El Prototipo Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Necesitamos al neurólogo —comenta, mirando a Salazar y a Liceaga.

Ambos se miran un instante y Salazar, volviendo la cara hacia Serrano, asiente con la cabeza.

—Soy el doctor Serrano —dice, tras marcar en el teléfono la extensión correspondiente—. Necesito un neurólogo urgente en el box cifrado.

—Enseguida, doctor —contestan al otro lado de la línea.

Apenas diez minutos después, suenan unos toques en la puerta. Serrano abre y, sin entrar en presentaciones, expone lo ocurrido.

—Beltrán, buenos días. No preguntes, por favor.

—Vale.

Tras resumirle brevemente lo sucedido en la reversión del coma y basándose en las primeras preguntas realizadas a la paciente, solicitan al neurólogo un diagnóstico y la previsión de su evolución hasta la recuperación de la memoria.

El ruido rítmico de los monitores acompaña la conversación.

Líneas en verde, rojo, amarillo y azul muestran picos y valles que dibujan el trazado de las constantes vitales.

El intensivista, aún con la mascarilla colgando del cuello, actualiza los datos en la Tablet.

El neurólogo valora a la joven mientras habla con ella y Serrano vigila los monitores.

Beltrán se acerca a Zarca. Se apoya, de espaldas a la paciente, en la barra de los pies de la cama.

—¿Cómo lo ves? —pregunta el intensivista.

Beltrán se queda un instante callado, pensativo.

—Coherente en lo básico. Sabe su nombre y el de su madre, aunque no recuerda el de su padre —comenta extrañado—. Identifica que está en un hospital… pero no recuerda nada del accidente ni del disparo. Ni siquiera el día anterior a los hechos —añade—. Y sigue con lagunas de fijación.

El intensivista asiente y Serrano se vuelve a mirar a los visitantes.

—¿Confirmas entonces la amnesia postraumática?

—Sí —responde Beltrán—, pero es amnesia retrógrada postraumática, en fase moderada, con memoria implícita.

El patrón es clásico: preserva la memoria remota, pero tiene un vacío completo del trauma y del tiempo previo —matiza—.

Y la amnesia anterógrada persiste; repite preguntas, no retiene bien lo que le digo.

Es esperable tras salir de un coma inducido.

El intensivista desliza la pantalla hasta el final de la página para seguir anotando.

—Lleva poco despierta. ¿Cuánto crees que durará esto? —dice.

—Varios días seguro —contesta el neurólogo—.

Entre tres y siete si la evolución es la habitual.

La duración tiende a correlacionarse con la severidad del trauma — añade, al ver la información registrada en la Tablet—.

Contusión torácica, herida de bala, cirugía urgente con dos paradas, coma de más de doce horas, hipoxia…

—dice moviendo la pantalla y verificando la historia—.

¡No me sorprende! El cerebro necesita un tiempo para reorganizarse —concluye, entregándole de nuevo la Tablet a Zarca.

—¿Algún signo de alarma? —insiste el intensivista.

—De momento, ninguno. No observo focalidad neurológica. Y la reso… ¡Pásame la Tablet un momento! —le dice al intensivista, al tiempo que se la quita de las manos y localiza el dato .

—Bueno, por eso no te preocupes… —interviene Serrano, acercándose con rapidez para intentar, sin éxito, recuperarla.

—¿Cómo? —dice tras encontrar las notas del radiólogo—. ¿Lo sabíais?

—Sí, nos ocuparemos de eso más adelante con estos señores de aquí —explica Serrano, mientras señala a los dos visitantes.

—Y… según usted, doctor Beltrán, ¿cuándo cree que le regrese la memoria por completo? ¿En siete días máximo? —interrumpe Liceaga, mostrando interés por acotar el tiempo y desviando la atención de la información sobre los dispositivos intracraneales que había leído.

—La amnesia es diferente en cada paciente. Termina cuando es capaz de encontrar los recuerdos pasados en la memoria, además de fijar y recordar de forma sostenida lo que ocurre en el día a día —dice de forma áspera y con rostro serio—. Hasta entonces, es normal que viva un poco «en bucle».

Serrano retoma finalmente la Tablet y, mirando incómodo al neurólogo y al intensivista, justifica la pregunta del visitante:

—El inspector de policía preguntará. No hace más que venir al despacho. Quiere saber lo ocurrido.

El neurólogo deja escapar un leve suspiro y cruza los brazos sobre el pecho.

—Puede que sí recuerde… pero no ahora —dice—.

Y no conviene presionarla. Lo más frecuente es que los recuerdos del trauma vuelvan fragmentados; a veces días después…

a veces nunca —añade, mirando ahora a Liceaga—.

Pero lo que está claro es que hoy no obtendrán nada fiable.

Lo que diga ahora no es testimonio válido —concluye, mirando a Serrano .

—Trataré de explicárselo —responde éste con una sonrisa de medio lado.

—Dile también a la policía —añade el neurólogo, mirando de reojo a los visitantes, sin tener claro quiénes eran ni si entendían lo que había dicho— que no es que no quiera recordar, sino que su cerebro todavía no puede. Debemos priorizar: tranquilidad, ritmo lento y estímulos controlados.

El doctor Serrano asiente y deja la Tablet en el soporte habilitado al efecto a los pies de la cama.

—Bien. Seguiremos monitorizándola —comenta, dándole una palmada en el hombro a Beltrán—. Cuando empiece a retener información nueva te aviso, por si nos echas un cable con los recuerdos.

—Perfecto. Si en cuatro o cinco días no vemos ningún avance repetimos neuroimagen. Lo normal es que mejore poco a poco.

—Acompaño al neurólogo y aviso para el traslado a planta —dice Serrano, dirigiéndose a los visitantes y buscando su aprobación.

Estos se miran y asienten.

—Nosotros nos vamos —dice Liceaga antes de que se marcharan—. El punto es que… no iremos a planta, pero estaremos en contacto de seguido, ¿sí?

Serrano asiente y sale del box junto a Beltrán. En el ascensor, el neurólogo rompe el silencio:

—Perdona, ¿qué está...?

—No preguntes, es complicado. No puedo decirte nada de momento y tampoco tengo todas las respuestas. Ah, por si te lo preguntas, Vera está al tanto —añade—. Yo… solo necesito que esta pesadilla acabe cuanto antes. ¡Ni te lo imaginas!

∆∆ ∆

Serrano habló con Vera por teléfono sobre la necesidad de cubrir las veinticuatro horas de vigilancia de Irune en la habitación.

Ambos consideraron que Clara sería perfecta por ser la enfermera de la UCI con más experiencia en el despertar de comas inducidos y, al mismo tiempo, persona de confianza.

El director coordinó los ajustes de personal y comentó con la enfermera este caso tan especial.

La informó de que estaría vinculada al doctor Serrano y que cuadraría con él los turnos.

Además, su dedicación sería exclusiva durante el tiempo que esta paciente estuviera hospitalizada en el Gregorio Marañón, por lo que la liberó de cualquier otra tarea.

Señaló también que, en caso de que Serrano no estuviera localizable, debía recurrir a Salazar o Liceaga.

En el despacho de Vera, estando presentes los visitantes, Clara fue puesta al día del carácter confidencial y transitorio de aquel tipo de servicio y firmó el correspondiente contrato que le impedía dar detalles o hablar a nadie sobre la paciente o su tratamiento.

Luego, Clara bajó al box de planta baja para acompañar a la paciente en su traslado a planta.

—Señor Vera —dice Salazar cuando quedan a solas—, Irune no me vio por más de veinte años, ¿cierto? El punto es que… para evitar el estrés de verme en la habitación, el señor Liceaga y yo nos regresamos a la salita, ¿sí?

—De acuerdo. En principio no hay inconveniente.

—Muchas gracias.

Lo cierto era que, como parte del protocolo de seguridad del sujeto «LinSan_03» debían permanecer en el hospital para ver la evolución y poder gestionar la monitorización de los dispositivos en las primeras horas de consciencia.

El turno del doctor Serrano había concluido hacía rato, por lo que se marchó a casa a descansar en cuanto la recogieron en el box.

Salazar y Liceaga permanecieron de guardia en la salita y solicitaron que Clara les informara de la evolución de la paciente cada cuarenta y cinco minutos, durante las seis primeras horas de consciencia; por ser las más críticas.