Capítulo 9
I zel Arnaiz había pasado los dos primeros días en la UCI, sin separarse prácticamente de Irune.
Aunque se iba de noche al apartamento de su hija, no era capaz de dormir.
Se duchaba, se recostaba en el sillón cama sin abrirlo y, harta de dar vueltas buscando la postura, volvía al hospital de madrugada.
Como doctora, estaba acostumbrada a trabajar duro y a hacer muchas guardias nocturnas, pero para una persona de cincuenta y ocho años, tantos excesos —unidos a la extrema preocupación que sentía por su hija— empezaban a pasarle factura.
Comía poco, pegaba alguna cabezada más a lo largo del día en la incómoda butaca que estaba junto a la cama y hablaba con su hija como si la escuchara.
—Hija, estoy aquí; a tu lado. Sé que puedes oírme. No me preguntes por qué, pero lo sé —decía, acariciando la mano de su hija.
»Hija, ¡lo siento tanto! Tantas malas decisiones que tomé…
Era joven, ambiciosa, quería llegar tan alto…
No me juzgues, cariño. Cuánto daría por contártelo todo; pero no puedo.
Bueno, no debo. Me duelen tantos secretos guardados entre nosotras…
Si se enteran de que estás aquí, que lo harán, no sé en qué acabará todo esto —continúa diciendo, con los ojos llenos de lágrimas, mientras se aferra a la mano de Irune.
»¿Y Sasha? No ha pasado por aquí en estos días.
Trabajaba en seguridad, ¿no? —pregunta, como si fuera a contestarle—.
No sé, hija. ¿Y si es uno de ellos? Nunca te he dicho nada, pero las dos veces que lo he visto no me dio buena espina —dice, expresando en voz alta sus sospechas—.
Bueno, no me hagas caso. Seguro que todo irá bien.
Cuando despiertes, tendremos una conversación sincera y…
creo que… Sí —afirma, decidida—, creo que te lo contaré todo.
Espero que puedas entenderlo. ¡Juntas haremos un equipo frente a ellos!
Tras un largo silencio, mira el reloj que lleva en la muñeca. Levantándose, se inclina sobre Irune y le acaricia la mejilla con la mano.
—Irune, me voy a marchar; pero en cuanto me despierte vengo a verte —dice.
Dándole un beso en la frente se despide de ella, coge su bolso y sale del box.
Eran ya las nueve de la noche. Izel estaba cansada y destemplada. En aquella sala hacía frío. Su hija seguía sedada y aún no sabían cuándo podrían revertir el proceso, así que aprovechó para irse a intentar dormir en una cama unas horas del tirón.
∆∆∆
El taxi la dejó delante del portal. Pagó la carrera y se bajó. Estaba parada junto a la puerta, buscando la llave en el bolso, con el pie apoyado en el escalón, cuando el conserje encendió la luz desde el interior y acudió a abrirle.
—Julián, buenas noches. No esperaba que estuviera trabajando hasta tan tarde. ¿A qué hora termina usted?
—Buenas noches, señora Arnaiz. Acabo a las ocho, pero en realidad estaba pendiente por si la veía aparecer. Desde que murió mi mujer, algunas veces me quedo aquí en un catre que tengo en la portería.
—Pues… voy a intentar dormir un rato. Mi hija sigue sedada y yo estoy muerta. Pero… ¿dice que me e speraba?
—Sí, señora. Me preguntó el otro día si había venido alguien al apartamento y quería avisarle de que esta misma mañana vino ese… Sasha, el novio de su hija.
—Ah, y… ¿dijo algo? ¿preguntó algo?
—No, señora. Yo tampoco dije nada, porque ni me habló. Subió, estuvo como diez minutos y se fue.
—Bueno, pues aquí tiene una tarjeta con mi número de teléfono. Si le vuelve a ver, haga el favor de decirle que me llame. Él no debe tener mi contacto.
—Descuide señora. ¡Si lo hubiera sabido antes…!
—Está bien, Julián. No se preocupe —añade Izel antes de dirigirse al ascensor.
—¡Ah! —dice volviendo sobre sus pasos—, tome… guárdese esta otra por si usted necesitara contarme algo.
Entonces, siendo cortés, Julián se acercó a abrirle la puerta del ascensor para que ella entrara.
Una vez arriba, Izel echó una ojeada a la entrada y luego al saloncito. Dejó rodar sus ojos trescientos sesenta grados por la estancia. Aparentemente, todo parecía en orden. Nada fuera de su sitio. Ninguna nota. Nada que llamara la atención.
Fue a la habitación de matrimonio, hizo un nuevo barrido ocular, y se dispuso a darse una ducha.
Mientras dejaba el agua correr hasta que saliera caliente, volvió al salón para abrir el sofá cama.
No quería dormir en el cuarto de su hija sin saber si el novio había dormido entre aquellas sábanas recientemente.
Aunque no le gustara demasiado el chico, era una mujer moderna y contemplaba la posibilidad de que durmieran juntos; aunque Irune nunca lo comentó.
Al retirar los cojines, apareció el bolso de su hija. Lo cogió, lo miró y frunció el ceño, extrañada .
—Este bolso no estaba en el sillón estos días. Me lo habría clavado en los riñones alguna de las noches anteriores. ¿Ha venido a traerlo y no se ha pasado por el hospital? ¿No sabe que está ingresada? —se pregunta, en voz alta—. No deben hablar mucho.
«Me llamaron desde el teléfono de Irune y eso es porque no tenía su bolso con la documentación», piensa. Nunca saldría a la calle sin bolso. ¿Por qué lo tenía Sasha? ¿Se lo dejaría en el coche? ¿En su casa? Quizá salió a toda prisa y se lo… ¿Habrán discutido? —Su mente sigue parloteando.
Entonces, lo abre y mira en su interior. Ahí estaba la documentación y un manojo de llaves.
—Imposible que saliera sin las llaves. Decididamente… esto es lo que Sasha ha traído —dice para sí—. ¿La llamó? Y si la llamó para decírselo, ¿no le extrañó que no cogiera el móvil? —sigue elucubrando.
»No, no, no. Si hubiera llamado, lo habrían cogido en el hospital.
Se habría enterado entonces de que estaba ingresada…
—Mientras se ducha, sigue dando vueltas al asunto—.
Y… ¿no le pareció raro que dos días después no echara de menos las llaves para entrar en casa?
¡Ya! Julián tiene una copia, pero… No sé qué pasa aquí.
Todo es muy raro —sigue murmurando mientras se seca la cabeza con la toalla.
A esas alturas Izel tenía claro que, fuera lo que fuera, todo era bastante sospechoso y Sasha tenía seguramente muchas cosas que contar al respecto.