El Prototipo Capítulo 11
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Capítulo 11

E n el Gregorio Marañón, la reunión que parecía llegar a su fin se volvía a reanudar por orden de Vera.

La petición expresa de aprovechar el momento en el que la madre de Irune se marchara para realizar el traslado al box cifrado provocó ciertas suspicacias en el director del hospital; quien, para cubrirse las espaldas, solicitó a los visitantes un documento que justificara que la paciente formaba parte de un proyecto cuyo seguimiento vitalicio estaba a su cargo —como sostenían— y que contaban con el consentimiento de ambos progenitores.

Vera comenzó a leer con detenimiento el documento, pasándole a Serrano las hojas a medida que las iba terminando; por aquello de que cuatro ojos veían más que dos.

En él se recogían varias cláusulas sobre el tratamiento a seguir en caso de crisis, sobre cómo eran las reacciones de la paciente ante el estrés y qué aspectos se debían tener en cuenta si se daba la coyuntura de un ingreso hospitalario fuera de Ciudad de México.

Así mismo, se definían las características propias de la paciente, destacando cómo su sistema nervioso le permitía percibir sutilezas emocionales, y del entorno, que el resto de los seres humanos no eran capaces de captar.

Además, hablaba del modo en el que los PAS en general, e Irune en particular, procesaban la información y de cómo podían afectarle los sonidos altos, las luces demasiado brillantes, las aglomeraciones de personas o las imágenes de violencia y dolor.

Al llegar a este punto, Vera señaló con el dedo a Serrano los nombres de los progenitores. Ambos se miraron y Serrano formuló automáticamente la pregunta a Salazar.

—Entonces, ¿¡es usted el padre de Irune!?

Salazar solo asintió con la cabeza, pero eso fue suficiente para despejar las dudas del director en aquel asunto. Al comprobar que el seguimiento vitalicio del proyecto contaba con la autorización de ambos progenitores, Vera dio por terminada la reunión.

Ante la nueva información, que ahora figuraría en poder del hospital, los visitantes hicieron firmar a Vera y a Serrano un nuevo contrato de confidencialidad que Liceaga, conocedor de la intensa burocracia administrativa española, llevaba preparado en su maletín de antemano.

Terminados por fin los formalismos burocráticos, Serrano acudió a su despacho para guardar en el expediente de Irune, bajo llave, aquellos documentos.

Vera por su parte, acompañó personalmente a los visitantes hasta el box cifrado para que esperaran allí a la paciente, en vez de andar por los pasillos llamando la atención del personal.

Serrano, siguiendo instrucciones de los visitantes, comprobó personalmente que la madre de la paciente se había marchado ya del hospital.

∆∆∆

Nueve cuarenta y cinco de la noche. En el box cifrado todo estaba preparado. Luis Zarca —el intensivista— y el doctor Carlos Serrano, supervisados en todo momento por Salazar y Liceaga, se disponían a iniciar el proceso de reversión del coma.

Así pues, en tramos de dos horas, fueron reduciendo la sedación mientras hablaban con Irune de la situación y del entorno en que se encontraba, con el fin de que gestionara el estrés de forma progresiva.

Sería una noche larga. Los visitantes, Derek y Edgar, fingiendo consultar algunos asuntos en remoto con su oficina, monitorizaban discretamente a la paciente con un ordenador que enviaba los datos biométricos a la Workstation de la Unidad Central Operativa de CIBION-Mex.

Ello les permitía revisar que la actividad de la interfaz neurocraneal, que gestionaba la interacción cerebro-máquina, estuviera sincronizada con sus ondas cerebrales y realizara la extracción correcta de los datos durante la reversión del coma.

De forma oral, por el intensivista, y de forma inalámbrica, mediante el programa de la Workstation, fueron suministrándole información a dos bandas sobre lo que estaba pasando. De este modo, Irune sabía qué le pasaba en cada momento y ellos controlaban sus reacciones.

Todo, para hacerla regresar al mundo de los vivos poco a poco y sin sobresaltos.

∆∆∆

La noche había sido larga. La paciente estaba casi consciente, aunque algo atontada a causa de la sedación residual. Únicamente se le administraban calmantes para mitigar el dolor de la intervención y las magulladuras del atropello. El siguiente paso era proceder a la extubación.

El intensivista incorpora la cama a 35º, mientras Serrano, situado a los pies, actualiza el informe en la HEC [9] de la Tablet:

«Coma revertido a las 10:05 a.m. Administrar calmantes intravenosos: Metamizol + Paracetamol 1 gr. Revisar en 24h vendaje del costado izquierdo con drenaje torácico. Tiene 2 costillas astilladas que provocaron contusión pulmonar leve y podría complicar la recuperación».

Cuando Serrano termina, el intensivista revisa la HEC y añade:

«Gasometría aceptable. Tras 72 horas de intubación, muestra somnolencia en parámetros normales y obedece órdenes sencillas. Se procede a extubación a las 10:20 a.m.».

Serrano se sitúa en monitores y Zarca se acerca con suavidad a la paciente.

—Irune, necesito que respires profundamente cuando te lo pida. Si notas ganas de toser, es normal. Mueve la mano derecha si lo has entendido.

Ella responde con lentitud a las órdenes dadas. Ambos médicos intercambian miradas rápidas.

El intensivista suelta el seguro del tubo.

—A la de tres. Una… dos… ¡Respira fuerte! —Tira con decisión—. ¡Extubada! —exclama en voz alta—. Pongo mascarilla de alto flujo a 40 litros.

—Todo parece ir bien —indica Serrano—. El monitor muestra una SpO₂ del 96 % y una frecuencia de 18 respiraciones por minuto.

Como nadie más del personal sanitario estaba autorizado a estar en el box cifrado, el propio doctor Serrano hace las labores de la enfermera de UCI: le acomoda la cabeza y aspira las secreciones con cuidado.

Apenas pasan dos minutos y el monitor lanza un pitido agudo.

—Zarca —dice Serrano, mirando la pantalla—, desaturando: 90… 88…

Salazar y Liceaga se tensan. El primero se inclina hacia delante preocupado. El segundo lee con detenimiento la información que recibe en su ordenador y grita:

—¡Estrés!

Serano se gira y lo mira unos instantes. «¡Otra vez parada!», piensa. Luego la voz de Zarca interrumpe sus pensamientos:

—¡Respiración superficial! Oigo un leve estridor [10] al inspirar.

—¿Edema laríngeo postextubación? Quizá por la intubación más la inflamación del golpe —murmura Serrano.

—O… la contusión pulmonar le está pasando factura.

Salazar se levanta de su silla, como un acto reflejo, alertado por las explicaciones del doctor. En ese instante, no es más que un padre preocupado.

—Siéntate y mira —le susurra Liceaga sujetándole del brazo y señalando la pantalla del ordenador—. Déjales trabajar. Estamos recibiendo sus datos —añade en voz baja—. Desde aquí la ayudaremos.

—Envía información de endorfinas, serotonina y oxitocina para generarle bienestar —le comenta Salazar a su colega en voz baja.

—Sube el alto flujo al máximo —ordena el intensivista—. Preparo adrenalina nebulizada.

Se vuelve hacia la paciente y dice:

—Irune, respira tranquila, estamos contigo. ¡Todo está bien!

—La saturación sigue bajando: 87%… 86%.

—No mejora. Labios amoratados —advierte Zarca mientras coloca la mascarilla de ventilación con bolsa. ¿Puede ayudarnos uno de ustedes? —dice mirando a los visitantes.

—Sí, claro —contesta Salazar.

—Desinfecte las manos y póngase los guantes. Lo mismo reintubamos —avisa el doctor.

—Laringoscopio y tubo listos. Si no remonta en treinta segundos… —co menta Zarca.

—¿¡Hipoxia!? —pregunta Serrano, como si leyera la mente de su compañero.

El intensivista comienza a ventilar con presión suave, pero firme, sobre la bolsa.

—Ingresó por una herida de bala con atropello… ¿y lo que lo complica es la maldita vía aérea? —refunfuña en voz baja Serrano, mirando fijamente al monitor.

—Ha sido demasiado pronto, dado su estado pulmonar —comenta Zarca sin dejar de ventilar.

—Responde lentamente: 88… 89… 90% —lee Serrano en voz alta.

—¡¿Está remontando?! —comenta Zarca efusivo, girando la cabeza hacia su compañero y hacia Salazar, mientras sigue con la ventilación—. ¡Ha estado a punto!

—El estridor disminuye, ¿no? —interviene Serrano.

—Sí parece.

—Sigue ventilando un poco más y luego vemos si tolera de nuevo el alto flujo.

—De momento, se suspende la reintubación —comenta el intensivista mirando a Salazar.

—Tranquila. ¡Todo está bien! —dice el doctor en voz alta, asomándose a ver la cara de Irune, sorteando al intensivista que le dificulta la visión.

—Esto pasa a veces. Lo importante es que ya estás oxigenando bien. Tranquila —vuelve a decirle Zarca acariciando su frente—. Todo está bajo control.

El monitor marca finalmente 96%, lo que indica estabilidad. La crisis ha pasado, pero la tensión en la sala aún flota en las caras de todos los presentes .

—Irune, ¡enhorabuena! Lo has hecho muy bien —comenta Serrano, acercándose a la cabecera de la cama y rozándole la mejilla—. ¿Cuáles son tus apellidos?

—Salazar… Arnaiz —responde titubeando.

—Muy bien. ¿Y… sabes dónde estás?

—En un hospital… o… eso creo.

—Sí. Tuviste un accidente.

—¿Accidente? ¿Cómo? ¿Dónde fue?

—¿No lo recuerdas?

—No… —dice, al tiempo que reacciona soltando una lágrima involuntaria que rueda hacia la sien.

—Y … ¿recuerdas quién te disparó?

—¿Me dispararon? ¿Dónde? ¡Aaaay! —El quejido se le escapa cuando intenta incorporarse, como reacción a la noticia.

—Sí, te dispararon en el hombro; pero tranquila —dice Zarca, empujándola con suavidad de nuevo hacia atrás—, ya estás a salvo.

—No… recuerdo. Pero… ¡imposible! Yo… no…

—¿Qué es lo último que recuerdas?

—Pues… yo… yo no… —intenta recordar, pero empieza a ponerse nerviosa—. No sé. No recuerdo dónde estaba… ni qué hacía. No recuerdo nada… —dice, rompiendo a llorar.

Zarca y Serrano intercambian miradas, mientras Salazar se pone de pie preocupado y Liceaga sigue observando su pantalla.

—¿APT [11] ? —le dice Zarca a su compañero.

—No creo. Es capaz de deducir dónde está, aún sin recordar el trauma — contesta Serrano.

—Pues tú dirás.