El Prototipo Capítulo 12
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Capítulo 12

A lrededor de las diez de la mañana, el inspector Ferrero llegó al hospital.

Fue directamente a la UCI porque sabía que pedir permiso o preguntar era arriesgarse a una negativa.

Al llegar a la primera planta, el trasiego de profesionales entrando y saliendo le permitieron acceder al interior sin ningún problema.

Al acercarse al box vio que Irune no estaba y en su lugar había alguien desconocido para él. Se asomó a la cristalera de los otros boxes, por si la habían trasladado; pero no. Había desaparecido.

—Buenas. Disculpe —dice, llamando la atención de una de las enfermeras que circulaba por el pasillo—. ¿Dónde está la paciente que estaba en el box número tres? Irune Salazar Arnaiz —especifica, queriendo ser más concreto.

—Lo siento; no puedo decirle —contesta—. Esta mañana, cuando he entrado, ya no estaba.

—Y no le importaría preguntar a dónde la han trasladado —dice, mientras le enseña su identificación de inspector de policía.

—Lo siento, pero no puedo ayudarle —insiste, tras echar un vistazo a las credenciales—. No han dejado nada escrito.

—Es de suma importancia, usted no lo entiende. Necesito…

—Lo siento inspector…

—Ferrero —le recuerda él.

—Inspector Ferrero, no puedo ayudarle. Le ruego que salga y me deje hacer mi trabajo. No puede estar por los pasillos —dice, al tiempo que se aleja .

Mientras tienen esa accidentada conversación, con auxiliares de un lado para el otro, enfermos entrando en camilla y familiares saliendo, Izel entra por la puerta y se encamina directamente al box número tres.

—Mire otra vez, señorita —dice él, persiguiendo a la enfermera de un lado al otro—. Irune Salazar Arnaiz —insiste.

—¿¡Mi hija!? —pregunta Izel, volviendo del box y dirigiéndose la enfermera que hablaba con Líam.

—¡Uffffff! —resopla la enfermera que trataba, sin mucho éxito, de deshacerse de Líam—.

Miren, no sé dónde está. Ya se lo he dicho al inspector.

No han dejado nada anotado, así que hagan el favor de ir a la recepción a ver qué pueden decirle.

Allí les informarán de si la llevaron a planta o qué pasó con ella, pero hagan el favor de marcharse.

No pueden estar aquí si no tienen a alguien ingresado —dice finalmente, enfadada y mirándolos a los dos con expresión severa—. ¡Esto es una UCI, por favor!

Izel Arnaiz y el inspector Ferrero se miran y, sin mediar palabra, se dirigen al ascensor. Líam, muy cortés, cede el paso a Izel y, una vez dentro, aprovecha para presentarse formalmente y entablar conversación.

—Es usted la madre de Irune Salazar, ¿verdad?

—Sí. Izel Arnaiz —dice, tendiéndole la mano.

—Yo soy el inspector Líam Ferrero.

—¿Y para qué necesita usted a mi hija, inspector?

—Bueno, al haber una herida de bala debemos interrogarla en cuanto despierte.

—Claro, claro… —dice ella—. Deben hacer su trabajo.

—En fin, me gustaría hablar con usted para hacerle algunas preguntas, pero… de momento vamos a centrarnos en encontrarla y luego ya habrá ocasión —comenta él .

—Sí, eso es lo primero —responde, visiblemente nerviosa—. Ayer me fui sobre las nueve de la noche y nadie me dijo que la trasladarían. De haberlo sabido me habría quedado.

—¡Ya lo supongo, señora Arnaiz!

∆∆∆

En recepción, sacaron un tique y aguardaron su turno.

Cuando su número apareció en la pantalla digital, Líam se acercó al mostrador, enseñó su placa y pidió que le indicara dónde habían trasladado a Irune Salazar Arnaiz cuando la sacaron de la UCI.

Tras unos minutos tecleando el ordenador, la auxiliar dijo:

—Lo siento, no figura nadie con ese nombre en el sistema.

—¿¡Cómo dice usted!? —pregunta Izel, abriendo los ojos como platos—. Eso no es posible. Inténtelo otra vez.

Tras hacer una mueca de fastidio, la auxiliar vuelve a teclear varias opciones sin éxito.

—Lo siento, pero… como he dicho, no figura nadie con ese nombre.

Izel comienza a sudar y respira con dificultad, por lo que el inspector interviene.

—Si me permite, señorita, ¿quiere hacer el favor de buscar los ingresos del viernes noche en urgencias…?

—¿Desde qué hora aproximadamente? —pregunta torciendo la boca y apretando los labios.

—Desde las ocho de la noche más o menos —dice Líam.

—Lo siento, nada con ese nombre —insiste, tras teclear el nombre en la base de datos.

—¿Y la mañana siguiente?

—Lo siento, señor. Nada.

—Vamos a ver, señorita —dice Izel recomponiéndose—. He estado con ella hasta ayer noche. No me diga que no hay nadie con ese nombre; si estaba en coma. ¡Por favor!

—Señora no se altere. Yo solo digo lo que veo aquí.

—Vamos a calmarnos —interviene el inspector—. ¿Podría mirar las intervenciones del doctor Serrano de la noche del viernes?

—¿Desde las ocho también? —dice de forma seca y torciendo nuevamente el gesto.

—Sí, señorita. Desde las ocho también.

—No. Tampoco.

A esas alturas la tensión empieza a reflejarse en los rostros de todos.

—¡Esperen! —dice de repente—. Aquella noche se intervino a una paciente sin nombre.

—¿Sin nombre? —pregunta él.

—Sí, esa. Mi hija venía sin identificar —añade Izel—. Me llamaron de madrugada con su móvil y yo misma les di el nombre completo.

—Bueno, yo no sé decirle. No hago noches —comenta, quitándose toda la responsabilidad de encima— pero… no se le da de alta en el sistema hasta el día siguiente en la noche.

—¿Y…?

—Sí, aquí está. Irune Salazar Arnaiz, ¿verdad?

—¡Exacto! —exclaman a la vez Izel y Líam.

—Sin embargo… aquí se pierde la pista. No hay salida del hospital y tampoco está su historia en el sistema —les dice—. Se asigna nombre al ingreso no identificado y nada más. No hay seguimiento después de eso .

—¡Vale! —dice Líam, dando un golpe con la palma en el mostrador —. Necesito hablar con el doctor Serrano.

—Un momento, por favor —le dice, algo tensa—. Voy a comprobar el cuadrante.

La auxiliar se levanta y, tras coger un manojo de papeles que cuelgan en el corcho de la pared del fondo, regresa a su puesto y busca el nombre del doctor Serrano.

—Lo siento, no se encuentra en el hospital ahora.

—¿Cómo? —pregunta Líam exaltado, mientras Izel trata de calmarlo en esta ocasión—. ¿Me están tomando el pelo?

—Señor, no se altere. Aquí dice que su turno empieza esta noche.

—¡Pues páseme con el director! No —rectifica—. Mejor voy a ir directamente a su despacho.

Y agarrando del brazo a Izel, Líam se adentra por el pasillo del área administrativa, llevándola casi a rastras, mientras ella, con la cara vuelta hacia atrás, cree reconocer de refilón a un joven que llega al mostrador en ese momento como Sasha; el novio de Irune.

—Oigan, no pueden… Señor, señora… —sigue llamándolos la auxiliar, en pie, desde detrás el mostrador, elevando la voz y tratando de impedir que vayan por su cuenta al despacho del director.

∆∆∆

Líam e Izel llegan al despacho de Vera. El inspector golpea la puerta, enérgico, con los nudillos y abre asomando la cabeza.

—¿Se puede?

—Hombre, el inspector, ¿verdad? Me acaban de decir que venía —comenta.

—Sí, señor. Mire. Es todo muy raro.

—¿Raro?

—Sí. Ella es Izel Arnaiz, la madre de la paciente Irune Salazar Arnaiz —dice Líam, justificando su presencia.

—Bien y… ¿qué puedo hacer por ustedes?

—La joven no está en la UCI. No se ha ido a casa y no figura en el sistema —le explica del tirón—.

Su madre la dejó ayer a las nueve, sin que nadie le comentara que iban a moverla de lugar, y ahora nadie la encuentra.

Yo he venido a ver si estaba despierta para interrogarla y me encuentro con que ha desaparecido.

—A ver, tranquilícense. No sé qué puede haber ocurrido —miente— pero no se preocupen que hablaré con su médico a ver si…

—¿Su médico? Tampoco está —aclara Líam.

—Bueno, entonces es que habrá terminado el turno —dice, intentando ganar tiempo para poder consultar el asunto con los visitantes, que se hallaban en la sala de reuniones próxima al despacho—.

Vayan a la sala de espera de urgencias, junto a recepción, que yo voy a tratar de hablar con el doctor Serrano.

—No señor —interviene Izel—. Yo no me voy de aquí si no me dice qué ha pasado con mi hija. Soy su madre. Tengo derecho a saberlo.

—Y yo necesito interrogarla en cuanto se despierte —añade Líam—, o consideraré que se trata de obstrucción a la justicia; así que mientras no sepamos qué ha pasado con ella no nos moveremos de aquí ni su madre ni yo .

—A ver, por favor. Sean razonables —insiste Vera, tratando de apaciguar los ánimos—. Todo tendrá una explicación. Primero necesito localizar al doctor y si salió del turno de noche, ahora estará descansando.

—Y ¿debemos esperar a que se despierte? —pregunta Líam, sarcástico—. Alguien estará atendiendo a la paciente mientras él duerme, ¿no?

—¿Cómo no va a saber usted qué pasa en su hospital con los pacientes y con los médicos? —interviene Izel visiblemente irritada—. Mire, también soy doctora y sé de sobra cómo funciona esto. No me venga con historias. ¿Le desaparece una paciente y usted no sabe nada? ¿¡Tan incompetente es!?

—Y más aún, una paciente con un disparo de bala. ¡Por favor, no nos tome por tontos! —añade Líam alterado.

—Miren —dice Vera ya entre la espada y la pared—. Entiendo que están ustedes nerviosos. Les invito a un café en la cafetería mientras averiguo qué ocurre. En cuanto lo sepa mando a alguien a buscarlos. Les doy mi palabra.

Tras guardar unos minutos de silencio, ambos se miran y…

—Aquí le dejo mi tarjeta, no sea que la cafetería sea tan grande que no pueda localizarme —dice Líam sarcástico, dejando la tarjeta sobre la mesa de Vera.

El inspector no quería tensar más la cuerda viendo cómo estaban los nervios. Izel parecía una persona muy tranquila, pero el curso de los acontecimientos había logrado alterarla bastante; así que acepta, en nombre de ambos, la sugerencia de esperar en la cafetería para calmarse un poco.

Vera abre la puerta. Ella sale la primera y Líam la sigue.

Cruzan la antesala y, una vez en el pasillo, ella se vuelve hacia el inspector.

Entonces… las siluetas de dos hombres, de espaldas, en una sala acristalada junto al despacho del director, le provocan un escalofrío inexplicable.

En un segundo, siente como si la sangre abandonara su cuerpo y le sobreviene un pequeño desvanecimiento.

Líam la sujeta justo a tiempo y, ante la evidencia de que debían serenarse, la acompaña hasta la cafetería caminando despacio y sosteniéndola por la cintura.

—Estoy bien, estoy bien… —dice Izel, mientras anda despacio, tratando de recuperar el equilibrio.

—Sin duda ese café nos vendrá bien a los dos.

—Yo mejor una tila.

—Una tila pues, señora Arnaiz. Paga el señor Vera —añade en tono de humor.

∆∆∆

En la cafetería, Líam pide un café con leche bien cargado y una tila. Lo acompaña con una tostada para Izel, sospechando que no habría probado bocado desde hacía días, y con un donut de chocolate para él.

—No debía molestarse; estoy bien —comenta Izel, cuando él trae los desayunos.

—¿Cuánto hace que no come? —pregunta Líam.

—Bueno, se me cerró el estómago cuando me llamaron de madrugada para decirme lo de Irune y… cuando llego a casa, tengo más cansancio que hambre —contesta ella.

—Pues como de todas formas tenemos que esperar, aproveche para comer algo —dice, mientras remueve el café con la cucharilla.

—Es usted muy amable. Es que… han sido tantas cosas de golpe que creo que veo fantasmas donde no los hay —añade, mientras unta la mantequilla y la mermelada en la tostada.

—Sí, es que es todo muy raro. Que la cambien de sitio sin decirle nada a usted es extraño —argumenta Líam—. Y ya, que el director no sepa nada… eso sí que no me lo trago. ¿Qué está pasando aquí?

—La están ocultando.

—¿Ocultando? ¿Por qué dice eso?

—¡Ay! No me haga caso. Es que… me pareció ver a su novio en la entrada y luego… unas figuras en la sala que está junto al despacho del señor Vera me removieron miedos del pasado —sigue diciendo Izel.

—¿Ocultando? ¿Miedos del pasado? —pregunta—. ¿A qué se refiere?

—Bueno, es complicado. No me haga caso —dice, arrepintiéndose de haberse dejado llevar—. Será el hambre que me hace ver visiones —añade mientras sonríe.

—Y… ¿cómo se llama el novio? —pregunta Líam, queriendo aprovechar la ocasión para obtener algo de información.

—Sasha. Se llama Sasha; pero no sé mucho más.

—¿No le conoce?

—Poco. Lo que me cuenta mi hija de sus cosas, pero lo habré visto apenas… un par de veces —comenta—. Es algo raro para mi gusto, pero ella está muy sola y ese chico… parece que le gusta. Le hace compañía, supongo.

—¿Raro por qué?

—No sé cómo explicarlo —dice, llevando los ojos hacia arriba y a la izquierda—. Es como… que no mira a los ojos. Como si escondiera algo. ¡En fin! —suspira, volviendo a su tostada.

—¿Sabe en qué trabaja? O… ¿dónde vive? —se interesa Líam como policía .

—Trabaja en una empresa de seguridad; si no recuerdo mal.

—O sea que lleva pistola —deja caer Líam.

—Sí, supongo. No sé. ¿Los de seguridad llevan pistola?

En ese instante, Izel deja los cubiertos en el plato, levanta la cabeza y abre los ojos, mirando fijamente a Líam.

—No insinuará que le disparó él, ¿no?

—No, no insinúo nada. Hasta que no interrogue a su hija… ¿Cree que ella estaba metida en algo turbio?

—Eso sí que no. Hablamos cada día y si hubiera algo turbio lo sabría. Eso se lo puedo asegurar.

—Y… ¿ese Sasha vive en…? —pregunta de nuevo.

—Tiene una casa en un pueblo cerca de Madrid. Pero… ¿esto es un interrogatorio?

—¡Qué va! Estamos charlando; aunque no puedo dejar de ser policía y cualquier conversación parece un interrogatorio —dice riéndose.

—Pues mi hija va allí los fines de semana —continúa—. Parece ser que son todo casitas, parques… y tienen el monte cerca. Le ayuda a desconectar del estrés de su trabajo.

—Pueblos así cerca de Madrid… ¿podría ser… Rivas? —se aventura a decir, mirándola a la cara para ver su reacción.

—Podría ser. No lo sé con seguridad. Tengo la cabeza como… embotada. No pienso con claridad.

—Y… ¿en qué trabaja Irune?

—En Microsoft España. Ahora hace un año que ascendió a CEO del departamento de investigación sobre modelos de inteligencia artificial.

—Pero si es muy joven, ¿no?

—Y muy inteligente, además de joven —añade Izel, riéndose orgullosa, mientras se acerca la taza de tila a los labios .

Líam la mira fijamente. En ese instante, piensa que debería ser honesto con esa mujer, pero no sabe cómo decírselo.

—Izel, necesito decirle algo y… no sé bien cómo hacerlo.

—¿Debo preocuparme? —pregunta ella, limpiándose los labios en la servilleta.

—Según lo que sabemos hasta ahora, su hija recibió un disparo y al mismo tiempo la arrollaron en un paso de cebra elevado.

—Sí. ¿Y…?

—Según la investigación creemos que salía corriendo, recibió el disparo cuando iba a cruzar y al girarse por el dolor, golpeó contra un coche impactando en el capó y rodando hacia el suelo —le explica.

—¿Y eso cómo lo saben si no han hablado con ella aún? ¿Hubo testigos?

—No. Lo sabemos por la reconstrucción que se hizo en la comisaría, porque el hecho… sucedió en Rivas y el que conducía… era yo —concluye, mientras mantiene su mirada fija en Izel, tratando de leer en su cara la reacción.