Tipo implantes?
—Sí, Lead. Podría ser.
—Yue… ¿me está diciendo que había transmisión de datos activa y que alguien la bloqueó…? —comenta Lambert mirando su informe.
En ese momento, Jonathan Pierce gira su silla hacia el equipo.
—Confirmado, Lead. Hubo acceso remoto desde una red cifrada. No sabemos quién es, pero… siendo así, no van a querer perder a la chica.
—Gracias Cyber. ¡Atención todos! Añadan a sus datos la posible fuga de información y de la sujeto. ¡Buen trabajo!
Un silencio sepulcral se mantiene en la sala. Lambert respira hondo y finalmente se sienta.
—Lead — interviene la doctora Yue, interrumpiendo la calma tensa que reina en la sala—, hay algo más. Alguien, en algún lugar, está recibiendo esos datos a tiempo real. No son solo datos básicos del tipo «patrones cardíacos» o de ADN. Son datos biométricos neuronales de alto nivel.
—¿Identificables?
—Más que eso. Son datos explotables y altamente sensibles—puntualiza—. Se los he pasado a Cyber.
—¿Cyber?
—Sí, Lead. Teniendo en cuenta que trabaja como investigadora en I+D+I de Microsoft, departamento de investigación en soportes de inteligencia artificial, si alguien los roba, no roba datos; roba el futuro mediante la explotación, consciente o inconsciente, de la sujeto.
—¿Algo más ?