Capítulo 10
E n la comisaría del distrito, todo parecía haber vuelto a la normalidad tras la visita de la UAI. El comisario Gómez llamó a Líam y a Unai a su despacho. Cuando los tuvo frente a él, soltó de un golpe sobre la mesa el informe de balística, al que aún no habían tenido acceso.
—Chicos, aquí tenéis.
—¡Por fin! —exclama Líam, estirando el brazo para coger la carpetilla verde.
—He adjuntado la parte de investigación que me dieron Santos y Salas sobre la inclinación, trayectoria y ángulo del disparo, para que investiguéis en las casas de alrededor que tengan posibilidades —añade Gómez, mientras el inspector y el oficial echan un vistazo a las tripas del informe.
—Mmm, calibre nueve milímetros. ¡Estaba claro! —exclama Líam, al tiempo que señala el dato con el dedo—. ¿Glock o Beretta? —pregunta, levantando la cabeza para mirar al comisario.
—Sigue leyendo —añade el comisario, al tiempo que hace un movimiento de cabeza para instarle a seguir.
—¡Vaaaaleee! En Balística han probado con las que tienen y dicen que probablemente es una Glock de 9 x 19 —lee Líam, mientras rueda el dedo por las líneas del documento.
Ferrero continúa leyendo y pasándole las páginas leídas a su compañero.
—Criminalística dice que el culote no presenta nada que indique marca —continúa—, podría venir del mercado negro .
—Galiano —dice el comisario—, lee el informe de las heridas que analizó la UAI.
—¡Eh! ¡Qué fieras! —interrumpe Líam—. Han sacado los fotogramas del vídeo de la operación, je, je.
—Por la morfología de las heridas, estamos ante un disparo oblicuo, de trayectoria descendente.
Según se aprecia por el anillo de Fisch incompleto, al atravesar la piel han quedado residuos oscuros alrededor de la herida, en una entrada en forma de medialuna —lee textualmente y en voz alta el oficial.
—Aquí dice… distancia media o larga, desde un tejado o una ventana —remarca Líam asomándose al texto de su compañero.
—Mmm, bla, bla, bla… Finaliza diciendo que no parece un ajuste de cuentas.
—Sí. Eso le oí decir al inspector jefe antes de empezar el interrogatorio.
—Bueno, chicos. ¡Ya está bien de literatura!
Poneos manos a la obra —dice el comisario, dando un par de palmadas al aire para que espabilaran—.
Ahí lo tenéis todo—. Llevaos al perito forense y que os ayude a determinar la posición del tirador con lo que tenéis y…
ya sabéis: casquillo, cotejar las declaraciones de los vecinos que tenemos con las nuevas pistas… ¡A ver qué me traéis!
Inspector y oficial se ponen en pie para marcharse. Mientras Galiano se adelanta para avisar al forense, Líam se para en la puerta y, antes de cerrarla, se vuelve hacia el comisario.
—Raúl, a última hora me pasaré por el hospital a ver si ya despertó la chica, ¿te parece?
—Sí, hijo —comenta Raúl cariñosamente—. Ve y luego me cuentas.
∆∆ ∆
Al llegar a la calle donde se produjo el accidente, el perito hizo sus averiguaciones.
Ayudado de un medidor de trayectoria láser, un ordenador con software de reconstrucción 3D y una cámara de fotos especializada, logró realizar la fotogrametría con las imágenes de la zona y recreó la escena con la trayectoria y el punto del impacto.
Extrayendo la información de la declaración de Líam Ferrero, y tras cotejar las marcas de rodada y frenada del vehículo, que aún se observaban en el pavimento, con el informe de la UAI, el simulador localizó dos posibles posiciones desde las que el cuerpo de la víctima pudo sufrir el impacto de bala; dando como resultado una morfología de herida similar: «entrada en oblicuo, descendente, con resultado de medialuna, según el rastro analizado del anillo de Fisch».
—¡Vale! Buscamos altura pues —dice Galiano.
Tras echar un vistazo a las viviendas, Líam comenta:
—No hay buhardillas, por lo que descartamos el tejado. Amplía la búsqueda a cien metros y distancia media.
—Sí. Las dos posibilidades son esas ventanas de la acera impar —señala el perito—. Se hallan muy cerca, pero al ser viviendas pareadas son de casas diferentes.
—Vale, me cuadra.
—Ahora, si el disparo salió de la ventana de la izquierda —continúa mirando en su ordenador la recreación de la escena —, le daría en el hombro y la víctima se inclinaría en el propio paso de cebra.
En ese caso… los rastros de la frenada del vehículo coincidirían con el instante del impacto en la zo na del faro y luego su cuerpo golpearía en la parte final del capó antes de caer delante del coche.
—Ya. ¿Y la otra opción? —pregunta Galiano.
—Ahora voy con ella. Si el disparo salió de la vivienda de la derecha…
¡Mirad aquí! —les dice—. La víctima estaría empezando a cruzar y el coche impactaría con el faro en el mismo momento en el que la víctima recibía el disparo.
Luego, caería abatida por la bala… sobre el capó y de ahí rodaría al suelo —continúa señalando el experto en las imágenes del ordenador, que utilizaban la realidad ampliada para reconstruir los hechos in situ .
—¡Vale! Ambas posibilidades se corresponden con un disparo en oblicuo de trayectoria descendente ¿no?
—Sí. Y la dispersión del anillo es mínima. En ambos casos dejarían el rastro indicado de medialuna. Pero…
—Pero… ¿qué? ¡Acaba de una vez!
—Pues… que la opción de la ventana de la vivienda de la derecha creo que coincidiría más con la versión que sostenía usted en su declaración, de cómo golpeó la víctima en el capó y de cómo rodó —comenta, dirigiéndose a Líam, al tiempo que hojea los papeles de la declaración en busca del dato.
—Bien —le dice Líam a su compañero—. Por pequeña que parezca la diferencia debemos investigar las dos posibilidades y tomar declaración de nuevo a todos los que viven en estas casas. ¡Tampoco son tantas opciones!
—¡Empecemos! —dice Galiano, frotándose las manos.
Se acercan al número setenta y siete. Llaman varias veces al timbre hasta que les abre un matrimonio de mediana edad.
Sin embargo, tras tomarles declaración, comprueban que tienen coartada.
Habían estado en Madrid aquella tarde viendo una obra de teatro.
Compraron las entradas por internet y aún las guardaban en el móvil.
—Al ser desde alguna de esas dos ventanas… el casquillo estaría en el jardín delantero o junto a la puerta de entrada a la vivienda —comenta el inspector Ferrero a su compañero en voz baja.
Aunque nada hace suponer que sean ellos, solicitan permiso para inspeccionar la zona ajardinada en profundidad, como parte del protocolo, y ellos consienten.
Luego se acercan al chalet setenta y nueve y llaman, de forma insistente, al telefonillo. Nadie responde. No hay declaración previa por no haber nadie en el domicilio la primera vez, dice el informe. Tampoco ahora parece haber movimiento alguno en la casa.
Acto seguido, hablan con el matrimonio del número ochenta y uno, por si habían visto algo raro en los últimos días en la vivienda colindante.
—Cualquier cosa nos serviría. ¿Han oído ustedes discusiones o algo que pueda resultar relevante para la investigación?
Averiguaron algunas cosillas como que el inquilino de la casa era un joven de unos treinta o treinta y cinco años, que trabajaba en una empresa de seguridad, que era poco comunicativo y que vivía allí desde hacía un par de años.
Tanto los de la vivienda setenta y siete, como los de la ochenta y uno, coincidieron en decir que tenía una novia de unos treinta y tantos, que solía venir los fines de semana, que eran muy reservados y que hacían poco ruido.
Pero ninguno de los dos vecinos estuvieron allí la noche del accidente, para poder identificar a la chica.
Uno de ellos se ofrece, a sugerencia de Líam, a ir a comisaría para que el experto fisionomista de la Unidad haga un retrato robot, con inteligencia artificial, que pueda ayudar a identificarlo.
Mientras el oficial Galiano termina con las declaraciones, Líam se aparta un poco de su compañero y llama a comisaría.
—Hola, soy Ferrero —dice al primero que coge la llamada—. Avisad al «dibujante». Galiano va para allá con uno de los vecinos para dar la descripción del presunto tirador y novio de la chica del hospital.
—Enseguida lo aviso —responde el compañero al otro lado de la línea telefónica.
En ese momento, sale Galiano con el vecino y se dirigen al coche.
—Ya están preparados en comisaría —le comenta Líam a su compañero—. Vamos para allá y le dices a Gómez que me has dejado en el hospital. Mientras el testigo está con el experto vuelves a recogerme —añade—. A ver si ya está despierta la bella durmiente y podemos interrogarla por fin.